Resistencia en el flanco débil

febrero 02, 2018

Claudia





Hay una lágrima en alas de cuchillo hendiendo el universo
su velocidad es la de la luz
su tristeza, la palidez enferma del hielo
un mensaje cifrado en su estela
guarda la clave de nuestro asombro

Hace frío aquí
lo sabes
Todos mis errores y silencios 
pero también cada caricia
todos y cada uno de los desaires
y aún más cada mirada
cada susurro
mi nombre en tu boca
tu piel en mis manos
y por supuesto todos los llantos
del primero al último
juntos
o cada uno derramándose donde buenamente pudo
me han conducido hasta aquí

Tú no estás
Tú ya te has marchado
O nunca osarás llegar 

Hace frío aquí
en la cara abandonada de la Luna
tú lo sabes

Pienso estar
aquí plantado
todavía un buen rato
pelándome de frío
comiéndome las altas temperaturas de tu 
incertidumbre

Es un alto precio 
que tan probablemente pague con mi vida
la cordura
o lo poco de sagrado que alguna vez 
he contenido
 
Pero es un espectáculo maravilloso
¿sabes?
estar aquí
a las puertas de esta necesidad de ti
donde nadie llegó ni 
nadie ha de volver a pisar jamás
Sólo yo viajé hasta 
este aquí
a morir
por no tenerte

Aguardo el tiempo 
de los petrificados 
sin esperar nada a cambio 
sólo con la lábil esperanza
de que esta última cerilla
que defiendo con mi vida
ilumine tu camino

Todo cuando fallé
me trajo hasta aquí
No hay camino de hombre que no excluya la duda
el pavor
los pasos en falso
la amarga asechanza de las caídas

Cada cierto tiempo
distingo un brillo a lo lejos
Me ha preguntado por ti
Me dice si vas a venir
Quiere saber si podrá pasar
a hacernos una visita algún día

Yo le sonrío con ternura
y aprieto con mi alma
y los dedos deformados
la cerilla


Hay un lágrima en alas de cuchillo hendiendo el universo
su pena es la de tu renuncia
su júbilo, el reflejo tostado del trigo
un mensaje cifrado en su estela de cabello
brillante y negro
encierra la clave de nuestro sentido






 

 

febrero 01, 2018

Supervivencia



El despertador. Las siete de la mañana. No dejarlo sonar apenas, porque hace rato que estás despierto. Hay algo roto, muy profundo, en buscar a una persona en una pantalla. Una herida viva en el blanco del móvil, recortándose sobre el vacío, enseñoreándose de la oscuridad. 

Ponerse en marcha. El arullo de la cafetera. El pienso de los gatos. Su agua fresca. Mirarlos comer un rato. Esa naturalidad... 

Y luego la calle. Las caras grises del gris del alba. La furgoneta. El frío de la noche acumulado. El frío del silencio, que no se cicla. Arrancas. Altavices a todo trapo. Aun así no poder ensordecer la batalla en el pecho. La ruta más rápida. GPS. Me meto el tiquet de autopista bajo la pierna. Llego al lugar y un niño de siete años me pregunta quién soy mientras su compañera de pupitre, a quien la maestra llamó Claudia, sonríe y se me queda mirando... Es divertido trabajar mientras hacen clase, escuchar sus respuestas, reírme hacia adentro, darme cuenta de cómo algunos no prestan atención porque me están observando... 

La mañana pasa rápido. El móvil siempre un plomo en el bolsillo. El móvil un fuego todo el tiempo en la cabeza...

No comer más que lo justo. Quisiera morir de siesta para negarle horas al día. Quisiera poder quedarme frito en un libro la tarde entera, las tardes, todas, las que dure este invierno de cuatro estaciones. Caen las cinco o las seis y salgo. Camino. Muchas veces tengo la cierta impresión de que hay quien puede verme el daño,  cruento y translúcido, aposentado en los ojos. Ya está bien. Cualquier cafetería vale. Un libro de cuentos de Margaret Atwood. Chicas que bailan. Chicas que fuman. Chicas que cantan. Chicas, en su trampa de dudas, librando a su vez una encarnizada batalla...

El café de la noche. La música de la noche. El sofá de la noche. Mi única ciudadela... 

Y el móvil, allá, cargándose sobre la mesa. Su quietud de plomo en mis ojos. Su silencio ardiendo todo el tiempo en la cabeza. Hay algo roto, muy hondo, en esperar a quien ya se ha marchado. Una herida de piedra que ningún sueño cicla...




