Resistencia en el flanco débil

agosto 21, 2008

"Mundo Sumergido": Último verano de lujurias y azoteas



Nueva edición de "El Mundo Sumergido", en ocasión de la recién inaugurada exposición del CCCB, dedicada a Ballard



En Ballard la sombra del hongo nuclear de Nagasaki es alargada, su fantasma recorre de forma más o menos implícita el conjunto de sus libros, siendo hasta tal punto así que uno echa en falta una mejor traducción al castellano del título de su primera novela, El Mundo Sumergido -ya que el propio Ballard renegó siempre de El Viento de Ninguna Parte, su auténtico primer libro-, en inglés, Drowned World: el mundo ahogado. Por el agua, obviamente. Pero también por la radiación: "Dejó la laguna y entró de nuevo en la selva, y al cabo de unos pocos días había perdido el rumbo y caminaba a orillas del agua hacia el sur, bajo el calor y la lluvia crecientes, atacado por caimanes y murciélagos gigantescos, como un segundo Adán en busca de los olvidados paraísos del sol renacido". De hecho, toda mención del sol en Ballard no parece remitir nunca a nuestra estrella astronómica, sino a los abismos de luz lanzados contra Japón en 1945. En Ballard toda fuente de luz y calor es, ante todo, "radiación".


Es precisamente la entronización del sol, esa deificación de la radiación, la base argumental de Drowned World. Un inusitado incremento de la actividad solar produce el aumento de la temperatura en el planeta y el consecuente deshielo de los casquetes polares y las nieves eternas. El agua dulce anega la civilización en pocos años y el calor extremo hace imposible la vida en la mayor parte del globo. Un cada vez más reducido grupo de seres humanos consigue sobrevivir en las regiones septentrionales, cercanas al polo norte, donde la temperatura es aún soportable, libres aún, no se saber por cuánto tiempo, de las terribles tormentas y huracanes que asolan las regiones tropicales, que ahora se han extendido prácticamente a todo el planeta. La humanidad languidece lentamente en un estío sin fin... El Sol, antaño valedor de toda vida, decide imponer unilateralmente una dictadura de radiación que acabará a la larga con la mayor parte de formas de vida en la Tierra -incluida el hombre-, exterminio del que sólo parecen librarse la jungla mutante y los reptiles gigantes.


Porque Mundo Sumergido es una historia de extinción: "La temperatura se había elevado considerablemente, y Kerans pensaba que había viajado por lo menos doscientos killómetros hacia el sur. El calor lo invadía todo de nuevo, con temperaturas de cincuenta grados. Kerans se resistía a dejar la laguna de playas desiertas y el anillo silencioso de la selva. Sabía de algún modo que Hardman moriría muy pronto y que él mismo no podría sobrevivir en las junglas del sur". El fin inminente de Kerans se ha de convertir a medio plazo en colapso universal; la extinción de la especie. Ballard juega al despiste durante gran parte de la historia -no sé si conscientemente- hablándonos de una incipiente "involución psíquica", una readaptación al nuevo medio en forma de incursión neural en lo hondo de nuestros archivos genéticos. Las temperaturas y radiaciones extremas sacando a flote los códigos de tiempo impresos en nuestro genoma, fruto de miles de años de evolución, avocándonos a una regresión natural como especie en un intento desesperado por adaptarnos al nuevo ecosistema o morir: "No nos dejemos engañar por la brevedad de la vida del individuo. Cada uno de nosotros tiene la edad de todo el reino biológico, y nuestras corrientes sanguíneas son ríos que desembocan en el vasto océano de la memoria de ese reino". Los personajes de Mundo Sumergido, cada vez más "ahogados", más "asfixiados" en esa tiranía de radiación, empiezan a ser víctimas de sueños -que no son tales, que más bien parecen "antiguos recuerdos orgánicos de millones de años atrás"-, y a desarrollar una reorientación de la personalidad, dirigida al pasado, apuntada al reptil, abandonándose a la inacción y la abulia, sometidos a la humedad y el calor terribles, prácticamente como largartos tostándose al sol.






Edición de la mítica -y horrífera- colección Galaxia Ciencia Ficción de editorial Vértice, pagué por ella 25 pesetas en un rastro, se cae a pedazos...




No es casualidad, por tanto, que Ballard nombre a los reptiles de nuevo herederos de la Tierra tras este silencioso, agónico, térmico apocalipsis; en ellos predomina ese "cerebro reptiliano" -concepto tan caro al escritor británico- que en el hombre, por contra, es tan sólo una evolución pretérita, un estadio superado y oculto bajo el dominio de la autoconsciencia y de un pensamiento privilegiado. Pero ha regresado el tiempo de los lagartos, y con él la sentencia para el homo sapiens, que siente la llamada del Sur, el instinto del Sur, como esas ballenas moribundas sintiendo el canto de sirena de la última playa, la playa terminal; viajar hacia el sur implica la desmbocadura, el fin de la camino. El ocaso. Que es a la vez el descenso al tiempo ubicuo y expandido, la ataraxia del último atardecer: "Kerans sentía entonces una angustia exquisita y tierna, y anhelaba que este descenso por el tiempo arqueopsíquico llegara a su fin, tratando de no pensar que en ese entonces el mundo exterior se habría transformado en algo extraño e insoportable (...) Pero ambos estaban cada vez más encerrados en sí mismos, descenciendo al tiempo total".





