Resistencia en el flanco débil

julio 25, 2010

La élite de Salter



James Salter escribe tan bien que lo mataría. Es envidia sana, claro... o algo así. El caso es que La última noche vuelve a ser otra pequeña colección de relatos magistrales, del primero al último, como ya lo fuese Anochecer. La sutileza con la que Salter maneja las transiciones de tiempo y acción en sus historias es de esas cosas que parecen, vistas, leídas desde fuera, muy simples de ejecutar, pero que sin embargo sólo están al alcance de unos muy escasos talentos. La hondura de sus retratos de las relaciones humanas, la profundidad de su ojo vivisector, es otra gran capacidad difícilmente imitable. No es sencillo captar de una forma tan nítida la doble baraja con la que suele jugar el amor entre dos personas: su inasequible belleza pero a la vez, también, lo acre y doloroso que puede llegar a convertirse en el momento más inesperado. Como una orquídea silente y dormida que en un segundo te atrapa y digiere. El amor en James Salter es eso, una planta carnívora en pos del corazón humano, siempre el más débil, que es siempre el aún enamorado. Relaciones tempestuosas que son o que fueron, a mitad de camino entre una vida inundada de recuerdos y la enfermedad que trae el ocaso, los cuentos de La última noche revelan la asunción del ciclo vital, la inevitable madurez, pero a la vez una madurez rebelde, que renuncia a doblar la rodilla, no quiere aceptar o acepta a regañadientes la posibilidad de que, tal vez, lo mejor de la vida ya se ha consumido, de que tal vez no habrá una última oportunidad de volver a brillar. Una suerte de relampagueo acerado, la mirada desafiante y rabiosa en las escaleras al sótano de la muerte...

Salter comparte trono con Raymond Carver en lo más alto de la narrativa corta norteamericana, muchas veces incluso lo supera, pues su habilidad para la concisión y la elipsis se me antojan inigualables; pero Carver compensa esta distancia con verismo, con instantáneas de realidad que Salter no puede o no quiere siquiera concebir. Los personajes de Carver son gente ordinaria, perdedores del día a día como los hay a patadas en la vida con sólo levantar una piedra. Los protagonistas de Salter, en cambio, son siempre una élite de desahogados económicos e intelectuales que nunca pronuncian una palabra fuera de lugar porque ni su vocabulario ni su cultura son de este mundo. Una raza de superhombres extraordinarios que liberados del esclavismo de una vida mundana y servil pueden dedicar toda su energía al cultivo de la intelectualidad estética y las pasiones destructoras. En tanto los personajes de Salter se debaten desesperadamente por una nueva oportunidad para vibrar, sentirse felices y únicos, los de Carver malbaratan su existencia sabiendo que eso de "brillar" es siempre algo que les sucede a otros.

Salter se disfruta como una sala de museo, Carver como una atracción de espejos deformantes.



4 comentarios:

  1. Habrá que echarle un vistazo a este buen hombre; aunque a mí me gustan más los perdedores que las élites refulgentes, no sé por qué.
    Por cierto, ya me ha llegado lo suyo desde aquel almacén abandonado que tiene la FNAC en el desierto de Nevada, pero me temo que hasta la primera o segunda semana de agosto no se lo podré enviar.

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  2. Yo también estoy del lado de los "losers", qué le voy a contar a usted que ya no sepa, lo que no es óbice para reconocer que Salter es un pedazo de escritor y disfrutarlo.

    Esperaré lo que haya que esperar, al fin y al cabo agosto ya está a la vuelta de la esquina.


    Saludos Piscos.

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  3. Como siempre, no tengo palabras.
    Anna.

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