Resistencia en el flanco débil

diciembre 29, 2012

Straw dogs



Cerró el libro, cansado, harto de todo menos del libro, pero cansado, cansado del libro y de no tener alternativa al libro, tirándolo sobre la cama, luego miró la nada de la pared blanca y ajena, luego cerró los ojos, ni siquiera supo preguntarse si sería capaz de llorar. En lugar de eso se preguntó por enésima vez qué demonios estaba haciendo allí, tan lejos de todo, de todos, de sí mismo. Había perdido ya la cuenta de las veces que fue incapaz de contestarse otra cosa distinta de un silencio denso, percutor. Luego quiso pensar qué haría la mañana siguiente, qué andaría haciendo, con suerte, la semana entrante. Diseñó inverosímiles horarios y mapas para unos días en los que ni siquiera confiaba, unos días que ni siquiera quería para sí, sentía que no le pertenecían desde hacía cuánto... ¿Que no se pertenecía desde cuánto tiempo atrás? Más silencio derramándose... Pese a todo, convino que ya mañana sería otro día, justo para no irse a la cama, como tantísimas noches antes que aquélla, con la íntima certeza de que se había convertido poco menos que en una bestia sin escapatoria. Otro animal atrapado en un reflejo roto. Eso. Sólo eso. Después se quedó dormido. Un sueño largo en una noche corta, sin sueños.

diciembre 14, 2012

Bastardos de Ícaro


The Hunters (1956) de James Salter                                                                               


De ordinario a los editores les gusta vender como "alegatos antibelicistas" todos los libros o novelas ambientados en guerras, lo sean éstos en verdad o no. Parece que en esta sociedad nuestra, todo apariencia y nada detrás, está mal visto dar a leer al público un relato simple y llanamente bélico que no belicista ni beligerante sin atribuirle, muchas veces tan gratuitamente, una intachable altura moral que justifique la entrega a la imprenta de líneas manchadas de sangre y campos de muerte. Somos así de hipócritas.

Pilotos de caza desde luego no es un alegato antibilicista, ni siquiera es un relato bélico, aunque narre la guerra en el aire en Corea. Se me ocurre que la comparación con el actual mundillo de la Formula-1 puede servir mejor al caso. Lo único que diferencia a los pilotos de Salter y los Vettel, Alonso, Hamilton y Button de hoy día es que los primeros asumen que podrían morir cualquier día, en cualquier misión, quizá la próxima, mientras los segundos sólo contemplan espichar si tienen muy mala potra... Por lo demás, unos y otros son la misma mierda: inmaduros egomaníacos, vanidosos machitos malcriados, pagadísimos de sí mismos, a los mandos de una endiablada maquinaria de muerte y velocidad.

Pilotos de caza no puede ser un alegato antibelicista, ni siquiera un relato bélico, porque no hay guerra en sus páginas. En ninguna de ellas se menciona el curso de la contienda, ni los pilotos, ni uno de ellos, se preocupan por cómo van las cosas allá abajo, en la tierra donde sus compatriotas se están ahogando en la muerte, el barro y la escoria de la infantería. A los pilotos de Salter les importan un comino sus compatriotas, su patria y la mismísima guerra. A ellos lo único que les importa es ganar, derribar al adversario, para ellos la guerra no es sino el vehículo a través del cual demostrar que son los mejores, y ni siquiera en plural, que cada uno de ellos es el único y sinpar NÚMERO UNO. Un As del aire. Ser "el AS" del aire. Ésa es su íntima aspiración y su única meta. Pilotos de caza es por tanto un alegato, esta vez sí, pero antiegotista.

Igual que la Formula-1 da por sentado que la mejor forma de convertir su negocio en circo de masas es potenciar primero y enfrentar después el ego de sus pilotos, el Ejército sabe que la mejor manera de convertir a los suyos en óptimas máquinas de derribar aviones no es cultivar el odio al enemigo, sino la rivalidad entre compañeros. El juego de los "héroes" es así de sucio, pero funciona...

La transformación que sufre al final del libro su protagonista, Connell, más que probable alter ego del propio Salter, dibuja un inequívoco punto y aparte. Harto de ser otro buitre de los derribos, sediento de gloria y borracho de vanidad, Connell se desmarca de sus "compañeros" y competidores con un supremo acto de altruísmo y abnegación, renunciando a ser coronado As entre Ases, y accediendo a un estado mental y espiritual superior, en el que la grandeza de surcar el Cielo y la posibilidad de hacerse Uno con él a través del vuelo, aunque sea a través del propio autosacrificio, convierten en risible y miserable cualquier noción de Yo, de Ego.

Y en efecto parece que haber alcanzado a través de la técnica la gloria y la proeza del vuelo, el sueño de Ícaro, para mancharlo después con nuestras absurdas torrenteras de destrucción y nuestras estúpidas eyaculaciones de vanidad, no sólo se antoja una victoria pírrica, también indigna de una criatura capaz de surcar los cielos.


