Resistencia en el flanco débil

diciembre 12, 2011

Eine andere Symphonie des Grauens


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El corazón es un francotirador desquiciado.

The Heart of the World (2000) de Guy Maddin

noviembre 24, 2011

El hombre herido de Gustave Courbet




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Recostado sobre el tronco viejo, cerró los ojos y escuchó: el canto de las aves y el rumor de la brisa nada sabían de las miserias del hombre. Se preguntó entonces si había cumplido alguno de los sueños de su vida. No saber qué contestarse fue la más dolorosa respuesta, aún más dolorosa y profunda que la herida en el pecho. Pero ahora sólo quería dormir. Estaba cansado y el sol lucía cálido y alto. Un joven soñoliento y cansado. Demasiado soñoliento y cansado como para alimentar al miedo. Sabía que no volvería a abrir los ojos, y aquél, se dijo, era un lugar tan agradable y tranquilo...

L'Homme Blessé (1854) de Gustave Courbet, Musée D'Orsay                                                               

noviembre 11, 2011

Lo raro es la delicadeza...



Llegó el año largo como llegan las buenas, desusadas noticias, aguacero a mitad de sequía, y duró apenas algo más de lo que tardan en deshacerse de sus cachorros los niños mimados. Duró tres inviernos, un verano. Duró lo que alargan los tifones en la sala de jugar de los dioses cuando éstos se han aburrido: ya nadie andaba mirando. Por eso se marchó impune, como parten los barcos de guerra de un puerto sin ciudadela. Nunca estuvo en su ruta, a su altura, recalar tan bajo, tan intempestivo, y hallar de repente –tremenda sorpresa– semejante vida, tan rico botín en aquella orilla, histórico lado equivocado de las vías. Se fue el año largo tras el saqueo, como se dice, a la francesa, sin adiós, sin siquiera el valor, en último término, de izar la escondida bandera pirata. Sólo dejó odio. Sólo sembró rencor. Noches en cuchilla sobre la garganta. La luz amarilla de la boca apretada. El lado de afuera de la delicadeza. Un buen puñado de arrasadas palabras. Palabras que cesan aquí.


agosto 31, 2011

Chéjov, Chéjov





Si en la primera línea de un cuento aparece un clavo,

en la última alguien debe colgarse de él...

Anton Chéjov




Fijó el clavo a la viga con tres firmes martillazos. Tironeó de él con fuerza para comprobar que no cedía. Satisfecho, fue directo al estudio; había llegado el momento de la verdad. Al fin volvía a tener una muy buena idea y no la podía desaprovechar. Empezó a mano, papel y pluma, pero no hubo forma, hacía tanto que no escribía así que enseguida se sintió bloqueado. Conque saltó al ordenador, el teclado; su inmediatez, se dijo; todo fluiría mucho mejor... Pasó horas frente a la pantalla, dándole una y otra vez a la tecla de retroceso; borrando, corrigiendo, eliminando párrafos enteros; no hubo manera, seguía sin salir, algo había allí escondido, parapetado tras el cursor intermitente, que volvía a bloquearlo. “No, así no voy a ninguna parte”. De modo que pensó en volver a los viejos tiempos, pasarse a la máquina, la artrítica Olivetti de sus comienzos. Los vecinos pensaron que se había vuelto loco, escucharon el irregular pero constante repiqueteo durante todas las horas de aquella madrugada. Pero fue inútil, tan pronto como llegaba al tercer o al cuarto párrafo se desinflaba, aquello no le terminaba de convencer. “Empezar de cero, empezar de cero”, se lo repetía obsesivo, de modo que arrancaba la página y volvía a la carga. Así transcurrieron todos los días y noches de una larguísima semana, del folio virgen a la máquina, de ésta al ordenador, y luego de vuelta otra vez al papel de toda catadura –libretas, blocs, servilletas, facturas impagadas, en una ocasión de urgencia impostergable hasta el rollo del váter–, y sobre éste siempre la pluma quieta, el pensamiento trabado. De nuevo el bloqueo: desespero e impotencia. Y a lo largo de toda aquella tiránica sinrazón, un sinfín de cafés muy cargados, el doble de cigarrillos, insomnios interminables, apenas un par de bocados y, cómo no, una denuncia vecinal por escándalo interpuesta en el juzgado... Cuando semanas después las autoridades tiraron la puerta abajo, supongo que ya se lo imaginan, encontraron su estudio a reventar de bolas de papel arrugado, la Olivetti encastada en el monitor del ordenador, y a él, por supuesto, con el cable del teclado por corbata, pendiendo del clavo que fue origen de este microrrelato.


agosto 23, 2011

Dos veces muerto




Tal y como suele ocurrir, a la tercera fue la vencida, y para cuando el ilustre profesor, e ilustre vienés, Erwin Rudolf Josef Alexander Schrödinger decidió abrir la caja del experimento —que antes que virtual, y secretamente, fue experimento real, pues el profesor tenía un algo de sádico— ya era demasiado tarde: el gato negro Rufus, harto de estar ni vivo ni muerto, o mejor dicho, vivo y muerto al mismo tiempo, con la espada de Damocles de la inmortalidad relativa pendiendo sobre su estrecha y peluda cabeza —en suma, como todos—, saltó sobre la yugular del eminente vienés y científico, con las zarpas y la rabia transformadas en cuchilla.

