Resistencia en el flanco débil

enero 08, 2009

Tristán e Isolda





Sin saber muy bien cómo demonios me volvía a encontrar otra vez en la calle, mucho más oscura y fría de lo que podría validar el más baqueteado de los tópicos, las once de la noche, helado y encogido hasta el tuétano, sólo le faltaba llover; eso sí hubiese sido el acabose. En efecto. De haberse puesto a llover todo habría acabado antes de empezar; enseguida se me hubiera arrugado la polla en lo hondo del orgullo, y me lo hubiese tragado, el orgullo y lo que fuese con tal de no caminar calada la osamenta en mitad de aquella noche de antárticos ademanes: hubiese subido, sí. Y le hubiese pedido perdón, sí. Aunque no considerase mía la culpa. Como tantas otras veces. O no.


Quién sabe si no hubiese acabado la jornada con un polvo de auténtica epifanía; los mejores, cuando justo tú sales de un estar a esto de estrellarle el mando a distancia en la cara y ella viene de un querer hacer tortilla de tus gónadas. Pero no llovió:


—Que te den por culo, loca... Estás como una puta cabra.


Un grado sobre cero en el luminoso de una farmacia cerrada, me alejé de allí maldiciendo el confuso día en que la genética decidió no hacerme marica. Todo había comenzado porque le dije que si no había cogido un par de quilitos buenos estas navidades. De ahí al infierno, pasando por el postre de la cena lanzado con insania y mala hostia contra la pared; el perro y los dos gatos poniéndose hasta el culo de tarta de queso. Mujeres... No se puede vivir sin ellas y no se puede vivir con ellas. Otro juego amañado.


A los diez minutos ya estaba exhausto, la chola congelada y las manos como brazos y piernas de click de famóvil, inarticulables y del todo monomando. Me metí en el primer café abierto. Resultó ser un garito que no conocía. Ambiente oscuro y fumador, no todo de tabaco, saltaba a la vista de mi tocha, que enseguida se puso a recordar tiempos mejores y pasados, en plan melancólico. Pedí uno doble de lo que fuese, lo dejé a discreción del barman, quien conocía bien su oficio, cabe reseñarlo, pues con apenas una ojeada a mi rostro cerúleo y demacrado indujo muy acertadamente que tres dedos de JB me vendrían al punto. A tu salud. Para adentro. Otro más...


Al tercero ya veía doble hasta con las gafas puestas, pero el calorcillo de por dentro de las entrañas y el negro abismo de tumefacción de por dentro del cerebro no tenían precio. La ataraxia del beodo. El único paraíso del que todas las Evas han huído... o eso dicen; hay también quien opina que fueron previamente lapidadas.


Trabé diálogo de besugos alcoholizados con el tipo de mi izquierda —¿fue la izquierda?—, con mucha pinta de llevar cocido ya varios días. Susurramos y tartajeamos de lo que se suele entre semejantes interlocutores, ambos dos inmersos en paralela coyuntura, huérfana de coyunda —permítaseme el chascarrillo fácil—. Es decir: un mucho de misoginia y otro poco de postración. Intercambiamos beodas y apenas inteligibles impresiones acerca de nuestras respectivas maldiciones en forma de locas arpías a un coño pegadas.


Para poder reproducir con fidelidad cuanto llegamos a decir de nuestras mujeres aquella noche necesitaría por un lado de una máquina de tiempo, ya que apenas recuerdo de la misa la mitad. Por el otro, claro está, contratar un buen abogado. Así que mejor no ahondar en aguas de dudosa potabilidad, de las que poco bueno y sí mucho dañino para los intestinos podríamos llegar a sacar en claro.


Baste decir que al tipo la suya lo había jodido bien. El drama de siempre. Él enamorado hasta las cachas y ella la mayor mentirosa que ha parido la Historia. Estas palabras sí las recuerdo con meridiana premura, no en vano trajeron de vuelta mi consciencia de las brumas etílicas de la cogorza: “La mayor mentirosa que ha parido la Historia”. "Historia" con mayúscula. Lo dijo. A estas alturas de Humanidad y a aquellas altas horas de semejante turca aquello era sin duda hilar muy fino. Conque algo de agua debía arrastrar el río...


Cuando el barman me levantó la cabeza de la barra para decirme que ahuecara el pobre desgraciado de la Mentirosa ya no estaba. Sólo estaba yo, de hecho, y por supuesto el barman, que me reclamaba la cuenta con asco en el gesto y contundencia en los empellones. Mientras él me vaciaba la visa yo pugné por reencontrarme con mi centro de gravedad... Fue entonces cuando la vi. Una carpeta. La carpeta de aquel desgraciado, pensé, pues se hallaba allí donde poco antes se hallaren —creo— sus brazos dormidos por la melopea. Me la llevé.


Dentro encontré dos puñales y una navaja, los tres de puño y letra, falta saber si los suyos. Lo más probable es que sí. Sendos planes de asesinato imperfecto y otro de suicidio. La realidad seguía girando en sentido inverso al de la rotación de cualquier sentido. Pensé en el tipo, a punto de la locura. Luego pensé en la tipa, su cuerpo sin vida en mitad de una acera. Pensé en la sangre derramada. Pensé en la soga, la sombra inerte de aquel infeliz colgano de ella, balanceándose, un péndulo que no ha de llegar ya a tiempo de nada. Intenté recordar el número de la policía... No hubo manera. De modo que terminé por pensar que al fin y al cabo aquella no era mi guerra.


Volví a casa después de tirar todo aquello a la basura. El árbol navideño seguía en pie y encendido, y estábamos ya a 13... no, 14 de enero. El gato insomne jugueteaba al toque toque de los felinos con las bolas de color oro. Me metí en la cama. Ninguno de los dos pidió perdón. Primero follamos. Después hicimos el amor. Una prórroga de sólo Satán sabe cuánto. Ninguno recuerda ya aquello que nos hizo sagrados. Gana la banca. La vida sigue estando en otro lado.


A esto se reduce todo: desgranar resignados esta cuenta atrás que ni siquiera nos reserva un esplendoroso estallido tras el cero.




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