Salter, a bordo de su F-86 Sabre, durante la Guerra de Corea                                        

noviembre 26, 2012

Lo normal es el invierno


La bella state (1949) de Cesare Pavese                                                                                                

Por supuesto, lo mejor del bello verano de Pavese es el personaje de Ginia, Ginetta, su psicología, cómo Pavese es capaz de meterse en su mente, crearla para nosotros, mostrarnos su interior: sus dudas, sus miedos, sus pudores, su carácter forjado a fuego en la naturaleza rural y pedestre de una ciudad que pese a sus fábricas y talleres sigue siendo provincias, sus ademanes de niña tonta en unos casos, sus pensamienos de mujer madurada en otros. Sólo un hombre que ha nacido y crecido en la aldea profunda podría hacer un retrato así, sólo un hombre con una sensibilidad finísima podría trasladarlo de una manera tan ajustada y soberbia al sexo opuesto. Señal de escritor con mayúsculas.

No obstante, la razón íntima por la que releemos este librito maravilloso no es Ginia, es el estudio de Guido y Rodrigues, sucio y desordenado, helado, la chimenea al fondo consumiendo leña, los vasos a medias de vino, la cama deshecha... Releemos el bello verano precisamente por lo contrario, por su invierno, que tan bien conocemos, con el que tanto nos identificamos, ese largo clima frío, oscuro, cetrino, en que perdimos la inocencia, la sed de alegría, durante el cual añoramos el último verano, aquel bello verano, final, único, en el que fuimos felices, sonreímos, soñamos de verdad que otra vida era posible. Verano que sabemos no se repetirá, no regresará después de ninguna primavera, porque nuestro estado normal tras el desengaño, la estación de los que sobreviven a sus sueños es y será siempre el invierno.


Pavese sobre el Po                                                                                                                                  

noviembre 20, 2012

Poco más que cualquier cosa


Los adioses (1953) de Juan Carlos Onetti                                                                                              

¿Por qué ya no escribimos cartas? Corremos el riesgo de respodernos que ya no las escribimos porque el móvil ubicuo y su plenipotencialidad  han sustituido el papel y el lápiz, la estilográfica, y por descontado el viaje al estanco de abajo, para comprar sellos. De todos modos, más que a sustitución huele la cosa a aniquilación, a cese. Ya no nos escribimos cartas porque el móvil y su ubicuidad pantentacular han aniquilado la distancia. Saber que podemos decirnos cualquier cosa en cualquier momento mata por completo todo el espectro emocional de la distancia, del shock de la separación. Saber que podemos decírnoslo todo en cualquier momento hace que lo posterguemos, que le escamoteemos relevancia, que nos pierda esencia, y al final optemos por lo peor, nos conformemos con sólo eso, lo otro en lugar de todo, con decirnos cualquier cosa. Y esto, este haber cambiado conectividad por comunicación, me parece un abismo de tal calibre que podría tragarnos el día menos pensado, dejándonos para los restos sin cubertura.

Supongo que está bien hablar de cartas, las cartas que ya no escribimos y toda la vida que en esa omisión y esos silencios nos estamos dejando, a cuenta de Onetti, de sus adioses, que he tenido que leer dos veces, dos, porque en la primera tentativa no me enteré de nada. Onetti es uno de esos escritores que impone, que manda, el cómo, el cuándo se le lee. Onetti quiere que le leas como él escribía. Sereno, todo movimientos plácidos, a ritmo despacioso, lento, estirado en la cama. Si intentas el asalto a otra velocidad que no sea ésa, será él mismo quien de un despacioso y plácido puntapié te arroje a la cuneta. Como hizo conmigo.

De las cartas de Los adioses ni siquiera importa el contenido, qué dicen, importa lo que propician, lo que desencadenan, o sea, la novela, que no es otra cosa que aquello de pueblo chico, infierno grande. Una correspondencia siempre es una cosa de dos, por un lado, y un puñado de otros que quieren enterarse de qué se dicen esos dos, por el otro. Una correspondencia siempre es la exhibición de un secreto, y aún más, la exhibición pública, pero sellada, de dicho secreto.  En ciero modo, la ostentación de una magia. De una luz.

Nada tan apetitoso como los secretos ajenos para quienes ya agotaron toda su luz, que tienen todo el tiempo del mundo y nada que decir, nadie a quien decir poco más que cualquier cosa. 


C. S. Lewis                                                                                                                                             

noviembre 07, 2012

Baggage




Stone junction, Jim Dodge. La primera vez que intenté leer esta novela me quedé en la página 36. El libro no tuvo nada que ver en ello, pero quedó como fiel testigo de un naufragio. Gran parte de mi vida quedó varada en esa página 36. Y a día de hoy, ahí sigue. Quizá sea tiempo de buscar la marea que la libere. Quizá sea bueno empezar a buscarla en esa página 36.


Martirologio. Andréi Tarkovski. Puede que si sin pretenderlo he ido postergando durante tantos meses su lectura sea porque ahora, y sólo ahora, haya llegado su momento...


Los adioses, Juan Carlos Onetti; La paga del soldado, William Faulkner. Un Onetti y un Faulkner. Raül sabe por qué... El adiós a tantas cosa. La exigua paga de un trabajo que nadie quiere hacer. De algún modo melódico y triste, los títulos se imponen por sí solos.


