Resistencia en el flanco débil

diciembre 27, 2011

Ayrton Senna: A Martyrology


                                                                                                                                                                                             


...Y así es como la verdad y los hechos fijados en la imagen de archivo se convierten, a través del nuevo collage documental, en significantes que decantan significados nuevos, ya abiertamente inscritos en el ámbito de la reescritura histórica: es decir, el género documental como artefacto de plena ficción. Una muestra ejemplar es Senna (2010) de Asif Kapadia. Senna empieza como un western clásico, sin zonas de incertidumbre ni claroscuros, con un bueno muy bueno (Ayrton Senna) enfrentándose siempre en inferioridad de condiciones a un malo muy malo (Alain Prost) y al sheriff corrupto (Jean-Marie Balestre), pero triunfando sobre el podrido sistema gracias a su talento natural como piloto y a la integridad de sus valores como gran deportista y mejor persona. Pasa el film inmediatamente después a adquirir los tonos del western crepuscular, cuando sus otrora archienemigos, Prost y Balestre, desaparecen de escena y Senna debe afrontar el cambio y el paso del tiempo, enfrentarse, más sabio pero también más viejo y, por lo tanto, más cansado, a la entrada de la guerra electrónica en su mundo. El equivalente del ferrocarril en Once Upon a Time in the West (1968) de Leone. Senna es un pistolero a la vieja usanza, el mejor de los pilotos de la antigua escuela, pero el nuevo signo de los tiempos lo persigue y arrincona. Además, un nuevo antagonista, un Billy the Kid, un nuevo enfant terrible (Michael Schumacher), futuro mejor piloto/pistolero de la Historia, recién ha entrado en el circo y está dispuesto a empezar a labrarse su nombre a fuego, pasando por encima del cadáver del héroe cansado si es preciso. Es en este momento cuando el western crepuscular deja paso a la tragedia griega: de algún modo Senna sabe que ha llegado el momento de orquestar su caída, y que no existe otra vía de escape ni destino que ésa. De algún modo Senna asume que para obtener su entrada franca en el Olimpo de los Dioses de la Formula 1 debe inmolarse, convertirse en leyenda. Dejarse la vida en la pista y aplastarse contra el muro, escribiendo así, con letras de sangre sobre el cemento y el asfalto, su nombre en lo más alto del podio. Una caída que se articulará, por tanto, como ascensión a través del sacrificio. Senna, profundamente religioso, siempre en contacto con Dios, recibe el mensaje de la más alta instancia: él debe erigirse en el Gran Mártir de la Formula 1, sacrificarse por todos sus compañeros presentes y futuros, salvando a través de la entrega de su propia vida la de todos los que son y todos los que vendrán después de él. Si Aquiles, el de los pies ligeros, el  más veloz de los hombres, muere cuando Paris le clava una flecha en el talón, su único punto vulnerable; Senna, el más inteligente de los pistoleros, el más veloz de los pilotos, choca contra el muro de Tamburello justo en el ángulo y velocidad necesarios para que la fatalidad lo trascienda a mito, justo en el ángulo y velocidad necesarios para que una pieza de su propio auto, su propia cuádriga (Ben-Hur actualizado y también reescrito), convertida en flecha mediante la tremenda colisión, atraviese mortalmente su cabeza justo a través del visor, el único punto débil de su casco. Tras el accidente terrorírfico de Barrichello en los entrenamientos del viernes y la muerte de Ratzenberger en los del sábado, Senna parace intuir que ese espantoso fin de semana de 1994 en Imola no puede ni debe acabar en otra cosa que en tragedia mayúscula. La Colisión Total y Seminal que instaure un nuevo orden e impida más muertes. En los minutos previos a la que será su última carrera podemos ver en su rostro resignado, en su gesto abatido, que no conoce con la razón lo que sabe por intuición, lo que siente en las propias entrañas: Senna debe morir para que la Formula 1 siga viviendo más grande que nunca tras el sacrificio del más carismático de sus pilotos. Porque Senna simboliza la viva pasión por los propios sueños llevada hasta las últimas consecuencias. Pilotar hasta las últimas consecuencias. Ser el mejor hasta las últimas consecuencias. Estamos, por tanto, ante el retrato de un martirologio: la confirmación de que uno es, por encima de cualesquiera otras consideraciones y responsabilidades, el contenido de sus sueños, y que la primera responsabilidad, en consecuencia, es y debe ser siempre el respeto hacia aquello que uno es y hace, el respeto hacia uno mismo y el contenido de sus propios sueños. Un respeto que sólo se consigue a través de la dignidad, una dignidad que se lleva dentro o no se lleva, se tiene o no se tiene; no se puede entrenar, y sobre todo, ni el éxito ni el dinero la pueden comprar. El sumo sacrificio, aunque sea a nivel subconsciente, por unos ideales claros y objetivamente buenos. He ahí la catarsis. De este modo es como Asif Kapadia, a través de un estudiadísmo guion y un muy hábil uso y montaje de las imágenes de archivo, convierte al Senna piloto, y sin embargo hombre, en el Senna semidios redentor, y reescribe de paso su muerte en clave de Última Cena, Crucifixión y Muerte. Así pues, el propio film, Senna, el documental, es en sí mismo La Resurrección del Mesías de la Formula 1, y todos los grandes nombres de este deporte que después han sido, desde Schumacher a Alonso, pasando por Button, Hamilton y Vettel, deben su entronización mediática y popular tanto a sus habilidades al volante como a una huella indeleble, la impresa en el imaginario colectivo por el crístico sacrificio de Senna, retransmitido en directo para todo el mundo; su sangre derramada sobre el asfalto de Tamburello aquel primero de mayo...
Javier Jorba-Prat, Antropología del Nuevo Cine Documental, Isla Misteriosa Ediciones, 2011
 


Senna (2010) de Asif Kapadia

diciembre 25, 2011

Highway for a dummy


The Loner (2007) de Nathaniel Goldberg (Ryan Gosling en GQ)

Días que han consentido el total derramamiento de sus noches, la caza indiscriminada de su rica fauna rapaz: la cafeína ha sido franquiciada; la nicotina, expulsada a las aceras; la melancolía, incluida en la vasta lista de sustancias cancerígenas... Ya no hay chance para ninguna tentativa sobre la soledad. Los ingenieros de la felicidad profiláctica son expertos dinamiteros y no conciben otra forma de camino que la línea recta.   



