Resistencia en el flanco débil

diciembre 06, 2017

Kosmonauts



"KOSMONAUTS"




No hay lugar para los hombres fuera de esta tierra
que fue su semilla
No habrá nunca lugar para nosotros allá arriba
en el espacio
profundo
y frío
y enfermo de blancas estrellas de fuego
Nos destruiría a la primera oportunidad
con un simple e insonoro abrazo
de su vacío

Y pese a todo somos sus hijos
su igual
su reflejo diminuto
y apenas significante
aquí
en la Tierra
la enorme y bendita Tierra
esta azul mota ridícula en mitad de la Gran Nada
a sus ojos.


Existe, tal vez
un enorme agujero negro
que es centro y dios de todo lo creado
Una estrella vieja y sabia que murió
hace tanto
que ni el tiempo guarda memoria
de su colapso


Una estrella vieja
sabia y centro y dios de todo cuanto es
que murió precisamente
para que manásemos de su herida
y a la que antes o después
regresaremos
partícula a partícula
Todos.
Cuando el tiempo incluso sea tan viejo y senil
que no guarde siquiera memoria de sí mismo



Existe, tal vez
muy probablemente
un enorme agujero negro
que soporta y sostiene este universo
padre dios cosmos
del que heredamos los ojos sedientos de horizonte
Un Gran Atractor que nos llama de regreso
desde antiguo
e impulsa nuestro albedrío 
que jamás fue tal


Somos carne
somos dios
somos planetas
navegando sin rumbo este océano de oscuridad
e incertidumbre
Cuerpos celestes cuyas trayectorias
de súbito
extraña e inopinadamente
se encuentran y conocen
coinciden y se retroalimentan
hacen camino juntas
en pos de esa nada que será
antes o después
cuando el tiempo se desdoble
la caída última
y final
y enferma de estrellas ya apagadas


Ese volver a la placenta
que será la oscuridad última
y primera de lo que todo
surgió
y todos partimos


Pero eso no será hoy
tampoco mañana
pasará cuando suceda
dentro de millones de años
para entonces todos habremos dormido


Hoy eres una flor del espacio
rosa imposible de una playa marciana
sentada sobre las rocas
por ejemplo
y de fondo el mar oxidado
por ejemplo
y sonríes
sin ir más lejos
tal vez
y sólo tal vez
porque algo en el fondo de tu alegría
sospecha
sin tú saberlo
que una nube de buen tiempo
se aproxima a tu órbita...


No sabes cuándo
pero te aguarda
No sabes cómo
pero te espera
Sólo para decirte
quién sabe
incluso sin palabras
que el tiempo de los milagros no ha terminado todavía...



noviembre 16, 2017

Harry Houdini




No echaré al fuego tus cartas, 
nuestras fotos, 
eso sería negarles en ese ajusticiamiento 
la obligación y el derecho 
de probar su número y su envergadura:
el íntimo contenido de su verdad.

Voy a dejarlas tiradas aquí,
a la intemperie de tu renuncia,
al sol y la sal
y el castigo del viento del desengaño;
ocre óxido de los días...

Voy a dejarlas tiradas aquí,
al abrigo de tu desalojo;
pierdo cuidado;
sé que no regresarás a salvarlas...

Yo me marcho lejos pero no me moveré de aquí;
voy a encerrarme en esta trampa de supervivencia,
sarcófago de puños cerrados,
agujero negro de masa incombatible:
me encierro para seguir viviendo,
lastrado de cadenas,
preguntas cuyo albur ya no reclamo,
sólo para traspasar el horizonte de tus sucesos...

Es demasiado peso.
Pero pierde cuidado;
escaparé a tu vórtice;
voy a lograrlo...

Y una vez fuera,
quién sabe,
tal vez algún rastro de cuanto fuimos
aún se sostenga en pie,
vestigio en ruinas de una civilización en colapso,
señal de que algún dios menor estaba de nuestra parte...



Será un entonces que hace noches que es pasado.
Tu tiempo y mi tiempo ya nunca han de ser el mismo... 

noviembre 14, 2017

Algún día...





Huídas hacia adelante, dejándome la boca llena de palabras interruptas, la mirada esclava, ovillo del terror en las costillas, sólo por esa sed melodramática de saber que si te giras, nunca lo hiciste, tenerme allí, saberme aquí, en el decorado del naufragio, viéndote irte; esa película barata, ápice de tu fiebre, que nunca protagonizaremos... Y no sólo eso: cuyo estreno nos sorprenderá exiliados de nosotros mismos, uno del otro, ajenos, cada cual en su silencio, a aquélla, nuestra estrecha indecible patria: lábiles minutos de fulgor eléctrico y un violeta transitorio. Ese algún día que ya no se sobrepondrá a nuestra frontera.

noviembre 13, 2017

El tiempo que se nos conceda...




