Resistencia en el flanco débil

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octubre 11, 2013

Banderitas, mentiras, idiotas y plebeyos supremos...



Un humilde profesor de secundaria en mitad del absurdo en espiral ascendente del Tercer Reich. Intenta meter en las seseras de sus arios discípulos, entre otras dignidades, que un negro también es un ser humano, caballeretes, lo que se dice "un igual", vamos... Craso error. Gran parte de estos pequeños nazis y gran parte de sus nazificados padres opinan lo opuesto, es decir, que el profesorucho de marras debería ser despedido ipso facto: "¡¿Acaso no se da cuenta de que está envenando las arias mentes de nuestros rubios vástagos con su moral degenerada, maestro?!".

En unos años esos pequeños vástagos nazis reducirán Europa a cenizas. Pocos años después serán ellos mismos los reducidos a cenizas, y sus diminutos padres nazis, los que sobrevivieron, claro, tendrán serios problemas para darles sepultura, ya que apenas podrán distinguir las cenizas de sus hijos de las cenizas de los crematorios.

Ödön Von Horváth escribió Juventud sin Dios en 1937, a un año vista de que una rama caída en plena tormenta lo descalabrase en mitad de los Campos Elíseos, y a dos de que el fanático bigotudo y retaco, o como a Horváth le gustaba llamarlo, "el plebeyo supremo", prendiese la mecha de una bomba que haría saltar en pedazos todo un continente y prácticamente el mundo.
 

"Al despertarme al día siguiente supe que había soñado mucho, aunque ya no me acordaba de nada.
Era fiesta.
Se conmemoraba el cumpleaños del plebeyo supremo.
La ciudad estaba repleta de banderas y pancartas.
Y por ella desfilaban las chicas, las que buscan al piloto desaparecido, los chicos, que dejan que mueran todos los negros, y los padres, que se creen las mentiras que aparecen en las pancartas. Y los que no las creen, desfilan también. Divisiones de gente sin carácter bajo las órdenes de un comando de idiotas. Todos marcando el paso.
Cantan algo acerca de un pajarillo que está piando sobre la tumba de un héroe, de un soldado que se asfixia con gas, de las muchachas de cabellos negros que comen la inmundicia que queda en casa, y de un enemigo que en realidad no existe.
Así celebran los imbéciles y los mentirosos el día en que nació el plebeyo supremo."

Juventud sin Dios (Jugend ohne Gott, 1937)
Ödön Von Horváth
versión de Berta Vias Mahou




diciembre 12, 2012

Enanos coñones, fantasmas esclavos, pasadas de vuelta y demás barbarismos



   Desde que los gañanes del mundo pasaron de estar encadenados al arado y al barbecho a ser esclavos del telar y la fundición 20 de cada 24 de sus horas, decimos que vivimos en la «Era Industrial». También haylos muchos, hijos de la gran puta, con los bolsillos siempre a reventar de billetes, a quienes también les dio por llamar a esto «Progreso».

   La cuestión es que desde que estos buitres sin alas nos instalaron en su era del Progreso y de lo Industrial coincide que se viene utilizando la expresión «Otra vuelta de tuerca», no para ver quién es el más bestiajo del pueblo y puede apretar más la tuerca de marras, cual si fuere una moderna Excalibur, sino, antes bien, para dejar probado y sentado quién es el más listo e ingenioso de la fiesta, o lo que también viene conociéndose como nombrar al más pollilargo del lugar. Obsesos de la última palabra de cualquier maldita cosa.

   Henry James, por ejemplo. Dijo: «voy a ver si me quedo con toda la peñuqui en esto de las narraciones de fantasmas», y escribió «Otra vuelta de tuerca». "The Turn of the Screw" para escolarizados de pago y en general gente de fuera con posibles.

   Creía que con esto ya lo había conseguido, pobre, ser lo más in  del panorama del terror literaturesco, sin saber que a la postre el gran contador de Ghost Stories, de apellido James, que recordaría la Historia no sería él, sino Montague Rhodes (James), por muchas turns a la screw que a James (Henry) le saliesen de la mollera o por tan pasado de rosca se tuviera.