Nighthawks (1942) de Edward Hopper

diciembre 20, 2011

Cada gilipollas tiene su voz... y ésa la conozo


Revividos (1973) de Ralph Barby

—Jubal es valiente, y también Baker; todo lo contrario que tú, Harold. Admito que yo soy más que pusilánime, cobarde, pero soy mujer y creo que eso me disculpa algo. (p.78)

A riesgo de ser tan políticamente incorrecto como me alcance el resuello, sólo diré que habida cuenta los tiempos que corren que nos corren, más bien, en los que no se puede decir "vosotros", hay que decir "Vosotros y Vosotras", en los que tampoco se puede decir "ustedes", porque habría que decir "Ustedes y Ustedas" tiempos, en consecuencia, de "Gilipollos y Gilipollas", aunque yo esto primero no lo oigo nunca, ¿por qué será?, días negros, en suma, en los que para colmo de males existen personas como Lucía Etxebarría, pensando su obra poco menos que imprescindible para el mundo, es de recibo reconocer que alguien capaz de que le publiquen frase semejante en semejante libro no merece otro calificativo que el de HÉROE...

diciembre 18, 2011

End of the Revolutionary Road


Skizbe (1967) de Artavadz Pelechian

"La solidaridad ha fracasado", Alberto Olmos, Ejército Enemigo.

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diciembre 12, 2011

diciembre 11, 2011

PostHumanismo F-1


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No dejaré de hacer nada por lo que el Dios de la Biomecánica me impida la entrada en su Hall of Fame...  

Hashiru Otoko (1987) de Yoshiaki Kawajiri                                                                                        

diciembre 04, 2011

The Great Silence


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Si Ser es ser percibido, entonces tal vez pasar desapercibido sea un Ser para el silencio, y en tal caso, quizá, percibirse, un Ser para la muerte, el Gran Silencio. Confío en que así sea.

Samuel Beckett's Film (1965) de Alan Schneider                                                                                 

noviembre 30, 2011

Soy biorritmo


A Dangerous Method (2011) de David Cronenberg                                                                                                 

Andrew McChuffle: Tras sus dos últimas películas, A History of Violence y Eastern Promises, su nuevo trabajo, A Dangerous Method, parece confirmar un evidente cambio de rumbo en su filmografía, tanto a nivel genérico como formal. ¿Qué opina de esas voces que proclaman el ocaso del Mesías de la Nueva Carne, que ha renegado usted del fantástico para convertirse en el cómodo cronista de los biorritmos de la clase media?

David Cronenberg: Bueno, nuestra sociedad está plagada de fundamentalismos. El género fantástico es uno de ellos. Una nueva hiperreligión. Y los fans, los frikis, son sus adeptos, sus adictos. La propia palabra lo dice, "fan" de "fanático". Ahí afuera está plagado de fanáticos adictos de toda ralea. Les pasa un poco lo que a los adeptos del gran dios de la manzanita a medio comer. En realidad no les importa que les estén vendiendo a precio de oro la misma jodida máquina con las mismas jodidas posibilidades una y otra vez, eso les da igual, lo importante es que cada una tenga un tamaño y un color distinto de las anteriores, y poder interconectarlas todas. Como soldaditos de miembros y cabezas intercambiables. Lo mismo. Son como críos, lo único que les importa es ser los primeros en tener el chiche nuevo. Enseñar el chiche nuevo. Hablar del chiche nuevo. Ni siquiera están atentos a qué ocurre dentro de sus chiches nuevos, sus pantallas. Son peces encerrados en sus respectivos acuarios de endogámica alienación... 

Andrew McChuffle: ¿Quiere eso decir que ya nunca recuperamos al viejo Cronenberg? ¿Que no hay posibilidad de involución?

David Cronenberg: ¿El viejo Cronenberg?... Amigo mío, nací en 1943... ¡Ya soy el viejo Cronenberg! Eso no quiere decir que en ocasiones no quiera dejarme llevar y ser también ese niño que juega con sus propias heces o aprieta polluelos hasta que se cagan encima de puro estrujamiento... Por ejemplo, mientras preparaba A Dangerous Method me asaltaban visiones tentadoras: un feto doppelgänger de Freud (Viggo Mortensen), hasta arriba de sangre y materia fecal, siendo excretado por el culo del propio Freud, como metáfora de la superación de su fase anal... O bien el personaje de Sabine Spielrein (Kira Knightley) introduciéndose en la vagina sucesivos y cada vez más monstruosos y mutantes dildos, todos ellos alimentados por minúsculas y prodigiosas micromáquinas a vapor... Supongo que hay gran parte de mi público, público del, como usted lo llama, "viejo Cronenberg", que hubiera aplaudido imágenes de este calibre. Se trata de la misma clase de adictos que son incapaces de salir de casa sin su aparato alienador de la marca de la manzanita a medio comer... Así que no sé qué quiere decir "involución" porque desconozco qué significa "evolución". Mis células se desarrollan y luego mueren. Mi mente se transforma, se expande o se achica, y se apagará finalmente. De modo que sí, tal vez retrato biorritmos porque soy biorritmo y me compongo de biorritmo. No soy la instantánea petrificada ni el daguerrotipo aviejado de un conjunto estanco de obsesiones... Aunque es cierto que me produce escalofrío comprobar que hay mucha gente que sí es capaz de semejante cosa.

Andrew McChuffle: He de reconocer que lleva usted sus 68 años de maravilla, esa cabellera blanca le queda fetén, le otorga un porte seductor a la par que distinguido...

David Cronenberg: Gracias, gracias, lo tomaré como un cumplido... Lo cierto es que mi fase de pupación anda ya muy próxima a materializarse. Hay un montón de gente a la que se le llena la boca diciendo que me he covertido en un capullo... ¡Y lo más gracioso es que no les falta razón! Pero ya empiezo a sentirme maduro, muy pronto saldré de él y echaré a volar. Entonces los observaré a todos ellos desde arriba, diminutos y mínimos, varados en sus alienaciones genéricas los unos y atrapados en sus coloridas pantallas-acuario los demás... 

