Memorial del búnker

septiembre 11, 2014

Cuentos de terror y misterio de Arthur Conan Doye




¿Por qué hay libros que tardamos años, décadas en leer? ¿Por qué, diminutos mortales, nos hacemos con libros que pululan vírgenes por nuestras bibliotecas una media de entre 15 años y el resto de nuestras diminutas vidas? He ahí una pregunta que dejo en el aire para los muy bibliofrénicos...


Yo he tardado 17 años largos en leer éste: Cuentos de terror y misterio, del amigo Conan, el Doyle, no el cimmerio aquel con taparrabos. 


De entrada quiero decir que lo que más terrorífico de este libro no es de Doyle, no está en los cuentos, está en la portada, ese grabado chulo del Werther de Goethe. Que es una pasada. Todos los libros deberían tener dos portadas, una, la que diga el editor, y otra, la que diga yo, estas últimas todas siempre con grabados molones del XIX.


Hoy escribir terror es prácticamente imposible y leerlo es casi más un acto de fe que otra cosa. ¿Por qué? Pues por los telediarios y el facebook. Por ejemplo. O los politicastros a una bandera aferrados. Por ejemplo. Eso sí que da cague.


Así que uno no lee a Conan Doyle sino para que éste lo introducca en aquélla atmósfera. Reino Unido victoriano. 221B. Whitechapel. Ferrocarriles llegando a su hora a la estación de Charing Cross. Scotland Yard. Baskerville Hall. Puentes sobre el Támeses. Niebla por decreto, etc. Seguro que habrá quien entienda... Alan Moore y Felix J. Palma saben de qué hablo.


Otra cosa que quiero decir es que desde que murió el folletín la literatura es una mierda. La literatura con psicología interior y personajes complejos es una mierda. Una mierda bien gorda. ¿Por qué ya no hay literatura en los periódicos? ¿Por qué sólo hay malditas columnas de condenados escritores de moda? Joder, si leer columas periódisticas ya no tiene ni puta la gracia desde que espichó Umbral.




Yo quiero un magazine semanal única y exclusivamente dedicado a literatura folletinesca. Viejos clásicos folletinescos junto a nuevos plagiarios folletinescos. Reverte, pedazo de bestia, deja ya de darnos la brasa con tus calenturas y escríbeme una a la Dumas, a la Salgari, a la Sabatini. Y lo mismo tu compa Marías, marchando una de Conrad, de Kipling, de Stevenson, de Twain. Que nos ríamos todos y no sólo vosotros, hostia.

¡Ah! Y profusamente ilustrado. Con molones grabados del XIX.

septiembre 07, 2014

Una avanzada del progreso de Joseph Conrad


Una avanzada del progreso. 'An Outpost of Progress'. Una de las pocas cosas que me parecía mal, mejor dicho, la única maldita cosa que me parecía mal de la colección gloriosa aquella,  Alianza Cien, es que su gente no te ponía el título original en los créditos. Te ponían el nombre del traductor y te ponían al gran Ángel Uriarte, sumo padre de siempre acertadas y bonicas cubiertas, ah sí, y te ponían lo de "Impreso en Papel Ecológico Exento de Cloro". Joder. Qué les costaba. El puñetero título original de la cosa y el año. Es una condenada línea de nada. Pues no. Es como decir, bueno, encima que les cobramos sólo 100 pesetas por el librito de marras, encima no les vamos a dar también clases de idiomas por el mismo precio. Así todo. Siempre. Todos los días. El hijoputismo. La cabronez...

El caso: 'An Outpost of Progress'. Una avanzada del progreso. ¿De qué nos habla este librito? Ay. Qué pregunta. En fin, la cantidad y la calidad del poso de la obra conradiana es tal que habría que escribir una tesis doctoral de todos y cada uno de sus textos, hasta de los cuéntilos cortos e ínfimos como éste, para hacerle al hombre un algo de justicia. 

Quiero decir: Joseph Conrad, ¿no?. Se petaba un grano purulento frente al espejo y en ese pus resbalando espejo abajo había más literatura que en cualquier cosa que pueda escribirse hoy día.

De hecho: Joseph Conrad, ¿no?. Sólo él, sólo ese nombre polaco pasado a la cristalización british es ya un argumento-bartleby, un argumento válido e irrefutable en favor de abandonar la escritura, cualquier clase de escritura. Ahora, ya mismo, now!... ¿Escribir para qué carajos? Que todos dejásemos de escribir de inmediato y para siempre, y dedicásemos el resto de nuestras vidas al florilegio de los jardines, el fornicio de las carnes y la relectura de los grandes clásicos irredutibles. Pero habitamos, ¡ay!, este mundo tan necio...

Una avanzada del pogreso, por lo demás, es un relato tan bien cosido que da miedo. Y precisamente ése, el miedo, es uno de sus grandes temas. El hombre no sabe vivir si no es con miedo, si no es a través del miedo. Necesita temer algo para tener un algo que atacar. Y en ese vaivén se consume toda su vida y toda su energía. Así no tiene qué pensar ni repara en que su existencia es un absurdo. Un nonsense además de los chiquiticos.