Solaris, Stanislaw Lem. El libro que más veces he leído -que cierra, de paso, el círculo, la conexión Tarkovsky-. Este libro siempre ha tenido la capacidad de trasladarme muy lejos.


El poder cambia de manos, Czeslaw Milosz. Estar en posesión del poder no siempre implica ser dueño también de la autoridad. O lo que es lo mismo: los cheques en blanco se acaban pagando más tarde o más temprano.

Amor y obstáculos, Aleksandar Hemon. A pesar de los peores pronósticos, aún existe un lo mejor de mí al que no doy por desaparecido. Aún sigo buscando algún rastro de aquél que fui.


Compañía de sueños ilimitada. J. G. Ballard. Hay que procurar siempre tener un Ballard en la recámara...


El último enemigo, Richard Hillary; Pilotos de caza, James Salter y Piloto de guerra, Antoine de Saint-Exupéry. En el siglo XIX muchos grandes autores se fraguaron en la aventura de la mar. En el XX emprendieron el vuelo, tantos de ellos para no regresar...




Travesia de Madrid, Trilogía de Madrid y Retrato de un joven malvado, Francisco Umbral. Podría pensarse que es el lugar el que ahora impune el autor, pero no sería descabellado pensar que fue el autor quien, página a página, fue imponiendo el lugar... A mi vuelta, cuando sea, espero poder devolverle al tocayo Xavier su ejemplar de Retrato de un joven malvado. Después de todas las charlas que hemos tenido lo menos que puedo hacer es leerme este libro a orillas del Prado.


La esperanza, André Malraux. Dice el dicho que la esperanza es lo último que se pierde. Aunque desde Camus y esa Guerra Civil desde la que escribía Malraux sabemos, sin embargo, que las causas justas bien pueden ser derrotadas.


octubre 31, 2012

La coñimorfosis

Le Locataire Chimérique (1964) de Roland Topor                                                                               


En lugar de irse de putas o zumbarse la semanada en la tragaperras, Roland Topor era mucho de juntarse con individuos que respondían a nombres tales como Alejandro Jodorowsky o Fernando Arrabal, y con ellos formar vanguardistas contubernios. De semejantes singulares compañías bien pueden colegirse el carácter malsano y las enfermizas texturas que dimanan de este libro novelesco, primero suyo, de título Le Locataire Chimérique, que narra, así a trazo grueso, las desventuras de un pobre desgraciado, aspirante a Kafka, aspirante a Samsa, que es cambiarse de piso y tornarse mochales de la cabeza, o lo que es lo mismo, despertarse una mañana de un sueño intranquilo y darse cuenta de que, en lugar de insecto, se ha transmutado o lo han transmutado en brioche, en bollo. Una transmutación que, inducida o no, eso queda en el aire, es, por tanto, y también, un trasvestismo. Y por ahí va el asunto.

Peripecia fantástica y caso policial de terror, esta novela es un portentoso tres en uno alucinoide, al mismo tiempo una historia de conspiración, de posesión y de enajenación. Su tarado protagonista, el infeliz Trelkovsky, parece realmente ser víctima de tres horrores simultáneos y solapados; de un lado, una conspiración diabolique de sus nuevos vecinos para acabar con él; del otro, la posesión del espíritu fantasmático de la anterior inquilina de su nuevo piso, empeñada en que imite sus trágicos pasos; finalmente, y no por ello menos en el centro, el proceso de enajenación irreversible, alucinado y pesadillesco, en el que se abisma su mente desquiciada.

Roman Polanski, filmó su adapatción cinematográfica, Le locataire (1976), rayando a gran altura, sobre todo en lo tocante a onirismo macabro, muy fiel a la literalidad del libro, pero sacrificando gran parte de su fondo. Obsesionado, como tiene por costumbre, por los estados mentales quebrados, Polanski puso todo el acento en el proceso de locura del protagonista, obviando el de la posesión ultraterrena y descartando por completo el aquelarre conspiratorio vecinal. La cosa alargaba para mucho más.

Precisamente la esencia del texto de Topor reside y se cimenta en esa conspiración vecinal que a la postre propicia el resto de horrores y defenestraciones. El inquilino, le locataire, es quimérico porque nunca llega, no puede ser El Inquilino, un ideal imposible de convivencia que el resto de sus vecinos, ese infierno que son los demás, pretenden de él. Hombre o mujer, tranquilo o escandalera, da igual, nunca será suficientemente bueno, siempre será mejor un malo conocido que un bueno por conocer, y al malo ya lo suicidamos por la ventana.  No hay caso.

Mientras que en el típico argumento dopplegänger el doble es creado o invocado para sustituir y eliminar al original, en El Quimérico Inquilino asistimos a un desdoblamiento diverso y divergente: es al doble al que se trae a la vida una y otra vez, cíclico y sisífico, después de eliminado su original, sólo para volverlo a eliminar, aun a sabiendas de que toda copia, cualquier doble, no ha de servir de modelo. Se le trae con el único fin de poder destruirlo, para poder expiar en su caída todos los defectos que nosotros no queremos sentenciar en carne propia.