Desde ese preciso y sangriento entonces —y secretamente, los americanos se ocuparon de ello—, Erwin Rudolf Josef Alexander Schrödinger deja de ser él, es decir, un ser vivo sobre la faz de la Tierra, para convertirse en simplemente Schrödinger, también conocido como "el del gato de Schrödinger", esto es, un carísimo clon teledirigido cuya impostura acaba hoy, ahora, aquí...





agosto 17, 2011

Fredric Brown lives






El último hombre sobre la faz de la Tierra está sentado en el salón. Acto seguido llaman a la puerta...

—¡¡¡Correo Comerciaaal!!!





agosto 10, 2011

No hay remedio


Que aquel día fuimos felices, bandera y estandarte de la dicha invulnerable, lo sabremos adelante, lo sabremos con el tiempo, cuando lleguen las noches de llorar por lo perdido.

Que aquella mañana, aquella luz, aquella brisa fresca bañándonos el rostro de insólita serenidad, fueron la alegría incontestable y el tesoro marcesible de nuestra peripecia, lo sabremos tarde, nos cogerá a toro pasado, cuando cerrar los ojos y vivir en el recuerdo sean lo mismo.

Que el reguero de distancia que separaba aquel precioso segundo de la ruina que seremos, fue este hilo de ariadna delator, sangre de nuestra sangre, tiempo de nuestro tiempo, que trajo de vuelta al minotauro justo para el convite de nuestro asesinato, es una intuición que no se conoce, se lleva en los huesos.

Que nos complacemos en la ceguera por pura insensatez y goce del padecimiento; lo que supo siempre el corazón lo predicó el cuerpo, pero preferimos atender al oído sordo del juicio y la palabra necia del pensamiento, cuya cháchara nada ha de valer cuando lleguen los días de la herida, y ya no haya cura ni medie consuelo, y nos derramemos finales sobre la pena por todo lo que pudimos ser, y no quisimos...

junio 25, 2011

Atlas de Anatomía Mecánica




En un choque automovilístico fatal se producen tres colisiones irreversibles, tres muertes inmediatas y encadenadas: primero el choque del torrente sanguíneo contra las paredes de los vasos, glóbulos rojos y blancos y demás flora plasmática destrozados contra las paredes arteriales; después el impacto de los órganos internos contra la carcasa de musculatura y hueso: hígado, estómago, pulmones, bazo y corazón del todo reventados; y finalmente el cuerpo desde fuera, piel vestida y ojos desorbitados por la sorpresa ante el súbito final, encastándose contra el volante y el cuadro de instrumentos o bien saliendo despedido hacia la eternidad a través del parabrisas. Triple muerte por triple impacto en milésimas de segundo. Esto lo aprendes con Ballard. Lo aprendes en Crash.

Con Pierre Bergounioux asistes a una lección parecida: un Focke-Wulf 190 alemán dando muerte a una fortaleza volante B-17 sobre el cielo alemán de 1944, se produce también, igual, en los mismos tres tiempos, pero en sentido inverso. Primero los proyectiles del caza hacen trizas el fuselaje del bombardero, desde ese mismo segundo ya herido de muerte; después le toca el turno a la piel vestida de uniforme y los ojos perplejos de sus tripulantes, que aún no saben cómo y por dónde los penetró la eternidad; y estalla al fin, en tercer término, todo lo de dentro, huesos y órganos, sangre y músculo y tendón, pasado por la batidora y transformado en una irreductible inercia de casquería. El colapso de las vísceras significa a la vez el colapso de los tripulantes, cuyo colapso, al tiempo, significa el colapso de la nave, que cae abatida y se precipita sin remisión al suelo. Triple muerte por triple impacto en milésimas de segundo. Es la muerte acelerada. La muerte posthumana a manos de le técnica y la velocidad. El nuevo modelo de matar del siglo XX, su favorito.

B-17G no es tanto una reflexión sobre el siglo de la violencia como un lúcido memento de los albures del cyberpunk: los primeros flirteos del hombre con la máquina, los pilares de la vida orgánica en simbiosis con la mecánica. La fortaleza volante derribada es una muerte postuhmana porque la fortaleza volante es ya en sí un ser vivo y autónomo, que participa de la humanidad sin ser exactamente humana. La fortaleza volante es el pájaro terrible que surca los cielos de la Europa devastada, sus órganos internos, sus diez tripulantes, y su sangre, la sangre de éstos. Igual que el caza alemán que los ha derribado no es sólo un hombre pilotando un aeroplano. Igual que un deportivo a 300 por hora por la autopista, su conductor borracho y suicida a los mandos, no es sólo un coche y un hombre dentro. Los dos unidos y en simbiosis, al ser uno, ya no son hombre ni máquina, son otra cosa que participa de ambas sin ser ninguna. Un ser postuhamo de potencial cataclísmico. Un acerado escalpelo mecánico cuyo alimento es la velocidad.

