Resistencia en el flanco débil

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enero 10, 2013

La noche del pedroncio

Miracle Mile (1988) de Steve de Jarnatt                                                                        


Era la noche del fin del mundo y yo había quedado con Felisa, mi novia, para pasarla juntos, abrazaditos, acarameladillos y, si se terciaba y había lugar, echando nuestra última canilla al aire crepuscular. Era, como decía, la noche del Apocalipsis, y yo llegaba tarde a mi cita, entre otras cosas, porque me había quedado enganchado jugando a la consola, ametrallando boches junto al puente de Arnhem... Volé con el coche sobre las calles desiertas y cerca anduve de matarme hasta en tres ocasiones. Imaginen qué disgusto, mi madre, si llega a enterarse de que espiché antes de la gran Hecatombe y además de muerte no natural... Cuando llegué a su portal y pegué un timbrazo, dos, al tercero ya me salió gritando la vieja del quinto, bruja donde las hubiere, que a qué coño venían esas prisas a aquellas alturas de Humanidad, ¡habráse visto!, ¡sinvergüenza!, ¡alcornoque!, ¡gañán!... Miré el reloj mientras la vieja me bañaba de improperios: pasaban cincuenta minutos de las once, exactamente cincuenta, y yo arrastraba como hora y media de retraso sobre la hora fijada. Todos los científicos del Mundo habían coincidido en vaticinar el fin de los tiempos, el pedroncio estelar, para aquella misma medianoche, lo que implicaba que el Armaguedón, el Gran Silencio, la Rehostia Puta Consagrada se nos vendría encima más o menos en diez minutos... Solté un bufido y se me levantó el flequillo. Justo entonces me contestó Felisa, toda ella eufónica dulzura, toda ella silábica beldad, por el telefonillo: "Cariñoooo, aún ando maquillándome... ¡Dame sólo quince minutos, eh! ¡Muá!"... Así que aquello fue todo.

agosto 31, 2011

Chéjov, Chéjov





Si en la primera línea de un cuento aparece un clavo,

en la última alguien debe colgarse de él...

Anton Chéjov




Fijó el clavo a la viga con tres firmes martillazos. Tironeó de él con fuerza para comprobar que no cedía. Satisfecho, fue directo al estudio; había llegado el momento de la verdad. Al fin volvía a tener una muy buena idea y no la podía desaprovechar. Empezó a mano, papel y pluma, pero no hubo forma, hacía tanto que no escribía así que enseguida se sintió bloqueado. Conque saltó al ordenador, el teclado; su inmediatez, se dijo; todo fluiría mucho mejor... Pasó horas frente a la pantalla, dándole una y otra vez a la tecla de retroceso; borrando, corrigiendo, eliminando párrafos enteros; no hubo manera, seguía sin salir, algo había allí escondido, parapetado tras el cursor intermitente, que volvía a bloquearlo. “No, así no voy a ninguna parte”. De modo que pensó en volver a los viejos tiempos, pasarse a la máquina, la artrítica Olivetti de sus comienzos. Los vecinos pensaron que se había vuelto loco, escucharon el irregular pero constante repiqueteo durante todas las horas de aquella madrugada. Pero fue inútil, tan pronto como llegaba al tercer o al cuarto párrafo se desinflaba, aquello no le terminaba de convencer. “Empezar de cero, empezar de cero”, se lo repetía obsesivo, de modo que arrancaba la página y volvía a la carga. Así transcurrieron todos los días y noches de una larguísima semana, del folio virgen a la máquina, de ésta al ordenador, y luego de vuelta otra vez al papel de toda catadura –libretas, blocs, servilletas, facturas impagadas, en una ocasión de urgencia impostergable hasta el rollo del váter–, y sobre éste siempre la pluma quieta, el pensamiento trabado. De nuevo el bloqueo: desespero e impotencia. Y a lo largo de toda aquella tiránica sinrazón, un sinfín de cafés muy cargados, el doble de cigarrillos, insomnios interminables, apenas un par de bocados y, cómo no, una denuncia vecinal por escándalo interpuesta en el juzgado... Cuando semanas después las autoridades tiraron la puerta abajo, supongo que ya se lo imaginan, encontraron su estudio a reventar de bolas de papel arrugado, la Olivetti encastada en el monitor del ordenador, y a él, por supuesto, con el cable del teclado por corbata, pendiendo del clavo que fue origen de este microrrelato.


agosto 23, 2011

Dos veces muerto




Tal y como suele ocurrir, a la tercera fue la vencida, y para cuando el ilustre profesor, e ilustre vienés, Erwin Rudolf Josef Alexander Schrödinger decidió abrir la caja del experimento —que antes que virtual, y secretamente, fue experimento real, pues el profesor tenía un algo de sádico— ya era demasiado tarde: el gato negro Rufus, harto de estar ni vivo ni muerto, o mejor dicho, vivo y muerto al mismo tiempo, con la espada de Damocles de la inmortalidad relativa pendiendo sobre su estrecha y peluda cabeza —en suma, como todos—, saltó sobre la yugular del eminente vienés y científico, con las zarpas y la rabia transformadas en cuchilla.

Desde ese preciso y sangriento entonces —y secretamente, los americanos se ocuparon de ello—, Erwin Rudolf Josef Alexander Schrödinger deja de ser él, es decir, un ser vivo sobre la faz de la Tierra, para convertirse en simplemente Schrödinger, también conocido como "el del gato de Schrödinger", esto es, un carísimo clon teledirigido cuya impostura acaba hoy, ahora, aquí...





agosto 18, 2011

Matar deprisa o La noche de la Scream Queen



Las últimas palabras de Paola Peramo en este mundo fueron un escandaloso ejemplo de redundancia y prosaísmo:

—¡Yo te maté! ¡¡Yo te maté!! ¡¡¡YO TE MATÉEEE!!!

Consecuencia directa, a la postre también definitiva, de su endémica indolencia, ese no haber querido asimilar jamás que hay dos maneras de hacer las cosas, bien o deprisa, y que cada una excluye la otra...



agosto 17, 2011

Fredric Brown lives






El último hombre sobre la faz de la Tierra está sentado en el salón. Acto seguido llaman a la puerta...

—¡¡¡Correo Comerciaaal!!!