Impostura en el rellano e infierno de puertas adentro, todo aquél que ha padecido vecinos leerá esta novela con fruición y malicia, igual que todo aquél que la lea sabrá que él es también una quimera molesta y una falacia necesaria para sus convecinos. Da para echarse unas risas negras.

De igual modo, todo aquél que crea a pies juntillas que Hemingway y Woody Allen son unos iluminados, no debería dejar de saltarse el film de Polanski, no sea que descubra, no sólo que hasta Isabelle Adjani puede parecer fea, también que París bien puede llegar a ser una mierda...


Le Locataire (1976) de Roman Polanski                                                                                            


octubre 23, 2012

El peso de las voces

Efectos secundarios (2012) de Rosa Beltrán                                                                                       

Leemos, pues, por sed de desdoblamiento, para encarnar todo aquello y todos quienes no pudimos ni podremos ser, leemos para escapar de la carne de todos los que somos, para evadirnos, aunque sea por breve tiempo, del ordinario servilismo de todas cuantas pieles no podemos dejar atrás. La ficción nunca es suficiente porque la realidad es siempre demasiado. 

octubre 18, 2012

A Lonely House into the Woods

Within the Woods (1978) de Sam Raimi                                                                                              


En 1978 Sam Raimi, Bruce Campbell y su panda de amigos de la facultad se fueron al campo a rodar Within the Woods, mediometraje de roñísimo presupuesto gracias al que, a la postre, conseguirían financiación para rodar la seminal, hoy ya elevada a la categoría de Cult Horror Movie, Posesión Infernal (The Evil Dead, 1981). Años después, todo el equipo de aquéllas, con mejor presupuesto y mayor afán de romper esquemas genéricos, volvió a reunirse para filmar Terroríficamente muertos (Evil Dead II, 1987), que significó al mismo tiempo un remake y una segunda parte de su antecesora, pero en clave cómica, y que encumbraría a Campbell y Raimi como los auténticos reyes del slapstick cinematográfico.

Within the Woods es la semilla de Posesión Infernal, prácticamente su precuela, las similitudes son más que evidentes, pero a buen seguro la mayor divergencia sea uno de sus mayores aciertos. Todos los que amamos la literatura de horrores preternaturales del loco de Providence, H. P. Lovecraft, agradecemos que Raimi y los suyos dicidiesen que la causa desencadenante del horror en Within de Woods, la nada convincente profanación de un cementerio indio, se convirtiese en Posesión Infernal en todo un feérico despliegue de demonios primordiales con muy mala leche y necronomicancias varios.

¿Acaso no somos legión los que dibujamos la sonrisilla cómplice cada vez que la grabadora hallada en la bodega empieza con su perorata invocadora de infernales presencias kandarianas?

Campbell and Raimi                                                                                                                           

octubre 15, 2012

Quoth the Raven, Nevermore...


Edgar Allen Poe (1909) de David Wark Griffith                                                                                  

"Virginia se moría. Edgar la sabía muerta, y así nació Anabel Lee, que es la visión poética de su vida junto a ella. Yo era un niño y ella una niña, en un reino a orillas del mar... (...) Murió a fines de enero de 1847. Los amigos recordaban cómo Poe siguió el cortejo envuelto en su vieja capa de cadete, que durante meses había sido el único abrigo de la cama de Virginia. Después de semanas de semiinconsciencia y delirio, volvió a despertar frente a ese mundo en el que faltaba Virginia. Y su conducta desde entonces es la del que ha perdido su escudo y ataca, desesperado, para compensar de alguna manera su desnudez, su misteriosa vulberabilidad".

Vida de Edgar Allan Poe (1956)
de Julio Cortázar

Cubierta de los Cuentos de Edgar Allan Poe, Alianza Editorial (1970) de Daniel Gil                             

octubre 14, 2012

Bodycount

Orlacs Hände (1925) de Robert Wiene                                                                                               


Cuídate mucho de que tus manos nunca sepan de lo que tu cabeza es capaz, ya que podrían ejecutarlo, y ése no sería sino el principio de una cuenta sin vuelta atrás...



septiembre 27, 2012

Las noches del Buen Retiro de Pío Baroja



Las noches del Buen Retiro, Baroja cosecha del 34, Baroja último o casi casi; Baroja antepenúltimo. En esta novela Baroja hace el retrato de un trepa, de un advenedizo, cuenta la historia de un mierdas, pero lo hace por oposición, es decir, que cuenta la historia de Jaime Thierry, un tipo que es todo lo contrario de un advenedizo y un trepa, un tipo, en suma, de los que apenas hay ni apenas hubo, cuya única obsesión en la vida no es la posición ni es la comodidad ni es la tibieza; no es evitar a toda costa el pasarlas putas. Thierry es un idealista, un romántico, un remador contracorriente, o lo que es lo mismo: un perdedor. Una de esas raras almas que antes prefieren dejarse morir de amor que el indigno engordar y el envejecer cicatero de la buena sombra que cobija. A todos, antes o después, nos llega la ocasión de enomorarnos de la mujer equivocada, pero sólo unos muy pocos se avienen a semejante insensatez. Y de entres estos pocos ajenados, son locos contadísimos los que, además, saben tirarse a las vías de ese tren con prestancia y estilo.

septiembre 09, 2012

Last Night

Digue de Mer, Ostende, reflets de lumière (1908) de León Spilliaert                                                  

¿Qué pasa?

