"Al despertarme al día siguiente supe que había soñado mucho, aunque ya no me acordaba de nada.
Era fiesta.
Se conmemoraba el cumpleaños del plebeyo supremo.
La ciudad estaba repleta de banderas y pancartas.
Y por ella desfilaban las chicas, las que buscan al piloto desaparecido, los chicos, que dejan que mueran todos los negros, y los padres, que se creen las mentiras que aparecen en las pancartas. Y los que no las creen, desfilan también. Divisiones de gente sin carácter bajo las órdenes de un comando de idiotas. Todos marcando el paso.
Cantan algo acerca de un pajarillo que está piando sobre la tumba de un héroe, de un soldado que se asfixia con gas, de las muchachas de cabellos negros que comen la inmundicia que queda en casa, y de un enemigo que en realidad no existe.
Así celebran los imbéciles y los mentirosos el día en que nació el plebeyo supremo."
Resistencia en el flanco débil
octubre 11, 2013
Banderitas, mentiras, idiotas y plebeyos supremos...
diciembre 12, 2012
Enanos coñones, fantasmas esclavos, pasadas de vuelta y demás barbarismos
Desde que los gañanes del mundo pasaron de estar encadenados al arado y al barbecho a ser esclavos del telar y la fundición 20 de cada 24 de sus horas, decimos que vivimos en la «Era Industrial». También haylos muchos, hijos de la gran puta, con los bolsillos siempre a reventar de billetes, a quienes también les dio por llamar a esto «Progreso».
La cuestión es que desde que estos buitres sin alas nos instalaron en su era del Progreso y de lo Industrial coincide que se viene utilizando la expresión «Otra vuelta de tuerca», no para ver quién es el más bestiajo del pueblo y puede apretar más la tuerca de marras, cual si fuere una moderna Excalibur, sino, antes bien, para dejar probado y sentado quién es el más listo e ingenioso de la fiesta, o lo que también viene conociéndose como nombrar al más pollilargo del lugar. Obsesos de la última palabra de cualquier maldita cosa.
Henry James, por ejemplo. Dijo: «voy a ver si me quedo con toda la peñuqui en esto de las narraciones de fantasmas», y escribió «Otra vuelta de tuerca». "The Turn of the Screw" para escolarizados de pago y en general gente de fuera con posibles.
Creía que con esto ya lo había conseguido, pobre, ser lo más in del panorama del terror literaturesco, sin saber que a la postre el gran contador de Ghost Stories, de apellido James, que recordaría la Historia no sería él, sino Montague Rhodes (James), por muchas turns a la screw que a James (Henry) le saliesen de la mollera o por tan pasado de rosca se tuviera.
O Alejandro Amenábar, por ejemplo. Dijo: «Voy a darle otra vuelta de tuerca a "Otra vuelta de tuerca" pero sin que se note que la estoy copiando en lo esencial, no sea que me digan que soy un hijo del intalento», y rodó «Los otros», historia de casa vieja con mujer en camisón y niños dentro, en la que, como todos ustedes saben —o deberían ya a estas alturas—; son ustedes, lo saben —o reincido, deberían—; los mortales, ustedes todos —no escurran el bulto, no—, los que acosan a los muertos fantasmáticos y nos los dejan desayunar en paz.
«Otra vuelta de tuerca», el libro, es una cosa tan bien hecha, tan sutil, escanciada de una manera tan soberbiamente ambigua, que puede observar múltiples y alocadísimas interpretaciones.
La mía, por ejemplo: Los fantasmas de Quint y la señora Jessel no pueden descansar en paz porque son los niñoides cabrones, Miles y Flora, los que los llaman y los sacan del limbo para correrse con ellos —y en ellos— juergas macabras y ultraterrenas.
El verdadero Mal, por tanto, el verdadero Horror, por tanto, no reside en los aparecidos, meros esclavos de los niñatos coñones, juguetes rotos de bruma en sus tiernas manitas de futuribles odiosos dandys. Los fantasmas, que fueron sirvientes en vida, y en consecuencia deben seguir siéndolo en la muerte —¡sólo faltaría!—, no pueden encontrar su ectoplásmico camino hacia la luz porque estos vivos malnacidos menores de 14 años, diminutos satanases de buena cuna, disfrutan haciéndoles pasar las de Caín.
Cualquiera que ha traído al mundo criatura sabe que esto es así...
Tenemos entonces que el tour de force de James (Henry) —pues desde que se inventaron las escuelas de idiomas y las academias de esquí ya no decimos «vuelta de tuerca», decimos «tour de force»—, fue avisarnos de que el Horror no habita más allá de las puertas de la Muerte, sino que se engendra, crece y es expulsado, finalmente, desde el más acá de las piernas de la Mujer.
abril 27, 2011
Perdona, bonita, pero voy a encamarme contigo...