El mecánico de a bordo, el piloto, el artillero de cola... todos y cada uno de los diez tripulantes, al subir a la fortaleza volante y asumir su puesto, dejan de ser hombres, pierden su individualidad y pierden su libre albedrío, trocando su destino por el de la propia nave. Una mucho más que kafkiana metamorfosis en la que el ser orgánico y sapiens trasciende su condición para tornarse a la vez cerebro y pieza móvil de la máquina volante, ángel de muerte. Son los pañales de la civilización que hoy transitamos; el mundo entonces recién bautizado como moderno —después posmoderno— y ahora hipermoderno: la entronización de la técnica al servicio de la velocidad. Los días de la vida rápida y la muerte acelerada.

Se trata del mismo culto a la posthumanidad que el día de mañana dará por cerrado el primer viajero en el tiempo, abriendo con su máquina nada wellsiana —su tentativa exitosa sobre el grial de la física— un agujero negro en los cojones de Dios y colapsando de paso el Universo, antes, eso sí, de haber alumbrado, en miles de años de Historia del Pensamiento, una sola e íntima verdad que lo libere del horror de la eternidad y de la angustia del vacío.



junio 22, 2011

La achicoria de los días



Intentado dejar el café esta semana. Bueno, ni siquiera dejarlo, sólo reducir la dosis. Imposible. Bueno, ni siquiera imposible: es que no me da la gana. Eso es. De arriba abajo y viceversa y una vez en la antípoda vuelta al salto a tumba abierta contra qué sé yo. Sin paradas para mear. Así siempre. Así todo el rato. El asco.

De todos modos creo que se me ha escacharrado la cafetera. Hace tiempo que ya sólo sale la mitad. ¿Puede escacharrarse un artefacto que son tres piezas de hierro y otra de goma? Al parecer sí. He ido probando cosas, no crean, combinaciones: mucha agua, menos agua, mucho café, menos café, otro café... Pero no hay forma, sigue saliendo sólo la mitad. Es un fenómeno curioso. A lo mejor soy yo, que ya no sé ponerla. Sí, lo sé: sólo hay que añadir agua y café y cerrar y al fuego. Muy sencillo todo. Pero quién sabe, a lo mejor tengo yo la culpa. Que ya no la pongo como es debido. Seré yo el que me he escacharrado. Seguramente.


Ahora viene cuando alguno de ustedes me dice que es cosa del filtro. Que lo limpie, que lo cambie, que me compre otra cafetera. Y muy probablemente tendrán razón, pero por favor no lo hagan. Si lo hacen me joden el chiste.

Leo también Hammerstein o el tesón, de Enzensberger, que es, en palabras del propio autor, "una historia muy larga, y muy alemana". No es para menos. También es una manera de decir que no todo hijo de la Alemania del Weimar fue un terrible y un inefable. Que hubo de todo, copón... Entre los vencedores de la época también hubo una buena piara de malnacidos sin escrúpulos pero aquí todo el mundo se calla la bocarra. Lo más divertido del libro son los diálogos apócrifos. Te echas unas risas. Es importante no perder el sentido del humor. Si se te escacharra el sentido del humor estás rejodido. Es entonces cuando empiezan a rebelársete las cafeteras de hierro colado y lanzas al ciberespacio basura como ésta. Supongo que es también a partir de ahí que el regusto a achicoria empieza a ganarte el paladar.


Y si es que hay que acabar, mejor acabar con una comparación más estúpida que odiosa: en efecto Boris Vian ponía mejores títulos pero yo soy mejor sacando de donde no hay...