Llegó la luz a duras penas, con el tiempo justo de vestir nuestra última esquina, voló después a hacerse otoño, y esta quietud de sombras que me ampara no la sospechará tu sueño, no quemará tu pecho con grutesca incertidumbre. 

La vida ya no nos espera, el viento combate los techos encendidos de la noche insomne en pos de una íntima locura que nos doblegue al fin, después de tantos años de incoherencia.

Llegó el invierno a su hora, como de costumbre, con la luz justa para desenfocar la esfera de lo que fuimos, volamos después, a hacernos noviembre, y este silencio de sol agónico de los últimos días, nos va poco a poco solidificando en la secreta y serena verdad de los muertos.

mayo 24, 2017

LOCOS DE SHACKLETON


LOCOS DE SHACKLETON


La medida de nuestra pequeña medida
es un dedal de agua pensante
suspendido
en la incomprensible oceanidad del cosmos

Agua negra y secreta en su fortín de silencio
agua radiante sin costas
sin arrecifes de espacio o materia
ni la sima abisal del tiempo

Agua negra y secreta vibrando de miedo
el poder de su sordo terror inefable
un techo de pavor connatural al vacío
la acecha

Y a pesar de todo miramos
y lanzamos oídos
a la noche océanica
epicentro de nada 
pequeño plancton pensante
suspendido 
en el desorden del cosmos

Agua negra y secreta que quiere verterse
sobre un blanco de las certezas
conquistando el secreto de los segundos
y plantar su estandarte de hombre en un polo imposible
pues no tiene centro, ni línea del horizonte
no conoce nombre, ni guarda leyenda


En mi vida veré probablemente
nada tan bonito como un 
gatito bebé
en sus primeros días de ojos abiertos
esos apenas minutos entre siesta y modorra
chusmeándolo todo con ojos voraces
sedientos
milenarios
cuando apenas si consigue tenerse en pie

Mirando hacia arriba entre titubeo...
¡Está contemplando gigantes!

Y a pesar de todo nos miran
sin entender
o entienden sólo lo justo y suficiente
para no dejar de ser ellos
mañana
cuando el hilo del tiempo y de la vida
(a pesar de los hombres)
los ponga a prueba

El eco de nuestras preguntas
retumbando en la caja de resonancia de los ojos voraces
es el ruido blanco de la obsolescencia
el hielo Sur que nos ciega 


Reus, mayo 2017

septiembre 01, 2016

No es mi caso



La primera frase es siempre la más difícil. Son tantas las opciones y las variables, tantos los pasillos que se cierran por cada puerta que se abre. Si se piensa demasiado se acaba desistiendo. Al principio se borra y se reintenta, no quieres derribar tu rey a las primeras de cambio, pero transcurrido cierto tiempo de inoperancia ya ni siquiera se afronta el reto. No pasa nada por no escribir, te dices. No pasa nada. Se puede vivir perfectamente sin escribir. Más tranquilo, más pausado. Escribir es una angustia. Una auténtica ansiedad. Un no conduce a nada salvo a un contra ti mismo. Te dices eso y mucho más que no cabe en palabras, porque el pensamiento lleva también su doble contabilidad, y esa cuenta subterránea uno la vislumbra y la sabe descifrar en muy contadas ocasiones, y aún en ésas las más de las veces ni siquiera hacemos caso. Escribir es una melancolía que a día de hoy aún no me trajo nada bueno. Te lo dices. Me lo digo. Paso del tú al yo, y aún peor: de la primera del singular a la primera del plural, al nosotros, como si hubiese alguien más al que hacer partícipe de esta enfermedad.

La primera frase es siempre la peor. Y no porque las posibilidades de cagarla sean prácticamente infinitas. No. Porque es una promesa. El vislumbre de una singladura que de ordinario, lo sé, va a acabar recién empezada, un aborto, otro proyecto nuncásico: y la cantidad de veces que podemos defraudarnos al fin y al cabo no deberían ser tantas.

Te dices que ya has desperdiciado muchos más cartuchos de los que merecías, que si después de tanta práctica tu puntería no ha mejorado ya a estas alturas qué quieres, déjalo ya. Y eso hago, lo dejo, me aparto y hago como el que decide dejar de fumar porque se lo ha recomendado la voz estúpida que vive dentro de su cabeza. Una de ellas. Tan solo una de tantas. Pensando que uno puede dejar atrás una enfermedad que es su su propia sombra, que es tan íntima y secreta médula de su fantasma.

Pero está también el problema de la mente en disolución. Yo mismo, ahora, desde hace no sé cuánto. No son los años que pasan, no es tampoco un notarse encima la traída y llevada crisis de los cuarenta. Ni es el demasiado peso de los años grises ni el demasiado pasado doblegando la espalda. Es simplemente mi cabeza, sin lastre, elevándose paulatinamente hacia la nada. A veces es tan sencillo como un lampazo de luz indolora atravesando de arriba abajo un curso de ideas. Y a partir de ahí la parálisis. Incombatible. Saber que este escribir fallando, este errar cada palabra es también el último reducto que me mantiene a este lado de la cordura.

