De los Libros en llamas nacen Mariposas Negras...

enero 10, 2013

La noche del pedroncio

Miracle Mile (1988) de Steve de Jarnatt                                                                        


Era la noche del fin del mundo y yo había quedado con Felisa, mi novia, para pasarla juntos, abrazaditos, acarameladillos y, si se terciaba y había lugar, echando nuestra última canilla al aire crepuscular. Era, como decía, la noche del Apocalipsis, y yo llegaba tarde a mi cita, entre otras cosas, porque me había quedado enganchado jugando a la consola, ametrallando boches junto al puente de Arnhem... Volé con el coche sobre las calles desiertas y cerca anduve de matarme hasta en tres ocasiones. Imaginen qué disgusto, mi madre, si llega a enterarse de que espiché antes de la gran Hecatombe y además de muerte no natural... Cuando llegué a su portal y pegué un timbrazo, dos, al tercero ya me salió gritando la vieja del quinto, bruja donde las hubiere, que a qué coño venían esas prisas a aquellas alturas de Humanidad, ¡habráse visto!, ¡sinvergüenza!, ¡alcornoque!, ¡gañán!... Miré el reloj mientras la vieja me bañaba de improperios: pasaban cincuenta minutos de las once, exactamente cincuenta, y yo arrastraba como hora y media de retraso sobre la hora fijada. Todos los científicos del Mundo habían coincidido en vaticinar el fin de los tiempos, el pedroncio estelar, para aquella misma medianoche, lo que implicaba que el Armaguedón, el Gran Silencio, la Rehostia Puta Consagrada se nos vendría encima más o menos en diez minutos... Solté un bufido y se me levantó el flequillo. Justo entonces me contestó Felisa, toda ella eufónica dulzura, toda ella silábica beldad, por el telefonillo: "Cariñoooo, aún ando maquillándome... ¡Dame sólo quince minutos, eh! ¡Muá!"... Así que aquello fue todo.

diciembre 29, 2012

Straw dogs



Cerró el libro, cansado, harto de todo menos del libro, pero cansado, cansado del libro y de no tener alternativa al libro, tirándolo sobre la cama, luego miró la nada de la pared blanca y ajena, luego cerró los ojos, ni siquiera supo preguntarse si sería capaz de llorar. En lugar de eso se preguntó por enésima vez qué demonios estaba haciendo allí, tan lejos de todo, de todos, de sí mismo. Había perdido ya la cuenta de las veces que fue incapaz de contestarse otra cosa distinta de un silencio denso, percutor. Luego quiso pensar qué haría la mañana siguiente, qué andaría haciendo, con suerte, la semana entrante. Diseñó inverosímiles horarios y mapas para unos días en los que ni siquiera confiaba, unos días que ni siquiera quería para sí, sentía que no le pertenecían desde hacía cuánto... ¿Que no se pertenecía desde cuánto tiempo atrás? Más silencio derramándose... Pese a todo, convino que ya mañana sería otro día, justo para no irse a la cama, como tantísimas noches antes que aquélla, con la íntima certeza de que se había convertido poco menos que en una bestia sin escapatoria. Otro animal atrapado en un reflejo roto. Eso. Sólo eso. Después se quedó dormido. Un sueño largo en una noche corta, sin sueños.

diciembre 14, 2012

Bastardos de Ícaro


The Hunters (1956) de James Salter                                                                               


De ordinario a los editores les gusta vender como "alegatos antibelicistas" todos los libros o novelas ambientados en guerras, lo sean éstos en verdad o no. Parece que en esta sociedad nuestra, todo apariencia y nada detrás, está mal visto dar a leer al público un relato simple y llanamente bélico que no belicista ni beligerante sin atribuirle, muchas veces tan gratuitamente, una intachable altura moral que justifique la entrega a la imprenta de líneas manchadas de sangre y campos de muerte. Somos así de hipócritas.

Pilotos de caza desde luego no es un alegato antibilicista, ni siquiera es un relato bélico, aunque narre la guerra en el aire en Corea. Se me ocurre que la comparación con el actual mundillo de la Formula-1 puede servir mejor al caso. Lo único que diferencia a los pilotos de Salter y los Vettel, Alonso, Hamilton y Button de hoy día es que los primeros asumen que podrían morir cualquier día, en cualquier misión, quizá la próxima, mientras los segundos sólo contemplan espichar si tienen muy mala potra... Por lo demás, unos y otros son la misma mierda: inmaduros egomaníacos, vanidosos machitos malcriados, pagadísimos de sí mismos, a los mandos de una endiablada maquinaria de muerte y velocidad.

