Resistencia en el flanco débil

diciembre 07, 2014

Rabia, rabia contra esa quieta noche...







No te adentres dócilmente en esa quieta noche.
La vejez debería delirar y arder ante el ocaso del día.
¡Rabia!, ¡rabia contra la luz que agoniza...!

Aunque asumen los hombres sabios que, al final, la oscuridad es justa
porque sus palabras no consiguieron desentrañar el relámpago,
no se adentrarán dócilmente en esa quieta noche.

Hombres buenos, los últimos hombres buenos, lloran por cómo
sus frágiles obras pudieron brillar al danzar en la verde bahía.
¡Rabia!, ¡rabia contra la luz que agoniza...!

Hombres audaces que en su vuelo tocaron el sol, le cantaron,
y aprendieron, demasiado tarde, que aquélla era también una senda de aflicción,
no se adentrarán dócilmente en esa quieta noche.

Hombres severos, cercanos al fin, que siguen mirando sin ver,
con ojos ciegos que podrían arder como se incendian los meteoros.
¡Rabia!, ¡rabia contra la luz que agoniza...!

Y tú, Padre, allá en tu Alta Tristeza,
maldíceme, bendíceme con tus feroces lágrimas, te lo ruego,
tampoco te adentres dócilmente en esa quieta noche.
¡Rabia!, ¡rabia contra la luz que agoniza...!


Versión libre de Javi Iglesias




septiembre 19, 2014

Poemas perdidos del soldado Froelich


"Alfred Froelich era un muchado tímido, de apariencia enfermiza. Sin embargo, había resistido como cualquiera las penalidades del cerco.

Alfred Froelich era escribiente de un municipio de Renania. Le gustaba mucho leer. Siempre llevaba un tomo de poesías en el bolsillo de la guerrera. Era un tomo de poesías de Rainer Maria Rilke, que él leía casi a escondidas, cuando estaba solo y nadie le molestaba.

Alfred Froelich era taciturno y solitario. Se veía en seguida que era un hombre con vida interior intensa.

No era demasiado amigo de bromas, pero no se hacía, sin embargo, antipático.

Se había batido como los buenos a lo largo de todos los combates. Sin alharacas, pero honradamente, virilmente, Alfred Froelich había cumplido con su deber a la hora de la verdad.

Ahora, Alfred Froelich había caído herido gravemente.

- Una bala le ha puesto las tripas al aire -me dijo sombríamente el comandante Spiedel-. Me ha dicho que quiere verle, Weest, que quiere hablar con usted.

Alfred Froelich estaba tumbado en un rincón del "bunker". Los soldados que había allí dentro no se preocupaban demasiado de él. Uno dormitaba. Otro intentaba dormitar. Otro se rascaba parsimoniosamente la espalda. Otro miraba al vacío...

- ¿Me querías hablar, Alfred?

El muchacho estaba pálido, de un pálido enfermizo, cerúleo. Se apretaba el vientre convulsivamente con ambos brazos, y, por entre las manos, a través de la sucia guerrera destrozada, asomaban, viscosas y azuladas, sus tripas apenas ensangrentadas.

Me acerqué y me arrodillé a su lado. Intenté sonreír, pero no pude, creo que no pude. Mi sonrisa debía de ser más bien una ridícula y falsa mueca amable.

- Dime, amigo, ¿qué deseas?

Alfred me miró al fondo de los ojos. Me sentí estremecer al contacto indefinible de aquella mirada penetrante y angustiada.

- Voy a morir, sargento, y quiero pedirle un favor...

- Lo que quieras, Alfred, pero no vas a morir.

- Sí, voy a morir, y es mejor que así sea. Sufro mucho, sargento.

De pronto, tosió y el tronco se le encogió hacia el vientre con un espasmo terrible. Tardó unos instantes en reponerse. Estaba sumamente pálido.

- Calma, amigo, calma. No te esfuerces.

Alfred hizo acopio de fuerzas. Se le veía que hacía un supremo esfuerzo para seguir hablando.

