Resistencia en el flanco débil

agosto 12, 2013

El copartícipe secreto de Joseph Conrad


El otro día me topé de bruces con una situación que no tendré la desfachatez ni la inelegancia de adjetivar como kafkiana, pero casi casi, anduvo cerca, aunque a estas callejonas necias que merodeo les quede ancho y tan lejos el siquiera imaginarse Praga.

Salía yo de comprar alimento para mis gaturros y unas margarinas vegatales para mi molleja cuando ipso facto, en mitad de la acera pringosa de calores estivales, de la nada me saltó al encuentro mi doble: "Oye, compay, échame un cable, anda, hermano, que acabo de dejar listo de papeles a un fulano por un quítame allá esas pajas y ahora se me vienen encima los maderos". Mi actitud ante semejante tesitura, por supuesto, no pudo ser otra que la obvia: salir de allí por piernas, abandonando en cuestión de un segundo a mi doble a su suerte y mal destino, pues aunque ambos dos somos prácticamente iguales en todo, disímiles en apenas nada, él corre poco y mal y nunca, y además con el pie izquierdo huérfano de dedos.

Es por actitudes ruines como ésta que nunca saldré en un libro de Joseph Conrad, ya lo tengo asumido, pero qué quieren que les diga: me pudo la cagalera.

Porque si algo se confirma en la obra conradiana una vez sí y la siguiente también, libro tras libro, ya sea novela, relato o novelette, es que un hombre puede ser destruído, incluso puede ser derrotado jódete Hemingway, pero lo que no puede ser es un ladino hijo de la gran puta. Eso no.

De hecho, el fenotipo conradiano puede tener flaquezas, vicios, cagarla una y mil veces y darse una tras otra la misma hostia contra la misma pared, y de hecho es preferible que así sea, ya que el hombre de una pieza y sin aristas a quién cojones le interesa. Pero lo que un hombre no puede ser de ninguna de las maneras es artero, es tibio, es mendaz. En Joseph Conrad no hay lugar para los hombres diminutos.

El copartícipe secreto novela corta irrenunciable que ustedes deberían leer en VO, o en su defecto en versión al castellano del gran  Francisco Torres Oliver ¡siempre Torres Oliver!, y no como hice yo, que la leí en una edición de Bruguera Todolibro de a céntimo la hoja, pero eso sí, con ilustraciones molonas de las que ya no se hacen, El copartícipe secreto, como decía, es relato bueno de trincárselo en una tarde y estar después toda la noche rumiándole las vueltas, en el que Conrad coge el guante del mito del doble, del sobado lugar común del doppelgänger, lo dobla, lo vuelve a doblar, y con él, acto seguido, nos propina no dos, sino tres hostias: ¡plas!, ¡plas!... ¡replas!

Un joven capitán está a punto de zarpar con su primer mando bajo el brazo. No conoce el barco, ni la tripulación, nunca antes ha mandado un navío. Todos creen allí que es un mequetrefe. Y lo peor: él mismo no tiene claro sí es o no un mequetrefe. Es entonces cuando Conrad, genio cabronaco, hace surgir al doble del protagonista nada más y nada menos que de la superficie en espejo del agua. He matado a un tipo, le dice; fue una causa de fuerza mayor, le dice; estoy en sus manos, le dice. Y el joven capitán no sólo no lo delata, sino que lo esconde en su camarote.

La historia es una historia, más que de aprendizaje, de encrucijada: el doble nace del espejo del océano o del inconsciente del protagonista para ponerlo a prueba: demostrarse a sí mismo y a los demás de la nave que no habita un alma pequeñita. Demostrarse a sí mismo y a los demás si sirve para el mar, si sirve para la vida.

Nunca sabemos si el doble es real o imaginación o pesadilla. Nunca sabemos si hubo en verdad una muerte o no a manos del doble, y si, en consecuencia, el protagonista se convirtió en cómplice al ayudar a un asesino. Tampoco nos importa. Estamos en la última escena de la historia, y la blanca gorra de capitán flota en el agua negra del océano: simboliza lo esencial y desencadenado.

Ahora la procesión va por dentro. Ahora la progresión va por dentro. Un navío surca los mares y la estatura interior de su amo es ya a todos los efectos una víscera confirmada.