   O Alejandro Amenábar, por ejemplo. Dijo: «Voy a darle otra vuelta de tuerca a "Otra vuelta de tuerca" pero sin que se note que la estoy copiando en lo esencial, no sea que me digan que soy un hijo del intalento», y rodó «Los otros», historia de casa vieja con mujer en camisón y niños dentro, en la que, como todos ustedes saben —o deberían ya a estas alturas—; son ustedes, lo saben —o reincido, deberían—; los mortales,  ustedes todos —no escurran el bulto, no—, los que acosan a los muertos fantasmáticos y nos los dejan desayunar en paz.

   «Otra vuelta de tuerca», el libro, es una cosa tan bien hecha, tan sutil, escanciada de una manera tan soberbiamente ambigua, que puede observar múltiples y alocadísimas interpretaciones.

   La mía, por ejemplo: Los fantasmas de Quint y la señora Jessel no pueden descansar en paz porque son los niñoides cabrones, Miles y Flora, los que los llaman y los sacan del limbo para correrse con ellos —y en ellos— juergas macabras y ultraterrenas.

   El verdadero Mal, por tanto, el verdadero Horror, por tanto, no reside en los aparecidos, meros esclavos de los niñatos coñones, juguetes rotos de bruma en sus tiernas manitas de futuribles odiosos dandys. Los fantasmas, que fueron sirvientes en vida, y en consecuencia deben seguir siéndolo en la muerte —¡sólo faltaría!—, no pueden encontrar su ectoplásmico camino hacia la luz porque estos vivos malnacidos menores de 14 años, diminutos satanases de buena cuna, disfrutan haciéndoles pasar las de Caín.

   Cualquiera que ha traído al mundo criatura sabe que esto es así...

   Tenemos entonces que el tour de force de James (Henry) —pues desde que se inventaron las escuelas de idiomas y las academias de esquí ya no decimos «vuelta de tuerca», decimos «tour de force»—, fue avisarnos de que el Horror no habita más allá de las puertas de la Muerte, sino que se engendra, crece y es expulsado, finalmente, desde el más acá de las piernas de la Mujer.

 


abril 27, 2011

Perdona, bonita, pero voy a encamarme contigo...


De La vida cotidiana de Daniel Gascón me gusta todo, casi todo, la cubierta no, la cubierta me parece una chufa, lo siento, no ayuda nada al libro, a venderlo, se entiende, a hacerlo apetecible para el bolsillo ajeno, no siempre lector, pero sí, siempre, anhelado, siempre un norte, ese norte del norte de tantos, desde editores a libreros, aunque todo esto sea arena de otro costal, marketing, billetes arrugados, así que hablemos de literatura, de lo que hay de cubierta adentro, o debiera. Daniel Gascón es un nombre bastante de puta madre para firmar libros. Se me antoja. Y La vida cotidiana me parece también un título bastante de puta madre para un libro, sobre todo si es que hablamos de un libro de relatos en los que el protagonista y narrador acaba siempre en la cama con un montón de chicas buenorras e intelectuales y con estudios superiores, que ninguna de ellas sabe ni quién es Federico Moccia, oyes; algo que sin duda le pasa cada día a cualquier mindundi, que forma parte de su vida chunga y cotidiana, está visto. Además el tipo es de Zaragoza y ambienta sus relatos en Zaragoza, no en Madrid ni en Barcelona ni en la puta Roma de los cojones, en Zaragoza, ciudad que me encanta y a la que hace ya dos años que no he vuelto y eso me tiene también un tanto encabronado, lo reconozco. Los cuentos de La vida cotidiana son cuentos de escritor y de escritura, ah y eso, cuentos de mojar el churro. Mojar el churro mucho. Está bien eso, mola: joven escritor que escribe sobre qué tipo de vida es ser joven escritor y andar todo el día mojando mucho el churro... Yo me compraría un libro que hablase de eso. ¡Coño!, de hecho, ¡lo he comprado! ¡Y hasta lo he leído! No es moco de pavo. Porque por encima de todo prevalece un detalle que se pondera cada vez menos. Que sus cuentos están bien escritos. Ustedes no sé, pero yo pienso seguir de cerca a este maño follarín...


