Resistencia en el flanco débil

julio 21, 2010

La Legión de los Idiotas




Todo y ser una novela memoralística sobre la Primera Guerra Mundial, en Un año en el Altiplano no son recurrentes los pasajes de absurda masacre; las grandes masas de hombres al asalto con la bayoneta calada que terminan, sí o sí, desventrados en Tierra de Nadie, a los pies de la trinchera enemiga o la propia, o semienterrados en el fondo de un cráter de obús. Algo hay de todo eso, por supuesto, pero queda claro que a Emilio Lussu le pareció mucho más importante retratar a fondo el que él mismo creía, a buen seguro, el verdadero mal, MAL con mayúsculas, de todo aquel asunto. Mucho más terribles que la sangría y la matanza de aquellos hombres, más terrible aún que el propio sinsentido de la guerra, fueron, nos quiso decir Lussu, sus mandos; los generaluchos y comandantitos que se servieron del pretexto de la guerra para, mediante su ineptitud, su altanería, su ceguera, propiciar dichas masacres. Hombres que no tuvieron el menor escrúpulo en enviar a la muerte a miles de soldados por la simple ambición de un asecenso o una medalla, y que a la postre sólo conseguieron, una y otra vez, miles de vidas sacrificadas por apenas un palmo de tierra ganada al enemigo, las más de las veces ni siquiera eso. Aquí se hace inevitable recordar la figura del General Paul Mireau de Senderos de Gloria. Claro que donde Stanley Kubrick era trágico Emilio Lussu es irónico; evidencia la incompetencia y la tiranía de los mandos del Ejército, cualquier Ejército, a través de la humorada y la caricatura. Y he ahí el gran acierto del libro, introducir la sorna y la sonrisa cómplice en un escenario tan luctuoso como el de la guerra. Hasta tal punto que en ocasiones uno tiene la sensación de que se está asistiendo a la representación de una opereta con las trincheras por decorado, y que cada vez que aparece un tipo con la pechera floreada de galones, el uniforme inmaculado, se sabe que el bufón acaba de entrar en escena y que el catálogo de sus ridículos y payasadas es inagotable. Lástima es que cada una de esas bufonadas acabase por costar la vida de tantos hombres que no tuvieron la oportunidad ni de reír los últimos ni reír mejor. El pez grande se sigue comiendo al chico, por más que aquél sea un redomado estúpido.



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