junio 06, 2011

Asalto




Cuántas veces me has tenido así, oh Dios cuántas, a cara de perro, los dientes apretados, los puños dura piedra, los ojos en la V de las víboras, ardiendo de rabia, quemando la ira soterrada de tantas y tantas noches de insomnio e impotencia, tanto y tanto grito reprimido; me hice hombre año a año, noche terrible tras terrible noche, los pulmones derrengados golpeando tu muro; me hice sombra, día a día, noche trágica tras trágica noche, cuerpo y alma, ambos dolor, arañando a garra desnuda y sangrante mirada tu sorda muralla. Cuántas veces nos hemos enfrentado desde entonces, cuántas oh Dios, ha resistido mis ataques tu ciudadela, me has devuelto de un bufido al cieno que me reservaste y que, oh Dios, has de saberlo, hasta el último de mis alientos me resistiré a ser. Tendrás que matarme si quieres callar esta voz que desde lo pequeño y último te desafía, tendrás que partirme en dos, comerte mi corazón, rebañar con los dedos lo sagrado de dentro, si es que quieres dejar de sufrir mi embestida. Hecho a tu imagen y semejanza, a cabezota, hijoputa y cabrón, sin embargo, no me ganas, no en vano tengo de mi parte la fuerza imparable del que, nacido para reptar con la cabeza gacha, se atrevió a levantarla, bañarse de luz la mirada. Jamás sabrás mis motivos, no has de catar mis certezas, mi ancho dolor, de sol a sol, es sólo mío; lejano y seguro como te sabes en ese alto picado desde el cual todo lo miras, nunca ha de estar a tu alcance un agridulce segundo de ser humano: somos esos pececillos de colores que enseñar a las visitas, allá en lo hondo y oscuro de tu acuario. Cuántas veces todavía, oh Dios cuántas, has de sentir en tu panza gorda el cosquilleo de mi pica, en tu sucia barba lo húmedo y pegajoso de mi desprecio, si es que no te das prisa y acabas ya con este pececillo deslenguado, bastardo y patético. No me daré por vencido: eres el padre que nunca quise, sólo pensar que algo de tu sangre es también la mía la náusea me sube a la boca en torrente, me mataría aquí mismo y ahora si no me quedase la ilusión, la eterna frustrada esperanza de verte algún día muerto a mis pies, bajado a la tierra con mis propias manos, al barro y la mierda, desde lo alto de tu ubicua muralla. No has de caer, lo sé, oigo tus carcajadas. No he de vencer, lo sé, a desengañado tampoco ganas. Pero aquí estaré, y allá estarás tú. Ahora, hoy, probablemente también mañana: cuántas veces, oh Dios cuántas, nos hemos todavía de enfrentar tú y yo las caras. Hasta que el juego te aburra y me sueltes a la espalda, a la espalda siempre —ésa es tu inconfundible marca—, los perros de la Muerte, esa Gran Perra que tienes tan bien entrenada. Mírame a los ojos entonces si es que tienes arrestos, oh Dios, mírame mirarte por última vez mientras los perros me estén devorando: este orgullo en fuego de haberte combatido, de haberme negado con todo mi ser a ser hijo tuyo, te ha de quemar de vergüenza la cara...



junio 04, 2011

Gramática nocturna




Esa hora intransitiva
sin objeto y
sin sentido
en que todas las palabras se me hayan
agotado
será negra y será dolor
negra y grito
como esta noche cerrada que se acerca
sierpe y virus
sin traerte

Negra y llanto
como todos y cada uno de los silencios
desabrochados
se desataron
se hicieron mar y lamia
y tibia carne de desencuentro

Hora sin predicado
en que cualquier delito
o falta
o rosedal marchito
será inacción definitiva
y garganta sin circulación

No soy tan soledad
como dibujando esa hora de quietudes
altiva puerta sin cerradura
en que las palabras digan basta
y los verbos, todos, se hayan desconjugado
sin remedio

Hora negra
Hora grito
Hora hache
Hora dolor
allá en el salto nocturno sobre la nada dentada
allá en la encrucijada de los sujetos asesinados
cada segundo será demonio
y todo pulso sobre la tecla borrada
sin tinta
nombre
o escrúpulo
la avanzadilla de una indolente equidistancia
ésa
nuestra mutua autodestrucción...

marzo 14, 2011

La bestia de la guerra




Despierto más de lo que amanezco
Y allá fuera la Ciudad Muerta
Me contempla con una sonrisa de diente
Sabiendo que me enterrará
Con todos los silentes honores reservados a la medianía


Despierto más de lo que amanezco
Y allá fuera la Ciudad Muerta
Es el desierto
Arenas rojas, marcianas de puro locas
Dunas en tsunami con la cresta infectada de soledad


Despierto más de lo que amanezco
Y allá fuera la Ciudad Muerta
Ensaya Desdre
La he vuelto a bombardear en sueños
Hedor a napalm y carne quemada por la mañana
Huele a victoria virtual, es decir, a derrota


Despierto más de lo que amanezco
Y allá fuera la Ciudad Muerta
Es un paisaje lunar
Recurro al cáncer del insomnio
Como metástasis para llegar al hígado oculto de la pesadilla


Despierto más de lo que amanezco
Y allá fuera la Ciudad Muerta
Me echa el humo de tabaco a la cara
Dos de cada cuarenta de sus cadáveres habitantes
Morirán de nicotina, al resto los despachará el hastío


Despierto más de lo que amanezco
Y allá fuera la Ciudad Muerta
Susurra irrefragable mi nombre
Lanza contra mí flotillas de Enola Gays
Sus bodegas hasta las trancas de Hiroshimas de recuerdos



Despierto más de lo que amanezco
Y allá fuera la Ciudad Muerta
Es la trinchera total
Nunca más te volveré a ver
Sólo nos unirá esta carta última teñida de muerte
Manando tu sangre de mi pecho acribillado


Despierto más de lo que amanezco
Y allá fuera la Ciudad Muerta
Machaca mi cordura con el viento del absurdo:
Se muere como se vive
Repite
Se vive
Solo
Y se muere
Solo
Y pienso en Asimov
Aquel título suyo:
“Estoy en Puerto Marte sin Hilda”
Y de pronto me parece, aquello, sólo el título
Lo mejor que escribió aquel ególatra cabrón
De patillas imposibles
En sus más de 500 libros…