¿Qué?

¿Que qué pasa? ¿Por qué tienes esa cara?

No sé... "qué pasa"... Estoy triste. Supongo que eso pasa.

¿Por?

No soporto la idea de que las noches deban acabar. La idea de que el silencio y la oscuridad morirán en apenas unas horas. La idea de que el sol y la madrugada quemarán todo esto por sobreexposición. Todo esto que ahora respiramos, todo esto que ahora somos, todo esto que no volveremos a ser más. La idea de que mañana toda la maldita pesadilla empezará otra vez de cero, y de que habremos de sobrevivir a los estragos del día y de los hombres si es que queremos volver a sentir la noche en los huesos. Apenas un par de horas de sagrada nocturnidad refrescando nuestros castigados huesos. Como ahora...

Pero habrá más noches...

Yo no quiero otras, quiero ésta, sólo ésta... Eso es lo terrible... La idea de que ésta no pueda ser la última noche, la última y eterna oscuridad. La idea de que no podamos coger ahora mismo una carretera y enfilar la nada, de que antes de poder llegar a cualquier sitio, cualquier ningún lugar, habrá amanecido, la penumbra y el silencio se esfumarán, y con ellos la locura, y con ella todo lo mejor de nosotros mismos.

¿Sabes?, la melancolía puede llegar a ser una enfermedad...

Tampoco esperaba que lo entendieras.

   

septiembre 06, 2012

Lo opuesto de lo british



Lo pongo aquí y volveré a ponerlo donde fuere menester, hay que ver qué bueno es Graham Greene, coño. La de años que me he pasado sin leer todo lo suyo, eso es lo que pica. Qué gilipollas.

Viajes con mi tía es un alegato contra lo british. Todo lo british. Ser british y sentirse british apesta como una mala cosa, ser british es una atonía, ser british es aburridor. No te da apenas el sol y siempre está húmedo, hay que llevar paraguas en todo momento, se bebe té en lugar de café y se folla siempre con la luz apagada y en la del misionero. Eso si se folla. Greene pudo dimitir del catolicismo algunos años más tarde, a las puertas de la muerte, le entró el canguelis y volvió a comulgar, por si aquello de las moscas... No seré yo quien me atreva a reprocharle el feo, pero pudo dimitir del catolicismo, como decía, pero jamás le alargó lo suficiente el pundonor como para hacerse saltar los sesos de lo british. Él lo supo. Fue consciente. Por eso se lanzó este ladrillazo, este boomerang, este responso de Viajes con mi tía contra la cabeza, a ver si por un casual se acertaba en plena mochera y se le iba tanta estirada tontería.

A George Cukor le gustó tanto cómo Greene puso a caer de una burra a sus camaradas british que hizo una peli que podría estar bien ver cualquier día de éstos, si es que alguna vez volvemos a oír llover.

Lo opuesto de lo british es lo hardcore. Folla siempre, folla mucho, folla bien y no mires con quién. Folla hasta los noventa años. Habrá quienes a eso lo llamen fornicación, pero se trata de gente a la que toda la sed de vida se les desagüa por el diccionario mojigato.

Lo opuesto de lo british, como decía, es fumarse las flores en lugar de sentarse a verlas crecer. 



Travels with my aunt (1969) de Graham Greene                                                                                
  

agosto 09, 2012

Dead Calm


The Man in the Water (1962) de Robert Sheckley                                                                               


Estimado Friedrich Wilhelm:

Es un hecho, creo que me he roto la rodilla, o bien me he roto algún otro miembro u órgano visceroide del cuerpo, y éste no encuentra otra cosa mejor que hacer que ponerme la china en la rodilla. Cuando me agacho me duele, cuando estiro la pata también me duele, cuando intento recordar si dejé o no cerrada la puerta del garaje tras guardar el velocípedo, entonces me hace trizas. La rodilla por delante, la rodilla por detrás. Todo lo que viene entendiéndose por articulación, más todo el perímetro de su bisagra. Está usted, pues, de suerte, ya que no podré pegarle esa soberana paliza que le tengo prometida desde hace meses, la próxima vez que nos echemos unos pinpones.

Otra cosa posible o probable es que sea el agosto, que me esté doliendo el agosto como duele la mordedura de un viejo hueso roto, mal curado, quijadizo, quejoliento, quejicoso, vitriólico e inverosímil.

Fue en buscando por los estantes bajos de mi biblioteca el segundo volumen de las memorias de Skorzeny que sentí el primer crujido rodillil, sonó algo así, ¡schreeck!, y desde ese mismo instante no he podido sino enfrentarme al lance de las horas a base de estrambóticos cojeos y maldiciones estentóreas. Desistí, por tanto y como se antoja lógico, de mi búsqueda, y fui corriendo es un decir a untarme una pomada en la zona damnificada y zamparme un voltarén. Llegada cierta curva descendente, usted lo sabe, la vida se convierte en una indigesta noria de antiinflamación no esteroidea. 

