Resistencia en el flanco débil

octubre 20, 2009

Sólo hubo un Kerouac, nena...




Como individuo en esencia mortal y transitorio, basado en el carbón y sujeto, por tanto, a la extorsión de la genética y los malditos cumpleaños, los grandes edificios filosóficos y ontológicos me llaman la atención sólo lo justo y el papel higiénico lo uso para lo que lo usa casi todo el mundo; llámenme convencional. Me interesa y me embelesa mucho más la subjetiva, detenida mirada sobre las gentes fugaces y sus fútiles observancias del yo, cada cual el suyo, intransferible y singular, aunque no por ello reseñable, digno ni de lapidaria ni de posteridad. Por ejemplo: en tiempos como los de hoy, que ya ni corren ni vuelan, que discurren todos por fibra óptica a velocidades que le huelen el culo cagado a la de la luz, tiempos, como digo, tan marcianos y alienígenas, tan tóxicos y metastásicos, tan del otro lado de yo qué sé qué aberrante moral, que las gripes pandemias ya ni se toman la molestia, más que para quitar caras indeseables y tumefactas de en medio sirven para vender periódicos, digitales y no; me sorprende, como decía o intentaba decir, toparme de bruces con esto, por un poner: autoproclamados nuevos hippies, melancólicos trasnochados, sin un ápice de sentido del humor, algunos, para más inri, aquejados de astringente vaginismo mental y genital... Me ocurre como con lo del abuelo y cuando Franco: creía que estas cosas no pasaban. Pero resulta que sí. Y es que hay turba que no aprende la lección hasta que no tiene en su haber un primer quirófano: y ésta es: que el váter es para leer y cagar. Y la vida puta, con talento o sin él, para reírla y follarla y después besar la lona.



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