Resistencia en el flanco débil

marzo 01, 2014

La herida insomne



Silhouette du peintre (1907), León Spillaert





Empieza como un estallido sin metralla
un baño sordo de náusea.
Empieza como un recrudecimiento.
Como una indefensión.

En lo profundo y lábil, el centro de lo que convenimos
en llamar corazón,
no el órgano, no el músculo,
donde sólo hacen blanco las flechas en palabras
en silencios,
en miradas aniquiladoras,
allende la víscera,
adentrada en la maraña selvática de sentimientos encontrados...

La herida insomne.
Es una sombra que sangra, se arrastra, 
camina a duras penas, está perdiendo la vida en cada paso,
hasta que en medio de la nada, un árbol,
toma asiento bajo su copa y se recuesta en el tronco,
tomar aliento, cerra los ojos, tal vez dormir...

La brecha no sella, no cierra, no calla
no quiere dejar de ser ella, 
ser brecha, ser golpe, ser desesperación.
La brecha no es mala en esencia, no sabe ser otra cosa.
No conoce otra vida que el dolor.

La herida insomne
es la película de todo el daño interior
proyectada en el lienzo oscuro del techo de nuestro insomnio,
noche tras noche, en bucle,
en looping enfebrecido,
autocastigo disparatado.
Todo el amor que fue y ya no podrá ser más.
Y que es aún amor, pero amor periclitado,
amor hecho pedazos,
y es por tanto amor más poderoso,
por tanto más doliente,
por tanto más intenso,
por tanto cancerígeno.

Puñal inasible, clavado en el pecho,
la sangre que mana, que baja, que llega hasta el dedo
y de ahí a la tierra, donde estéril fecunda óvulos de aflicción.

La herida insomne
son las noches preñadas de ojos abiertos
locos de niebla verde y alucinación,
un vadear la noche robado el sueño, 
sólo armado con un fardo de incombustible vigilia,
un incombatible demasiado peso.

Las horas a cara de perro contra el espejo de los recuerdos...

La herida insomne 
son también las calles de la ciudad muerta
a reventar sus esquinas de aparecidos,
muertos en vida que resisten pertinaces el viento de la nada,
días de nuestros días,
sagradas y efímeras ascuas que fueron
el fuego de nuestro júbilo primero
y el incendio de nuestra alegría después.
Sus caras y nombres y ojos vencidos, el museo de nuestro fracaso.

Un desengaño que llega para quedarse,
un velo que se deshace en llamas,
y con él la mirada que tan celosamente guardaba,
ahora vendida.

Un último derribo del que tan probablemente no nos levantaremos
si no es para buscar a tientas en mitad de ningún lugar,
en justo y mitad del hundimiento,
sombra sangrante, sombra avanzando a rastras, 
un árbol, de súbito,
tan solo unos minutos recostados en su tronco,
a resguardo de la quemazón absurda del sol de la noche,
tomar aliento, cerrar los ojos, tal vez dormir...

La herida insomne
es esto:
una sombra alcanzada en el pecho, tocada de muerte,
agotando su último aire en el ámbito de lo posible.

Poco después abre los ojos, despierta,

está muerta pero aun así despierta,
se yergue y camina:
transparente negra sangre le mana aún de la herida,
que ya nunca cesará en su grito.

Camina sin prisas hacia las calles anochecidas.
Camina absorto, roto de luz, a ocupar su lugar tras la esquina.