Extracto de la entrevista a David Cronenberg en Cuadernos del Chochicine, nº 354, noviembre 2011

noviembre 27, 2011

Arquitecturas del Hipersueño


Alien (1979) de Ridley Scott                                                                                                                                         

"El Invencible, crucero de segunda clase —la mayor de las naves con que contaba la base de la constelación de Lira—, surcaba el cuadrante más exterior de esa región del universo. En el túnel de hibernación del puente principal dormían los ochenta y tres tripulantes de la nave. Como la travesía era relativamente corta, no se había recurrido a la hibernación total sino a un sueño profundo en el que la temperatura del cuerpo no bajaba nunca de los diez grados. En la cabina de comando solamente los autómatas estaban activos. Ante ellos, sobre el retículo del visor, se reflejaba el disco de un sol no mucho más cálido que una estrella enana roja. Cuando la circunferencia ocupó la mitad de la pantalla, el reactor dejó de funcionar. Una pesada quietud reinó de pronto en toda la nave. Los climatizadores y las computadoras trabajaban en silencio. La tenue vibración que acompañara la emisión del haz luminoso había cesado también. El torrente de luz, como una espada infinitamente larga hundida en la oscuridad, había impulsado a la nave en la inmensidad del espacio. El Invencible se desplazaba ahora a una velocidad uniforme, inerte, mudo y aparentemente vacío.

Luego, poco a poco, unas luces diminutas empezaron a enviarse guiñadas de consola a consola, envueltas en el purpúreo resplandor del sol distante que asomaba en la pantalla central. Las cintas magnéticas se pusieron en movimiento. Los programas se deslizaron lentamente, en las ranuras de alimentación de una serie de aparatos, los transformadores chisporrotearon y la corriente llegó a los circuitos con un zumbido que nadie oyó. Los motores eléctricos, venciendo la resistencia de los aceites lubricantes solidificados desde hacía mucho tiempo, se pusieron en marcha con un agudo gemido. Las barras de cadmio emergieron de los reactores auxiliares, las bombas magnéticas inyectaron una solución de sodio líquido en la serpentina del enfriador. Un estremecimiento recorrió la popa, y en el interior del casco se oyeron crujidos y cuchicheos, como si una multitud de animales diminutos retozaran en él, arañando las paredes metálicas con pequeñas garras afiladas: los robots reparadores habían iniciado su larga ronda para verificar el estado de cada soldadura, la hermeticidad del casco, la integridad de las estructuras metálicas. La nave toda volvía a la vida, se poblaba de murmullos y movimientos: despertaba. Sólo la tripulación dormía aún.

Por último, un autómata programado transmitió una señal al tablero de comando en el túnel de hibernación. Un gas despertador se mezcló al aire frío. Desde las rejillas de ventilación del piso y entre las hileras de, cuchetas, sopló un viento templado. No obstante, no parecía que los hombres tuvieran ganas de despertar. Algunos agitaron los brazos; el vacío de aquel sueño helado se pobló de delirios y pesadillas. Por fin uno, el primero, abrió los ojos. La nave estaba preparada desde hacía varios minutos; el blanquísimo resplandor del día artificial había disipado la oscuridad en los largos pasillos, en los pozos de los ascensores, en las cabinas, en el puesto de comando, en las cámaras de aire. Y mientras el túnel de hibernación se poblaba de rumores, de suspiros y gemidos involuntarios, la nave misma, impaciente, como si no hubiese podido esperar el despertar de los tripulantes, iniciaba la maniobra preliminar de desaceleración. La pantalla central reflejó las estrías de fuego de la proa. Una violenta sacudida turbó la inercia aparente de la nave. Las dieciocho mil toneladas de El Invencible, acrecentadas por la enorme velocidad inicial, se comprimieron bajo el impacto de la inmensa fuerza de retropropulsión de los reactores de proa. En las cámaras cartográficas trepidaron los mapas herméticamente enrollados. Aquí y allá, los objetos sueltos se desplazaron de un lado a otro, como en una danza. Parecía como si de pronto las cosas inanimadas hubiesen cobrado vida. En las cantinas, la vajilla se entrechocaba, repiqueteando. Los respaldos de los sillones vacíos de gomaespuma se inclinaron hacia atrás; las correas y los cables murales de los puentes oscilaron sacudiéndose. Un confuso ruido de vidrios, chapas, láminas plásticas cruzó como una ráfaga por toda la nave, de la proa a la popa. Y desde la cámara de hibernación llegó un murmullo de voces humanas; luego de siete meses de sueño, los hombres de la tripulación renacían a la vida".

 El invencible (Niewycinezony, 1964) de Stansilaw Lem                                                                      

noviembre 24, 2011

El hombre herido de Gustave Courbet




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Recostado sobre el tronco viejo, cerró los ojos y escuchó: el canto de las aves y el rumor de la brisa nada sabían de las miserias del hombre. Se preguntó entonces si había cumplido alguno de los sueños de su vida. No saber qué contestarse fue la más dolorosa respuesta, aún más dolorosa y profunda que la herida en el pecho. Pero ahora sólo quería dormir. Estaba cansado y el sol lucía cálido y alto. Un joven soñoliento y cansado. Demasiado soñoliento y cansado como para alimentar al miedo. Sabía que no volvería a abrir los ojos, y aquél, se dijo, era un lugar tan agradable y tranquilo...

L'Homme Blessé (1854) de Gustave Courbet, Musée D'Orsay                                                               

Let me see you stripped

WWwwwwwwwwwwwwwwwwwWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWw

Ven conmigo 
Entre los árboles 
Nos tumbaremos sobre la hierba

WWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWW

WWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWW

Y dejaremos pasar las horas 
Coge mi mano 
Regresemos a la tierra

WWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWW

WWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWW

Huyamos 
Sólo por un día 
Déjame verte desnuda
completamente desnuda

WWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWW

WWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWW

Nada has de temer
Será sólo un poco de tu sangre

WWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWW

noviembre 23, 2011

I'm here de Spike Jonze


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1.- Los robots no pueden dañar a un ser humano ni, por inacción, permitir que éste sea dañado.