Pilotos de caza no puede ser un alegato antibelicista, ni siquiera un relato bélico, porque no hay guerra en sus páginas. En ninguna de ellas se menciona el curso de la contienda, ni los pilotos, ni uno de ellos, se preocupan por cómo van las cosas allá abajo, en la tierra donde sus compatriotas se están ahogando en la muerte, el barro y la escoria de la infantería. A los pilotos de Salter les importan un comino sus compatriotas, su patria y la mismísima guerra. A ellos lo único que les importa es ganar, derribar al adversario, para ellos la guerra no es sino el vehículo a través del cual demostrar que son los mejores, y ni siquiera en plural, que cada uno de ellos es el único y sinpar NÚMERO UNO. Un As del aire. Ser "el AS" del aire. Ésa es su íntima aspiración y su única meta. Pilotos de caza es por tanto un alegato, esta vez sí, pero antiegotista.

Igual que la Formula-1 da por sentado que la mejor forma de convertir su negocio en circo de masas es potenciar primero y enfrentar después el ego de sus pilotos, el Ejército sabe que la mejor manera de convertir a los suyos en óptimas máquinas de derribar aviones no es cultivar el odio al enemigo, sino la rivalidad entre compañeros. El juego de los "héroes" es así de sucio, pero funciona...

La transformación que sufre al final del libro su protagonista, Connell, más que probable alter ego del propio Salter, dibuja un inequívoco punto y aparte. Harto de ser otro buitre de los derribos, sediento de gloria y borracho de vanidad, Connell se desmarca de sus "compañeros" y competidores con un supremo acto de altruísmo y abnegación, renunciando a ser coronado As entre Ases, y accediendo a un estado mental y espiritual superior, en el que la grandeza de surcar el Cielo y la posibilidad de hacerse Uno con él a través del vuelo, aunque sea a través del propio autosacrificio, convierten en risible y miserable cualquier noción de Yo, de Ego.

Y en efecto parece que haber alcanzado a través de la técnica la gloria y la proeza del vuelo, el sueño de Ícaro, para mancharlo después con nuestras absurdas torrenteras de destrucción y nuestras estúpidas eyaculaciones de vanidad, no sólo se antoja una victoria pírrica, también indigna de una criatura capaz de surcar los cielos.


Salter, a bordo de su F-86 Sabre, durante la Guerra de Corea                                        

noviembre 26, 2012

Lo normal es el invierno


La bella state (1949) de Cesare Pavese                                                                                                

Por supuesto, lo mejor del bello verano de Pavese es el personaje de Ginia, Ginetta, su psicología, cómo Pavese es capaz de meterse en su mente, crearla para nosotros, mostrarnos su interior: sus dudas, sus miedos, sus pudores, su carácter forjado a fuego en la naturaleza rural y pedestre de una ciudad que pese a sus fábricas y talleres sigue siendo provincias, sus ademanes de niña tonta en unos casos, sus pensamienos de mujer madurada en otros. Sólo un hombre que ha nacido y crecido en la aldea profunda podría hacer un retrato así, sólo un hombre con una sensibilidad finísima podría trasladarlo de una manera tan ajustada y soberbia al sexo opuesto. Señal de escritor con mayúsculas.

No obstante, la razón íntima por la que releemos este librito maravilloso no es Ginia, es el estudio de Guido y Rodrigues, sucio y desordenado, helado, la chimenea al fondo consumiendo leña, los vasos a medias de vino, la cama deshecha... Releemos el bello verano precisamente por lo contrario, por su invierno, que tan bien conocemos, con el que tanto nos identificamos, ese largo clima frío, oscuro, cetrino, en que perdimos la inocencia, la sed de alegría, durante el cual añoramos el último verano, aquel bello verano, final, único, en el que fuimos felices, sonreímos, soñamos de verdad que otra vida era posible. Verano que sabemos no se repetirá, no regresará después de ninguna primavera, porque nuestro estado normal tras el desengaño, la estación de los que sobreviven a sus sueños es y será siempre el invierno.