enero 30, 2018

Estación de Tránsito




Todo empezó con una sonrisa. Yo estaba delante suyo. Ella me tenía delante, por supuesto, no estaba ciega, pero aún no me había visto. Tardaría todavía en verme. En saber quién era yo y por qué su sonrisa, aquella primera, lo había significado e iniciado todo. Pero es que ella sonreía siempre. Su sonrisa desprendía algo que verdeaba la tierra. Y ella la regalaba, así, todos los días. Regalaba aquella luz y aquella alegría a quienquiera que se acercase. Y no porque se empeñase en ello, estoy seguro, no era en ella algo voluntario. Sencillamente rebosaba de ella de una forma natural, no podía evitarlo. No sabía ni podía saber ser de otra manera cuando estaba contenta. Hay seres que han venido a este mundo para regalar de esa manera su pequeña luz. Con la del Sol no nos basta. El Sol arde cada día y gracias a su furia todos somos posibles. Pero el sol no está vivo. Ella en cambio sí estaba viva. Y regalaba un diminuto átomo de su alegría de vivir en cada sonrisa. Ella todavía no me había visto, aún no había llegado, pero al sonreírme de aquella manera, sin sospecharlo, me había plantado para siempre en el camino de su vida.

O me había atraído a la órbita de su camino. Como más te guste. Yo en aquel tiempo estaba siempre en el espacio. Siempre con la misma cantinela. Abrasando el oído de quien me quisiese escuchar. Que el comportamiento de los seres humanos difería en poco o nada del de los grandes gigantes de la esfera celeste. Supongo que el día que le solté ese rollo a ella debió pensar que estaba loco. Aunque no dijo nada. O yo no lo recuerdo. Aunque eso sucedería después, mucho después. Y mucho después tambien le escribí un poema: "Kosmonautas", en el que también se lo explicaba. Para ese entonces yo ya no sabía si ella seguía allí, donde fuera, pensando en mí. Aquel poema fue un mensaje de socorro desesperado en una botella, flotando perdido en lo ancho del cosmos, negro y frío, y todo silencio.

Después de aquella sonrisa primera vinieron más, yo hice porque las hubiera, todo lo que pude. Hacerme el encontradizo, remar hacia su órbita. Hice por ponerme ante ella, aunque no me viera, y que me sonriera: "Muchas gracias"; "Gracias a ti"; "Que tengas un buen día..." Su sonrisa me bastaba, me decía. Su sonrisa, al menos para mí, era capaz de iluminar un día entero y el despertar del siguiente. Su sonrisa me bastaba, me lo repetía, aunque empezase a no ser cierto. "¡Mírame!"... "¡Estoy aquí!"... Si yo hubiese sido de otra manera. Si yo hubiese hecho por hacerme notar, tal vez me habría visto en aquel mismo instante. Pero no hubiese sido lo mismo. Nada hubiese sido lo mismo. Habría salido despedido de su región de gravedad. De su sistema. Como una estrella fugaz. A morir en cualquier lejana atmósfera. Eso lo sé. Lo sé seguro.


Tenía que ser el azar. No podía suceder de otro modo. Nuestros destinos estaban unidos, ese nudo ya no había quien lo deshiciese, pero por eso mismo tampoco se podía forzar. Tenía que ser el azar, el hado fortuito, el que le hiciese verme. Que estaba allí. Que iba a estar allí siempre, mientras ella quisiera. Y probablemente también anque ya no lo desease.

Yo estaba allí. Y ella no había llegado todavía. Y yo en cierto modo ya la quería. La quería a ella y la quería conmigo. Eso no podía ser. Era sólo un sueño. Una quimera. Pero yo sabía que no quería moverme de allí. De su sonrisa. De sus ojos grandes y negros. Del sueño de que se diese cuenta de mí algún día. Del sueño de que ella quisiese también tenerme consigo.

Yo la quise desde aquel primer entonces primordial, cuando quedé prendado de su órbita, de su sonrisa. Ella era un cuerpo celeste soberbio y jovial. Resplandeciente. Por eso aún era incapaz de distinguirme. Pese a todo ya entonces, lo supe, sería el centro de su centro. La quise desde entonces, cuando aún no había llegado, y la quise mucho tiempo después, cuando quiso marcharse. La sigo queriendo ahora, que estamos no sé extrañamente dónde, fuera del tiempo...

Le hablé de aquelos inicios muchas veces y ella siempre quería saber más. Más detalles sobre cómo había empezado todo. ¿Cómo es que no me vio de buen principio?... Se sorprendía... Y nunca se cansaba de aquel tema: "¡Hablemos de eso, cariño!... cuéntame más"... Pero el lenguaje da para lo que da. Y aquello sólo podía describirse en palabras tan por encima, tan sin color ni verdadero sagrado júbilo...

Muchas veces también traté de explicarle cómo me miraba. Lo que significaba. Cómo me hacía sentir. Todo lo que expresaba. Su manera de desearme con sus ojos, de suplicarme, de llamarme sin articular un palabra. Cómo fue capaz de decirme, sin voz, aquella primera vez: "Necesito que me beses, ahora... Bésame, joder"... Jamás olvidé aquella mirada. Jamás olvidé aquel beso. Y cómo después pronució mi nombre... Si ahora que estamos aquí, no sé extrañamente cuándo, fuera del tiempo, puedo al menos conservar esos tres recuerdos, sé que podré seguir brillando modestamente por el resto de la oscuridad...