Luego despierto
Aún no ha amanecido


marzo 09, 2011

La flema que devoró París




Yo me hallaba allí más en calidad de desesperado chico de los recados que de corresponsal, hacía meses que había perdido la esperanza de encontrar un volumen anotado de la correspondencia entre Henry Miller y Anaïs Nin. Era un encargo de Nicasio, Nicasio Térpolo, un amigo de Malpartida de Plasencia, quien a su vez lo quería para regalárselo a una monja de clausura. Del convento de San Miguel de Trujillo. Que le hacía unos dulces que para qué... Y como muestra de agradecimiento —o pago por mejor no sepamos qué—, Térpolo quería regalarle el libro de marras, las guarrerías epistolares entre «el Henry» y «la June», y además en francés, que da más morbo... Hasta ahí bien, no parece demasiado complicado, ¿no? ¡No!, ¡no!, desde luego... el problema de base es que la monja dulcera del demonio el libraco ¡lo quería intonso!... Que si no es intonso no lo tocan sus manos beatas, me dice Térpolo que le dijo la servidora de Dios, y a partir de ahí quien estuvo bien jodido no fue otro que este servidor, pobre pecador.

Pues el tema fue, como decía, que yo había perdido toda esperanza, pero aun así tenía dicho a Marienne, ama y dueña de la librería Ferdinand Destouches, para más señas, sita en un oscuro confín parisién de cuya dirección concreta mejor no acordarse, que si alguna vez le caía en las manos semejante rareza bibliográfica y bibliofrénica tuviese a bien el guardármelo. Así que allí estaba yo, haciendo tiempo mientras esperaba a Marienne, que había salido a un recado, por ver si tenía buenas nuevas respecto a lo mío —lo de Nicasio y su dulcera beata, en puridad—, ojeando distraída pero estrechamente unos rarísimos ejemplares de Signal muy bien de precio, cuando el chaval aquél con cara de perro le dijo al padre, «¡que no!, ¡que nooo!, cómprame El Principito, ¡El Principito con dibujos, vengaaa!... », de lo que cabe deducir, así a bote pronto, que el niñato en cuestión lo que se dice muchas tablas no tenía, porque a ver quién es el guapo que me encuentra hoy en día una edición del susodicho principito sin sus monigotes made in «Saint-Ex». Entonces el padre, que debía sentirse muy maldito por haber contribuido a traer al mundo un vástago tan mostrenco, le contestó, «No hijo, no, esas mariconadas no... Te voy a comprar el Hazañas Bélicas». El niño hizo un mohín de cagarse en sus abuelos y acto seguido se sopló los mocos de su morro de carlino. El padre totalitario y paramilitar acudió al dependiente: «Quiero un Hazañas Bélicas, por favor... Es para mi hijo, sabe usted. Voy a hacerlo un HOMBRE... », a lo que éste le respondió tal que lo siguiente: «Aquí ya no vendemos esa basura, señor», quedándose tan ancho, el tío. El señor padre del hijo bobo y cara chucho se quedó poco menos que paralizado. Transido por la muerte y algo más. Aún más duro que la muerte. La ignominia. El deshonor. Lo habían acribillado los boches nada más abrirse la compuerta de su barcaza. Estaba frito. Cadáver inerte en las arenas de Omaha Beach, tan lejos de las medallas. Salvas al aire y banderas dobladas y festín de gusanos. Entonces el niño, que al parecer, todo y lo tonto y lo cánido, llegará a ser más listo que su viejo, se llegó hasta el mostrador gritando: «!¿Y El Principito, el Princi... El Principitooo, eh, eeeh?!... ¡¿EEEEH?!"... ». «Sí, mira niño, aquí tienes todos estos...».

Y así sucedió que en tanto el chavalillo mendaz empezaba a degustar —y olisquear— visual y táctilmente los principescos ejemplares del gran, del enorme Saint-Exupéry, los ojos desorbitados de emoción, desencajados los gordos carrillos por la alegría, fue que me apercibí de cómo el padre, rastrero y subrepticio, conseguía permutar su condición de petrificado por la de huido con el rabo entre las piernas y hacía mutis por el foro, ganando así la puerta de entrada, tan cerdamente.

De todo esto fui testigo yo no hace mucho, en la librería Ferdinand Destouches, el enésimo día que no conseguí la correspondencia intonsa de Henry Miller y Anaïs Nin, y cabe reseñar que lo fui en castellano, tal como lo oyen, lo leen, porque de todos es sabido que si hay una palabra en el orbe con la que los franceses no comulgan desde los días de la Liberación, ésa palabra es «colaboracionista», fenómeno sin par que explica, sin ir más lejos, por qué ningún francés, salvo su dueña y ama, Marienne, haya hollado jamás el cuidado parqué de tan pintoresco comercio, que distribuye buenos libros y mala leche desde 1983.