2.- Los robots deben obedecer las órdenes dadas por los seres humanos excepto cuando estas órdenes entren en conflicto con la Primera Ley.

3.- Los robots deben proteger su propia existencia hasta donde esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.

4.- La Primera, la Segunda y la Tercera Ley serán respetadas por los robots hasta donde el amor o el desamor los convierta en seres humanos.

 - I'm here (2010) de Spike Jonze


noviembre 20, 2011

Alumbramiento de Víctor Erice


N

Nuestras vidas son esos relojes de agua que, gota a gota, se desangran, se escancian primero, se escurren después, y van a dar finalmente a la alcantarilla, que es el morir...

-Alumbramiento (2002) de Víctor Erice

noviembre 19, 2011

El insomnio de Pierre Étaix



El insomnio es vampiro; la lectura es vampira; el humor es vampiro; el silencio es vampiro; el tabaco es vampiro; la deconstrucción es vampira; el tributo es vampiro; la mujer es vampira; el cine es vampiro... El Vampiro es adictivo.

- L'insomnie (1963), Pierre Étaix

noviembre 11, 2011

La raro es la delicadeza



Llegó el año largo como llegan las buenas, desusadas noticias, aguacero a mitad de sequía, y duró apenas algo más de lo que tardan en deshacerse de sus cachorros los niños mimados. Duró tres inviernos, un verano. Duró lo que alargan los tifones en la sala de jugar de los dioses cuando éstos se han aburrido: ya nadie andaba mirando. Por eso se marchó impune, como parten los barcos de guerra de un puerto sin ciudadela. Nunca estuvo en su ruta, a su altura, recalar tan bajo, tan intempestivo, y hallar de repente –tremenda sorpresa– semejante vida, tan rico botín en aquella orilla, histórico lado equivocado de las vías. Se fue el año largo tras el saqueo, como se dice, a la francesa, sin adiós, sin siquiera el valor, en último término, de izar la escondida bandera pirata. Sólo dejó odio. Sólo sembró rencor. Noches en cuchilla sobre la garganta. La luz amarilla de la boca apretada. El lado de afuera de la delicadeza. Un buen puñado de arrasadas palabras. Palabras que cesan aquí.


noviembre 07, 2011

Ejército Mal-herido



Coño, lo que me he reído... Entiendo que no se puede escribir un libro como Ejército enemigo sin antes haber echado una cantidad inaceptable de tus horas al fuego idiota del internet. Un buen y horrendo puñado de tus días, tus vidas, ahí, ardidos en la pantalla, bien ahí, delante del internet. La hostia puta. Me cago encima del escalofrío sólo con pensar la entrópica y acelerada vastedad del océano internetesco. Tan estrecha vida para navegar semejante masa cúbica —y bítica— de mierda. Dice Olmos en este libro que toda una generación de internautas ya ha muerto. Eso tal vez sea cierto, tal vez esté haciendo referencia a la generación de los pioneros. Atrapados en el ciberhielo. Ríanse de lo de Shackleton. La generación que le sigue, pues, debe ser la de los colonos de la virtucosa. Plantaron la tienda de campaña de su culo ahí, justo ahí, bien ahí, delante de la pantalla, y ya no va a haber Dios ni Pinatubo que los mueva. A ellos y contra ellos va dedicada esta novela, ya que muy probablemente sólo ellos van a leerla. Como aquí un servidor tampoco está libre de culpa ninguna, en lugar de tirar piedras a diestro y siniestro, como están haciendo tantos —y lo que se debe estar partiendo el orto de la risa el Dr. Olmos mientras a su lado Mr. Mal-herido se friega las manos—, diré que Ejército Enemigo me ha gustado más bien poco como novela y más bien mucho como personaje. Escéptico, egoísta, cobarde, sicalíptico, pornópata, rastrero, miserable y cabrón, a este Santiago suyo —de Olmos— va a haber que enmarcarlo, más que nada por lo bien que retrata la psicología del personal por aquí zascandileante, sobre todo en lo tocante de pantallas para adentro... Si no es como chiste y escarnio y rechifla de la vida entiendo que este libro no se entiende. O mejor: sin sentido del humor este libro sólo se entiende como salida de tono y exabruto, prontuario del mal gusto. Supongo que el matiz ya depende de lo tieso y porculizado que a cada cual le pinte el rictus por la mañana, cuando el despertador nos recuerda que lo normal es el fracaso.


noviembre 02, 2011

Cuando Werner Herzog frecuentaba los alegres vestuarios masculinos




A vueltas con el gran bávaro megalomaníaco por antonomasia, Werner Herzog. Su cosa primera, su desfogue y capa de imprimación fue esta cosa llamada Herakles, un documental ¿un documental?, ¿sí?, ¿seguro?, ¡hostia no jodas! de no llega al cuarto de hora, con tíos dándole mucho a la fiebre del músculo y a la fiebre de los esteroides esto último, ¡ojo!, fuera de plano, como si tal cosa... El invento es en blanco y negro y está aderezado con musiquilla guapa, más en concretamente, con musiquilla guapa de jazz.

Como ya sabemos que hiciera o Tim Burton nos hizo creer que hiciera don Ed Wood de los jerseys de angora y que viva el trasvestismo, Herzog también junta y apeguña un montón de imágenes de archivo que mejor no sepamos de dónde ha sacado, y se abandona al corta y pega extremo, al collage desmedido. La combinación de imágenes de culturistas no confundir con culturetas, esa subespecie de obsesos y febriles aún más peligrosa y odiable que los Misters del Universo, culturistas, como decía, muy concentrados en lo suyo de darle a la hipermusculación, con imágenes de accidentes automovilísticos bestiajos, cazabombarderos lanzando pepinos a ras de suelo, vertederos a rebosar de la humana basura y demás terrores de la moderna civilización, viene a significar que más vale maña que fuerza, sí, cierto, pero que tanta maña nos va a enviar a todos a tomar por culo cualquier día de estos...

