Resistencia en el flanco débil

abril 07, 2010

Ewald Tragy de Rainer Maria Rilke




La primera vez que Ramonchu vio una foto de Rilke pensó que era Rasputín, vio la foto y se dijo, ¡coño!, ¡Rasputín!, pero no, resultó ser Rilke, y así ocurre desde entonces que cada vez que Rilke aparece en la vida de Ramonchu, de algún modo, adherido a su nombre, al de Rilke, termina por suceder siempre el de Rasputín. En versión de Christopher Lee.

De este modo, cuando Ramonchu vio la portada en cianotipo de Ewald Tragy, no pudo dejar de acercarse a echar un vistazo. Cogió el pequeño volumen y se quedó mirando el rostro de Rilke, todo desafío hacia el objetivo de la cámara, dando jaque y mate una vez más a la muerte desde el limbo de la insustancia y el no tiempo. Fue entonces cuando sucedió: Ramonchu se dejó arrastrar hacia su viejo quiste mental asociativo: "Hay que ver cómo se parecía este cabrón de Rilke al jodido Rasputín, oye..." Y acto seguido dejó el libro donde estaba, encaminando después sus pasos hacia la sección de cine y fotografía, no en vano andaba desde hacía días con la idea de hacerse con un ensayo sobre cine peplum, falsos romanos en technicolor transitando ciudades y templos y circos de piedra blanca, sin pintar.

Así fue como Ramonchu nada más quiso saber de Ewald Tragy, que es una historia sobre la vieja maldición del dandismo intelectual y sus miserias. Una historia semiautobiográfica, según parece, en la que Rilke es el mismísimo Ewald Tragy, joven poeta con aspiraciciones a lo Eterno que cree necesitar la gran ciudad y la bohemia para poder crear, pero que una vez allí, no crea; mientras Thalmann, que representa a Jakob Wassermann, antítesis de Tragy, su doble negativo, su íntimo enemigo, no tiene tiempo para lamentarse de lo duro y dramático que es vivir de espaldas a la inspiración cuando uno es un escogido, ya que lo necesita todo para escribir, escribir, escribir.

A cada poco, los cristales crujen como a hurtadillas cuando el viento se apoya en ellos, como témpanos en el deshielo. Y por fin, Tragy pregunta:
—¿Por qué me trata usted así? —con un aspecto anormalmente enfermo y triste.
Thalmann fuma con avidez:
—¿Tratar? ¿Llama a esto tratar? Realmente es usted moderado. Pero si le muestro con toda claridad que no tengo ninguna intención de tratarle en ningún sentido. Si usted quiere que yo me sitúe junto a usted, sí o sí, primero deberá quitarse la costumbre de pronunciar esas palabras, esas pomposas palabras; no las quiero.
—Pero ¿quién es usted? —grita Tragy, y de un salto se pone delante del ennegrecido, tan cerca, que parece que vaya a darle una bofetada. Y temblando de rabia—: ¿Qué le da derecho a pisotéarmelo todo?
Pero ahora las lágrimas ya le zarandean la voz y le dominan y le dejan ciego, débil, le abren los puños.
El otro le empuja suavemente contra el sillón y espera. Al cabo de un rato mira el reloj y dice:
—Déjelo estar ahora. Usted debe irse a casa y yo debo escribir, es medianoche. Me pregunta que quién soy yo: yo soy un trabajador, míreme, uno con manos agrietadas, un intruso, uno que ama la belleza, pero que es demasiado pobre para ella. Uno que necesita sentir que se le odia para cerciorarse de que no se le compadece... Absurdo, por cierto.
Y Tragy levanta los ojos ahora secos y calientes, y mira fijamente la lámpara. "Está a punto de apagarse", piensa, y se levanta y se va.
Thalmann le alumbra el estrecho tramo escaleras abajo y a Tragy le parece que no tiene fin.

Ewald Tragy
Rainer Maria Rilke (en versión de Miriam Dauster)
Ramonchu mira sin ver, busca pero no encuentra, al cabo se da por vencido y pregunta en el mostrador, pero el libro al que le tenía echado el ojo ya no está, fue devuelto la semana pasada. De modo que lo encarga no sin cierto mohín de agravio en el rostro. Y sale, al fin, de la librería, sin pensar en Rilke, así que tampoco en Rasputín, desconociéndolo todo, probablemente para siempre, sobre Ewald Tragy y su historia, que habla alto y claro: el acto creador nada sabe de tiempos y lugares míticos, charlatanas bohemias o cafés literarios. El acto creador es uno, solo y cruel, picando hora tras hora contra el granito de sí mismo.
Luego Ramonchu entra en una cafetería y pide lo de todos los días, café con leche y una porción de tarta de queso con arándanos.