Una mañana desperté y abrí los ojos. Lo primero que vi fue su cara, encima mío, contemplándome. ¿Cuánto llevaba allí? Lloro. Lloro siempre que la recuerdo mirarme de aquella manera, mientras dormía. "Sigue durmiendo", me dijo. Le hice caso. Horas después ella ya no estaba. Se había ido a trabajar. Pero me había dejado escrita una carta. La conservo todavía. La leo todavía. La he leído tantas veces que me la sé de memoria. Pero las palabras seguirán siendo siempre palabras. Creo que ya sabes qué pienso de las palabras... Pero aquella cara, su cara, cuando abrí los ojos desde el fondo del sueño. No hay nada que pueda explicarlo. Esta aquí, sabes, a resguardo en el pozo de mi alma, si es que semejante cosa existe. Y conmigo morirá. Y seguirá conmigo, junto a mí, aunque la voz pensante que soy se consuma...

No había tampoco nadie que riese como nosotros reíamos cuando estábamos juntos, ¿sabes? Creo que ya debes saberlo, pero por si acaso te lo recuerdo. Sólo tengo que cerrar los ojos y puedo sentir sus carcajadas. Y al lado las mías. No reí jamás de aquella manera. Nunca en la vida había disfrutado del placer de reír, del placer de sacarle a los segundos hasta la última gota de jugo, como lo hacía con ella. Podíamos reírnos de todo. No había límite ni cortapisa. No había tabús. Porque nunca con nadie conecté mentalmente como lo hice con ella. Había tantas cosas que no era necesario explicar ni aclarar. Ella entendía. Yo entendía. Y después, las carcajadas despertando al vecindario...

Quiero estar aquí, en este tiempo extraño, fuera del tiempo, escuchándola reír conmigo, hasta el fin, venga cuando venga...

A veces me daba miedo. Ella era fuerte y a la vez quebradiza. Me daba miedo dejarla sola. No porque fuese a romperse. Al revés, porque  cuando estaba sola no sabía cuidarse, le entraba el miedo y la agitación, su propia indómita fuerza, impregnada en temor, la arrastraba. Se golpeaba constantemente. Fuera, en la vida, contra todo; y dentro de su alma, si es que semejante cosa existe, contra ella misma... Yo sabía que no sería capaz de cuidarla si no conseguía serenarla. Si no conseguía tranquilizarla. Pero ella era energía desbordada. Para todo. Para amarte con una mirada. Y para llevarse a sí misma por delante tras cada renuncia.

También formaba parte de su belleza salvaje. De su maldición. Su energía incontenible. Su salvaje sed de vivir. Por eso también la quise desde el primer momento, cuando ella ni siquiera estaba allí, pero las vibraciones de su fuerza llegaban desde todas partes. Nunca vi jamás en nadie aquella quebradiza y suicida sed de vida: tan capaz de todo, y también siempre tan en la orilla de cualquier cataclismo.

Muchas veces le reprendía y le leía la cartilla, ella agachaba la cabeza y se resignaba. Luego de reojo veía cómo inmediatamente me hacía pequeñas gañotas y se mofaba. Era una niña traviesa también. Lo fue siempre y no dejaría de serlo. Una niña rebelde. Una pequeña salvaje de piel trigueña y ojos vivaces. Consiguió llegar a la madurez sin matar a la niña que fue, la niña traviesa, de ojos montaraces, la niña a la que ella misma nunca quiso renunciar, porque enterrar a aquella niña sería lo mismo que matarse. Lo mismo que tantos adultos se inmolan renunciando al niño sagrado que siempre hubo en ellos. Ella lo sabía, o sin saberlo, supo al menos que si en algún momento renunciaba a aquella niña rebelde dejaría de ser ella. Y automáticamente se apagaría para siempre.

A esa niña rebelde, a ese pequeño trasto de piel trigueña y ojos enternecedores, que me hacía burlas cuando no miraba, yo también la quería ya desde entonces, desde allí, allende los océanos y allende los años que aún nos seperaban. 

Ella sólo quería ser ella y que la amasen y la dejasen amar no siendo de otra manera.

Una noche corrí tras ella. Nos habíamos despedido amargamente. Cada uno enfiló por una calle distinta. Luego pensé que no quería estar con nadie que no fuese ella. Que no quería reír con nadie que no fuese ella. Que no quería llorar si no era por su causa. Su ausencia. Su dolor. Su perdón. Su alma, si es que semejante cosa existe...

Corrí tras ella, jamás corrí por nadie en toda mi vida. Corrí. Pensé que se me escapaba la vida. Al fin la encontré, en mitad de la noche. No dije nada. Sólo la agarré violentamente y nos fundimos en un abrazo de lágrimas. Su olor. Aún puedo sentirlo, ahora, aquí, en este extrañamente cuándo, su olor al rozarle el cuello... Morirá conmigo, si es que esto va a ser desaparecer...