febrero 27, 2011

Al fin el fin

No está muy lejos el tiempo en que hasta el último cimiento venza, los días soleados parafraseen el colapso, y aun así este piano no deje de sonar muy alto y muy él, tan adentro, en los cardúmenes de mi latido. Balada y copla y réquiem de mis llantos. Todo habrá terminado y no habrá hecho sino comenzar. ¡Cuánto luchamos y perdimos para llegar a este momento y cuánto nos queda aún por padecer! El precio a pagar por el invierno de los asesinos no tendrá techo ni verá otro amanecer que no sea la pena umbría, el gélido desconsuelo. Mírame a la cara y dime. Sé sincera. Dime si queda algo de cuanto fui y conociste. Si estos ojos merecen la luz de la vida. Si estas manos deberían volver a acariciar una piel distinta de la del hermano cadáver. Si no debería asesinar mi voz, acallarla para siempre: mi memoria es trasunto del infierno y sólo yo debería dormir, dormir eterno en su regazo, mamar su leche amarga. ¿De verdad es esto el fin? ¿Éste era el objeto, el último sentido? Criado para la destrucción, adiestrado en la acedía, qué será de mí, puñal descabalgado, chillido inerme, peón sacrificado en aras del disparate. Aléjate de mí. Soy un infectado, un apestado del odio, podría contagiarte, y el mundo te necesita para seguir teniendo nombre. Déjame a solas con el barro y la ceniza. Quiero estar preparado. Ya los siento cerca. Los días de piedra. La estrechísima y lluviosa primavera de los petrificados.


febrero 22, 2011

Épica de intolerable asimetría


Salí y era la noche. Era yo metido hasta el cuello en la noche del acero y la barbarie. Era yo con nombre de peligro y subtítulo de cacería. Una pesadilla con los dientes aserrados, el instinto de un tiburón sobre la sangre de la incauta presa. Robé un coche. Dejé sin sentido a un segurata. Quizá lo maté, cualquiera sabe. No podría asegurarlo. Quizá acabé con su dieta hipersaturada en grasas y películas guarras e hijos con enfermedades incurables y extrañas por las que ni un infinitesimal porcentaje de población se lavaría la conciencia en una maratón televisiva. Yo era un fuera de la ley del imperio de la lógica, la singularidad a eliminar de la ecuación de la ortodoxia cotidiana, el antídoto contra la intolerancia sobre el que cualquier farmacéutica pondría precio, a tanto la cabeza, viva o muerta, tanto da, el caso es saberla separada del torso. Conduje hasta la extenuación de mis instintos y la noche no acababa. La noche era acero y era barbarie y era el túnel cegado del absurdo remasterizado. El puente tan lejano siempre de todo cuanto se anhela y se persigue por encima y a pesar de las propias posibilidades. No sé en qué momento, en qué intensísimo último segundo mordí el polvo y me supe este bosque petrificado, asfalto de la sangre del asfalto, este sordo no volverme a levantar. Había corrido contra la noche de acero, la noche sin luz y sin luna de los desesperados, pero la negra oscuridad y su barbarie me habían echado de la carrera. Y ahora sabía y sentía en derredor la solidificación esclerótica de todo lo posible. Un pedazo roto de desafío tirado en la cuneta umbría, mientras allá lejos, ajena a mi épica resquebrajada, la vida una vez más amanecía. Alcé y era la noche. Era yo metido hasta el cuello en el saco de escombros de los minutos de la basura de la noche. Escoria de acero y de barbarie.


febrero 05, 2011

Qué hay de nuevo, Steppenwolf...




Mis problemas son todos ellos, del primero al último, más listos que yo, si no a cuento de qué iba a estar yo de esta manera, y es ésa una estirpe de inteligencia que no se refleja en los currículos, ni se ve en los ojos, está en las manos, porque si la mirada es el espejo del alma, entonces las manos hechas cisco y fosfatina y compota de carne humana, machucadas por el ácido de los días y la cafeína de las lágrimas, ésas, entonces sí, deben ser algo así como el inventario de nuestra inoperancia. Me miro las manos y ya no me reconozco más que en las derrotas, todos los agravios, a lo sumo me proyectan a la cara qué persepectivas de descenso me quedan por significar en este teatro, si es que queda alguna, aparte de las obvias renuncias. El frío sigue siendo también más o menos el que ha venido siendo, sólo que yo estoy otra vez más delgado que nunca, he perdido grasa y he perdido gas. Afuera amanece, lo que no es poco ni mucho, ocurre cada día, sobre todo si lo miras con esta mirada de ahora, huérfana de maravilla, a ojos de la que cualquier luz va a ser un prodigio tan ajeno. El padecimiento continuo, último y enésimo libro de poemas de Bukowski en Editorial Visor, me ha parecido flojo y además está mal editado, lleno de errores de concordancia y cagadas de las prisas y el poco o ningún celo profesional. Al parecer la solución de la industria editorial para capear la crisis está siendo abaratar costes internos y editar cada vez peor sus libros. Al lector, que es quien los mantiene en el ruedo, que le den mucho por el culo, está visto... Pese a todo, como siempre, hay algunos poemas o versos o cópulas de palabras que te rebanan el pescuezo como es de ley. Y cito: "La satisfacción entre estados de angustia es el elixir / de la existencia". Y bueno, de un lado está esta verdad y del otro puede andar, por ejemplo, al arte imbécil de la dialéctica, ése que dicta que si dices que tus problemas son más listos que tú en lugar de decir que tú eres más tonto que todos tus problemas, entonces da igual lo burro que seas, has ganado la partida, jaque mate, te puedes colgar la medallita del día e irte a la cama sonriente y sin peligro en los huesos, dándote palmaditas en la espalda... Pero ve con tiento, ni se te ocurra mirarte las manos o vas a caer desde muy alto. Las manos llevan la cuenta. Las manos no se equivocan.