Pavese sobre el Po                                                                                                                                  

noviembre 20, 2012

Poco más que cualquier cosa


Los adioses (1953) de Juan Carlos Onetti                                                                                              

¿Por qué ya no escribimos cartas? Corremos el riesgo de respodernos que ya no las escribimos porque el móvil ubicuo y su plenipotencialidad  han sustituido el papel y el lápiz, la estilográfica, y por descontado el viaje al estanco de abajo, para comprar sellos. De todos modos, más que a sustitución huele la cosa a aniquilación, a cese. Ya no nos escribimos cartas porque el móvil y su ubicuidad pantentacular han aniquilado la distancia. Saber que podemos decirnos cualquier cosa en cualquier momento mata por completo todo el espectro emocional de la distancia, del shock de la separación. Saber que podemos decírnoslo todo en cualquier momento hace que lo posterguemos, que le escamoteemos relevancia, que nos pierda esencia, y al final optemos por lo peor, nos conformemos con sólo eso, lo otro en lugar de todo, con decirnos cualquier cosa. Y esto, este haber cambiado conectividad por comunicación, me parece un abismo de tal calibre que podría tragarnos el día menos pensado, dejándonos para los restos sin cubertura.

Supongo que está bien hablar de cartas, las cartas que ya no escribimos y toda la vida que en esa omisión y esos silencios nos estamos dejando, a cuenta de Onetti, de sus adioses, que he tenido que leer dos veces, dos, porque en la primera tentativa no me enteré de nada. Onetti es uno de esos escritores que impone, que manda, el cómo, el cuándo se le lee. Onetti quiere que le leas como él escribía. Sereno, todo movimientos plácidos, a ritmo despacioso, lento, estirado en la cama. Si intentas el asalto a otra velocidad que no sea ésa, será él mismo quien de un despacioso y plácido puntapié te arroje a la cuneta. Como hizo conmigo.

De las cartas de Los adioses ni siquiera importa el contenido, qué dicen, importa lo que propician, lo que desencadenan, o sea, la novela, que no es otra cosa que aquello de pueblo chico, infierno grande. Una correspondencia siempre es una cosa de dos, por un lado, y un puñado de otros que quieren enterarse de qué se dicen esos dos, por el otro. Una correspondencia siempre es la exhibición de un secreto, y aún más, la exhibición pública, pero sellada, de dicho secreto.  En ciero modo, la ostentación de una magia. De una luz.

Nada tan apetitoso como los secretos ajenos para quienes ya agotaron toda su luz, que tienen todo el tiempo del mundo y nada que decir, nadie a quien decir poco más que cualquier cosa. 


C. S. Lewis                                                                                                                                             

noviembre 07, 2012

Baggage




Stone junction, Jim Dodge. La primera vez que intenté leer esta novela me quedé en la página 36. El libro no tuvo nada que ver en ello, pero quedó como fiel testigo de un naufragio. Gran parte de mi vida quedó varada en esa página 36. Y a día de hoy, ahí sigue. Quizá sea tiempo de buscar la marea que la libere. Quizá sea bueno empezar a buscarla en esa página 36.


Martirologio. Andréi Tarkovski. Puede que si sin pretenderlo he ido postergando durante tantos meses su lectura sea porque ahora, y sólo ahora, haya llegado su momento...


Los adioses, Juan Carlos Onetti; La paga del soldado, William Faulkner. Un Onetti y un Faulkner. Raül sabe por qué... El adiós a tantas cosa. La exigua paga de un trabajo que nadie quiere hacer. De algún modo melódico y triste, los títulos se imponen por sí solos.


Solaris, Stanislaw Lem. El libro que más veces he leído -que cierra, de paso, el círculo, la conexión Tarkovsky-. Este libro siempre ha tenido la capacidad de trasladarme muy lejos.


El poder cambia de manos, Czeslaw Milosz. Estar en posesión del poder no siempre implica ser dueño también de la autoridad. O lo que es lo mismo: los cheques en blanco se acaban pagando más tarde o más temprano.

Amor y obstáculos, Aleksandar Hemon. A pesar de los peores pronósticos, aún existe un lo mejor de mí al que no doy por desaparecido. Aún sigo buscando algún rastro de aquél que fui.


Compañía de sueños ilimitada. J. G. Ballard. Hay que procurar siempre tener un Ballard en la recámara...