No sé cuánto duró aquel abrazo. Un mundo. Una pequeña vida. En una región de mi ser aún dura. Aún la estoy abrazando. El germen de una vida, tal vez, quién sabe, se encuente allí... Ella se separó de mí y me miró como nunca la vi mirarme. Estaba temblando. Tampoco yo nunca la vi temblar así...

Ella dijo: "Jamás me abrazaste así". Temblaba y me miraba y me decía bésame sin decir palabra... "Jamás antes sentí que te había perdido". 

No lo entendía... ¿Lo entendía ella? Si me seguías queriendo, si no dejaste de quereme nunca, por qué me alejaste... Aun a día de hoy sigo sin entenderlo...

Su respuesta la sé. Su respuesta la sabes... Todos los desencuentros los conocemos ya de sobras. Ella no supo entonces lo que ahora yo sé, lo que sólo he podido averiguar con el tiempo. Que yo aún no había llegado donde ella me estaba esperando... Igual que ella no estuvo cuando yo me puse en su órbita, yo aún no había conseguido dar con su centro... Pero estaba allí. Yo seguía allí. Amándola como entonces. Amándola como ahora. Y lo encontraría. Más pronto que tarde iba a encontrarlo...

He visto todas nuestras fotos. Las que fueron y las que aún han de ser, probablemente... Nuestras canciones también, las que fueron, las que vendrán, las que todavía no se han compuesto.... Todos nuestros recuerdos juntos, todos nuestros años juntos los tengo aquí, conmigo, para siempre.  Si es que esto, de aquí a no sé cuánto tiempo, va a ser morir, va ser desaparecer, liquidarse en el tiempo, se consumirán conmigo, lo sé, pero aun así no voy a dejarlos abandonarme... Me niego. 

Me niego a deajrlos ir igual que me negué a alejarme de ella. Formarán parte del modesto brillo de mi infinitud, y de la suya...

Cierro los ojos y puedo sentir la caricia sensual de sus ojos, amándonos. Cierro los ojos y puedo sentir agitarse su respiración cuando me veía aparacer. Cierro los ojos y vuelvo a sentir el trote de mi pecho al sentir su voz, al sentir el tacto de su piel. Nunca en la vida sentí nada semejante. Aquella piel, aquella forma de acariciar, aquella forma de mirar y amar y desesperar sin articular un sólo sonido...

Yo la esperé siempre. Aun cuando ella ni siquiera sabía que yo existía. Ya tan sólo era cuestión de que ella me esperase a mí, de que tuviera la paciencia de aguardar a que yo diese con el dónde y el ahora en el que ella me estaba necesitando. Y daría con él. Pues estábamos destinados hacer camino juntos desde siempre...

Ahora ya sabes un poco más de cómo empezó todo. De cómo tu madre vino a mí y yo fui a ella. De cómo todo no pudo suceder de otra manera, aunque en cierto modo aún no haya sucedido.

Todo es muy raro aquí, todo suspende de mil incógnitas, en este extraño cuándo, en este extraño ahora, fuera del tiempo... Aquí venimos a parar los que hemos sido, los que seguimos siendo, los que aún habéis o no habéis de ser... Una ubicua y dantesca estación de tránsito...

Yo ahora estoy aquí, hablándote, hija, en el fin de mi camino, fuere el que fuere, si es que ha de ser el fin... Tú estás aquí, y eres y no eres todavía, tú todavía esperas y has de esperar aún, no sé hasta cuándo, tal vez hasta nunca, hasta siempre, tal vez para nada. Quizá para acabar en el no ser. Para acabarte antes de haberte empezado... No tengo modo de saberlo...

Sólo puedo decirte que yo estoy también allí, allá fuera, en aquel tiempo del que te he hablado, junto a ella, sin ella, aquél tiempo incierto de dolor y de duda y de puños cerrados. Estoy allí dejándome la vida y el alma, si es que semejante cosa finalmente existe.

Luchando por ella.

Y luchando por ti.



 

enero 28, 2018

Corazón doble



El castillo. El castillo alto. Una celda acolchada, un temor de oscuridad en algún lugar del centro del castillo alto.

La vida. este lugar ajeno y extraño al que nos vemos atados, en el que nos vemos obligados a demostrarlo todo. Que tan poco nos concede. Y todo cuando nos da tanto más rápido nos lo arrebata. O sencillamento lo perdemos. Lo dejamos caer. Esta prisión de barrotes cosmológicos y su engaño de infinitud. Su mentira de amplios espacios incognoscibles, su enormidad. 

La enormidad del cosmos. La enormidad de la vida. Esa hiriente vastedad. No es más que el trabajo de un ilusionista genial, un espejismo. El señuelo. La fruta dulce y exótica suspendida sobre el centro de la garganta carnívora.

Presos de la vida, reos de su perpetuo escaparate de albedrío. Nos agitamos desesperados, tenaces, desdibujándonos y agotándonos en cada decisión, en cada aspaviento. Malgastamos el pálpito en quijotescas y furiosas industrias transitorias. Tanto por hacer en esta vida, y no hay otra, y antes siquiera de haber iniciado camino ya nos hemos consumido. Como un ascua. 

Ni tan vasto el cosmos; ni tan diminutos nosotros, ni tan larga la vida. ¿Qué hacemos aquí? ¿Cuál es nuestro propósito? ¿Qué hacer con nuestro tiempo? Porque puestos a estar aquí encerrados hasta el fin de nuestros días habrá que hacer algo... Tantas cosas. Tantas posibilidades... Qué dolor, qué inmenso dolor y cuánto daño contenido en las preguntas, en el querer saber. ¡Venimos a qué! A desangrarnos encerrados en las preguntas. A deshilarnos en el laberinto de las preguntas. Apagarnos cada día un poco tras cada silencio de cada irrespuesta. Tras cada duda.

Es demasiado larga. Tan desarmante suma de absurda incoherencia. La humana es la única carne que duda. Y he ahí su hundimiento. Su infecciosa melancolía...

El castillo. Hay algo en el castillo alto. En una celda acolchada y caliente, un temer terebrante de oscuridad. En algún terrible y centro lugar del castillo alto.

Nuevamente de vuelta a la acre tristeza de las cafeterías umbrías y las canciones en bucle. Esta tiranía. Otra vez ovillado sobre la apestosa escritura de las tripas. Me he dejado la vida deshecha en el blanco folio de las cafeterías. 

Gente que estaba aquí cuando llegué ya se ha marchado. Otros llegaron y tomaron asiento y posesión de sus conversaciones. Otros pasan de largo, caminan en pos de algo que creen tiene un nombre, aunque en en el fondo no sea otra cosa que oscuridad... Todos se mueven a treinta kilómetros por segundo a lomos de un pedazo de chusco azul, cruzando el espacio de camino a la nada.  Girando como una peonza alrededor de un infierno amarillo que se lo tragará, hinchado de muerte, con suerte, dentro de unos cinco mil millones de años.

Y a pesar de semejante dantesco surrealismo hay quien todavía sostiene que aquí hemos venido a preguntarnos. Estamos aquí para averiguar alguna suerte de verdad contenida en lo alto de lo creado. Preguntas. Respuestas. Saber. Querer saber más. No poder parar de querer saber más... El cáncer de la alegría...

Cometimos el error de levantar la mirada del pasto y comprobar que podíamos ver algo más allá de nuestros impulsos. Qué caro vamos a pagarlo.

Los humanos son los únicos ojos que creen poder derribar todos los velos, incluido el de la amarga raíz de su orgullo, envenenada mandrágora de su soberbia. Cada vez que nos mentamos como especie con un sagrado deber de conocimiento nos estamos condenando. Cercenamos el júbilo, destruimos la alegría. Abrimos nuestra célula a la metástasis de la melancolía.

Cuanto más alto y lejos lanzamos las redes, la sonda de nuestra mirada, nuestra enfermiza curiosidad, tanto más destructora será nuestra ceguera. Pero ésa es ya una entropía que no estamos a tiempo de parar...

El castillo. Un agitación asustada en el castillo alto. En una celda caliente y cómoda, a resguardo del invierno. Un temor pulsátil. Y un dolor. Y una sonrisa quebrada. En algún afilado y centro rincón del castillo alto. He de llegar allí...

Ella sonríe todo el tiempo y le observa con esa mirada que sólo se tiene cuando estás deshaciendo el cielo con tus manos. A él no lo veo, está de espaldas. De pronto sonríe más y hace aspavientos y se lleva una mano a los labios. Luego él ha debido comentar algo gracioso, porque ella a estallado en una carcajada entrañable.

Esto es lo que me revienta de la puta literatura. De la puta escritura de mierda. Tener que escoger entre tejer mentiras de la nada o bien vampirizar las realidades ajenas. Y convertir todo eso en este tráfago de líneas, en este insoportable tráfago de palabras que a lo mejor alguien lea y comprenda. A quien tal vez sirvan de torpe cortafuegos. Transformar en un maldito placebo de mierda las mentiras y la savia robada a la realidad.

Por eso la literatura nunca salvó mi vida. Por eso la literatura sólo ha sido mi ruina.

Ahora ella le ha cogido la mano. Él tuvo un primer amago de retirarla, pero la dejó donde estaba. Ella la acaricia mientras le mira con una intensidad y una verdad y una energía sísmica que ninguna artificiera literatura alcanzará a vampirizar jamás.

Por eso las palabras nunca detendrán una guerra, ni evitarán una matanza, ni estará en sus manos evitar que dos corazones que lo son todo el uno para el otro acaben chocando y se hagan pedazos. 

Las palabras son la endeble herramienta de un inútil. Los bártulos del artesano que no sabe hacer otra cosa de provecho que emborronar folios de palabras, de mentiras, de peripecia y espejismo y la sangre robada a los otros, en el trasiego de las cafeterías y las paradas de metro. 