enero 27, 2011

Sprint



Bien, esto es lo que haremos
Primero iré yo
Cuentas diez y sales tú
Izquierda, derecha
Derecha, izquierda
Ya sabes
No te pares
No mires atrás
Adelante siempre
Si nos paramos estamos acabados
¿Entendido?
Sí
Pues... de acuerdo entonces
Será mejor hacerlo ya
Nada avanza mientras sigamos aquí
Y cada segundo estamos más lejos
Nos vemos al otro lado...
¿Y si no nos vemos?
¿Qué?
Ya sabes
Entonces nos veremos en todas partes...
Ésa es una mierda de respuesta
Y lo sabes
Y qué esperabas
Yo estoy cagado de miedo igual que tú
Vale
Hay que pasar
No nos queda otra
Lo sé
Bueno... pues vamos allá...
Vamos





enero 25, 2011

El durmiente del valle

¿Te acuerdas?
¿Recuerdas el día que juntos
Vimos el mar?
Dijo
Y le faltaba el aire
Fue maravilloso
Dijo
Maravilloso
Dijo
Y la faltaba el aire
Y las piernas le fallaban

Estoy cansado
Dijo
Necesito parar
Dijo
Será sólo un momento
Cinco minutos
Dijo
Te pido cinco minutos sólo
Y se sentó para siempre

¿Hueles eso?
¡Dios mío!
Dijo
Nunca pensé que la brisa
Pudiese tener ese aroma
Dijo
Pero yo no olía nada en el aire
Y el pecho se le apagaba

Creo que voy a dormir
Voy a dormir un rato
Dijo
Una pequeña cabezada
Dijo
En un minutos estaré como nuevo
Dijo
Y podremos continuar

Y sus párpados cayeron
Sus brazos se destensaron
El cuello descendió sobre sí
Y entonces fue el viento
La marina brisa inodora
Quien agitando sus ropas
Dijo que ya descansaba
Que al fin dormía
Que sería una siesta muy larga

Conque lo dejé allí
Inerte sobre su sueño...
Mecido y despojado y libre




enero 23, 2011

Sueño Negro

Sueño negro
Que me velas
Con este celo deletéreo
De amantísima señora Bates

Sueño negro
Negro film del dantesco
Contenido de mi mente
Que proyectas la sangre
Hecha venganza en el cielo
De mi boca

Sueño negro
Envés arterial de la verde
Zozobra
Veneno de mis horas
Esperma cansado
Infecto y bastardo
Que manchas el alma
Desde la misma raíz
De tu sencillo concepto
Etimología perversa

Sueño negro
Arquitectura omnívora
De todo cuanto en mí
Habita y respira
Y quiere llegar a ser
Contramedida de la oscuridad
Empiezas a ser demasiado peso
Para estos huesos
Que ya no me sostienen

Sueño negro
Amo negro
Dueño y Señor
De la secreta ciudadela
De mi pálpito y centro
Si te digo que me estás matando
Lo sé
Entonces retirarás tu índice
En escalpelo
Y me dejarás en paz cuánto...

En el fondo
No eres más que un tibio
Otro tibio más
Y te sube el pudor
Te da el apuro
Te embarga el escrúpulo
Y te corta el trempante rollo sádico
Si sabes que estoy consciente
Que no sabes cómo
Pero he despertado
Y que te estoy mirando
Silente y sordo
Destruirme...


enero 22, 2011

Daños colaterales

Creo que poco a poco lo estoy logrando, he hecho de mi casa un búnker y de mi corazón una bala blindada. Me enseñoreo en la melancolía, saco pecho, pido a gritos la condecoración a título póstumo, me pido voluntario para la matanza. Soy ése sí, precisa y justamente ése, el Gilipollas Número Uno. Con dos cojones. Y habrá, confío, quien me perdone y hasta comprenda que hable siempre desde este acre gonadismo testicular, pero es que no hay tutía, a ver con qué ovarios de los que nunca estuve equipado me pongo a desballestar el mundo. Esto no es Mansfield Park. El otro día, sin ir más lejos, me sacaron tarjeta, me eneseñaron la bandera negra por soltar bombas como "Hoy soy la ira que te hará pedazos/en cuanto aviste tu bandera blanca". Joder. Tienen razón. Qué terrible. Qué cabrón. Qué malnacido. A veces olvido que vivo en la dictadura de PinyPon. En la que cualquiera puede cometer el acto más atroz y deleznable bajo los efectos psicotrópicos de la locura transitoria pero ya escribir la maldad, es decir, pensar la maldad, eso implica una premeditación inmoral difícilmente concebible. El asesino es un loco y hay que encerrarlo. Pero el cínico es un perverso y un enfermo. A ése hay que lincharlo. Que nos está manchando la limpia conciencia del circo feliz. Pero está bien, estamos bien, estamos conformes. Hemos avanzado mucho en lo que a libertades respecta. Hace 500 años ya me habrían quemado. El siglo pasado por mucho menos ya me habrían metido en el talego. Y aquí estoy, sin embargo, soltando mi mierda a los cuatro vientos bíticos del orden mundial. Pero tampoco hay que engañarse. Esta permisividad no deriva del ejercicio de la libertad, baja más bien de la asunción de que el rebaño es más Rebaño que nunca y que cuanto más ruido haya en el aire mejor para los que reparten y se reparten el pastel. El tipo peligroso no es el que blande un pensamiento divergente. El tipo peligroso de verdad es aquel que no empuja un carrito de bebé, que a los 30 años no ha cambiado aún su pequeño utilitario por un monovolumen o un cuatro por cuatro... ¿Y ya puestos, toda esta infumable invectiva a cuenta y riesgo de qué viene? Ah sí, que eso, que sí, que la letra negra ésta de hoy va por ustedes, los cuatro o cinco francotiradores que sé que vienen aquí un día sí y otro también a tirarse a cara de perro contra mi acrimonia, y no juzgan y son lo sufientemente personas, lo suficientemente ustedes mismos, como para saber leer entre líneas, sacar sus propios qué. Son ustedes la polla. Nos vemos ahí fuera. En tierra de nadie. Buscando la muerte.