Por lo visto, Herzog ya era muy perspicaz a sus 20 añicos, qué tío, y en montando este documental ¿documental?, ¿sí?, ¿seguro?, ¡no fastidies, hostia puta! quiso venir a anunciarnos mucho antes que el jodío Fukuyama que se acabó, amigos, que esto es el Fin de la Historia. Que si el mismísimo y todopoderoso Hércules levantara hoy día la cabeza no nos duraba el menda ni dos telediarios, que o bien lo atropellamos en el primer paso de peatones y cruzando en verde o bien nos lo finiquitamos de un gripazo aviar.

Pero la musiquilla es guapa. Musiquilla guapa de jazz.

octubre 25, 2011

Carcelona cry


¿Otro blog pasado a libro? Sí, otro. Y la mili que nos queda... Lo de Melusina es de recibo. El arrojo de editar en formato libro blogs como en su día Juan Mal-herido y ahora Carcelona hay que reconocérselo. Ahí queda eso. Marc Caellas es un francotirador que habla de francotiradores que apuntan desde afuera, disparan desde la calle y no sobre ella, abren fuego sobre los edificios del establishment, no desde sus ventanas. Carcelona es el libro de un blog de una indignación que quiere responder a esta simple pero concisa pregunta: ¿POR QUÉ HABÉIS CONVERTIDO MI CIUDAD EN UNA PUTA MIERDA? Se trata de la indignación por una ciudad perdida, o mejor, una ciudad robada, sustraída día a día hasta convertirla en prisión. Eso sí, cárcel con marca registrada, cárcel de diseño. Barcelona es la isla penitenciaria de John Carpenter (1997/2013), pero con Presidente autonómico de por medio...

Caellas reparte la leña que es justa y aun otro poco de propina, su sorna y sátira, sobrias y sin embargo aceradísimas, van dirigidas a tres blancos bien diferenciados: de un lado los políticos y demás caterva de establecidos, trajeados chupópteros vendehumo que han visto en la ciudad condal la perfecta carótida sobre la que ensayar sus colmillos, llenar sus bolsillos y de paso tratar al respetable como si fuese gilipuertas; del otro lado los verdaderos gilipuertas del meollo, esas nuevas piaras tribales, todas ellas legión, que han transformado las calles de la ciudad otrora cosmopolita en un nuevo y patético freakshow de pesadilla: snobs, pedantes, posculturetas, moderniquis, fashion-weekers, guiris a tutiplén, goticazos, hiperconectados, blogomierders, twitterzombis, starbuckmaníacos y demás fauna impresentable, a la que en su día tan bien ya les enmendó la plana Carlo Padial en su hilarante Dinero gratis; y en tercer lugar están los durmientes, esos reclusos ensimismados en un falso sueño de libertad, ni siquiera conscientes de su condición de reos sumisos y obedientes. Vencidos y cabezas gachas transigentes que, como el kafkiano personaje del cuento Ante la ley, ni siquiera alumbran la posibilidad de estar habitando una prisión de muros transparentes.

Y parace que sí, que razones no le faltan a Caellas para todo su abanico de invectivas, pese al cual aquella mítica Barcelona de Vázquez Montalbán —la de Carvalho, por tanto— se antoja ya algo irremediablemente perdido, otra Atlántida para la lista, y que bien podríamos intercambiar el nombre de Barcelona con el de tantísimas otras ciudades, españolas y no, obteniendo en el empeño una más o menos idéntica radiogafía. Los rayos X de una mal degenerado y degenarativo. La placa de una demencia. Tal vez no haya remedio, pero al menos debería quedarnos el gritar desde lo hondo de nuestra celda acolchada. O bien el reírnos en la puta cara de tanto celador sinvergüenza.



octubre 20, 2011

Estasis de la memoria



Si no recuerdo mal fue Stephen Hawking quien dijo que la prueba de que el viaje al pasado es imposible está en no haber tenido aún noticia de ningún turista del futuro, que nos haya venido a contar qué tal nos pintará el pelo en los años por venir. Lo que Hawking da por sentado es que ese hipotético viajero, sí o sí, lo primero que haría es darse a conocer, anunciar a los cuatro vientos su venida, cual mesías. Pero cabe la posibilidad de que tal vez no le fuese posible rebelarnos su condición de hombre venido de otro tiempo. O bien no quisiese hacerlo, tal vez lo último que querría sería desvelar su secreto. Tal vez, de querer desvelarlo, otros como él se lo impedirían a cualquier precio... La jetée perfila la geografía de todas las historias que no pueden ser. Alguien aparece en nuestra vida. O aparecemos. Un breve encuentro. Un más o menos dilatado regalo de tiempo. Después desaparece. O somos nosotros los que desaparecemos. ¿De dónde surgió? ¿Dónde había estado viviendo toda su vida? ¿Adónde se fue? ¿Qué será de él?... A partir de ahí el Tiempo se liquida como dimensión, reedificándose en daño y en melancolía. Nos convertimos y nos convierten en viajeros al pasado, atrapados sin solución de continuidad en la estasis de la memoria. Muy probablemente Stephen Hawking no ha leído ni leerá a Rodrigo Fresán: "No hay calmantes que funcionen, no hay pastillas lo suficientemente poderosas o mágicas, que te ayuden a soportar o superar el dolor que te produce pensar en un nombre en tiempo pasado". Físicos y poetas no suelen ir a las mismas fiestas.


octubre 18, 2011

Cómo ser puta y además pagar la cama o Me encanta que me mangoneen


Este apenas libro entrañable comienza con una verdad luminiscente y vivaracha, léase así: "La mayoría de quienes opinan sobre el éxito tienen un corazón tan inequívocamente bueno que terminan escribiendo cosas perversamente falsas. La base de su argumentación es que prácticamente cualquiera que se lo proponga puede tener éxito. Esto es, un una palabra, mentira". Esto es cierto y no es cierto pero de cualquier modo mola un cacho. Un pedazo grande. Un pedazo gordo. Dijo Borges que este hombre, su autor, Enoch Arnold Bennett, fue un letraherido de porte tranquilo y domesticón, y en verdad que leyendo este opúsculo suyo, Cómo vivir con veinticuatro horas al día su título, parece que al porteño cegarruto no le faltaba razón. Qué garbo y qué desenvoltura, qué fino sentido de la ironía y que hábil uso de la psicología inversa, todo para decirte en la puta cara, eso sí, con la mejor de las intenciones: ¡Ey, man, que el mundo también necesita gañanes, qué te creías!... Que no todo el que aprende el abecedario puede ser un Marías ni todo el que sabe contar puede robar con la elegancia y apostura de un ex directivo de la CAM. Conque asume tu papel de arriero, anda. Sé un buen patán. Pero no cualquier patán, no un bracero del montón. Eso no. No me seas ordinario ni me seas zafio ni me seas basto. Lee poesía. Aprende Historia. Estudia Filosofía. En tu mano y sólo en tu mano, si te organizas bien la semana, está el ser o no ser de tu futuro como estibador ilustrado. Coño, qué risa.