marzo 09, 2011

La flema que devoró París




Yo me hallaba allí más en calidad de desesperado chico de los recados que de corresponsal, hacía meses que había perdido la esperanza de encontrar un volumen anotado de la correspondencia entre Henry Miller y Anaïs Nin. Era un encargo de Nicasio, Nicasio Térpolo, un amigo de Malpartida de Plasencia, quien a su vez lo quería para regalárselo a una monja de clausura. Del convento de San Miguel de Trujillo. Que le hacía unos dulces que para qué... Y como muestra de agradecimiento —o pago por mejor no sepamos qué—, Térpolo quería regalarle el libro de marras, las guarrerías epistolares entre «el Henry» y «la June», y además en francés, que da más morbo... Hasta ahí bien, no parece demasiado complicado, ¿no? ¡No!, ¡no!, desde luego... el problema de base es que la monja dulcera del demonio el libraco ¡lo quería intonso!... Que si no es intonso no lo tocan sus manos beatas, me dice Térpolo que le dijo la servidora de Dios, y a partir de ahí quien estuvo bien jodido no fue otro que este servidor, pobre pecador.

Pues el tema fue, como decía, que yo había perdido toda esperanza, pero aun así tenía dicho a Marienne, ama y dueña de la librería Ferdinand Destouches, para más señas, sita en un oscuro confín parisién de cuya dirección concreta mejor no acordarse, que si alguna vez le caía en las manos semejante rareza bibliográfica y bibliofrénica tuviese a bien el guardármelo. Así que allí estaba yo, haciendo tiempo mientras esperaba a Marienne, que había salido a un recado, por ver si tenía buenas nuevas respecto a lo mío —lo de Nicasio y su dulcera beata, en puridad—, ojeando distraída pero estrechamente unos rarísimos ejemplares de Signal muy bien de precio, cuando el chaval aquél con cara de perro le dijo al padre, «¡que no!, ¡que nooo!, cómprame El Principito, ¡El Principito con dibujos, vengaaa!... », de lo que cabe deducir, así a bote pronto, que el niñato en cuestión lo que se dice muchas tablas no tenía, porque a ver quién es el guapo que me encuentra hoy en día una edición del susodicho principito sin sus monigotes made in «Saint-Ex». Entonces el padre, que debía sentirse muy maldito por haber contribuido a traer al mundo un vástago tan mostrenco, le contestó, «No hijo, no, esas mariconadas no... Te voy a comprar el Hazañas Bélicas». El niño hizo un mohín de cagarse en sus abuelos y acto seguido se sopló los mocos de su morro de carlino. El padre totalitario y paramilitar acudió al dependiente: «Quiero un Hazañas Bélicas, por favor... Es para mi hijo, sabe usted. Voy a hacerlo un HOMBRE... », a lo que éste le respondió tal que lo siguiente: «Aquí ya no vendemos esa basura, señor», quedándose tan ancho, el tío. El señor padre del hijo bobo y cara chucho se quedó poco menos que paralizado. Transido por la muerte y algo más. Aún más duro que la muerte. La ignominia. El deshonor. Lo habían acribillado los boches nada más abrirse la compuerta de su barcaza. Estaba frito. Cadáver inerte en las arenas de Omaha Beach, tan lejos de las medallas. Salvas al aire y banderas dobladas y festín de gusanos. Entonces el niño, que al parecer, todo y lo tonto y lo cánido, llegará a ser más listo que su viejo, se llegó hasta el mostrador gritando: «!¿Y El Principito, el Princi... El Principitooo, eh, eeeh?!... ¡¿EEEEH?!"... ». «Sí, mira niño, aquí tienes todos estos...».

Y así sucedió que en tanto el chavalillo mendaz empezaba a degustar —y olisquear— visual y táctilmente los principescos ejemplares del gran, del enorme Saint-Exupéry, los ojos desorbitados de emoción, desencajados los gordos carrillos por la alegría, fue que me apercibí de cómo el padre, rastrero y subrepticio, conseguía permutar su condición de petrificado por la de huido con el rabo entre las piernas y hacía mutis por el foro, ganando así la puerta de entrada, tan cerdamente.