Miradas como la suya, ahora, tan grande es la energía que desprende, serían capaces de fundir el tejido de la realidad... Pero quién soy yo, con mi macuto de torticeras palabras, para intentar describirlo.

Las palabras. Ese juguete del artesano incapaz. Al que nunca miró nadie con esa indestructible forma de desear. O si lo hiceron. Tal vez habiéndola tenido, una mirada semejante, se las ingenió para dejarla escapar...

El corazón humano es el único que pudiendo ocupar su tiempo en amar, se derrenga y se colapsa en actos tan absurdos y estériles, tan maldita mentira, como poner a danzar palabras. En cada pálpito desatendido, en cada palabra derramada, se autoaniquila...

El castillo. Una corazón asustado en el castillo alto. Un su celda. A salvo del invierno, al calor del fuego a tierra del autoengaño. Un rubor pulsátil. Un temor vertiginoso. Un miedo terrible y cruento dando vueltas sobre sí mismo a velocidades astronómicas... Y una sonrisa quebrada. Un quebrado suspiro. Una mirada apagada de puro cegada. Su pánico no puede describirse. Los lenguajes humanos son pobres y sus palabras estrechas para la enormidad de ese miedo. En algún lugar amargo y centro arrecife del castillo alto. He de llegar hasta allí. No sé dónde está, aunque lo sueño a todas horas. No sé cómo encontrarlo, aunque se enseñoree de mi descanso. He de llegar hasta él. Hasta el castillo alto. Aunque sólo sea para caer fulminado a sus puertas...

Una estrella binaria es un sistema formado por dos estrellas que orbitan alrededor de un centro de masas compartido.

Ella lo sigue mirando. Ahora se tienen cogidas las dos manos. No hay palabras entre ellos. Sólo se miran. Silencios que lo dicen todo. No hay palabras tampoco para narrar lo que ni siquiera debería ser narrado. En cierto modo, no soy más que un vampiro, viejo y cansado... 

Se acepta, por lo menos hasta ahora, que un sistema binario estelar se forma a partir de la captura de dos estrellas solitarias a través de su gravedad. Es decir, que una estrella doble no es una estrella gemela, es una pareja de estrellas que estaban destinadas a unirse y hacer camino juntas.

En algún indeterminado punto de su evolución y crecimiento, cierta parte de la materia de una de ellas se aventura en el campo gravitatorio de la otra: una región sin nombre en la que la gravedad de la otra estrella es mayor que la propia. Ya es sólo cuestión de tiempo. Sólo cuestión de gravedad. De dos cuerpos que se atraen irremisiblemente porque hasta la última de sus partículas se pertenecían desde antiguo.

Ella a veces niega un poco, ladea y gira levemente la cabeza, como si no acabase de creerse algo, quizá lo que está pasando allí, en el centro de esa mesa, de sus manos aún unidas. Como si no acabase de aceptar que esa estrella doble que acaba de nacer entre sus dedos fuese para ellos. Como si no lo merecieran. Como si no fuesen dignos. Como si no se lo hubiesen ganado. Pero sí. Pues ha pasado.

El corazón humano es el único capaz de hacerse tan añicos, tan finísimo polvo de vidrio, y pese a todo seguir funcionando, seguir colapsando universos con su brillo exhausto...

El castillo. Un estrella asustada. Un corazón hecho pedazos en el centro y pavor y temor de oscuridad del castillo alto. La celda se las ve y se las desea para contener el volumen de su angustia en expansión. Su brillo triste. Su efevercescente agonía. Pero el castillo es grande y cómodo, tierra firme ante el invierno que acecha. Y la incertidumbre, que castiga. He de llegar allí pero no sé cómo. Tienes que guiarme. Guíame hasta el castillo alto. Pronuncia mi nombre en el negro de tu silencio cuando cierres los ojos. Así podré sentirte. Así podre seguirte hasta el castillo alto. He de llegar a él. He de destruirlo. Aunque en el intento consuma toda mi energía...

Estrellas dobles obligadas a brillar separadas. Púlsares atados a una caja cerrada, secuestrando su irradiación.

Cada pálpito desatendido es una derrota. Una venganza del conocimiento sobre la vida. Cada mirada de amor no correspondida es una aceleración de la asimetría que no podemos permitirnos. Ninguna palabra será capaz de frenar semejante velocidad de perdición y de hundimiento.

El corazón humano es la única materia del cosmos, la única célula, el único átomo, la única partícula que al convertirse en estrella doble consigue explicar y dar sentido al universo, aunque sea en un lenguaje que no admite descripción y nunca entenderemos.

Hay una preciosa estrella doble naciendo aquí mismo, a dos mesas de donde escribo. No hay fulgor ni gravedad ni densidad de agujero negro que ahora mismo pueda palidecerlos. En éste, su preciso finito instante de humana divinidad.