octubre 15, 2011

Paisajes de azúfre y ceniza


Partiendo de la base de que el protagonista principal de todos los films de Werner Herzog, aun —y sobre todo— los documentales, es siempre el propio Herzog, no extraña mucho que la lectura de La soufrière sea algo así como yo, Werner Herzog, denuncio que los negros de la isla de Guadalupe están fatal de lo suyo, ¡antes de que yo denunciase este hecho nadie antes lo hubiera siquiera imaginado!... En fin. Herzog arriesgó el pellejo para filmar un pequeño fin del mundo desde dentro y en directo y al final el volcán se hizo el melindroso y le dio por no estallar. Putada grande. Conque Herzog tuvo que redirigir el discurso rápidamente, aprovechando de paso la coyuntura para hacer de su documental cataclísmico otra pieza angular de su particular museo del fracaso y de lo inútil. En realidad nada de esto importa demasiado, porque la fuerza de sus imágenes dice mucho más, imponiéndose sobre la voz narradora del mismo Herzog. Ahora que ya nadie habla del Fukushima feroz, ni por lo visto lo teme, ya que la radiación sólo es mortal mientras es noticia, el terror sólo es terror en la medida en que da cancha y cuartel a los medios de tergiversación masiva, está bien volver a ver La soufrière, pues ambos fenómenos se antojan de la misma naturaleza, sus paisajes quietos, ensordecidos por el rumor del silencio fantasmático previo a la catástrofe, nos remiten a un horizonte de futuro puede que no demasiado lejano: el de una civilización que una vez extirpado su principal cáncer, el hombre, no deja de ser un sitio agradable y tranquilo. Feo de cojones, pero agradable y tranquilo.


octubre 14, 2011

Le bunker de la dernière rafale o el Síndrome Maginot mal curado



La sombra de Caligari es alargada. La de Métal Hurlant, también lo suyo. Si a Kafka le hubiese tocado vivir la Segunda Guerra Mundial desde la trinchera, y hubiese sobrevivido, muy probablemente hubiese parido algo semejante a esto: Le bunker de la dernière rafale. Pesadilla en la que cierta suerte de expresionismo retroactivo y cierta suerte de grand guignol tóxico se dan la mano para hiperbolizar esta metáfora de la sinrazón intempestiva. (Sí, me han descubierto, en realidad cobro a tanto el adjetivo encasquetado...) La maquinaria de la locura devorando a sus hijos, los hombres, desde dentro. Los aceros y el cemento y la radiación y los circuitos eléctricos de la cumpulsión exterminadora alimentándose de la sangre y la carne y la razón vaciada de sueños. Aunque vestuario y simbología sean filofascistas y denuncien horrores totalitarios, tampoco se lleven a engaño: Jeunet y Caro, como buenos franceses, no remiten más que a su propia esencia de país invadido, su propia versión y experiencia del cataclismo europeo, conque este bunker de la ráfaga de ametralladora final debe tomarse, primero de todo, como el exudado maligno de cierta suerte de Síndrome Maginot... Luego vino Terry Gilliam, que ha visto mucho cine francés y es un tipo que siempre, sí o sí, cae así como simpático, y en cobrándonos por sus 12 monos, nos dijo: esto es un remake guapo que me ha salido de La jetée... Pero resulta que no, que el tío nos la estaba dando con queso.

LE BUNKER from kapelaans on Vimeo.


octubre 12, 2011

Moreau's Island, Remake


Brian Aldiss, como también Stephen King a su manera, es de esos autores que no sienten escrúpulo ninguno a la hora de reincidir en el nada velado tributo a sus mayores. Más concretamente, Aldiss revisitó a Mary Shelley y Bram Stoker, respectivamente, en sus Frankenstein desencadenado y Drácula desencadenado. Pero antes de éstos escribió su particular relectura de H. G. Wells: La otra isla del doctor Moreau, novela que no sólo pretende ser homenaje y remake del clásico de Wells, también se lee como secuela de aquél, y cabe decir que en todas estas pretensiones, a la vista de los resultados, naufraga con todo el equipo. Lo que es una pena, porque al principio promete, Aldiss apunta en un buen montón de líneas interesantes que, sin embargo, nunca explota hasta sus últimas consecuencias: Nueva Carne, sexo interespecie, cobayas humanos, el estigma prometeico, sometimiento y poder, la Guerra Total y las armas de destrucción masiva de diseño, así como el sempiterno debate acerca de la fe en un Dios que consiente el dolor y el padecimiento... Decididamente, mucho relleno para un pavo tan raquítico.

Como todo remake que se precie de semejante nombre, si no hay vuelta de tuerca sobre el original la cosa no tiene razón de ser, de modo que mientras el Moreau de Wells era un alma podrida que actuaba acicateada por la típica y gótica locura de conocimiento, esa suerte de science fever tan propia del XIX, el Moreau de Aldiss es, como aquél, otro monstruo en lo espiritual, pero también, y he aquí el giro, en lo físico: un tullido de la era de la farmacología, un residuo mutado de la era del bienestar, un tarado desde su mismo nacimiento que, movido por el rencor hacia ese mundo de la normalidad que lo convirtió en desecho, consagra su tarada existencia a investigar la plasticidad y los límites de la carne. Un igual y un semejante, por tanto, de los humanimales habitantes de la isla wellsiana.