Sin embargo, poco antes de esta penosa vicisitud, di con el volumen que le hago llegar con esta misiva. Le ruego lo lea con el más vivo interés, a ser posible, por las mañanas y a la sombra de un sauce,  la de un fresno en su defecto. Soy de la opinión de que la encontrará sumamente estimulante, amén de asaz cinematográfica.

A decir verdad, soy también de la fina opinión de que el único motivo por el que esta inteligente novela popular no ha visto aún translación fílmica es por la sencilla razón de que las letras del nombre de su autor, a saber y como verá, * R-O-B-E-R-T * S-H-E-C-K-L-E-Y *, en nada coinciden con las letras que conforman el divino jackpot bestselleriano  * S-T-E-P-H-E-N * K-I-N-G *.

Tengo la esperanza de que usted quiera y sepa reparar esta injusticia.

Como comprobrará, la novela es la historia de un golpe de calor. Una insolación que deriva en el mítico y tópico desdoblamiento/enfrentamiento doppelgänger, el choque entre nuestro Hyde y nuestro Jekyll, un desglose de sus alucinadas geografías. No quisiera influir en su visión de la historia y los personajes, pero a mí, mientras avanzaba en su lectura, se me principiaron a dibujar los rasgos de un Harvey Keitel hemingwaynesco, vejestorio e hiperpanzudo, como capitán James, y los de un Robert Redford azotado de solitaria como Dennison.

No obstante, nada más lejos de mi intención que condicionar su arte, todos sabemos aquí que en esto usted es el único maestro, eso y que el bueno de Hitch odia rodar en el agua... 

Suyo afectísimo,

D.


Sunrise: A Song of Two Humans (1927) de Friedrich Wilhelm Murnau                                                 

 

julio 27, 2012

Veneno


                                                                                                                                                                                                  


Esta calma fiebre inatacable cocinándote a fuego lento el ser y las entrañas
No es odio
No es rabia
No es un vago y pasajero herpes de rencor...
Es veneno.






julio 25, 2012

No es sabiduría, es cinismo


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Me doy cuenta de que por culpa de Midnight in Paris ya no puedo leer a Hemingway de una forma normal. La capacidad de penetración de la imagen audiovisual en la sesera tiene estas mierdas: Woody Allen me ha convertido para siempre al tío Hem en un payaso, un clown de tres al cuarto...

Hemingway. 1899-1961. Hay vidas que dan de sí muchísimo más de lo que abarcan sus fechas, pero son las menos. Lo normal es asfixiarse en la quietud de los días fotocopiados. 

Tras leerle Adiós a las armas sabemos que el bueno de Ernest lució barba toda su vida por causa de un amor que no pudo ser. Ella le dijo: ¿por qué no te dejas barba, cariño?... Te quedaría tan bien una buena barba... ¡Anda, querido, papi, déjate barba, venga vaaa, no te hagas de rogar!... Así que el encoñado Ernest se dejó crecer la dichosa barba. Más tarde ella los dejó plantados y con un palmo de narices, a él y a su bonita barba crecida. Tal cual. Por eso él la mató en la ficción, a ella y a su hijo, el hijo de ella, el hijo de ambos, que nació muerto en la ficción porque nunca fue siquiera un posible en la realidad. Adiós a las armas es, pues, lo mismo que la barba, una cicatriz voluntaria; la exhibición de una llaga.

El libro es, por tanto, antes que una exorcización de fantasmas bélicos, una desintoxicación sentimental, y como tal fallida, como tal, condenada al fracaso. Nada que ver los obuses austríacos que casi se lo llevan al otro barrio con la mefítica metralla femenina. De ese infierno sí que no hay quien te saque de otro modo que con los pies por delante.

También sabemos que Adiós a las armas contiene, probablemente, la mayor y más indigesta cantidad de diálogos almibaradamente empalagosos y esnobs entre dos que primero se quieren, luego se ayuntan y después aún se soportan. Con un par de páginas de este par de tórtolos comiéndose los morros te ahorras fácil el chocolate de un par de semanas.


También sabemos que Adiós a las armas contiene el siguiente pasaje: 

"A menudo un hombre tiene necesidad de estar solo, y una mujer también tiene esta necesidad; y, si se quieren, están celosos de constatar este sentimiento mutuo; pero puedo decir con toda sinceridad que esto no nos había pasado nunca. Cuando estábamos juntos nos sentíamos solos, pero solos en relación a los demás. Sólo sentí esta impresión una vez. A menudo me había sentido solo estando con otras mujeres, y así es como uno se siente más solo; pero, nosotros dos, nunca no sentíamos solos, y nunca teníamos miedo estando juntos. Ya sé que la noche no es parecida al día, que las cosas ocurren de otra manera, que las cosas de la noche no pueden explicarse a la luz del día porque entonces ya no existen; y la noche puede ser espantosa para una persona sola tan pronto como se dé cuenta de su soledad; pero, con Catherine, no había, por decirlo así, ninguna diferencia entre el día y la noche, sólo que las noches eran aún mejores que los días. Cuando los individuos se enfrentan con el mundo con tanto valor, el mundo sólo los puede doblegar matándolos. Y, naturalmente, los mata. El mundo quiebra a los individuos, y, en la mayoría, se les forma cal en el lugar de la fractura: pero a los que no quieren dejarse doblegar entonces, a éstos, el mundo los mata. Mata indistintamente a los muy buenos, y a los muy dulces, y a los muy valientes. Si usted no se encuentra entre éstos, también lo matará, pero en este caso tardará más tiempo".  