El último enemigo, Richard Hillary; Pilotos de caza, James Salter y Piloto de guerra, Antoine de Saint-Exupéry. En el siglo XIX muchos grandes autores se fraguaron en la aventura de la mar. En el XX emprendieron el vuelo, tantos de ellos para no regresar...




Travesia de Madrid, Trilogía de Madrid y Retrato de un joven malvado, Francisco Umbral. Podría pensarse que es el lugar el que ahora impune el autor, pero no sería descabellado pensar que fue el autor quien, página a página, fue imponiendo el lugar... A mi vuelta, cuando sea, espero poder devolverle al tocayo Xavier su ejemplar de Retrato de un joven malvado. Después de todas las charlas que hemos tenido lo menos que puedo hacer es leerme este libro a orillas del Prado.


La esperanza, André Malraux. Dice el dicho que la esperanza es lo último que se pierde. Aunque desde Camus y esa Guerra Civil desde la que escribía Malraux sabemos, sin embargo, que las causas justas bien pueden ser derrotadas.


octubre 31, 2012

La coñimorfosis

Le Locataire Chimérique (1964) de Roland Topor                                                                               


En lugar de irse de putas o zumbarse la semanada en la tragaperras, Roland Topor era mucho de juntarse con individuos que respondían a nombres tales como Alejandro Jodorowsky o Fernando Arrabal, y con ellos formar vanguardistas contubernios. De semejantes singulares compañías bien pueden colegirse el carácter malsano y las enfermizas texturas que dimanan de este libro novelesco, primero suyo, de título Le Locataire Chimérique, que narra, así a trazo grueso, las desventuras de un pobre desgraciado, aspirante a Kafka, aspirante a Samsa, que es cambiarse de piso y tornarse mochales de la cabeza, o lo que es lo mismo, despertarse una mañana de un sueño intranquilo y darse cuenta de que, en lugar de insecto, se ha transmutado o lo han transmutado en brioche, en bollo. Una transmutación que, inducida o no, eso queda en el aire, es, por tanto, y también, un trasvestismo. Y por ahí va el asunto.

Peripecia fantástica y caso policial de terror, esta novela es un portentoso tres en uno alucinoide, al mismo tiempo una historia de conspiración, de posesión y de enajenación. Su tarado protagonista, el infeliz Trelkovsky, parece realmente ser víctima de tres horrores simultáneos y solapados; de un lado, una conspiración diabolique de sus nuevos vecinos para acabar con él; del otro, la posesión del espíritu fantasmático de la anterior inquilina de su nuevo piso, empeñada en que imite sus trágicos pasos; finalmente, y no por ello menos en el centro, el proceso de enajenación irreversible, alucinado y pesadillesco, en el que se abisma su mente desquiciada.

Roman Polanski, filmó su adapatción cinematográfica, Le locataire (1976), rayando a gran altura, sobre todo en lo tocante a onirismo macabro, muy fiel a la literalidad del libro, pero sacrificando gran parte de su fondo. Obsesionado, como tiene por costumbre, por los estados mentales quebrados, Polanski puso todo el acento en el proceso de locura del protagonista, obviando el de la posesión ultraterrena y descartando por completo el aquelarre conspiratorio vecinal. La cosa alargaba para mucho más.

Precisamente la esencia del texto de Topor reside y se cimenta en esa conspiración vecinal que a la postre propicia el resto de horrores y defenestraciones. El inquilino, le locataire, es quimérico porque nunca llega, no puede ser El Inquilino, un ideal imposible de convivencia que el resto de sus vecinos, ese infierno que son los demás, pretenden de él. Hombre o mujer, tranquilo o escandalera, da igual, nunca será suficientemente bueno, siempre será mejor un malo conocido que un bueno por conocer, y al malo ya lo suicidamos por la ventana.  No hay caso.

Mientras que en el típico argumento dopplegänger el doble es creado o invocado para sustituir y eliminar al original, en El Quimérico Inquilino asistimos a un desdoblamiento diverso y divergente: es al doble al que se trae a la vida una y otra vez, cíclico y sisífico, después de eliminado su original, sólo para volverlo a eliminar, aun a sabiendas de que toda copia, cualquier doble, no ha de servir de modelo. Se le trae con el único fin de poder destruirlo, para poder expiar en su caída todos los defectos que nosotros no queremos sentenciar en carne propia.

