Resistencia en el flanco débil

enero 25, 2011

El durmiente del valle

¿Te acuerdas?
¿Recuerdas el día que juntos
Vimos el mar?
Dijo
Y le faltaba el aire
Fue maravilloso
Dijo
Maravilloso
Dijo
Y la faltaba el aire
Y las piernas le fallaban

Estoy cansado
Dijo
Necesito parar
Dijo
Será sólo un momento
Cinco minutos
Dijo
Te pido cinco minutos sólo
Y se sentó para siempre

¿Hueles eso?
¡Dios mío!
Dijo
Nunca pensé que la brisa
Pudiese tener ese aroma
Dijo
Pero yo no olía nada en el aire
Y el pecho se le apagaba

Creo que voy a dormir
Voy a dormir un rato
Dijo
Una pequeña cabezada
Dijo
En un minutos estaré como nuevo
Dijo
Y podremos continuar

Y sus párpados cayeron
Sus brazos se destensaron
El cuello descendió sobre sí
Y entonces fue el viento
La marina brisa inodora
Quien agitando sus ropas
Dijo que ya descansaba
Que al fin dormía
Que sería una siesta muy larga

Conque lo dejé allí
Inerte sobre su sueño...
Mecido y despojado y libre




1 comentario:

  1. Sin duda, querido Lucilio, es hombre indiferente y olvidadizo aquel a quien precisa la
    visión de ciertos países para hacerle revivir el recuerdo de un amigo; y, con todo, los
    lugares que frecuentamos con él despiertan la añoranza adormecida en nuestro corazón
    y no permiten que se extinga su memoria, antes bien, la despiertan si duerme, de igual
    manera como el duelo por un difunto, algo amortiguado por el tiempo, se renueva por la
    visión de su esclavo favorito, de su vestido o de su casa. He aquí cómo, de manera casi
    increíble, la Campania, y sobre todo Nápoles y la vista de tu Pompeya, me han renovado las añoranzas de ti te tengo por entero delante de los ojos.

    (...)


    Hemos de aparejarnos para la muerte antes que para la vida. La vida está harto provista, pero nosotros estamos siempre con ansias de abastecerla: nos parece y siempre nos parecerá que nos falta algo. Que hayamos vivido lo suficiente no lo consiguen ni los años ni los días, sino el alma. He vivido, Lucilio carísimo, todo el tiempo que era suficiente. Satisfecho aguardo la muerte.

    SÉNECA. Epístolas Morales a Lucilio

    ResponderEliminar