El castillo. El corazón y estrella y mitad de mi vida temblando de miedo en el mullido terror del castillo alto ¿Qué terrible fuerza consiguió separarnos? He de llegar hasta allí. Destruirlo. Derribar sus muros. Liberar tu luz. Sólo tienes que llamarme cuando cierres los ojos. Sólo tienes que dejar que la luz de tu corazón hecho pedazos me sirva de faro...

Es tan fuerte su brillo, tan densa la materia de su júbilo, que se dobla sobre sí mismo y gira. Gira cada vez más rápido cuanto más me acerco. Gira sobre el eje de su centro, que es el centro también de mi materia. Por eso nada cae, nada se pierde, nada se derrama. A pesar de los agujeros y las resquebrajaduras. Puedo verlo brillar, girando, llamándome a velocidades astronómicas.

El faro que me lleve hasta ti, hasta el último muro hecho pedazos del castillo alto. Aunque sea para extinguirme en el intento, caer consumido a tus pies...

El corazón humano es también la única fuerza del cosmos capaz de contradecir la segunda ley de la termodinámica.

Tu corazón, mi corazón, estrella doble desde el tiempo de los tiempos, brillando juntos y perpetuos sobre las ruinas del castillo alto. Rotando, los dos uno, a velocidades astronómicas, más allá de los límites del tiempo...







 

enero 25, 2018

La estrecha promesa...




Encuentros fortuitos, vencidas las esquinas,
en el centro del hielo de nuestro invierno.

Dime de qué sirvió derribar el árbol de los ahorcados
y besarnos sentados sobre su tronco, al fin vencido,
altar y horizonte rodeado de lilas.

De qué salvar la carretera de aquella indiferencia
kilómetros de esperanzado mediodía,
sólo para cogernos la mano en una ciudad
de la que ya sólo queda en pie una  tan rota memoria.

De qué las velas sobre la mesa, 
mi mano quemada,
mi alma abrasada
en este vano intento por pornerte a salvo.
¿A salvo de quién?
A salvo de ti.
Tenerte conmigo
y "ser"
nuevamente
contigo.

Un par de peluches abrazados tras el parabrisas
ahora, hoy,
aquí, en la sima de escarcha desde la que te escribo,
no van a hacerte el trabajo sucio.

Tu vago gesto de concilio en mitad de la calle,
-¿qué pretendías?-
ahora, hoy,
aquí, perdido lo perdido,
pese al ardiente dolor desde el que aún te siento,
está condenado a morir en el aire.


Dime de qué sirvió tan alta apuesta
para tan estrecho viaje...
Te lo dije siempre:
"Lo más difícil ya estaba hecho..."

Espero que tú al menos tengas alguna respuesta.
Aunque francamente lo dudo.
Dime al menos, 
esto sé que lo sabes,
con qué mirada se saludan los muertos...


diciembre 06, 2017

Kosmonauts



"KOSMONAUTS"




No hay lugar para los hombres fuera de esta tierra
que fue su semilla
No habrá nunca lugar para nosotros allá arriba
en el espacio
profundo
y frío
y enfermo de blancas estrellas de fuego
Nos destruiría a la primera oportunidad
con un simple e insonoro abrazo
de su vacío

Y pese a todo somos sus hijos
su igual
su reflejo diminuto
y apenas significante
aquí
en la Tierra
la enorme y bendita Tierra
esta azul mota ridícula en mitad de la Gran Nada
a sus ojos.


Existe, tal vez
un enorme agujero negro
que es centro y dios de todo lo creado
Una estrella vieja y sabia que murió
hace tanto
que ni el tiempo guarda memoria
de su colapso


Una estrella vieja
sabia y centro y dios de todo cuanto es
que murió precisamente
para que manásemos de su herida
y a la que antes o después
regresaremos
partícula a partícula
Todos.
Cuando el tiempo incluso sea tan viejo y senil
que no guarde siquiera memoria de sí mismo



Existe, tal vez
muy probablemente
un enorme agujero negro
que soporta y sostiene este universo
padre dios cosmos
del que heredamos los ojos sedientos de horizonte
Un Gran Atractor que nos llama de regreso
desde antiguo
e impulsa nuestro albedrío 
que jamás fue tal


Somos carne
somos dios
somos planetas
navegando sin rumbo este océano de oscuridad
e incertidumbre
Cuerpos celestes cuyas trayectorias
de súbito
extraña e inopinadamente
se encuentran y conocen
coinciden y se retroalimentan
hacen camino juntas
en pos de esa nada que será
antes o después
cuando el tiempo se desdoble
la caída última
y final
y enferma de estrellas ya apagadas


Ese volver a la placenta
que será la oscuridad última
y primera de lo que todo
surgió
y todos partimos


Pero eso no será hoy
tampoco mañana
pasará cuando suceda
dentro de millones de años
para entonces todos habremos dormido


Hoy eres una flor del espacio
rosa imposible de una playa marciana
sentada sobre las rocas
por ejemplo
y de fondo el mar oxidado
por ejemplo
y sonríes
sin ir más lejos
tal vez
y sólo tal vez
porque algo en el fondo de tu alegría
sospecha
sin tú saberlo
que una nube de buen tiempo
se aproxima a tu órbita...