Pasaje que por sí solo justifica la lectura y nos hace buenos los intolerables niveles de azúcar.


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junio 29, 2012

Wisdom's Looking-Glass


Toilette - Frau vor dem Spiegel (1912) de Ernst Ludwig Kirchner

"En aquel tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora, incomunicados. Eran, además, muy diversos; no coincidían ni los seres ni los colores ni las formas. Ambos reinos, el especular y el humano, vivían en paz; se entraba y se salía por los espejos. Una noche, la gente del espejo invadió la tierra. Su fuerza era grande, pero al cabo de sangrientas batallas las artes mágicas del Emperador Amarillo prevalecieron. Éste rechazó a los invasores, los encarceló en los espejos y les impuso la tarea de repetir, como en una especie de sueño, todos los actos de los hombres. Los privó de su fuerza y de su figura y los redujo a meros reflejos serviles. Un día, sin embargo, sacudirán ese letargo mágico.

El primero que despertará será el Pez. En el fondo del espejo percibiremos una línea muy tenue y el color de esta línea será un color no parecido a ningún otro. Después, irán despertando las otras formas. Gradualmente diferirán de nosotros, gradualmente no nos imitarán. Romperán las barreras de vidrio o de metal y esta vez no serán vencidas. Junto a las criaturas de los espejos combatirán las criaturas del agua.

En el Yunnan no se habla del Pez sino del Tigre del Espejo. Otros entienden que antes de la invasión oiremos en el fondo de los espejos el rumor de las armas".



"Animales de los espejos" de Jorge Luis Borges
en El libro de los Seres Imaginarios



Drie Werelden (1955) de Maurits Cornelis Escher                                                                                

junio 13, 2012

The useless waiting


Il Deserto dei Tartari (1940) de Dino Buzzati

Acaso la vida sea eso que nos sucede mientras esperamos a que la vida desoville su sentido, eso que nos ocurre mientras aguardamos a que la vida nos muestre su secreto, eso que nos mata en tanto nos vamos postergando por mor de días mejores. Acaso la vida sea ese caballo blanco del tiempo siempre victorioso, que nos arrolla por la espalda en mitad del desierto de la esperanza, justo cuando nos pensábamos tan sólo a medio camino de sólo Dios sabe qué ninguna parte...



Il Deserto dei Tartari (1976) de Valerio Zurlini                                                                                  

junio 12, 2012

Lew Archer & Archer's Law


The Ivory Grin (1952) de Ross Macdonald


—¿Está de nuestro lado, señor Archer? 
—Del lado de la justicia cuando puedo distinguirlo. Cuando no, estoy con la víctima. (p.136)



Harper (1966) de Jack Smight                                                                                                          

junio 11, 2012

Bad Business


The Tenth Man (1985) de Graham Greene                                                                                          

En un sentido desconozco si estricto o severo pero desde luego asumo que misógino, El décimo hombre avanza hacia su resolución y cúspide gracias a una mentirijilla nada piadosa, la de que una mujer que odia a muerte, cuyo rencor la pudre hasta la médula, puede en un momento dado atender a razones... Esto es algo que no se da nunca, esto es algo que directamente no puede ser, pero Grahama Greene lo necesita y ése es motivo justo y suficiente. He ahí una de las muchas superioridades de la ficción sobre la realidad: proveernos de hombres imprevisibles y, lo que es aún más increíble, mujeres improbables. Por lo demás, El décimo hombre es otro de esos entrañables librillos morales del escritor-espía británico: no se puede comprar la vida sin traicionar con ello la dignidad, no sólo la propia, sino cualquier idea de dignidad. Llegados a este extremo, la muerte no puede antojarse nunca como expiación de la falta, acaso pueda contemplarse como se miran los restos de un naufragio polar: el tintineo de la calderilla en el bolsillo tras el que de buen principio debió intuirse como un negocio pésimo. 




mayo 27, 2012

El genoma es una venganza que se sirve fría


Trabajo de Philippe Druillet para el libro Père et Mère (2011) de Yves Haddad


Si los ojos son el espejo del alma entonces nuestros padres son la superficie especular, el azogue plateado, mercurial y ponzoñoso, sobre es que se desliza, baila y se desmorona, finalmente, nuestro reflejo. En ellos estuvimos, nos hallamos y seremos. De ellos fuimos su potencia, de ellos encarnamos su estigma y su marca, de ellos nos quedaremos, a los años, sólo con su escoria, su sangre enferma y cansada. El suyo es también nuestro genoma, la herencia intolerable, el árbol geneaológico terrible, la prosecución de un caos y una estirpe innominable. "Todos los hombres quieren la muerte de su padre". Lo dejó dicho o escrito no sé bien Dostoyesvsky, y a ciencia cierta que no debió ser gratuito, lo dijo así por algo, sus muy buenos motivos tendría, seguro. Por eso mismo, mucho tiempo después, en el 2019 ya lo vamos teniendo cada vez más cerca, Roy Batty matará a su padre y creador hundiéndole los ojos en las cuencas con sus propias manos: ya no soportará por más tiempo contemplar en los ojos paternos su reflejo...