Por eso, la Selva, Pan, la Naturaleza, el Caos de la Creación, que son mucho más grandes y poderosos que el hombre y no necesitan preguntarse a sí mismos si tienen o no tienen sentido para seguir siendo ellos, seguir siendo ELLO, representen el Gran Enemigo del Hombre. La Selva puede acabar con la vida del hombre sin apenas proponérselo, sólo siendo ella misma de un segundo al siguiente. Y de ahí el miedo del hombre civilizado, patán que cree que todo lo puede. Y de ahí, por supuesto, que todos sus esfuerzos, su mal llamado ideal de progreso, vaya destinado a destruirla. El progreso no es la afirmación de la supremacía del genio humano sobre las fuerzas de la Naturaleza, es la afirmación de que la supremacía del genio humano sólo puede asegurarse mediante la destrucción de todas las fuerzas que le son superiores. Que son más divinas, sagradas y morales.

Adherido a todo esto tenemos que este cuento maquiavélico habla también de las cucarachas, vamos, como en Kafka, pero con hamacas en lugar de camas... ¿Dónde medran las cucarachas? Al calor y la humedad y la inmundicia de las ciudades. Pues los hombres lo mismo. ¿Dónde medran los hombres? Al calor y la humedad y la inmundicia de las ciudades. Las ciudades están a reventar de hombres cucarachoides, miserables y sin talento que nacen, crecen, se reproducen y mueren finalmente, sin haber sido puestos a prueba ni una sola vez en su torticera vida. Pero saca a un par de esos mentecatos de su hábitat cómodo y artificial y ponlos en mitad de la selva. Verás qué poco duran.

O lo que es lo mismo, el Supremo Cerebro del Hombre Temeroso sabe que nunca podrá domeñar la Naturaleza si no es pasándole por encima. ¿Cómo hacerlo? Fácil: el Progreso. ¿Y en qué consiste éste? cil: en crear muchos y enormes nidos de cucarachas, léase, ciudades, urbanismo, franquicias de comida rápida, coleccionables de quiosco, al calor de cuyo amodorramiento neural se engendrará toda una miríada imparable de más hombres mequetrefes. Un hombre mequetrefe nada puede contra la Naturaleza y su coste es prácticamente igual a cero. Cierto...


Pero en cambio nada puede la Naturaleza contra un millón, dos, tres, seis mil millones de hombres mequetrefes, la puta marabunta del intalento, y su coste nominal sigue orillando el cero.


Y en esas andamos, cucaracheando el mundo.



agosto 31, 2014

Pedro Páramo de Juan Rulfo


Juan Rulfo. Pedro Páramo. La Rehostia... Repito: LA REHOSTIA.


Lo primero que hace uno tras ventilarse esta novelilla maestra, Pedro Páramo, de don Rulfo, Juan, es volver inmediatamente a leer Pedro Páramo. De una tacada. De una sentada. Vaya que sí. Acabáramos.


¿Por qué hay gente tan gili en el mundo que lee otros libros antes de haber leído Pedro Páramo al menos dos veces en su perra vida? ¿Por qué yo mismo he sido tan gilipuertas hasta hace tan poco tiempo? Misterios idiocios...


Ahora no hago más que imaginarme al pobre don Rulfo, Juan, los años posteriores a escribir esta obra maestra de no llega a 200 páginas. ¿Qué hacía? ¿Cómo coño pasaba el día? ¿Cómo fueron aquellos años? ¿De verdad siguió intentando escribir más libros? ¿Si él debía saber perfectamente que ya no había más libros? Que ya no había más nada que sacarse de la chistera porque todo estaba ya allí, en Pedro Páramo, no llega a 200 páginas de incombatible literatura.


Me imagino al pobre hombre intentando engañar durante años y más años a los editores tabarra, a los periodistas tabarra, a las mujeres fan fanáticas tabarra: "No, sabe usted, pues ando nomás trabajando en una nueva novela... se titula ansina, antes se titulaba de esta otra ansina manera, pero ya no, ahorita se titula ansina y mañana ya veremos cómo carajo la intitulo, pero yo pienso que ya casi está, si me dejan en paz, pendejos, a lo mejor este año merito me sale, o quizá el que viene, o el de detrás, cuando ya no se titule ansina, sino ansina, como a mí me salga de la punta del tilcuate, sabe usted...".


Pero en realidad él sabía que todo estaba ya en ese condenado libro. Que incluso todos sus cuentos del Llano en llamas no habían sido sino una especie de calentamiento y estiramiento y preliteratura del músculo escribidor para poder llegar hasta Pedro Páramo, y que después de éste sólo quedaba pues eso mismo, el inmenso páramo de los muchos años sin más nada que manuscribir. Toda la vida y sobre todo la muerte, sobre todo eso, la muerte de la vida y la vida de los muertos de una nación maldita y condenada para siempre están en las apenas 200 páginas de Pedro Páramo, "aquel rencor vivo que se desmoronó como si fuese un puñado de piedras"... La pelambre como escarpias sólo de recordarlo. Ya tardan...


Y es que cuando no se tiene nada que decir lo más honesto es no empuñar la pluma. Y cuando todo lo que había para decir ha sido dicho, entonces lo más honesto es enterrar la pluma en la honda tierra, para que no vuelva a abrir la bocana.


De esto, por ejemplo, pudo haber tomado don Gabo Márquez buena nota, por un poner ejemplos tan urticantes como clarificadores, que en su fuero interno él bien debió saber que después de sacarse algo tan enorme y ciclópeo y acojonante como Cien años de soledad de la mollera, por fuerza lo más honesto era plantarse. 


Pero de todo tiene que haber en este valle de lágrimas. Visto está.