- Quiero que, si usted sale de ésta, vaya a mi pueblo...

Las fuerzas le faltaban y tuvo que descansar. Cada vez se apretaba con más fuerza el vientre y cada vez se le salían más los intestinos por entre los dedos...

- Yo nací en...

Me dijo un pueblecito de Renania.

- Allí vive todavía mi madre. Es viuda. No tenía más hijo que yo. Ella es ya muy viejecita. Dígale, sargento, que me ha visto morir tranquilamente, que no he sufrido nada al morir. No le diga que me han herido. La pobre se asustaría...

La voz de Alfred se hacía por momentos más delgada, pero seguía siendo perfectamente inteligible...

- Dígale, sargento, que he muerto de una pulmonía. No es extraño que uno muera aquí de una pulmonía, ¿verdad? Hace tanto frío. Ella se lo creerá.

Quería decirle a Alfred alguna palabra de consuelo. Pero no me salía ninguna. En cambio, notaba que se me nublaban los ojos y que no podía remediarlo. Sentí de repente una gran rabia contra mí mismo.

- No se apene, sargento. Esto de morir es cosa de hombres. No importa que uno muera aquí o allá, de esto o de lo otro...

-¡Alfred, Alfred, qué valiente eres!

Alfred intentó sonreír.

- Todos aquí hemos sido valientes a la fuerza, sargento. Eso no tiene importancia. La valentía no es más que una palabra. Uno puede parecer valiente hoy y cobarde mañana. La valentía no existe, sargento... Lo único que existe es la muerte.

- ¡Pero tú no morirás, Alfred!

Afuera empezó a tronar el cañón.

- Ojalá fuera yo el último muerto, sargento... ¡Morirán tantos todavía! Lo que apena es morir cuando uno podía seguir viviendo todavía...

El cañoneo empezaba a resultar ensordecedor.

- ¿Verdad, sargento, que irá a ver a mi madre?

- Te lo prometo, Alfred.

- Mire, sargento, aquí, en este bolsillo de la guerrera, llevo un tomo de poesías de Rilke. Dentro van unas poesías manuscritas mías. Entrégueselo todo a mi madre...

De pronto, las facciones de Alfred Froelich se quedaron tensas. Su cara parecía una máscara trágica. Después, un segundo después, la cabeza se le dobló sobre el pecho y su cuerpo resbaló por la pared sobre la que estaba apoyado de espaldas, cayendo suevamente hacia el suelo del "bunker".

Fui a ver a la madre de Alfred cuando me liberaron los rusos, cuatro años después. Pero la madre de Alfred Froelich hacía ya tres años y pico que había fallecido.

El manuscrito con las poesías de Alfred y el libro de poemas de Rilke lo perdí en las ruinas de Stalingrado, en los momentos de la gran desbandada."



Yo estuve en Stalingrado
Hans Weest



marzo 09, 2014

Thousand-yard stare





Toda la noche encastrado en una parálisis de ojos abiertos. Toda la noche hablando con monstruos. Una noche que no acaba, que no cesa de manar, pase lo que pase, piense lo que piense, caen los segundos y no estalla. Toda la noche desangrándome en obcecaciones. Cuando al fin llega el alba ya no soy humano. Soy un quiste de insomnio. Soy un virus de rencor. Un gesto fulminado.

El hombre como especie acechada, una alimaña en busca y captura, una esperanza atrapada. El hombre y su cepo, el cepo del hombre sobre el hombre mismo. El hombre y su trampa luminosa. El hombre y la trampa y la herida. Su herida. La herida luminosa. La hendija sangrante en la noche que se asfalta a sí misma sobre la carretera secundaria de la eternidad. Y detrás de todo el telón de la farsa. Y delante de todo la mentira. La mentira del hombre. Su esencial insinceridad cuasi genética. Mentir. Mentirse en todo momento, no sea que la verdad nos dé alcance, nos bese en la frente, nos bese en los labios, nos bese en el alma tronchada y líquida. Mirarse al espejo. Mirar un mirarse a los ojos en la sala de proyección del espejo. Y no poder dejar de advertir la trampa. Y no poder dejar de encajar la mentira. La trampa luminosa, la mentira espiral. Y cerrar exhausto los ojos. Y apretar exhausto los puños. Y no poder llorar. La verdad no tiene fuente para que bebas.

Escribe uno por qué. Escribe uno, en primer lugar, en primera instancia, para matarse, para acabar, fundirse liquidado en el blanco de la carpa circense del discurso. Escribe uno por qué. Escribe uno por cobardía. Por no haber sido capaz de reventarse la mano contra el espejo por la mañana una vez constatada la derrota de la ausencia de lágrimas, y una vez conseguido esto, ascendido a esto, la mano hecho un cristo, la mirada desquiciada, coger cualesquiera de los filos caídos, y allí, sí, terminar. Escribe uno porque no puede hacer otra cosa. Escribe uno porque no puede dejar de olvidar la trampa, de obviar la trampa, de pasar por alto la material arbitrariedad de todas sus reacciones. Escribe uno como el que sale a correr cada maldito día para negarse a sí mismo en esa tortura, para borrarse de sí en el padecimiento. Por qué hace el hombre, la farsa, este animal atrapado lo que hace. Todo acto que vaya más allá del alimento, la excreción o la cópula, o aun la huída desesperada en pos de la pervivencia del hueso se deduce de esta mentira intrínseca. Esta mentira luminosa. Esta sangre blanca y cancerígena vistiendo la noche de insomnio. Todo lo que hace el hombre para decirse hombre lo hace para olvidar que es un ser atrapado. Que es, de hecho, y hasta nueva noticia, el único ser atrapado del universo. El menos libre. El Ser esclavo.

Escribe uno por qué. Escribe uno, entre otras cosas, entre otras no destacables estupideces, para hacer ligeras las horas de espera hasta la nueva guardia.

Toda la noche desesperado contra mí mismo. La entera y larga noche atrapado y luminoso. Blanco colgante en mitad de la tela de araña, cebo y distracción para gigantes menores. Toda la noche fulminado, los ojos copados de detonaciones. Toda la noche hablando con monstruos...

marzo 01, 2014

La herida insomne



Silhouette du peintre (1907), León Spillaert





Empieza como un estallido sin metralla
un baño sordo de náusea.
Empieza como un recrudecimiento.
Como una indefensión.

En lo profundo y lábil, el centro de lo que convenimos
en llamar corazón,
no el órgano, no el músculo,
donde sólo hacen blanco las flechas en palabras
en silencios,
en miradas aniquiladoras,
allende la víscera,
adentrada en la maraña selvática de sentimientos encontrados...

La herida insomne.
Es una sombra que sangra, se arrastra, 
camina a duras penas, está perdiendo la vida en cada paso,
hasta que en medio de la nada, un árbol,
toma asiento bajo su copa y se recuesta en el tronco,
tomar aliento, cerra los ojos, tal vez dormir...

La brecha no sella, no cierra, no calla
no quiere dejar de ser ella, 
ser brecha, ser golpe, ser desesperación.
La brecha no es mala en esencia, no sabe ser otra cosa.
No conoce otra vida que el dolor.

La herida insomne
es la película de todo el daño interior
proyectada en el lienzo oscuro del techo de nuestro insomnio,
noche tras noche, en bucle,
en looping enfebrecido,
autocastigo disparatado.
Todo el amor que fue y ya no podrá ser más.
Y que es aún amor, pero amor periclitado,
amor hecho pedazos,
y es por tanto amor más poderoso,
por tanto más doliente,
por tanto más intenso,
por tanto cancerígeno.

Puñal inasible, clavado en el pecho,
la sangre que mana, que baja, que llega hasta el dedo
y de ahí a la tierra, donde estéril fecunda óvulos de aflicción.