Impostura en el rellano e infierno de puertas adentro, todo aquél que ha padecido vecinos leerá esta novela con fruición y malicia, igual que todo aquél que la lea sabrá que él es también una quimera molesta y una falacia necesaria para sus convecinos. Da para echarse unas risas negras.

De igual modo, todo aquél que crea a pies juntillas que Hemingway y Woody Allen son unos iluminados, no debería dejar de saltarse el film de Polanski, no sea que descubra, no sólo que hasta Isabelle Adjani puede parecer fea, también que París bien puede llegar a ser una mierda...


Le Locataire (1976) de Roman Polanski                                                                                            


octubre 23, 2012

El peso de las voces

Efectos secundarios (2012) de Rosa Beltrán                                                                                       

Leemos, pues, por sed de desdoblamiento, para encarnar todo aquello y todos quienes no pudimos ni podremos ser, leemos para escapar de la carne de todos los que somos, para evadirnos, aunque sea por breve tiempo, del ordinario servilismo de todas cuantas pieles no podemos dejar atrás. La ficción nunca es suficiente porque la realidad es siempre demasiado. 

octubre 18, 2012

A Lonely House into the Woods

Within the Woods (1978) de Sam Raimi                                                                                              


En 1978 Sam Raimi, Bruce Campbell y su panda de amigos de la facultad se fueron al campo a rodar Within the Woods, mediometraje de roñísimo presupuesto gracias al que, a la postre, conseguirían financiación para rodar la seminal, hoy ya elevada a la categoría de Cult Horror Movie, Posesión Infernal (The Evil Dead, 1981). Años después, todo el equipo de aquéllas, con mejor presupuesto y mayor afán de romper esquemas genéricos, volvió a reunirse para filmar Terroríficamente muertos (Evil Dead II, 1987), que significó al mismo tiempo un remake y una segunda parte de su antecesora, pero en clave cómica, y que encumbraría a Campbell y Raimi como los auténticos reyes del slapstick cinematográfico.

Within the Woods es la semilla de Posesión Infernal, prácticamente su precuela, las similitudes son más que evidentes, pero a buen seguro la mayor divergencia sea uno de sus mayores aciertos. Todos los que amamos la literatura de horrores preternaturales del loco de Providence, H. P. Lovecraft, agradecemos que Raimi y los suyos dicidiesen que la causa desencadenante del horror en Within de Woods, la nada convincente profanación de un cementerio indio, se convirtiese en Posesión Infernal en todo un feérico despliegue de demonios primordiales con muy mala leche y necronomicancias varios.

¿Acaso no somos legión los que dibujamos la sonrisilla cómplice cada vez que la grabadora hallada en la bodega empieza con su perorata invocadora de infernales presencias kandarianas?

Campbell and Raimi                                                                                                                           

octubre 15, 2012

Quoth the Raven, Nevermore...


Edgar Allen Poe (1909) de David Wark Griffith                                                                                  

"Virginia se moría. Edgar la sabía muerta, y así nació Anabel Lee, que es la visión poética de su vida junto a ella. Yo era un niño y ella una niña, en un reino a orillas del mar... (...) Murió a fines de enero de 1847. Los amigos recordaban cómo Poe siguió el cortejo envuelto en su vieja capa de cadete, que durante meses había sido el único abrigo de la cama de Virginia. Después de semanas de semiinconsciencia y delirio, volvió a despertar frente a ese mundo en el que faltaba Virginia. Y su conducta desde entonces es la del que ha perdido su escudo y ataca, desesperado, para compensar de alguna manera su desnudez, su misteriosa vulberabilidad".

Vida de Edgar Allan Poe (1956)
de Julio Cortázar

Cubierta de los Cuentos de Edgar Allan Poe, Alianza Editorial (1970) de Daniel Gil                             

octubre 14, 2012

Bodycount

Orlacs Hände (1925) de Robert Wiene                                                                                               


Cuídate mucho de que tus manos nunca sepan de lo que tu cabeza es capaz, ya que podrían ejecutarlo, y ése no sería sino el principio de una cuenta sin vuelta atrás...