El meu nom és Druillet (2012) de Montserrat Besses y Pere López                                                       

mayo 01, 2012

Aquel perfume en los tebeos



Las batallas en el desierto (1981) de José Emilio Pacheco                                                                 

La elegante y sofisticada madre del gran amigo de aquellos años, que nos fue robado tan pronto, lo mudaron de colegio para no volverse a saber más. O la rubia profesora de desnudísimos hombros increíbles, cuya dicción exquisita, de puro perfecta, hacía imposible cualquier intento de aprendizaje. O la amable dueña del quiosco de al lado del semáforo, donde comprábamos los Mortadelo, los Superlópez, los Sir Tim O'Theo, y mangábamos los cromos del Sherlock Holmes perruno sólo muchos años después rebautizaríamos, por esnobismo freak, "de Miyazaki". O la ama y señora del bar de cuyo nombre mejor no acordarnos, que nos invitaba a cocacola y bolsa de patatas fritas cada vez que nos aparecíamos por allí, con la cara llena de vergüenza y más llena aún de ojos tristoides, casi llorosos, en busca de nuestro padre borracho y con pulgas de muy pocos amigos. Quien no se enamoró nunca, perdida y platónicamente, de mujeres así cuando canijo, de todas y cada una de ellas o de todas ellas a la vez en una sola madura mujer, no puede decir con todas las letras que alguna vez fue niño. La intensidad de un amor que se sabía imposible sólo podía equipararse a la desolación que producía el conocerse a lo sumo divertidamente comprendido, pero jamás correspondido... Respecto a todo lo demás, se sabe a ciencia cierta que un amor, a doble cara de la moneda o no, es auténtico cuando todos los que lo rodean se conjuran contra él, de ordinario con éxito...

abril 28, 2012

La soledad del lector de fondo


La Liseuse (1888-1890) de Jean-Jacques Henner                                                                               


"Lara leía absorta y sosegada, como si no estuviera haciendo la cosa más importante que se puede hacer en esta vida"

Doctor Zhivago (1957) de Borís Pasternak



Comic Book Readers (1947) de Ruth Orkin                                                                                        

abril 26, 2012

Lo breve, si bueno...


La máquina de languidecer (2009) de Ángel Olgoso                                                                            

Y bien, qué le ha parecido. Bien, me ha parecido bien. ¿Bien? ¿Sólo bien? Bueno, en algunos momentos, algunos picos, más que bien, el resto sí, sólo bien, eso ya es mucho, eso ya es casi todo, créame... Y qué le ha gustado más. ¿Cómo dice? Lo que más le ha gustado, llamado la atención, qué ha sido. Ufff, no sé, son cien cuentos, eso es mucha tela, me costaría destacar unos sobre otros, ¡yo ni siquiera recuerdo qué cene ayer, oiga!, pero... pero sí, me viene ahora a la cabeza el del vampiro, ése me gustó bastante. ¿El del vampiro? El vampiro, el nosferatu trajeado, ése... Conque Nosferatu... Sí, en toda antología de cuentos siempre hay uno de vampiros, uno mínimo, uno fijo, eso es de Ley, no en vano vivimos en una sociedad llena de nosferatus, tantos de ellos con traje... Entiendo. ¿De verdad? Ajá. Pues eso... Pues hábleme entonces en general. ¿En general de qué cosa quiere que le hable, hombre de Dios? Coñe, pues de qué va a ser, que qué destacaría, qué hay de bueno, ¡algo, hostias!... Ah bueno, "algo"... Pues supongo que podría decir que está todo muy bien escrito y muy bien puesto todo en su buen lugar. ¿Todo, eh?... Sí, todo... ¿Y qué más? Qué más, qué más... en fin, creo que lo más importante es que el autor sabe qué se trae entre manos. ¿"Entre manos"? ¿Qué quiere decir exactamente con eso de "entre manos"?, explíquese ande... Pues que son microrrelatos, ¿no?, y el autor sabe qué son y deben ser los microrrelatos, que los microrrelatos son eso, microrrelatos y no otra cosa... ¿Microrrelato? Interesante ¿Y a su tenor qué es y debe ser un microrrelato, hable usted? En fin, no sé, supongo que un buen escritor de microrrelatos sabe... Conque "sabe"... ¿Y qué es lo que sabe?, diga, diga... Sabe que los chistecitos bufonescos quedan para los amigotes y los haikus de perra gorda para los burguers de la poesía, y que nada de eso cabe en su libro...