La herida insomne
son las noches preñadas de ojos abiertos
locos de niebla verde y alucinación,
un vadear la noche robado el sueño, 
sólo armado con un fardo de incombustible vigilia,
un incombatible demasiado peso.

Las horas a cara de perro contra el espejo de los recuerdos...

La herida insomne 
son también las calles de la ciudad muerta
a reventar sus esquinas de aparecidos,
muertos en vida que resisten pertinaces el viento de la nada,
días de nuestros días,
sagradas y efímeras ascuas que fueron
el fuego de nuestro júbilo primero
y el incendio de nuestra alegría después.
Sus caras y nombres y ojos vencidos, el museo de nuestro fracaso.

Un desengaño que llega para quedarse,
un velo que se deshace en llamas,
y con él la mirada que tan celosamente guardaba,
ahora vendida.

Un último derribo del que tan probablemente no nos levantaremos
si no es para buscar a tientas en mitad de ningún lugar,
en justo y mitad del hundimiento,
sombra sangrante, sombra avanzando a rastras, 
un árbol, de súbito,
tan solo unos minutos recostados en su tronco,
a resguardo de la quemazón absurda del sol de la noche,
tomar aliento, cerrar los ojos, tal vez dormir...

La herida insomne
es esto:
una sombra alcanzada en el pecho, tocada de muerte,
agotando su último aire en el ámbito de lo posible.

Poco después abre los ojos, despierta,

está muerta pero aun así despierta,
se yergue y camina:
transparente negra sangre le mana aún de la herida,
que ya nunca cesará en su grito.

Camina sin prisas hacia las calles anochecidas.
Camina absorto, roto de luz, a ocupar su lugar tras la esquina.


 

febrero 18, 2014

Doctorado en Paleontología



Cuando despertó el dinosaurio no sólo seguía allí, mucho peor que eso, también se hallaban de cuerpo presente su padre, su madre y tres de sus cuatro abuelos, así como, sí, cierto, oyen bien, leen bien, a su vista no le ocurre nada —conque ahórrense la visita al oculista para el año que viene—, las siete novias de sus siete hermanos —del dinosaurio inicial—, los siete hermanos —y pacientes maridos— también allí, cada uno junto a un otro, en fila y casi diría que formando, así hasta llegar al mágico y simbólico y nada suertudo, esta vez, número de siete mandíbulas terribles. Y sus hijos, ah sí, por supuesto, también sus hijos, y los hijos de esos hijos, tan grandísimo porcentaje de ellos bastardos, pues bien sabido es que la reptil siempre fue una especie menos dada al matrimonio ortodoxo que al concupiscente concubinato, y además a las misiones evangelizadoras el Jurásico es algo que históricamente siempre le cayó muy lejos... Y todos ellos, ristra de quijadas monstruosas, ejército de carnívora devastación, lo miraban de hito en hito, si es que esta expresión aún se puede escribir, lo miraban fieros y salvajes y con el ceño fruncido. ¿Pueden los dinosaurios tener ceño? Y lo que es de mayor importancia; de tenerlo, ¿pueden en verdad fruncirlo? Desde los traductores de Isaac Asimov al castellano sabemos que cualquier maldita cosa viviente, en éste o en cualesquiera otros universos paralelos, puede —y debe— fruncir el ceño. Aunque cualquiera sabe, tal vez estaríamos ante una encrucijada espinosa, echada a perder en el barro de los apriorismos. 

En cualquier caso demos por zanjada la disputa y señalemos que todos ellos, con sus miradas afiladas y sus ceños fruncidos, permanecían allí, acechantes y, cabe decir, armados hasta la dentadura indecible: con arcos, con ballestas, con cuchillos, con navajas y picas y facas de hojas y puntas nada edificantes, amén de, en efecto, sí, siguen oyendo y leyendo bien, todo tipo de carabinas de repetición y ametralladoras pesadas. 