Corría el año 1980 y este Aldiss bajo de forma, lejos sus días de pilar de la New Wave, finiquitaba su particular Frankenstein's Island no sin cierto maniqueísmo milenarista: cuando los monstruos de la Razón choquen y hagan la Tierra pedazos, transformándola en un infierno de radiación y ceniza, habrá llegado la hora del circo de la tinieblas y su dantesco espectáculo de freaks neocárnicos... Pero cinco años antes, un jovencísimo Cronenberg, ya por aquel entonces ballardiano, nos había insinuado sin ambages que el fin de los tiempos —del tiempo del hombre, se entiende— sería implosivo, que se haría desde dentro y que se engendraría en el sexo.



octubre 10, 2011

Welcome to Humanimal's Park



De las cuatro principales de H. G. Wells, La isla del Doctor Moreau la barrunto la más floja. Oro para El hombre invisible, plata para La guerra de los mundos y el tercer puesto del cajón para La máquina del tiempo. Así que el buen doctor bisturí tendrá que conformarse con un diploma olímpico. No hay más. Lo que aún no he decidido es si eso significa que es lo peorcillo de la camada o simplemente lo menos bueno. En general con Wells siempre me ocurre lo mismo, que lo acabo leyendo con el piloto automático, como por consenso: como esos profesores brillantes que jamás debieron pisar un aula: antes de iluminarte con su talento ya te han noqueado con su murga. Un poco eso.

De cualquier modo, que no se diga que sólo me interesa la ruina, que no se diga que digo que ésta novela es poco más que un Mad Doctor de pacotilla, si es que al final hay que sacar algo en claro que sea esto: lo que diferencia al hombre de las bestias no es la laringe, es decir, el lenguaje, o lo que es lo mismo, el pensamiento, sino el uso que uno y otras le dan, sobre todo si conduce a engaño, de tal modo que el hombre no es tal, el bebé no deja de ser bestia para convertirse en hombre hasta que llega el día en que aprende a mentir. Sea.

Por lo demás, La isla del doctor Moreau es un Michael Chrichton anticipado, un Jurassic Park victoriano.



octubre 05, 2011

El poeta que quiso ser río



Hoy me he puesto en faena pensando que yo también quería decir la mía sobre la traída y llevada polémica Kodama-Remake, pero enseguida me han entrado ganas de mear, y sucedió que en orinando me dio por echarme otra cuenta y he decidido que no, que paso, que basta; sólo diré, eso sí, que de un lado está María Kodama, viuda de Jorge Luis Borges, autor de Pierre Menard, autor del Quijote (este dato es relevante); y del otro está Agustín Fernández Mallo, autor de El Hacedor (de Borges), remake, libro que ya se había secuestrado a sí mismo mucho antes de que los abogados de Kodama lo secuestraran, esto es, que nadie hablaba ni había hablado de él hasta la fecha de la dicha polémica, ni lo compraban, ni lo leían, ni lo entregaban a las llamas, y digo yo que por algo sería (este dato es relevante también). Y después están los de en medio, aquellos terceros, multitud en discordia, ansiosos por de decir cada uno la suya respecto a la tan traída y llevada polémica Kodama-Remake (todas ellas, ésta inclusive, del todo irrelevantes). Sin comentarios. Todo el conjunto en sí daría bastante risa si no fuese porque es mucho más patético que gracioso.

Así que en lugar de decir lo que pienso de la tan traída y llevada polémica Kodama-Remake, lo que voy a hacer es hablar de James Dickey.

Al parecer James Dickey fue un pez gordo de la poesía norteamericana. Los años 60 fueron su cresta de la ola. Escribió algunos buenos libros de poesía y ganó algún que otro premio de categoría. Luego se pasó a la novela y eso fue el punto de inflexión: escribió Liberación, primera novela con la que dio la campanada al convertirla más tarde John Boorman en película de culto, semilla del subgénero american redneck. El mismo Dickey escribió el guión del film, por el que fue nominado al Oscar. También se guardó para sí un pequeño papel de Sheriff local con pocas ganas de papeleo. Dickey estaba de moda. Incluso el Presidente Carter le encargó en 1977 el poema para su Investidura... Poetas escribiendo para políticos. ¿Se lo imaginan aquí?... Yo casi puedo verlo: Leopoldo María Panero recitando en el Congreso uno de los suyos en la Investidura de Rajoy. Eso sí sería gracioso... El caso es que después de aquello Dickey siguió escribiendo y publicando libros, pero ya nada fue lo mismo, su estrella se había apagado. Y hoy día de él casi no se acuerda ni Dios.

Sobre todo si hablamos de un Dios en castellano. No tengo noticia de ninguna traducción de sus libros de poemas, y sólo de dos de sus novelas, Hacia el mar blanco, y la mencionada Liberación, ninguna de las dos, por cierto, actualmente en catálogo de sus respectivas editoriales. Liberación figuraba en la lista de las 100 mejores novelas de todos los tiempos de la revista Time y en la de las 100 mejores del siglo XX de la Modern Library, pero yo tuve que comprar mi ejemplar a través de un ciberportal de coleccionismo siruja. Tirado de precio, eso sí: tres euros de nada. Aunque también lo entiendo. ¿Quién querría en su casa un libro cuya portada es Burt Reynolds despechugado y en pose chulesca? Yo, por ejemplo... Pero bueno, tampoco estoy descubriendo nada nuevo, lo de la poesía traducida en este país también es de chiste: no sólo no puedes encontrar nada de Dickey, tampoco puedes ya conseguir nada de lo muy poco editado en su día de Ferlinghetti, pero sí en cambio nuestros editores andan locos por traducir cualquier zurullo que Kerouac decidió dejar por escrito —en rollo de papel higiénico o no—. Ni que decir tiene que Kerouac me parece un poeta mediocrísimo.