De todo esto fui testigo yo no hace mucho, en la librería Ferdinand Destouches, el enésimo día que no conseguí la correspondencia intonsa de Henry Miller y Anaïs Nin, y cabe reseñar que lo fui en castellano, tal como lo oyen, lo leen, porque de todos es sabido que si hay una palabra en el orbe con la que los franceses no comulgan desde los días de la Liberación, ésa palabra es «colaboracionista», fenómeno sin par que explica, sin ir más lejos, por qué ningún francés, salvo su dueña y ama, Marienne, haya hollado jamás el cuidado parqué de tan pintoresco comercio, que distribuye buenos libros y mala leche desde 1983.



enero 10, 2011

3, 2, 1... ¡Esnob!



Pensando lo de ayer y lo de más allá, se me va, se me va la olla, pero sí, a la mierda, voy a decirlo: los artistas son todos unos esnobs. Y la peli de la Bollaín también habla de eso, por supuesto. Bollaín la primera. Una esnob. Y después toda la cohorte, todo el séquito. Unos esnobs. Yo también, claro, claro. Esnob. Todos, todos. Todos cuantos no tienen por primer instinto, esencial, llenar el mundo de churumbules o bien destruirlo, el mundo, con sus churumbeles dentro, todos ellos esnobs. Una ubérrima panda de gilipollas. Tanto bombo y tanta chufla y tanta pandereta a qué coño viene si no. A cuento de postergar la hora del aquí tiene la cuenta, señor, que ya andamos cerrando... No hay cojones. Sencillamente eso. No los hay. Ni cuadrados ni redondos ni colgando. Pero hay que seguir aquí, no queda otra, de modo que en algo hay que despachar el tiempo. Libros, lienzos, peliculejas y esculturas de papel maché. Martin Scorsese sabe de qué hablo. El arte son los juguetes de todos aquellos niños grandes, inmaduros peterpanes, que no quisieron asumir que aquí se viene a morir; se viene a sembrar el hijo y quemar al semejante. La genética se pasa por el forro de sus innombrables todas vuestras filigranas pseudotrascendentes, toda esta nuestra inmortalidad de baratillo. Hoy he terminado el Mircea Cărtărescu con un regusto de caraja en la sinapsis: Por qué nos gustan las mujeres. Qué salao el tío. Va un poco en la línea del Milan Kundera priápico. Que es como querer decir: mirad todo lo que me he follao, mindudis, y vosotros nada, pero en plan sensible, que no soy un malechor ni una pichabrava, ¿eh? ¡QUE YO SOY UN INTELECTUAL, OJITO CONMIGO! Pues eso. Que me parto. Quizá un día de estos me dé por soltar algo más sobre Cărtărescu y sus mujeres. Quizá mejor sobre su Ruletista, que es muy superior. Pero hoy no. Hoy caca. Hoy estoy de frenopático. Este año en general ya vengo cruzado, aviso. Este año sí. Ya veréis. Os voy a destruir a todos. Esnobs de pacotilla.




enero 06, 2011

Visto para sentencia




Una cosa que no deja de sorprenderme es que hay quien se deja caer por aquí buscando qué se yo qué, recetas y autopsias y radiografías de lo por leer o lo leído, como si aquí un servidor se supiese o se pensase Crítico sí, con la mayúscula de la tocacojonación, sin reparar siquiera en que este lugar, sin ir más lejos, se intitula "Vida puta y sin talento", lo que no es casual, se llama así por algo. No sé. Pensé que semejante combinación de palabros sería suficientemente esclarecedora, iluminaría con el tibio fulgor de la bombilla cagada de un gallinero el bajísimo calado de mis propósitos y mis potencialidades. Pero veo que no.

Yo hace años que renucié a escribir como si me explicara y ni siquiera cuando lo intenté se me dió muy bien y por supuesto no me divertí una mierda. Escribir con los arquitrabes y las estructuras del para que te entiendan sólo tiene un algo de aliciente si es que cobras por hacerlo. Yo aquí a lo que vengo es a soltar mi enfermedad. La bibliofrenia que me parió. Conque no hay norma ni hay plantilla ni hay librillo de maestrillo que valga tres carajos. No hago putas críticas. No hago putas recensiones. Ni siquiera hago putos comentarios librescos. Esto es el pus de mi chola loca en contacto con el escalpelo de la hoja impresa, negro sobre blanco. No hay más ni pretendo menos. Quien guste que se acoja y quien no que se recoja.