Resistencia en el flanco débil

enero 26, 2004

El vampiro de las emociones

En Soy leyenda, la mítica novela de Richard Matheson, la humanidad terminaba convertida al vampirismo, y su protagonista, Robert Neville, el último hombre vivo sobre la faz de la tierra, precisamente por dedicarse a cazar vampiros, acababa por transformarse en un monstruo para los propios monstruos, una figura terrorífica a la que los vampiros temían, de igual forma que los hombres de ayer —¿y hoy?— temieron —¿y temen?— a los vampiros de antaño. Las tornas se habían cambiado pero el esquema permanecía imperturbable.

El monstruo está en nosotros, enterrado a mayor o menor profundidad según la persona, pero ahí está, como un Hyde durmiente en espera de la mágica poción que lo haga despertar. En algunas ocasiones ese monstruo aflora, termina por emerger de las aguas de la inconsciencia tomando las riendas del individuo, y así el acre aroma del horror empieza a filtrarse por nuestras ventanas. Entonces experimentamos el miedo, el pavor; externamente, tememos por nuestra propia integridad, nos asusta la carga de muerte con la que ese horror puede tocarnos; internamente, constatamos inquietos en ese otro, ese extraño, ese monstruo, aquello en lo que todos podríamos llegar a convertirnos.



En La sabiduría de los cocodrilos, película poco conocida y bastante recomendable —cuyo final es además un nada velado guiño a la escena clave de Blade Runner, con Jude Law en un tejado inundado en brumas, salvando a su víctima en el último instante de la caída al vacío, crísticamente atravesada su mano, igual que el replicante Roy Batty, ambos tocados de muerte—, encontramos la revisión de algunos de los lugares comunes en la mitología vampírica, modernizados y puestos al día, y enfocados desde una óptica bastante atractiva. El personaje encarnado por Jude Law es, al igual que el Conde Drácula, un vampiro que desde antiguo se alimenta de la sangre de mujeres que caen en sus redes de irresistible conquistador. También como Drácula parece tener poderes y facultades sobrehumanas. Y, por supuesto, también como el noble rumano empalador, necesita alimentarse de esas mujeres, necesita de su sangre para subsistir, porque sin ella su cuerpo se desmorona, termina por sucumbir. Quizá las mayores divergencias entre ambos personajes estriben en que el vampiro del film de Po-Chih Leong, ni es un no-muerto ni tampoco la luz diurna parece producirle ningún tipo de "alergia"...


Así pues, a grandes rasgos, el Jude Law de La sabiduría de los cocodrilos podría antojársenos como una transposición relativamente innovadora de la temática vampírica clásica pero con nuevas ropas —diseño de producción y vestuario están muy cuidados, puede que hasta rozar el esnobismo, eso sí—. Pero podríamos, si quisiéramos, ir un poco más allá... Tenemos al único, al singular Law-Grlscz, un ser que de sí mismo dice: "Soy una especie única, una criatura, un cocodrilo que necesita un trabajo, que necesita una cuenta bancaria; un lugar donde vivir. Soy un error". De hecho, según su propia creencia, los seres humanos, "no tenemos sólo un cerebro, tenemos tres. Uno que es humano, montado sobre uno que es de mamífero, montado a su vez sobre otro que es de reptil". Si ignoramos las sucesivas corrientes culturales que han acostumbrado entender el vampirismo como una enfermedad de la sangre, del alma, o de la fe religiosa, podemos concebir esta nueva forma de vampirismo antes como una anomalía orgánica que como una enfermedad; es decir, una reliquia biológica. Law-Grlscz es un estadio no evolucionado o involucionado de nuestra especie en el que, en lugar de dominar el cerebro humano, domina el reptiloide; el cerebro de cocodrilo. Y, lejos de alimentarse de la sangre de sus víctimas, su comida son las sensaciones, las emociones que saborea en su sangre; desesperación, rabia, decepción, amargura, incluso amor. Quizá por esa razón, él, que es consciente de su naturaleza pero que al tiempo, como todos nosotros, no acaba de entenderla, de aprehenderla en su totalidad, cree que tomando la sangre de quien le ama profundamente por encima de todas las cosas encontrará cura a su mal. Un mal que no es tal, que no es enfermedad pues forma parte de él mismo, porque el cocodrilo es parte intrínseca de su esencia, y no hay medio de negarlo. Pero aun así él se engaña y busca la relación perfecta que lo redima, que lo salve de la maldición que es su vida. En este sentido, supongo, todos somos también, como él, vampiros sentimentales, psíquicos; buscando siempre en el otro el alivio a nuestro absurdo existencial, anhelando en él todo aquello que nosotros no podemos alcanzar ni ser, todo aquello que tal vez jamás podremos ser ni poseer. Nuestro corazón, pues, puede llegar a ser, cómo no, vampírico... monstruoso.


Por un instante podemos llegar a pensar que el amor será suficientemente fuerte, verdadero y sincero como para que el ser humano gane el pulso al reptil, pero al final el instinto de conservación de la bestia lo echa todo a perder, ganando el desafío. El Law-Grlscz, vampiro de sensaciones, asimilador de facultades, coleccionista de amantes, muere en un último intento por cazar a la rebelde presa que le permitiría sobrevivir. Al fin y al cabo ése y no otro era su destino... Como eslabón final de una cadena evolutiva renegada, su extinción era tan sólo cuestión de tiempo, y la muerte, a sus ojos, no podía ser tomada sino como una liberación.

Pero recordemos, no obstante, a Richard Matheson y su Soy leyenda. Lo que una vez fue lo normal, lo ordinario, puede llegar a convertirse en el monstruo singular y terrible; la semilla está en nosotros. El Law-Grlscz de La sabiduría de los cocodrilos fue el canto de cisne de lo que pudimos ser si no hubiésemos tendido hacia la humanidad, pero nada nos asegura que el próximo Law-Grlscz que aparezca no acabe erigiéndose en el modelo a seguir por las generaciones venideras... y así, las máscaras volverían a cambiar de rostros, pero la ambivalente esencia, mezcla de hombre y reptil, seguiría formando parte intrínseca de todos.

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