No sabes cuándo
pero te aguarda
No sabes cómo
pero te espera
Sólo para decirte
quién sabe
incluso sin palabras
que el tiempo de los milagros no ha terminado todavía...



noviembre 16, 2017

Harry Houdini




No echaré al fuego tus cartas, 
nuestras fotos, 
eso sería negarles en ese ajusticiamiento 
la obligación y el derecho 
de probar su número y su envergadura:
el íntimo contenido de su verdad.

Voy a dejarlas tiradas aquí,
a la intemperie de tu renuncia,
al sol y la sal
y el castigo del viento del desengaño;
ocre óxido de los días...

Voy a dejarlas tiradas aquí,
al abrigo de tu desalojo;
pierdo cuidado;
sé que no regresarás a salvarlas...

Yo me marcho lejos pero no me moveré de aquí;
voy a encerrarme en esta trampa de supervivencia,
sarcófago de puños cerrados,
agujero negro de masa incombatible:
me encierro para seguir viviendo,
lastrado de cadenas,
preguntas cuyo albur ya no reclamo,
sólo para traspasar el horizonte de tus sucesos...

Es demasiado peso.
Pero pierde cuidado;
escaparé a tu vórtice;
voy a lograrlo...

Y una vez fuera,
quién sabe,
tal vez algún rastro de cuanto fuimos
aún se sostenga en pie,
vestigio en ruinas de una civilización en colapso,
señal de que algún dios menor estaba de nuestra parte...



Será un entonces que hace noches que es pasado.
Tu tiempo y mi tiempo ya nunca han de ser el mismo... 

noviembre 14, 2017

Algún día...





Huídas hacia adelante, dejándome la boca llena de palabras interruptas, la mirada esclava, ovillo del terror en las costillas, sólo por esa sed melodramática de saber que si te giras, nunca lo hiciste, tenerme allí, saberme aquí, en el decorado del naufragio, viéndote irte; esa película barata, ápice de tu fiebre, que nunca protagonizaremos... Y no sólo eso: cuyo estreno nos sorprenderá exiliados de nosotros mismos, uno del otro, ajenos, cada cual en su silencio, a aquélla, nuestra estrecha indecible patria: lábiles minutos de fulgor eléctrico y un violeta transitorio. Ese algún día que ya no se sobrepondrá a nuestra frontera.

noviembre 13, 2017

El tiempo que se nos conceda...




Llegó la luz a duras penas, con el tiempo justo de vestir nuestra última esquina, voló después a hacerse otoño, y esta quietud de sombras que me ampara no la sospechará tu sueño, no quemará tu pecho con grutesca incertidumbre. 

La vida ya no nos espera, el viento combate los techos encendidos de la noche insomne en pos de una íntima locura que nos doblegue al fin, después de tantos años de incoherencia.

Llegó el invierno a su hora, como de costumbre, con la luz justa para desenfocar la esfera de lo que fuimos, volamos después, a hacernos noviembre, y este silencio de sol agónico de los últimos días, nos va poco a poco solidificando en la secreta y serena verdad de los muertos.

mayo 24, 2017

LOCOS DE SHACKLETON


LOCOS DE SHACKLETON


La medida de nuestra pequeña medida
es un dedal de agua pensante
suspendido
en la incomprensible oceanidad del cosmos

Agua negra y secreta en su fortín de silencio
agua radiante sin costas
sin arrecifes de espacio o materia
ni la sima abisal del tiempo

Agua negra y secreta vibrando de miedo
el poder de su sordo terror inefable
un techo de pavor connatural al vacío
la acecha

Y a pesar de todo miramos
y lanzamos oídos
a la noche océanica
epicentro de nada 
pequeño plancton pensante
suspendido 
en el desorden del cosmos

Agua negra y secreta que quiere verterse
sobre un blanco de las certezas
conquistando el secreto de los segundos
y plantar su estandarte de hombre en un polo imposible
pues no tiene centro, ni línea del horizonte
no conoce nombre, ni guarda leyenda


En mi vida veré probablemente
nada tan bonito como un 
gatito bebé
en sus primeros días de ojos abiertos
esos apenas minutos entre siesta y modorra
chusmeándolo todo con ojos voraces
sedientos
milenarios
cuando apenas si consigue tenerse en pie

Mirando hacia arriba entre titubeo...
¡Está contemplando gigantes!

Y a pesar de todo nos miran
sin entender
o entienden sólo lo justo y suficiente
para no dejar de ser ellos
mañana
cuando el hilo del tiempo y de la vida
(a pesar de los hombres)
los ponga a prueba

El eco de nuestras preguntas
retumbando en la caja de resonancia de los ojos voraces
es el ruido blanco de la obsolescencia
el hielo Sur que nos ciega 


Reus, mayo 2017