Si después de la tormenta lo que viene es la calma, después de la guerra, pues, lo suyo es que vengan la degradación, el vicio, el crapulismo. Tiempos salvajes son las memorias alcohólicas y puterescas de un Joseph Kessel recién salido de la Gran Guerra y recién lanzado a la tierna veintena: los años briosos del no parar de mojar. Memorias de entonces, la Primera Posguerra Mundial, la Siberia depravada, las retinas hasta arriba de inhumanas estampas y el sacro escrotal hasta las trancas de amor seminal, eso sí, escritas desde la distancia que otorgan los setenta años, cuando ya entero uno está más hecho una higa que otra cosa y poco importa nada, poco importa todo, conque mucho menos la escritura, o lo que viene después, es decir, la lectura. Es por esto, digo yo, que son —o las barrunto— unas memorias disolutas pero púdicas, libertinaje de baja intensidad. Disipación para todos los públicos, impudicia, antes que nada, velada y melodramática. Kessel no se atreve a decirnos con todas las letras que enamorarse de una cabaretera sifilítica es mal negocio lo mires por donde lo mires, y que puede haber mucha distancia, si se quiere y se pretende, entre el pichabrava y el cabezaloca. Esta boquita pequeña o cobardía rastrera no me parece nada propia, amén de poco francesa. Si un Céline zombi levantase la cabeza a buen seguro le largaba un gordo escupitajo en la mortaja impoluta...
¿Quién habla de diablos? —replicó entornando los ojos—. Para el sabio no hay diablo ni santo, sino fuerzas e inteligencias que tienen el poder de ayudar o causar daño, difíciles de controlar o mortales para los insensatos y cobardes, pero que responden a la palabra adecuada. (p. 103)
Si obrase en mi poder lo que moderna y posmodernamente se viene entendiendo como máquina de tiempo wellsiana, el primero entre mis muchísimos viajes disparatados sería obligar a Roger Corman, aunque fuese a punta de pistola, a perpetrar una adaptación de El agujero del infierno de Adrian Ross. Sería en 1963, después de El cuervo y El terror, y justo antes de El palacio de los espíritus. Vincent Price haría el papel de avieso primo desquiciado y el escotazo siempre estupendo de Hazel Court, el de zorrón italiano; ni que decir tiene que Peter Lorre, entero él untado en betún, haría las veces del negro Pompeyo... Los desbarajustes espaciotemporales derivados de semejante incursión probablemente no derivarían en un presente menos indignante que el que hoy padecemos, pero a buen seguro mucho más cachondo y sicalíptico. Eso sin mencionar que las gaviotas, todas, se habrían extinguido...
Pasear —respondí yo— me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en verso o prosa. Sin pasear estaría muerto, y mi profesión, a la que amo apasionadamente, estaría aniquilada. Sin pasear y recibir informes no podría tampoco rendir informe alguno ni redactar el más mínimo artículo, y no digamos toda una novela corta. Sin pasear no podría hacer observaciones ni estudios. Un hombre tan inteligente y despierto como usted podrá entender y entenderá esto al instante. En un bello y dilatado paseo se me ocurren mil ideas aprovechables y útiles. Encerrado en casa, me arruinaría y secaría miserablemente. Para mí pasear no sólo es sano y bello, sino también conveniente y útil. Un paseo me estimula profesionalmente y a la vez me da gusto y alegría en el terreno personal; me recrea y consuela y alegra, es para mí un placer y al mismo tiempo tiene la cualidad de que me excita y acicatea a seguir creando, en tanto que me ofrece como material numerosos objetos pequeños y grandes que después, en casa, elaboro con celo y diligencia. Un paseo está siempre lleno de importantes manifestaciones dignas de ver y de sentir. De imágenes y vivas poesías, de hechizos y bellezas naturales bullen a menudo los lindos paseos, por cortos que sean. Naturaleza y costumbres se abren atractivas y encantadoras a los sentidos y ojos del paseante atento, que desde luego tiene que pasear, no con los ojos bajos, sino abiertos y despejados, si ha de brotar en él el hermoso sentido y el sereno y noble pensamiento del paseo.
Pisma Myortvogo Cheloveka (1986) de Konstantin Lopushansky
"Es hora de reconocer que toda la Historia de la Humanidad es la historia del suicidio de la materia viva, a la cual la casualidad cósmica le otorgó la capacidad de razonar, y que no supo qué hacer con esta capacidad casual y fatal. Y no le halló mejor uso que la creación de los medios más eficaces para cometer el Suicidio Total. Desde la cuerda de Judas hasta la bomba de neutrones, pasando por el arma genética y la bacteriológica, y quién sabe qué otras armas más. ¡Qué asombroso progreso! ¡El florecimiento de la razón!... El robo es la esencia de la ciencia..."
Cartas de un hombre muerto
Prisma Myortvogo Cheloveka (1986) de Konstantin Lopushansky
sobre el guion de Konstantin Lopushansky, Vyacheslav Rybakov y Boris Strugatsky
Helicóptero sobrevolando Chernobyl (mayo 1986) de Volodymyr Repik
Nuestros perros y los gatos de la calle y hasta los diminutos jilgueros que encerramos en jaulas infames, todas las malditas bestias de este planeta nos ganan por la mano a causa de lo que, ingenuos y prepotentes, pensamos una ventaja, que es la conciencia del paso tiempo, de la mortalidad, del autoreconocimiento. En una palabra: la razón. La razón es nuestro peor mal, nuestra lepra incurable. Nos hace infelices, provoca nuestra amargura. Es demasiado peso, la vida, demasiado sinsentido. ¿Usted ha visto alguna bestia, por pequeña y simple que ésta sea, que no sepa cómo vivir su vida? No... En ellas el instinto lo es todo. Tienden esencial y naturalmente a su fin como un río proceloso. En nosotros, en cambio, todo son meandros y más meandros que no conducen a ninguna desembocadura reconocible: el peso del absurdo de la razón mata al instinto, enseguida perdemos el rumbo y nos desesperamos... Es ahí donde entra en juego la droga, la adicción. El ser humano ha sido el único ser vivo adicto en todo tiempo y lugar. Necesita de ése inespecífico salvoconducto. La adicción oxigena la desesperación y desespesa la angustia, edulcora, hace más llevadera esta espera terrible. Y no me estoy refiriendo única y exclusivamente, que conste, a las drogas duras. Todo el mundo tiene su droga, su adicción, y en eso sí que no hay excepciones. Es lo que Bill Burroughs llamó el "Álgebra de la necesidad". Todo el mundo necesita algo o a alguien. Y la necesidad de ese algo o alguien le permite avanzar en el marasmo empantanado de la vida, a costa, eso sí, de convertirlo a la vez en un dependiente. Todos dependemos de algo o de alguien. Hay quienes necesitan sólo el constante chute de un sólo algo o alguien. Hay quienes necesitan el de muchos... Necesitamos vampirizar y ser vampirizados, porque esa emoción, tan intensa, consigue por momentos rasgar el velo del absurdo y convencernos de que existe alguna suerte de dirección correcta. En mi caso, por ejemplo, están el celuloide y la carretera. Cada una, por separado, dos adicciones que me permiten pasar de un día al siguiente, pero que unidas se alían para conformar mi droga, mi particular soma, el chute máximo. No necesito nada más... La mordedura de la carretera es la mordedura del viaje, del sentirse en permanente tránsito hacia algún lugar, no importa dónde, no importa cuál, porque lo en verdad esencial es no llegar nunca a puerto. El recorrido es la ilusión; llegar a destino es el estancamiento. De ahí la erótica de la carretera, de sus líneas discontinuas y sus cruvas ciegas, de su no final... Y para el celuloide, más o menos lo mismo, filmamos y nos filmamos para fijar nuestra sombra en la película, nuestro tiempo en la vida, nuestra singular e intransferible huella en la luz. Fijarnos materiales pero a la vez traslúcidos en el tiempo. Ésa es su mordedura, su marca vampírica... Por eso filmar la carretera es esculpirnos en el tiempo eterno del viaje infinito, del tránsito perdurable. Una ilusión, como la propia adicción, que es en sí otra ilusion, la falsa sensación de sentido. Pon el pie en el freno o quema la película y todo eso se habrá evaporado. No hay nada detrás ni nada debajo ni nada alrededor. Sólo tú y tu sombra y tu insoportable fardo de tedio... Por eso si llega el día que no puedo salir a la carretera, el día que no puedo empuñar la cámara, ese día se habrá terminado todo; entonces sí, entonces cogeré una jeringa y me inyectaré el más rápido veneno que pueda encontrar... Y cuando ya sólo sea carne negra y muerta, en pleno proceso de descomposición, los gatos callejeros seguirán a lo suyo, deambulando en torno a mi cadáver, sin sombra alguna de duda en la sabiduría de sus estómagos y sus gónadas...
El nombre de mi herida es inasequible al lenguaje, no describe órbita ni acata humana cartografía. El nombre de mi mal es una exhibición ininteligible de vísceras espirituales. Mi enfermedad es el vientre abierto de una araña alienígena.
"¿Había dejado la tele encendida? Ni siquiera recordaba haberla puesto en marcha, en un canal de que emitían uno de aquellos programas de juicios que estaban de moda, el Juez nosequé o nosequemás, los jueces reducidos a caricaturas (un neoyorquino brusco y sarcástico, un tejano con mucho acento), los participantes tan imbéciles que aprovechaban la más mínima ocasión para que su imbecilidad se emitiera por todo el país, o tan despreocupados que no tenían ni idea de lo que hacían.
Una cosa más que fatigaba a Bernie.