4 comentarios:

  1. Bueno, me da a entender que un hombre en busca de inspiración acaba por topar consigo mismo, de modo que él es su fuente más satisfactória.

    Mires donde mires también encuentras personas que padecen el síndrome del artista.

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  2. Espero que aquí nadie tenga la osadía de compararse con R.M Rilke... Porque entonces... ¡¡estamos perdidos!! Espero haberlo entendido mal... Porque si la banalización, el exhibicionsimo de los que creen que tienen talento literario (o juicio literario para opinar sobre él) vampirizando a los que sí lo tenían... pues eso, realmente estamos perdidos..
    Poner a Rilke y su "Ewald Tragy" debajo de un título como 'Vida puta y ¿¿sin talento??' y no soltar más que lugares comunes... ¿Eso todo lo que podéis dar de sí? No recordáis aquello 'tan manido' de: Más vale estar calladao cuando no se tiene nada que decir..., pues eso. Menos hablar y más reflexionar.

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  3. Espero que, por lo menos, tengas la valentía (ya que presumes de autocrítico) de publicar la nota (anterior) sobre E.Tragy...

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  4. Estimado o estimada “Anónimo”:


    Señalarle, por lo pronto, que no sólo he publicado su primer comentario, también su segundo, en el que me sospecha cobarde y pone en tela de incertidumbre mi valentía. Sepa que yo, por lo común, publico todos los comentarios que aquí se me dejan, sean del cariz que sean, eso sí, a excepción de los insultos directos y exabruptos, que por fáciles y por inelegantes acaba siempre durmiendo el sueño de los justos en el fondo de la basura.

    Y todo que tengo también por hábito no contestar a los comentarios firmados y suscritos por aquellos que no suscriben ni firman sus palabras con un nombre, el que fuere, le diré que si quiere hablar de valentía, si quiere hablar de cobardía, por extensión, mírese la suya primero, su cobardía o en enmascaramiento, antes que nada, pues no vale para mí quien tira la piedra y esconde la mano, la cara, el nombre o el pseudónimo. Yo aquí firmo y suscribo todo cuento escribo, cosa que en cambio usted no puede decir, así que todo eso que le llevo por delante.

    En respuesta a todo cuanto me ha escrito en su comentario, decirle, sencillamente, que se me antoja un lector o una lectora que no sólo no sabe o no quiere leer entre líneas, ni siquiera es capaz o le da la gana leer las “líneas” mismas, así en plan superficial. Desde luego hay que tener muchas ganas de liarla, muchas ganas de tirarle a alguien el “tomahawk” a la cabeza, tras leer un texto como el que he escrito sobre Ewald Tragy, en el que todo es humorada.

    Igual que hay que ser de una estrechez de miras rallana en la estulticia para pensar que porque un blog se llame como se llame, todo cuanto en él se escriba ha de ir por fuerza en consonancia con su nombre. Este lugar se llama “Vida Puta y Sin Talento” porque así me lo dictó el forro de mis innombrables. Igual pude haberlo llamado “Los regüeldos de Satán” como “Los esputos sangrantes de Laurids Brigge, el tísico”. Que el título sea o le parezca malsonante o sin mérito o incluso ladino no tiene por qué implicar que su contenido lo sea también. Lo suyo sí es reduccionismo y generalización y lo demás son tonterías.

    Me sorprende en grado sumo que levante gritos y pancartas de “más reflexionar y menos hablar” cuando usted mismo no a hecho, con su comentario, otra cosa que enseñorearse en el excelso uso de la bocaza, el verbo necio por antonomasia. Y aún pensará que eso de ver la paja en el ojo propio es algo que le queda grande, que eso es para los demás…

    Ya para despedirme, sólo significarle que parece usted persona de poco o ningún sentido del humor, lo que no puede dejar de sentirse y entenderse como una fatalidad en general, cuyas nefastas consecuencias, no obstante, juegan en su contra particular y la de todos cuantos le rodean, pobres. Con que ríase más, copón, que la vida son dos días de mierda. Tal vez así deje de amargársela —amargárnosla— al resto.



    Salud.

    Javi Iglesias.

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