Resistencia en el flanco débil

enero 06, 2010

Portraits of Adolf


Der Bannerträger ("The Standard Bearer")
de Hubert Lanzinger (1935)


"Nunca he olvidado la impresión que me produjo Hitler al entrar en la sala. Yo había visto al Führer una vez, en la primavera de 1939, en un gran desfile militar organizado con motivo de la visita del príncipe regente de Yugoslavia. Mi regimiento participaba en ese desfile y yo estuve a unos treinta metros de la tribuna donde se encontraba el Führer. No hacía niguna falta ser nacionalsocialista para dejarse impresionar por su fuerza, su dinamismo y su vitalidad. Ésta era la imagen que yo conservaba, reforzada por las que ofrecían los noticiarios y los periódicos. La persona que se presentaba ante mí aquel 23 de julio de 1944 no se parecía a aquélla. Ya no era el "Füher del Reich de la gran Alemania combatiendo por su destino", sino un hombre de cincuenta y cinco años con aspecto de anciano, encorvado, jorobado, con la cabeza hundida entre los hombros, el rostro muy pálido, los ojos apagados y la piel grisácea. Caminaba despacio, arrastrando la pierna izquierda, y tenía una herida leve en el brazo como consecuencia del atentado. Guderian se encargó de las presentaciones. Con una sonrisa fatigada, me tendió una mando blanda mientras murmuraba unas palabras de bienvenida. Me quedé estupefacto. El héroe celebrado por la propaganda del régimen era una ruina. ¿Cómo era posible? Con el paso de los meses, empecé a entenderlo. En aquel momento, tuve la impresión de estar contemplando una figura de cera. Me dije que el Reich estaba regido por una ruina humana".

En el Búnker con Hitler
Bernd Freytag Von Loringhoven
(en traducción de María Pons Irazazábal)

Hitler, la novela gráfica (Gekiga Hitler), de Shigeru Mizuki (1971)

enero 02, 2010

Watch TV

Volvió el frío y volvió el viento. Son las cinco y casi media de la madrugada. Creo que soporto bien el frío. Pero odio el viento. Claro que morir de frío es una de las peores muertes que puedo imaginar. Otra que tira para atrás es morir ahogado. El viento aquí nunca es noticia, forma parte del pan nuestro, de los que vivimos por aquí, o mejor: de los que habitamos esto. Se utiliza la palabra "vivir" con demasiada alegría. He encendido la estufa. Me estaba helando. Me gusta el frío, sí, pero qué le voy a hacer, soy de gen meditarráneo. Querría más norte en las venas, ser más escandinavo, que no inglés. Danés, noruego, sueco. Finés no, que ya bastante afán suicida acarreo de serie... El viento ahora ya no se escucha apenas, pero ha pegado duro todo el día. Hay que estar atento y cerrarle la puerta en las narices antes de que se te cuele dentro. Si no, estás perdido. Te vuelves loco. Te vuelve loco. Más que del revés, te vuelve del envés la cabeza. Como un calcetín. Un cerebro detonado. Las circunvoluciones fuera de tiesto: espagueti-western, Sam Peckimpah. Por eso hay que domarlo, de alguna manera, al viento; zafarte de su aliento vampiro. Por eso quiero que sea el principio de un relato que empieza y acaba en Philip K. Dick: a uno de los personajes, de buen inicio, lo despierta el viento. El viento contra las ventanas, asiendo del gañote a las persianas, zarandeándolas. Luego está el tema de las distopías que vienen. Lo que es un absurdo, porque nunca se entra ni se sale de la utopía negativa. Todo allá afuera —y acá dentro— es distopía y es tránsito y es feísmo. Locos de atar y para que nos encierren. Por el viento que sopla, por el tiempo que se escapa. No la distopía que vendrá ni la utopía que pudo ser, sino la heterotopía que somos... Otra cosa para el apunte: desde ayer no hay publicidad en la televisión pública, según parece; por lo que Agustín Fernández Mallo debe andar de luto. Requiescat in pace, sí. Pero queda telecinco y queda antena tres, y también la cuatro. Y, cómo no, queda la sexta, ella y sus presentadoras, tan reguapas, y cada una con su par de tetitas, tan pien puesto. A mí es que lo afterpop debe haberme pillado tarde. Soy de la vieja escuela. Así que donde haya pechuga no me pongas al negrito del africa tropical. Que me rebelo.


Solomon Kane El Puritano en el año 2010

Sombras de Robert E. Howard (1):


Cubierta original de The Sword of Solomon Kane, nº 3 (enero 1986)


"En el fondo de los sombríos ojos de Kane había comenzado a relucir una luz brillante, como un fuego mágico que resplandeciese bajo inmensas capas de frío hielo gris. La sangre fluyó más rápida en sus venas. ¡La aventura! ¡La dramática atracción del vivir peligrosamente! Sin embargo, Kane no era consciente de tales sensaciones. Le pareció que expresaba con toda sinceridad sus sentimientos cuando dijo:
—Tales sucesos han de ser obra de alguna potencia demoníaca. Los señores de las tinieblas han desatado una maldición sobre la comarca. Precisaréis de un hombre fuerte para combatir a Satanás y a su poderío. Por eso iré yo, ya que he desafiado a ambos en más de una ocasión."
"Skulls in the Stars"
(Weird Tales, enero 1929)
Calaveras en las estrellas, relato de Robert E. Howard
en traducción de Javier Martín Lalanda



Solomon Kane de Neal Adams para Kull and the Barbarians nº 1 (mayo 1975)