Así pues, ¿qué es Liberación? Que la adaptación tendenciosa de Boorman no les lleve a engaño, Boorman filmó la piel de esta novela pero no su carne, su fibra; nada de lo esencial del texto de Dickey está en las imágenes de esa película. De modo que no se queden en los mensajes de legítima defensa y reivindicación de la supervivencia del más fuerte, tampoco en el retrato de cierto gótico profundo americano —sospechemos que hasta cierto punto amañado—, porque el corazón de la novela nada tiene que ver con eso. Como indica ya desde su mismo título Liberación es el rescabrajamiento de una moral, la rotura de una presa, la liberación, en ocasiones incluso la eyaculación de un fuerte instinto panteísta: voluntad de fundirse con la naturaleza, ser uno con la tierra. Liberación es la voz de un poeta que quisiera dejar de ser hombre para convertirse en río. Tal cual. El aserto de que la ciudad, con su ruido, su miseria, su tristeza, su agonía, esta puta mierda de civilización que entre todos hemos montado, poco o nada tienen que ver con la vida.



octubre 02, 2011

Todos los hemingways El Hemingway




El engaño Hemingway es una novela de ciencia ficción sin ciencia y a la vez una novela de serie negra sin macguffin. Su excusa argumental no se tiene en pie pero aun así hace cosquillas, y es ésta: que existen multitud de universos paralelos en los que la literatura primeriza de Hemingway, la famosa maleta perdida llena de sus primeros cuentos, de verdad interesa a alguien... Que nosotros habitemos este universo idiota en el que ya ni siquiera la buena literatura de Hemingway apenas es capaz de interesar a unos pocos no obsta el goce de esta pequeña joyita de Haldeman, quien, a pesar de ser muy consciente de que no podrá escribir nunca un libro mejor que Guerra interminable, ni en éste ni en cualesquiera otros universos, idiotas o no, sigue intentándolo y de tanto en cuanto se acerca, como aquí, como en ésta, El engaño Hemingway, que se antoja, se cata y se degusta, ante todo y sobre todo, como un inteligentísimo ejercicio de metaliteratura, aderezado aquí y allá con escenas de sexo yanqui, esto es, pacato y más bien destrempador... Y sí, en efecto, en la medida en que están leyendo esto y no otra cosa, a mí en lugar de a otros cualesquiera, habitan ustedes un universo muy del lado equivocao de las vías. Conque suerte y al toro.

septiembre 08, 2011

Pienso en francés, luego existo en Netherlandia




Pienso, luego existo, luego soy, luego lo merezco todo, Todo, incluido también todo lo tuyo, conque dámelo, ¡dámelo todo!... El Discurso del Método es aquel librillo entrañable y luminoso en el que, de algún extraño modo, podía leerse entre líneas aquello de que todos y cada uno de nosotros somos rey y dios del universo solipsista que habitamos, cada cual el suyo, en creándolo a través de nuestro pensamiento egomaníaco. Pierre Bergounioux es un tipo muy cachondo, muy pillo, y nos dice: ey, tíos, de entre todos los entes pensantes nacidos de mujer sólo uno, el compatriota Descartes, pudo escribir un librillo tan entrañable y tan luminoso como el Discurso del Método, y aún os diré más: de entre todas las naciones habidas y por haber sólo en una, la Holanda de los tulipanes, pudo haber escrito el compatriota Descartes el dichoso entrañable y luminoso tomillo de filosofar racionalizador. Todo el egoísmo que somos y aun el egoísmo que seremos se lo debemos, pues, al país de los canales y los comedores compulsivos de patatas fritas ahogadas en salsa.

Así las cosas, tras el intempestivo experimento de discursiva posthumana que supuso B-17G, Una habitación en Holanda, el segundo Bergounioux que me tiro a la cara en pocos meses, se antoja una curiosa y hábil forma de explicar la causa a partir de sus consecuencias y no al revés, que es como se suelen conducir estos menesteres si pretende uno que no le rían la cátedra... El invento no deja de tener su aquél, lo reconozco, y desde luego si hay algo que no se le puede reprochar a Bergounioux es que guste de los planteamientos trillados, lo que tal y como está el panorama ya es todo un qué.



agosto 31, 2011

Chéjov, Chéjov





Si en la primera línea de un cuento aparece un clavo,

en la última alguien debe colgarse de él...

Anton Chéjov




Fijó el clavo a la viga con tres firmes martillazos. Tironeó de él con fuerza para comprobar que no cedía. Satisfecho, fue directo al estudio; había llegado el momento de la verdad. Al fin volvía a tener una muy buena idea y no la podía desaprovechar. Empezó a mano, papel y pluma, pero no hubo forma, hacía tanto que no escribía así que enseguida se sintió bloqueado. Conque saltó al ordenador, el teclado; su inmediatez, se dijo; todo fluiría mucho mejor... Pasó horas frente a la pantalla, dándole una y otra vez a la tecla de retroceso; borrando, corrigiendo, eliminando párrafos enteros; no hubo manera, seguía sin salir, algo había allí escondido, parapetado tras el cursor intermitente, que volvía a bloquearlo. “No, así no voy a ninguna parte”. De modo que pensó en volver a los viejos tiempos, pasarse a la máquina, la artrítica Olivetti de sus comienzos. Los vecinos pensaron que se había vuelto loco, escucharon el irregular pero constante repiqueteo durante todas las horas de aquella madrugada. Pero fue inútil, tan pronto como llegaba al tercer o al cuarto párrafo se desinflaba, aquello no le terminaba de convencer. “Empezar de cero, empezar de cero”, se lo repetía obsesivo, de modo que arrancaba la página y volvía a la carga. Así transcurrieron todos los días y noches de una larguísima semana, del folio virgen a la máquina, de ésta al ordenador, y luego de vuelta otra vez al papel de toda catadura –libretas, blocs, servilletas, facturas impagadas, en una ocasión de urgencia impostergable hasta el rollo del váter–, y sobre éste siempre la pluma quieta, el pensamiento trabado. De nuevo el bloqueo: desespero e impotencia. Y a lo largo de toda aquella tiránica sinrazón, un sinfín de cafés muy cargados, el doble de cigarrillos, insomnios interminables, apenas un par de bocados y, cómo no, una denuncia vecinal por escándalo interpuesta en el juzgado... Cuando semanas después las autoridades tiraron la puerta abajo, supongo que ya se lo imaginan, encontraron su estudio a reventar de bolas de papel arrugado, la Olivetti encastada en el monitor del ordenador, y a él, por supuesto, con el cable del teclado por corbata, pendiendo del clavo que fue origen de este microrrelato.