Me he bebido esta novela gráfica de una sentada, la mar de bien, aunque el tema que trata sea tan la mar de mal, o ni eso, la mar de normal, de triste, de amargo, la mar de la vida misma, vamos. Reiraku va de hacerse lo que va después de hacerse adulto, de ir asumiendo mal que bien, que el periodo esplenderoso ya pasó, y ahora lo que queda es en mayor o menor medida, la desilusión en casi todo, el inicio del en apariencia tan lento pero en realidad tan rápido declive de todas las cosas que fuimos y las cada vez menos cosas que nos quedan por ser. Hacerse estrecho día a día. Empequeñecerse ante el cuchillo romo de los días abrasándonos el cuero cabelludo. Órbitas cada vez más bajas y más aceleradas sobre el pozo helado.
También va de los creadores, por supuesto, y de su egoísmo e individualismo, que son, me parece, innatos y probablemente sustanciales a la condición misma de espíritu creador. Y de su locura. Aunque también hay locura en los espíritus no creadores. Todo el puto mundo está loco a su manera. Y una de las diferencias esenciales, tal vez, resida en que los locos creadores expresan y escupen su locura al restos de sus semejantes, mientras el resto de semejantes y locos simplemente se limitan a vivir dejando que su singular locura los vaya royendo por dentro, a ellos y a todos los otros locos expuestos a su radio de alcance emocional.
Y Asano sabe bien cómo retratar las interacciones entre locos de una naturaleza y locos de la otra, y cómo a veces un par de palabras arrojadas a la cara como el que te tira una palangana de agua hirviendo, dichas en el momento justo de la vida y pronunciadas por quien crees más importante en ese momento de la vida, pueden determinar tu destino y tu carácter de mierda para el resto de tus años en este mundo, sin que siquiera tomes verdadera consciencia de que acabas de trasponer tu cenit, y de que ya todo lo que queda por delante, siendo aún tanto, sólo va a ser desmoronamiento.
Ningún segundo en este mundo es inofensivo. Ninguna palabra, inocua.