La primera frase es siempre un pico raramente conquistable. Debe contener el germen y al tiempo servir de campo base y punto de apoyo, de cebo y estímulo, también, por qué no, de acicate. Demasiada responsabilidad para un solo un sujeto y su solo predicado. No por nada los manuales y los libros de estilo se los encargan a gente con la cabeza en su sitio y su justo lugar.

Mejor pasar directamente a la segunda...

septiembre 11, 2015

El último día de la guerra




De todos modos, ya que preguntas, no soy ya sombra para odiarte, para odiar a nadie; me faltan no ya el tesón o las agallas, en algún lugar, no sé dónde, en qué desvío o encrucijada, me dejé olvidado el par de garras. Aunque no olvidado en realidad, sólo pesaban, pesaban demasiado. Siento la puerta, lamento la barrera, disculpa los hombros caídos como telones negros sobre un escenario en disolución... Quisiera haber sido mejor en todos los aspectos, incluso aquello, poniéndonos en lo peor, mejor enemigo, mayor adversario. Supones bien, es tarde para todo excepto para esta terrible noche en la que todas las luces se han apagado. Estas calles ya no son las calles pero sí el viento; viento y locura, aquí, allá, sangre adentro, terminan siempre por ser los mismos. Tanto tiempo fuera de la vida de qué nos ha servido; tantos días haciendo de la carne grito, del alma desafío, creyendo plantar alguna extraña suerte de batalla a los aires. Y al final qué, sólo esto, el sollozo bajo, el torpe gemido, ni siquiera el llanto, prohibida la lágrima, a solas en la última antesala. ¿Acaso fue una suerte que no me rompiese en vidrio? Día a día, lluvia tras lluvia me fui viniendo roca; vertido primero, petrificado después, desde el hígado hasta el tuétano. Todos los huesos roca; todos los brillos roca; la savia roca también: soy la madera muerta en la que se tallan los gigantes, los mismos que congelan la noche con su aliento en tuberculosis: el miedo, el pánico, el rencor, la dúctil memoria... Así que duerme, lo mejor sería que durmieses; olvida, di que no, que no con la cabeza, haz como si nunca en ti una idea de mí, ni siquiera un recuerdo, hubiese existido. De todos modos la vastedad de mi odio siempre te cayó grande, y a mí seguir siendo vida empieza ya a pesarme demasiado. ¿Acaso no oyes eso? Es el vaivén de las olas, la torva canción de cuna de una playa dinamitada y lunar, tras el desembarco de los gigantes. El último día la guerra es es esa dulce línea de horizonte a la que siempre llegamos tarde.

diciembre 07, 2014

Rabia, rabia contra esa quieta noche...







No te adentres dócilmente en esa quieta noche.
La vejez debería delirar y arder ante el ocaso del día.
¡Rabia!, ¡rabia contra la luz que agoniza...!

Aunque asumen los hombres sabios que, al final, la oscuridad es justa
porque sus palabras no consiguieron desentrañar el relámpago,
no se adentrarán dócilmente en esa quieta noche.

Hombres buenos, los últimos hombres buenos, lloran por cómo
sus frágiles obras pudieron brillar al danzar en la verde bahía.
¡Rabia!, ¡rabia contra la luz que agoniza...!

Hombres audaces que en su vuelo tocaron el sol, le cantaron,
y aprendieron, demasiado tarde, que aquélla era también una senda de aflicción,
no se adentrarán dócilmente en esa quieta noche.

Hombres severos, cercanos al fin, que siguen mirando sin ver,
con ojos ciegos que podrían arder como se incendian los meteoros.
¡Rabia!, ¡rabia contra la luz que agoniza...!

Y tú, Padre, allá en tu Alta Tristeza,
maldíceme, bendíceme con tus feroces lágrimas, te lo ruego,
tampoco te adentres dócilmente en esa quieta noche.
¡Rabia!, ¡rabia contra la luz que agoniza...!


Versión libre de Javi Iglesias




septiembre 19, 2014

Poemas perdidos del soldado Froelich


"Alfred Froelich era un muchado tímido, de apariencia enfermiza. Sin embargo, había resistido como cualquiera las penalidades del cerco.

Alfred Froelich era escribiente de un municipio de Renania. Le gustaba mucho leer. Siempre llevaba un tomo de poesías en el bolsillo de la guerrera. Era un tomo de poesías de Rainer Maria Rilke, que él leía casi a escondidas, cuando estaba solo y nadie le molestaba.

Alfred Froelich era taciturno y solitario. Se veía en seguida que era un hombre con vida interior intensa.