Resulta curioso, pues, del todo llamativo, pues, a todos los efectos extraordinario y hartísimo peculiar, pues, constatar que su primer y último pensamiento ante tan absurda coyuntura e irreal imagen, recién salido de la siesta vespertina, la de, no lo olvidemos, una cohorte de reptiles antediluvianos dispuesta a hacerlo picadillo a la primera oportunidad, fuese a la par tan suspicaz como peregrino: «¿Lagartos con dedos prensiles y pulgares oponibles? ¡Dónde se ha visto semejante maldita cosa, demonio!». 

Acto seguido no le quedó otra que empezar a correr todo lo de sí que le dieron las piernas, por supuesto en vano…

febrero 17, 2014

Médula de la sombra


Felix Feneon at the Revue Blanche (1896) de Felix Vallotton


"18.III 1912. Yo era sabio, si se quiere, porque en todo momento estaba dispuesto a morir, pero no porque hubiese llevado a cabo todo lo que se me había impuesto hacer, sino porque no había hecho nada de eso ni sería capaz de hacerlo nunca."

Franz Kafka, Diarios

febrero 05, 2014

Desapareciendo


The Open Door (1945), León Spilliaert


Le empujaron dentro, contra el muro. Quiso salir, al segundo se giró hacia la puerta, pero ya no había puerta. Miró en derredor, asustado, todo estaba oscuro. Una oscuridad que hedía a tierra quemada. Un miasma de tierra quemada invadiendo todo su ser, descolgándosele desde la garganta. Aunque todo eso también desapareció pronto; primero quedó anósmico, luego quedó ciego. En un par de segundos la oscuridad lo había infectado de tiniebla. Quiso gritar pero sus cuerdas vocales pendían flácidas del paroxismo de su miedo. No podía respirar, le faltaba el aire, que ya no llegaba, le faltaba el alma, vaporizada. ¿Se asfixiaba? Ya no, quizá un instante antes, pero no ahora. Nunca más. Sintió con los muchos sextos sentidos de las vísceras y de las tripas. Sintió un morir, un rápido disiparse en lo adentro de las costillas, que dejaron de dar fuelle a un aliento que ya no existía, porque ya toda la oscuridad la sabía como un ubicuo e inifinito magma de cosmos desconectado. Quiso entonces patear la nada con rencor afiebrado... sus piernas eran una línea muerta, no respondían. Quiso entonces arrancarse la cabeza con las manos desesperadas. Ya no estaban. ¿Acaso quedaba aún una cabeza que reventar contra el muro de silencio? Todo se desvanecía en el umbral de su pensamiento, el agua sucia de una noche lluviosa deslizándose hacia el submundo de la alcantarilla. Había muerto. No. Estaba muriendo. No. Estaba desapareciendo. Quiso no pensar más, blindar su mente, última ciudadela de cuanto fue, a resguardo de su propia cabeza borradora, pero fue en vano, el mal, la peste, el absurdo ya estaban arrasando Troya. Todos sus recuerdos e imágenes fueron entregados al fuego líquido de la negrura. Su nombre. Su nombre y los nombres de quienes habían sido su vida fueron los últimos ajusticiados. Después silencio... Después, un silencio terrible y magnético. La gran nada. El gran océano. Los segundos, descabezados de su lexema, podían alargarse evos. Y así. Poco a poco, segundo a segundo, eternamente, sus últimos destellos fueron cayendo del otro lado del sentido, desgranándose y desangrándose sobre la orilla umbría, desierto sin dunas, mar sin mareas. Fue entonces, no sabremos cuándo pero entonces, el destello fugaz de su pensamiento último se soldó sobre sí...

enero 29, 2014

Antes del fin...


Saint-Exupéry, últimas horas, 1944, fotografiado por John Philllips


"...esa clase de hombres de la talla de Saint-Exupéry, quien luchó en su avión contra la tempestad, junto con su telegrafista, unidos en el silencio, por el peligro común pero, también, por la esperanza. Esos hombres que levantaron su altar en medio de la mugre, con su camaradería ante el fracaso y la muerte."

Ernesto Sábato
Antes del fin