Ediciones originales de 1962 y 1966




Las historias de Ballard destilan un mucho de crepúsculo, el mundo, la realidad tal y como sus personajes la conocían se apaga mientras una fuerza innominada empieza a removerse en su interior, pugnando por iniciar una aventura psíquica de insospechados alcances; el colapso del paisaje exterior desencadena el desarrollo tumoral del espacio interior, no siempre maligno aunque sí fuera de toda escala humana de valores. Las crisis ballardianas implican un dejar de ser humanos. En ocasiones es un simple y conciso dejar de ser, como en Mundo Sumergido; otras un dejar de ser humanos para ser otra cosa, como sucede en Crash. El concepto de "nueva carne" debe casi tanto a Ballard como a Cronenberg, era lógico que ambos acabaran encontrándose...


Con todo, Mundo Sumergido deja qué desear en algunos aspectos, Ballard no está aún en ese momento dulce como narrador y creador de malsanas arquitecturas psicológicas que alcanzará una década después con su "trilogía urbana", formada por Isla de Cemento, Crash y Rascacielos, cuyo turbador prólogo, Exhibición de Atrocidades, es todavía hoy un libro inclasificable. En Mundo Sumergido, en cambio, todos los personajes, a excepción de su protagonista y narrador, Kerans, están esbozados con esa misma desgana y abulia que parece adueñarse de ellos en la novela; sin apenas desarrollo y evolución, su contribución es demasiado pobre. El mejor ejemplo es la figura de Beatrice Dahl, auténtica mujer-florero cuya simbología en la narración equivale a cero, y cuya única función en el libro parace ser mantener un idilio con Kerans, amén de representar el típico y tópico papel de frágil e indefensa dama en peligro... Aunque el peor lastre de la novela es, con diferencia, la figura del albino Strangman y su tropa de negros cazadores de tesoros submarinos -¡blanco y negro!, menudo maniqueo contraste...- Este Ballard primerizo en la larga distancia, quizá consciente de que estaba escribiendo una novela en la que "no pasaba nada", sintió la necesidad de "asegurar" el tiro introduciendo las prescindibles fechorías de Strangman y sus gratuitas orgías de cráneos, directamente sacadas del Señor de las Moscas; un poco de acción a mitad de libro, en suma, para saciar el apetito de editores y lectores ortodoxos. Con el paso de los años y las novelas Ballard conseguiría convertir en sello personal esa -tan sólo- aparente "inacción" en sus novelas. Y siempre es curioso en este sentido acabar encontrando aquí o allá por leer críticas al autor británico por la morosidad con la que desarrolla sus tramas, cuando ésta es precisamente una característica esencial de la narrativa ballardiana, en la que la acción siempre se desarrolla en el interior de los personajes, no en el exterior. Acción, por tanto, psíquica, neural, y como toda evolución -o involución- a nivel mental; desapercibida, lenta y progresiva, casi siempre, también, irreversible.


A cambio de estos desequilibrios e inseguridades narrativas, Ballard es ya a los 30 años el poderoso creador de imágenes que conocemos: "Tarde o temprano una de las tormentas térmicas caería sobre la embarcación y la anclaría para siempre en una calle sumergida, a treinta metros de profundidad"; "Durante las noches siguientes, en sueños, Kerans había visto a Riggs vestido de Guillermo Tell, arrastrándose por un vasto paisaje daliniano, plantando pastosos relojes, como dagas, en una arena fundida"; "Eran ya las siete y treinta y la luz brillante del sol que se reflejaba en la laguna metía los dedos en la habitación oscura como un codicioso monstruo dorado"... Pura poética ballardiana, nunca exenta de ese singular tono decadente y enfermo.






La portada de la izquierda se acerca vivamente al texto de Ballard, la de la derecha, de Penguin, es sospechosa: empieza uno a ver claro de dónde se sacaba Martínez Roca sus diseños...





Mundo Sumergido, en definitiva, inicia la tetralogía ballardiana sobre las catástrofes -vendrán después La Sequía, El Día Eterno y Mundo de Cristal- a un nivel más que notable pese a sus rémoras, rebatiendo, a mi juicio, a quienes tachan esta su primera tentativa sobre la larga distancia de aburrida o tocada por la indefinición, sobre todo si se tiene en cuenta que hasta el Ballard más asequible -como podría ser éste- exige siempre del lector un plus en capacidad de extrañamiento, así como cierta voluntad de abismación en lo perverso.


Tan es así que el mismo Ballard, consciente de que su obra habría de ser una isla desolada en mitad del panorama narrativo de su época, quiso desmarcarse de sus coétaneos ya en su primera novela, autores de ciencia ficción en su gran mayoría más preocupados por el futuro del hombre más allá del planeta Tierra que por las potencialidades encerradas en su propia mente: "Examinó a Kerans críticamente, mientras el doctor esperaba que le pusieran la escafandra. Diseñada para inmersiones de no más de diez metros, era una bola de plástico transparente, con dos barras metálicas laterales, y permitía una visibilidad máxima.- Le queda bien, Kerans, parece usted un hombre del espacio interior". Quizá Ballard ya sospechaba entonces que por mucho que la ciencia ficción se empeñe en augurar lo contrario, nunca saldremos vivos de este planeta...


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