Resistencia en el flanco débil

septiembre 19, 2014

Poemas perdidos del soldado Froelich


"Alfred Froelich era un muchado tímido, de apariencia enfermiza. Sin embargo, había resistido como cualquiera las penalidades del cerco.

Alfred Froelich era escribiente de un municipio de Renania. Le gustaba mucho leer. Siempre llevaba un tomo de poesías en el bolsillo de la guerrera. Era un tomo de poesías de Rainer Maria Rilke, que él leía casi a escondidas, cuando estaba solo y nadie le molestaba.

Alfred Froelich era taciturno y solitario. Se veía en seguida que era un hombre con vida interior intensa.

No era demasiado amigo de bromas, pero no se hacía, sin embargo, antipático.

Se había batido como los buenos a lo largo de todos los combates. Sin alharacas, pero honradamente, virilmente, Alfred Froelich había cumplido con su deber a la hora de la verdad.

Ahora, Alfred Froelich había caído herido gravemente.

- Una bala le ha puesto las tripas al aire -me dijo sombríamente el comandante Spiedel-. Me ha dicho que quiere verle, Weest, que quiere hablar con usted.

Alfred Froelich estaba tumbado en un rincón del "bunker". Los soldados que había allí dentro no se preocupaban demasiado de él. Uno dormitaba. Otro intentaba dormitar. Otro se rascaba parsimoniosamente la espalda. Otro miraba al vacío...

- ¿Me querías hablar, Alfred?

El muchacho estaba pálido, de un pálido enfermizo, cerúleo. Se apretaba el vientre convulsivamente con ambos brazos, y, por entre las manos, a través de la sucia guerrera destrozada, asomaban, viscosas y azuladas, sus tripas apenas ensangrentadas.

Me acerqué y me arrodillé a su lado. Intenté sonreír, pero no pude, creo que no pude. Mi sonrisa debía de ser más bien una ridícula y falsa mueca amable.

- Dime, amigo, ¿qué deseas?

Alfred me miró al fondo de los ojos. Me sentí estremecer al contacto indefinible de aquella mirada penetrante y angustiada.

- Voy a morir, sargento, y quiero pedirle un favor...

- Lo que quieras, Alfred, pero no vas a morir.

- Sí, voy a morir, y es mejor que así sea. Sufro mucho, sargento.

De pronto, tosió y el tronco se le encogió hacia el vientre con un espasmo terrible. Tardó unos instantes en reponerse. Estaba sumamente pálido.

- Calma, amigo, calma. No te esfuerces.

Alfred hizo acopio de fuerzas. Se le veía que hacía un supremo esfuerzo para seguir hablando.

- Quiero que, si usted sale de ésta, vaya a mi pueblo...

Las fuerzas le faltaban y tuvo que descansar. Cada vez se apretaba con más fuerza el vientre y cada vez se le salían más los intestinos por entre los dedos...

- Yo nací en...

Me dijo un pueblecito de Renania.

- Allí vive todavía mi madre. Es viuda. No tenía más hijo que yo. Ella es ya muy viejecita. Dígale, sargento, que me ha visto morir tranquilamente, que no he sufrido nada al morir. No le diga que me han herido. La pobre se asustaría...

La voz de Alfred se hacía por momentos más delgada, pero seguía siendo perfectamente inteligible...

- Dígale, sargento, que he muerto de una pulmonía. No es extraño que uno muera aquí de una pulmonía, ¿verdad? Hace tanto frío. Ella se lo creerá.

Quería decirle a Alfred alguna palabra de consuelo. Pero no me salía ninguna. En cambio, notaba que se me nublaban los ojos y que no podía remediarlo. Sentí de repente una gran rabia contra mí mismo.

- No se apene, sargento. Esto de morir es cosa de hombres. No importa que uno muera aquí o allá, de esto o de lo otro...

-¡Alfred, Alfred, qué valiente eres!

Alfred intentó sonreír.

- Todos aquí hemos sido valientes a la fuerza, sargento. Eso no tiene importancia. La valentía no es más que una palabra. Uno puede parecer valiente hoy y cobarde mañana. La valentía no existe, sargento... Lo único que existe es la muerte.

- ¡Pero tú no morirás, Alfred!

Afuera empezó a tronar el cañón.

- Ojalá fuera yo el último muerto, sargento... ¡Morirán tantos todavía! Lo que apena es morir cuando uno podía seguir viviendo todavía...

El cañoneo empezaba a resultar ensordecedor.

- ¿Verdad, sargento, que irá a ver a mi madre?

- Te lo prometo, Alfred.

- Mire, sargento, aquí, en este bolsillo de la guerrera, llevo un tomo de poesías de Rilke. Dentro van unas poesías manuscritas mías. Entrégueselo todo a mi madre...

De pronto, las facciones de Alfred Froelich se quedaron tensas. Su cara parecía una máscara trágica. Después, un segundo después, la cabeza se le dobló sobre el pecho y su cuerpo resbaló por la pared sobre la que estaba apoyado de espaldas, cayendo suevamente hacia el suelo del "bunker".

Fui a ver a la madre de Alfred cuando me liberaron los rusos, cuatro años después. Pero la madre de Alfred Froelich hacía ya tres años y pico que había fallecido.

El manuscrito con las poesías de Alfred y el libro de poemas de Rilke lo perdí en las ruinas de Stalingrado, en los momentos de la gran desbandada."



Yo estuve en Stalingrado
Hans Weest