Memorial del búnker

septiembre 11, 2015

El último día de la guerra




De todos modos, ya que preguntas, no soy ya sombra para odiarte, para odiar a nadie; me faltan no ya el tesón o las agallas, en algún lugar, no sé dónde, en qué desvío o encrucijada, me dejé olvidado el par de garras. Aunque no olvidado en realidad, sólo pesaban, pesaban demasiado. Siento la puerta, lamento la barrera, disculpa los hombros caídos como telones negros sobre un escenario en disolución... Quisiera haber sido mejor en todos los aspectos, incluso aquello, poniéndonos en lo peor, mejor enemigo, mayor adversario. Supones bien, es tarde para todo excepto para esta terrible noche en la que todas las luces se han apagado. Estas calles ya no son las calles pero sí el viento; viento y locura, aquí, allá, sangre adentro, terminan siempre por ser los mismos. Tanto tiempo fuera de la vida de qué nos ha servido; tantos días haciendo de la carne grito, del alma desafío, creyendo plantar alguna extraña suerte de batalla a los aires. Y al final qué, sólo esto, el sollozo bajo, el torpe gemido, ni siquiera el llanto, prohibida la lágrima, a solas en la última antesala. ¿Acaso fue una suerte que no me rompiese en vidrio? Día a día, lluvia tras lluvia me fui viniendo roca; vertido primero, petrificado después, desde el hígado hasta el tuétano. Todos los huesos roca; todos los brillos roca; la savia roca también: soy la madera muerta en la que se tallan los gigantes, los mismos que congelan la noche con su aliento en tuberculosis: el miedo, el pánico, el rencor, la dúctil memoria... Así que duerme, lo mejor sería que durmieses; olvida, di que no, que no con la cabeza, haz como si nunca en ti una idea de mí, ni siquiera un recuerdo, hubiese existido. De todos modos la vastedad de mi odio siempre te cayó grande, y a mí seguir siendo vida empieza ya a pesarme demasiado. ¿Acaso no oyes eso? Es el vaivén de las olas, la torva canción de cuna de una playa dinamitada y lunar, tras el desembarco de los gigantes. El último día la guerra es es esa dulce línea de horizonte a la que siempre llegamos tarde.

diciembre 07, 2014

Rabia, rabia contra esa quieta noche...







No te adentres dócilmente en esa quieta noche.
La vejez debería delirar y arder ante el ocaso del día.
¡Rabia!, ¡rabia contra la luz que agoniza...!

Aunque asumen los hombres sabios que, al final, la oscuridad es justa
porque sus palabras no consiguieron desentrañar el relámpago,
no se adentrarán dócilmente en esa quieta noche.

Hombres buenos, los últimos hombres buenos, lloran por cómo
sus frágiles obras pudieron brillar al danzar en la verde bahía.
¡Rabia!, ¡rabia contra la luz que agoniza...!

Hombres audaces que en su vuelo tocaron el sol, le cantaron,
y aprendieron, demasiado tarde, que aquélla era también una senda de aflicción,
no se adentrarán dócilmente en esa quieta noche.

Hombres severos, cercanos al fin, que siguen mirando sin ver,
con ojos ciegos que podrían arder como se incendian los meteoros.
¡Rabia!, ¡rabia contra la luz que agoniza...!

Y tú, Padre, allá en tu Alta Tristeza,
maldíceme, bendíceme con tus feroces lágrimas, te lo ruego,
tampoco te adentres dócilmente en esa quieta noche.
¡Rabia!, ¡rabia contra la luz que agoniza...!


Versión libre de Javi Iglesias