No era demasiado amigo de bromas, pero no se hacía, sin embargo, antipático.

Se había batido como los buenos a lo largo de todos los combates. Sin alharacas, pero honradamente, virilmente, Alfred Froelich había cumplido con su deber a la hora de la verdad.

Ahora, Alfred Froelich había caído herido gravemente.

- Una bala le ha puesto las tripas al aire -me dijo sombríamente el comandante Spiedel-. Me ha dicho que quiere verle, Weest, que quiere hablar con usted.

Alfred Froelich estaba tumbado en un rincón del "bunker". Los soldados que había allí dentro no se preocupaban demasiado de él. Uno dormitaba. Otro intentaba dormitar. Otro se rascaba parsimoniosamente la espalda. Otro miraba al vacío...

- ¿Me querías hablar, Alfred?

El muchacho estaba pálido, de un pálido enfermizo, cerúleo. Se apretaba el vientre convulsivamente con ambos brazos, y, por entre las manos, a través de la sucia guerrera destrozada, asomaban, viscosas y azuladas, sus tripas apenas ensangrentadas.

Me acerqué y me arrodillé a su lado. Intenté sonreír, pero no pude, creo que no pude. Mi sonrisa debía de ser más bien una ridícula y falsa mueca amable.

- Dime, amigo, ¿qué deseas?

Alfred me miró al fondo de los ojos. Me sentí estremecer al contacto indefinible de aquella mirada penetrante y angustiada.

- Voy a morir, sargento, y quiero pedirle un favor...

- Lo que quieras, Alfred, pero no vas a morir.

- Sí, voy a morir, y es mejor que así sea. Sufro mucho, sargento.

De pronto, tosió y el tronco se le encogió hacia el vientre con un espasmo terrible. Tardó unos instantes en reponerse. Estaba sumamente pálido.

- Calma, amigo, calma. No te esfuerces.

Alfred hizo acopio de fuerzas. Se le veía que hacía un supremo esfuerzo para seguir hablando.

- Quiero que, si usted sale de ésta, vaya a mi pueblo...

Las fuerzas le faltaban y tuvo que descansar. Cada vez se apretaba con más fuerza el vientre y cada vez se le salían más los intestinos por entre los dedos...

- Yo nací en...

Me dijo un pueblecito de Renania.

- Allí vive todavía mi madre. Es viuda. No tenía más hijo que yo. Ella es ya muy viejecita. Dígale, sargento, que me ha visto morir tranquilamente, que no he sufrido nada al morir. No le diga que me han herido. La pobre se asustaría...

La voz de Alfred se hacía por momentos más delgada, pero seguía siendo perfectamente inteligible...

- Dígale, sargento, que he muerto de una pulmonía. No es extraño que uno muera aquí de una pulmonía, ¿verdad? Hace tanto frío. Ella se lo creerá.

Quería decirle a Alfred alguna palabra de consuelo. Pero no me salía ninguna. En cambio, notaba que se me nublaban los ojos y que no podía remediarlo. Sentí de repente una gran rabia contra mí mismo.

- No se apene, sargento. Esto de morir es cosa de hombres. No importa que uno muera aquí o allá, de esto o de lo otro...

-¡Alfred, Alfred, qué valiente eres!

Alfred intentó sonreír.

- Todos aquí hemos sido valientes a la fuerza, sargento. Eso no tiene importancia. La valentía no es más que una palabra. Uno puede parecer valiente hoy y cobarde mañana. La valentía no existe, sargento... Lo único que existe es la muerte.

- ¡Pero tú no morirás, Alfred!

Afuera empezó a tronar el cañón.

- Ojalá fuera yo el último muerto, sargento... ¡Morirán tantos todavía! Lo que apena es morir cuando uno podía seguir viviendo todavía...

El cañoneo empezaba a resultar ensordecedor.

- ¿Verdad, sargento, que irá a ver a mi madre?

- Te lo prometo, Alfred.

- Mire, sargento, aquí, en este bolsillo de la guerrera, llevo un tomo de poesías de Rilke. Dentro van unas poesías manuscritas mías. Entrégueselo todo a mi madre...

De pronto, las facciones de Alfred Froelich se quedaron tensas. Su cara parecía una máscara trágica. Después, un segundo después, la cabeza se le dobló sobre el pecho y su cuerpo resbaló por la pared sobre la que estaba apoyado de espaldas, cayendo suevamente hacia el suelo del "bunker".

Fui a ver a la madre de Alfred cuando me liberaron los rusos, cuatro años después. Pero la madre de Alfred Froelich hacía ya tres años y pico que había fallecido.

El manuscrito con las poesías de Alfred y el libro de poemas de Rilke lo perdí en las ruinas de Stalingrado, en los momentos de la gran desbandada."



Yo estuve en Stalingrado
Hans Weest