marzo 09, 2011
La flema que devoró París

Yo me hallaba allí más en calidad de desesperado chico de los recados que de corresponsal, hacía meses que había perdido la esperanza de encontrar un volumen anotado de la correspondencia entre Henry Miller y Anaïs Nin. Era un encargo de Nicasio, Nicasio Térpolo, un amigo de Malpartida de Plasencia, quien a su vez lo quería para regalárselo a una monja de clausura. Del convento de San Miguel de Trujillo. Que le hacía unos dulces que para qué... Y como muestra de agradecimiento —o pago por mejor no sepamos qué—, Térpolo quería regalarle el libro de marras, las guarrerías epistolares entre «el Henry» y «la June», y además en francés, que da más morbo... Hasta ahí bien, no parece demasiado complicado, ¿no? ¡No!, ¡no!, desde luego... el problema de base es que la monja dulcera del demonio el libraco ¡lo quería intonso!... Que si no es intonso no lo tocan sus manos beatas, me dice Térpolo que le dijo la servidora de Dios, y a partir de ahí quien estuvo bien jodido no fue otro que este servidor, pobre pecador.
Pues el tema fue, como decía, que yo había perdido toda esperanza, pero aun así tenía dicho a Marienne, ama y dueña de la librería Ferdinand Destouches, para más señas, sita en un oscuro confín parisién de cuya dirección concreta mejor no acordarse, que si alguna vez le caía en las manos semejante rareza bibliográfica y bibliofrénica tuviese a bien el guardármelo. Así que allí estaba yo, haciendo tiempo mientras esperaba a Marienne, que había salido a un recado, por ver si tenía buenas nuevas respecto a lo mío —lo de Nicasio y su dulcera beata, en puridad—, ojeando distraída pero estrechamente unos rarísimos ejemplares de Signal muy bien de precio, cuando el chaval aquél con cara de perro le dijo al padre, «¡que no!, ¡que nooo!, cómprame El Principito, ¡El Principito con dibujos, vengaaa!... », de lo que cabe deducir, así a bote pronto, que el niñato en cuestión lo que se dice muchas tablas no tenía, porque a ver quién es el guapo que me encuentra hoy en día una edición del susodicho principito sin sus monigotes made in «Saint-Ex». Entonces el padre, que debía sentirse muy maldito por haber contribuido a traer al mundo un vástago tan mostrenco, le contestó, «No hijo, no, esas mariconadas no... Te voy a comprar el Hazañas Bélicas». El niño hizo un mohín de cagarse en sus abuelos y acto seguido se sopló los mocos de su morro de carlino. El padre totalitario y paramilitar acudió al dependiente: «Quiero un Hazañas Bélicas, por favor... Es para mi hijo, sabe usted. Voy a hacerlo un HOMBRE... », a lo que éste le respondió tal que lo siguiente: «Aquí ya no vendemos esa basura, señor», quedándose tan ancho, el tío. El señor padre del hijo bobo y cara chucho se quedó poco menos que paralizado. Transido por la muerte y algo más. Aún más duro que la muerte. La ignominia. El deshonor. Lo habían acribillado los boches nada más abrirse la compuerta de su barcaza. Estaba frito. Cadáver inerte en las arenas de Omaha Beach, tan lejos de las medallas. Salvas al aire y banderas dobladas y festín de gusanos. Entonces el niño, que al parecer, todo y lo tonto y lo cánido, llegará a ser más listo que su viejo, se llegó hasta el mostrador gritando: «!¿Y El Principito, el Princi... El Principitooo, eh, eeeh?!... ¡¿EEEEH?!"... ». «Sí, mira niño, aquí tienes todos estos...».
Y así sucedió que en tanto el chavalillo mendaz empezaba a degustar —y olisquear— visual y táctilmente los principescos ejemplares del gran, del enorme Saint-Exupéry, los ojos desorbitados de emoción, desencajados los gordos carrillos por la alegría, fue que me apercibí de cómo el padre, rastrero y subrepticio, conseguía permutar su condición de petrificado por la de huido con el rabo entre las piernas y hacía mutis por el foro, ganando así la puerta de entrada, tan cerdamente.
De todo esto fui testigo yo no hace mucho, en la librería Ferdinand Destouches, el enésimo día que no conseguí la correspondencia intonsa de Henry Miller y Anaïs Nin, y cabe reseñar que lo fui en castellano, tal como lo oyen, lo leen, porque de todos es sabido que si hay una palabra en el orbe con la que los franceses no comulgan desde los días de la Liberación, ésa palabra es «colaboracionista», fenómeno sin par que explica, sin ir más lejos, por qué ningún francés, salvo su dueña y ama, Marienne, haya hollado jamás el cuidado parqué de tan pintoresco comercio, que distribuye buenos libros y mala leche desde 1983.

enero 10, 2011
3, 2, 1... ¡Esnob!


enero 06, 2011
Visto para sentencia

Yo hace años que renucié a escribir como si me explicara y ni siquiera cuando lo intenté se me dió muy bien y por supuesto no me divertí una mierda. Escribir con los arquitrabes y las estructuras del para que te entiendan sólo tiene un algo de aliciente si es que cobras por hacerlo. Yo aquí a lo que vengo es a soltar mi enfermedad. La bibliofrenia que me parió. Conque no hay norma ni hay plantilla ni hay librillo de maestrillo que valga tres carajos. No hago putas críticas. No hago putas recensiones. Ni siquiera hago putos comentarios librescos. Esto es el pus de mi chola loca en contacto con el escalpelo de la hoja impresa, negro sobre blanco. No hay más ni pretendo menos. Quien guste que se acoja y quien no que se recoja.