enero 19, 2011

Air Raid

Hoy no tengo humor
Ni blanco ni negro
Ni tengo chispa
Ni tengo nafta
No hay ímpetu
No hay chance
Hoy soy la carne y centro
Del hielo
Que es la vítrea médula incolora
De esta tristeza
Este pánico
Esta melancolía
Bramando a ocho mil pies sobre
La alegría del orbe
Hoy soy la ira que te hará pedazos
en cuanto aviste tu bandera blanca
Soy acedía
Soy cólera
Soy desmembración
La súbita potencia de mi peor
Mitad
Mi Dorian Gray implosivo
Mi Hyde nuclear
Parpadeo lumínico de mis adversos
Barrerá en tsunami pulsátil
Todas las supernovas
Y como hijo sangrante y sangrado
De la desgarradura de la nada
Volveré a ti
Padre-Dios-Tiempo
Y sobre tu lomo cabrón
Cabrío y cabestro
Plantaré el tren de aterrizaje
Estas manos rotas, ahogadas en sangre
Y entonces tendrás que mirarme
Lo quieras o no
Vas a a mirarne a la cara...
Esta vítrea médula incolora de tu rabia.


enero 14, 2011

Aquí ya nadie fuma, nadie colabora

En una casa con gatos no hace falta despertador, por ejemplo. ¿Es eso una ventaja? Cualquiera sabe. Los biorritmos de su felino estómago egoísta marcan los tiempos y las pausas del resto de habitantes del lugar. Pero hay mañanas que no deberían ser nunca. Mañanas que no son tal, que son puertas entreabiertas a la luz rojiza y acre y enferma de la amargura. Del corazón encogido. La soledad. Mañanas como ésta, sin ir más lejos, que son en sí mismas un cáncer transitorio pero irreductible, no mortal pero desde luego para nada benigno. Mañanas que te matan más que una cartón de tabaco. Cuando los gatos han empezado a maullar en firme demanda de su desayuno, yo ya estaba despierto, las manos engarfiadas, rígidas sobre la impotencia, los ojos enquistados de vacío. El invierno es hoy. El invierno es esto. El invierno es ahora, por ejemplo, sentir este desbarajuste en el pecho, saber que el corazón se me quiere salir del sitio, escapar rebotando, boqueante, terminal, como un pez fuera del agua, agotando sus últimos segundos. Miro el MP3 y me pregunto cuál podría ser la banda sonora de esta mañana. De una mañana como ésta, que no debió ser nunca, pero está aquí, ha venido para quedarse. Necesito dejar de escuchar este silencio o me volveré tan negro que nada me distinguirá de la muerte. Al menos hasta que salga el sol y pueda hacerme a la idea, al hecho, la ciencia cierta, de que hoy es ya al fin hoy y ya nunca más será ayer. Recordar qué se es y qué se ha sido nunca es gratuito. El café cargado no suele ser suficiente, lo tengo ya asumido. Necesitaría un pitillo. Claro que si fumase a lo mejor ya no estaba aquí, escribiendo todo esto. La cosa en general se ha puesto de un aburrido mortal, ha perdido elegancia y ha perdido apostura. Sobre todo desde que fumar —como tantas otras prácticas elegantes— está perseguido y todo el mundo tiene, en cambio, cancha libre para traer una vida a esta tierra, por ejemplo. Y es que está por llegar el tiempo en que vivir dulce y vivir demasido y vivir asertivo, todos tan amigos de nuestros amigos, va a ser la verdadera dictadura. Para ese entonces buscadme con una pistola al cinto... Tengo la impresión de estar habitando los tiempos más idiotas de la historia y ese asco no hay cafeína ni hay nicotina que me lo haga más llevadero. El mundo sigue ahí fuera, en marcha sobre sí, y es sólo un pedazo de chusco dando vueltas, no hay maldad ni hay alegría ni hay estupidez que no provenga de nosotros mismos. El último hijo de puta vivo sobre la faz de este absurdo que se acuerde de tirar de la cadena.