No lo sabía: ¿había cambiado él o era el mundo que lo rodeaba el que había cambiado? A veces apenas lo reconocía. Como si acabara de bajarse de una nave espacial y se dedicara a reproducir los movimientos de los demás, tratando de pasar desapercibido, haciendo la mejor imitación posible de un terrícola. Todo se había vuelto tan pobre, tan ordinario, tan vacío. Hoy en día, te comprabas una mesa y te daban un contrachapado de dos milímetros. Te gastabas mil doscientos dólares en una silla y ni siquiera podías sentarte en ella, joder."
Hay algo de irresistible canto de sirena en el Gran Sur, ese desierto helado, confín de la Tierra que fluye ajeno a la razón de los hombres, a la que, no obstante, seduce y arrastra sin remedio con promesas de tragedia, de martirologio, de paisaje final. Ebrios de perdición y locos de eternidad, buscamos en su centro petrificado la medida de nosotros mismos, justo allí, de donde mana el silencio, el Gran Silencio, la Respuesta Umbría, esa muerte sin prisa.
The Great White Silence (1924) de Herbert G. Ponting
Adolf Krogh: Así pues, se podría decir que estamos hablando de una suerte de "Encrucijada moral", por así decirlo, que está muy presente a lo largo y ancho de toda su obra, en ocasiones de forma más o menos velada, más subterránea, y otras veces de una forma muy explícita. Sería el caso, por ejemplo, de El tercer hombre, en el que usted describe de forma muy concreta la derrota del Amor y la Amistad a manos de la Ética. Como si lo correcto, hacer lo que está bien, estuviese muy por encima de los sentimientos, cuando éstos caminan en una dirección distinta...
Graham Greene: En principio, todo eso que usted señala puede muy bien encontrarse en el libro, es una lectura, desde luego. De todo modos, fíjese, a mí esa historia me interesaba desde otra perspectiva, que no era otra que la terrible y esencial injusticia que en tantísimas ocasiones emerge del carisma. Ahí tiene a Harry Lime, un tipo con carisma, o mejor: el Hijo del Carisma... Cae bien a todo el mundo y no encontrará quien tenga una palabra mala de él, pero es un miserable en el fondo, un ruin advenedizo, del todo inmerecedor del amor de Anna y la amistad de Martins. Y gran parte de ese culto, esa veneración incondicional que ambos le profesan emerge natural y esencialmente del carisma de Lime, tiene ése don... Eso lo supo incorporar a la perfección Orson Welles en la adaptación cinematográfica, transmitía ese carisma en cada plano. Te decías: he aquí a un tipo con todo lo que hay que tener... ¿Pero cuál es resultado final? Que Martins, que actúa movido por el amor primero y por la moral después, y muy a su pesar, sabiendo que está traicionando no a su amigo, sino el concepto de amistad; un tipo, en definitiva, como cualquiera, que no tiene el carisma de Lime, que tiene el carácter justo para ir tirando por la vida mal que bien, acaba despreciado por la mujer que ama: un Judas. Un delator... Es la prueba de que en este mundo llegan mucho más lejos las sonrisas perfectas y bien cuidadas, por más mentiras y lenguas viperinas que guarden detrás. La confirmación de ese dicho popular que reza que más vale caer en gracia que ser gracioso... Por eso me gusta tanto el pasaje de la conferencia literaria. Martins es escritor. Escritor de novelas baratas pero escritor. Probablemente vendió más ejemplares de su Jinete Solitario de Santa Fe que Joyce de sus Dublineses, pero aquella gente sólo tenía la boca llena de Joyce, Joyce, Joyce... Y Joyce ni siquiera hubiese estado allí, o, de estarlo, habría cogido el primer vuelo de regreso. Pero Martins se queda por amistad primero, y por amor después. Se mete hasta el cuello en el fango y acaba destrozado. Un delator con el corazón roto, cierto, pero también el héroe moral de la historia..., aunque muy probablemente ésa no sea ninguna clase de consuelo para Martins.
Adolf Krogh: Sin embargo, en el guion de la novela que escribió para Carol Reed usted no tiene inconveniente en matar a Payne al final de la historia: sacrifica al primer fan de Martins y de las novelas baratas, que hizo posible, mediante su intervención indirecta, que al final toda la historia progresase, que Martins abriera los ojos y Lime recibiera su merecido. En otras palabras, podríamos decir que usted castiga al lector, al lector de novelas baratas...
Graham Greene: Qué puedo decir... La vida es una cabronada... Y en cualquier caso Payne muerto y sus novelas baratas tiradas a la basura me siguen cayendo mucho mejor que cualquiera de los intelectualoides que poblaban aquella conferencia, con sus bocas a reventar del venerado Joyce, Joyce, Joyce, al que seguramente ni siquiera habían leído... En puridad, ahora que lo pienso, todo El tercer hombre es una invectiva contra la impostura del carisma y del talento. Digámoslo claro y de una vez: la gente brillante apesta...
Extracto de la entrevista a Graham Greene en Österreich Kultur, nº 66, abril 1958