septiembre 27, 2012

Las noches del Buen Retiro de Pío Baroja



Las noches del Buen Retiro, Baroja cosecha del 34, Baroja último o casi casi; Baroja antepenúltimo. En esta novela Baroja hace el retrato de un trepa, de un advenedizo, cuenta la historia de un mierdas, pero lo hace por oposición, es decir, que cuenta la historia de Jaime Thierry, un tipo que es todo lo contrario de un advenedizo y un trepa, un tipo, en suma, de los que apenas hay ni apenas hubo, cuya única obsesión en la vida no es la posición ni es la comodidad ni es la tibieza; no es evitar a toda costa el pasarlas putas. Thierry es un idealista, un romántico, un remador contracorriente, o lo que es lo mismo: un perdedor. Una de esas raras almas que antes prefieren dejarse morir de amor que el indigno engordar y el envejecer cicatero de la buena sombra que cobija. A todos, antes o después, nos llega la ocasión de enomorarnos de la mujer equivocada, pero sólo unos muy pocos se avienen a semejante insensatez. Y de entres estos pocos ajenados, son locos contadísimos los que, además, saben tirarse a las vías de ese tren con prestancia y estilo.

septiembre 09, 2012

Last Night

Digue de Mer, Ostende, reflets de lumière (1908) de León Spilliaert                                                  

¿Qué pasa?

¿Qué?

¿Que qué pasa? ¿Por qué tienes esa cara?

No sé... "qué pasa"... Estoy triste. Supongo que eso pasa.

¿Por?

No soporto la idea de que las noches deban acabar. La idea de que el silencio y la oscuridad morirán en apenas unas horas. La idea de que el sol y la madrugada quemarán todo esto por sobreexposición. Todo esto que ahora respiramos, todo esto que ahora somos, todo esto que no volveremos a ser más. La idea de que mañana toda la maldita pesadilla empezará otra vez de cero, y de que habremos de sobrevivir a los estragos del día y de los hombres si es que queremos volver a sentir la noche en los huesos. Apenas un par de horas de sagrada nocturnidad refrescando nuestros castigados huesos. Como ahora...

Pero habrá más noches...

Yo no quiero otras, quiero ésta, sólo ésta... Eso es lo terrible... La idea de que ésta no pueda ser la última noche, la última y eterna oscuridad. La idea de que no podamos coger ahora mismo una carretera y enfilar la nada, de que antes de poder llegar a cualquier sitio, cualquier ningún lugar, habrá amanecido, la penumbra y el silencio se esfumarán, y con ellos la locura, y con ella todo lo mejor de nosotros mismos.

¿Sabes?, la melancolía puede llegar a ser una enfermedad...

Tampoco esperaba que lo entendieras.

   

septiembre 06, 2012

Lo opuesto de lo british



Lo pongo aquí y volveré a ponerlo donde fuere menester, hay que ver qué bueno es Graham Greene, coño. La de años que me he pasado sin leer todo lo suyo, eso es lo que pica. Qué gilipollas.

Viajes con mi tía es un alegato contra lo british. Todo lo british. Ser british y sentirse british apesta como una mala cosa, ser british es una atonía, ser british es aburridor. No te da apenas el sol y siempre está húmedo, hay que llevar paraguas en todo momento, se bebe té en lugar de café y se folla siempre con la luz apagada y en la del misionero. Eso si se folla. Greene pudo dimitir del catolicismo algunos años más tarde, a las puertas de la muerte, le entró el canguelis y volvió a comulgar, por si aquello de las moscas... No seré yo quien me atreva a reprocharle el feo, pero pudo dimitir del catolicismo, como decía, pero jamás le alargó lo suficiente el pundonor como para hacerse saltar los sesos de lo british. Él lo supo. Fue consciente. Por eso se lanzó este ladrillazo, este boomerang, este responso de Viajes con mi tía contra la cabeza, a ver si por un casual se acertaba en plena mochera y se le iba tanta estirada tontería.

A George Cukor le gustó tanto cómo Greene puso a caer de una burra a sus camaradas british que hizo una peli que podría estar bien ver cualquier día de éstos, si es que alguna vez volvemos a oír llover.

Lo opuesto de lo british es lo hardcore. Folla siempre, folla mucho, folla bien y no mires con quién. Folla hasta los noventa años. Habrá quienes a eso lo llamen fornicación, pero se trata de gente a la que toda la sed de vida se les desagüa por el diccionario mojigato.

Lo opuesto de lo british, como decía, es fumarse las flores en lugar de sentarse a verlas crecer. 



Travels with my aunt (1969) de Graham Greene