Mi apellido no es Samsa pero mis familiares sí que me trataron como al pobre Gregor, por delante todo buenas caras, guardando las apariencias, pero era darme la vuelta y empezar a cuchichear, los muy hipócritas. Yo les oía: que si era un monstruo, que menudo bicho raro les había salido, o mejor dicho, menuda fruta monstruosa. Porque yo también desperté una mañana de un sueño inquieto, encontrándome en la cama, convertida en un hermoso y amarillo limón… La historia del pobrecito Gregor y la cucaracha yo no la conocía, me la tuvo que explicar Max, que a día de hoy es el único que quiere estar conmigo: ‹‹lo que te ha pasado a ti››, me dijo, ‹‹es lo mismo que le pasó a él››, al pobre Gregor Samsa. Y yo le creo. Porque ¿podéis llegar a imaginar el papelón que me ha caído?, sobre todo en lo que concierne a mi carrera profesional. Iba a ser modelo, lo tenía todo para triunfar, era guapísima, tenía un cuerpo de miedo, y sobre todo la apostura, la prestancia; en una palabra: estilo. Había hecho ya algunos trabajos poco importantes, es verdad, pero al fin y al cabo se empieza siempre desde abajo, ¿no? Y de golpe esto: yo, con lo que iba a ser, de repente y sin motivo, hecha toda una limona. La peor parte se la llevó mi padre, ver a su niña bonita, el orgullo de sus ojos, potencial carne de frutero de salón. Mi madre, en cambio, práctica siempre, apegada al lado más ordinario de la vida, tras el primer disgusto, intentó sobreponerse como mejor sabía, volcando su desgracia sobre el día a día; me iba pidiendo de tanto en cuando que lo intentara, que ‹‹a ver si me lloras un poquito nada más, hija mía››, por lo del zumo, ya se lo pueden imaginar, porque le iba —mezclado con miel— muy bien para la garganta, de la que padece mucho. Mi hermano pequeño, por contra, fue —y sigue siendo— un pervertido, fueron salirle los granos en la cara y los pelos en el culo y empezar a pajearse a mi costa. Supe que me espiaba mientras me vestía y que entreabría la puerta del lavabo con cuidado y me miraba, recién salida de la ducha, toda mojada, el muy cerdo, y mientras tanto, zumba, zumba, venga darle a la zambomba. Pero qué iba a decirle, ¿eh?, después de todo era mi hermano, ¡y yo estaba tan cañón!, era hasta comprensible, el pobre, tan feúcho que había salido que no había tía que se le acercase; nunca me dio por abroncarlo. Y además me gustaba, he de reconocerlo, que me mirara así, en plan vuayer, creo que se dice. Formaba parte de la profesión, yo lo sabía, y por eso mismo me recreaba en ser el centro de todas las atenciones: los hombres por la calle se me quedaban mirando embobados, se les caía el cigarro; ¡y los paletas!, allá arriba, groseros como eran, sí, pero míralos, alucinados, a mi paso se iban cayendo de los andamios… En cambio, ahora qué, el mejor piropo que me echan saben cuál es: ‹‹¡Anda, nenaaa, la que montaba yo contigo y un pellizco de sal sobre estos calamares a la romanaaa!››... Porque hay que ver como sois los hombres, tanto os dan ocho que ochenta, está comprobado; como sea mujer, tenga coño o no lo tenga, os echáis al ruedo, nos tiráis la caña, no os cortáis un pelo. Así que no tardé mucho en verme de nuevo rodeada de moscones, peor todavía que cuando era la tía más macizorra de Paseo de Gracia para arriba; por lo visto el puntillo exótico y casi casi —diría yo— fruitófilo, los atrapaba. Sólo que a mí ya no me hacia ninguna gracia. ¿Y si un día les entraba la locura y me comían en una ronda de tequilas? Decidí cortar por lo sano, y que conste que lo de cortar lo digo en serio, literalmente; me partí por la mitad y planté clavo por todo lo ancho de mi jugosa anatomía. Así, tal cual lo digo. Fue milagroso, porque salieron todos escopeteados, dejándome por fin tener la fruta en paz… Suerte que conocí a Max, por lo visto lo del clavo no le afecta —‹‹que soy anósmico››, me dice—; se dedica al mundo del cine, aún está empezando, como estaba empezando yo, y me dice todo el tiempo cosas tan bonitas: ‹‹tú serás mi musa, limoncillo››, ‹‹te voy a convertir en la más rubia estrella del firmamento››… Se declara incondicional de un tal Tod Browning y hace años que trabaja en la secuela de una de su más conocidas películas, que se titula Freaks, según me cuenta, aunque a mí todavía no me ha dado por verla. Él dice que es preciosa y con eso me basta, yo le creo. Dice que el papel principal ‹‹será para ti, cítrico mío››, y yo, claro está, me deshago, no puedo evitarlo, me deshago, y le doy un apasionado beso de limón —con lengua y todo—, aunque me contengo, porque sé que soy muy ácida y si no me contengo podría dejarle los labios en carne viva… En carne viva... En carne viva... ¡ufff!, mejor no pensar demasiado, que enseguida me suben los calores y me hace aguas esta nueva piel mía, tan brillante y porosa. ¿Saben qué? Creo que por fin he encontrado a mi medio limón. Sé que le quiero, que estoy enamorada. Y estoy segura de que él siente lo mismo...
© Javier Iglesias por el texto y Sergio Espín por la ilustración
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada