Resistencia en el flanco débil

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octubre 26, 2024

Carcoma (2021) de Layla Martínez

 


    Vaya por delante que este me parece un libro trascendente, no sólo por su valor intrínsecamente literario, que es mucho, también y probablemente incluso más por la altura de su vuelo como fenómeno más allá del puro texto. Optar a ganar el National Book Award con esta pequeña novela de terror, probablemente el mayor galardón de las letras estadounidenses, no es ninguna minucia. Porque se trata de una primera novela. Porque su autora cuenta sólo 37 años. Obviamente, porque el libro está escrito en lengua no inglesa. Porque transcurre en una Cuenca profunda que allá, en las Altas Américas, ni siquiera es topónimo que pueda calificarse de antípoda, aunque en realidad, y a la postre, comprobaremos que no sucede en lugar ninguno. Y, sobre todo y final, porque, al menos en apariencia, es un libro de género, y se vende como tal, aunque nuevamente a la postre esta adscripción podría cogerse muy con pinzas.

    «Carcoma» es la historia de un matriarcado maldito. La historia de cuatro mujeres, cinco en realidad, porque la Casa es también mujer, y probablemente la madre y semilla de toda la estirpe, esclavas del odio, que las roe por dentro hasta consumirlas, hasta dejarlas en el frágil y podrido esqueleto, como la carcoma del título. Mujeres atrapadas en una una casa también maldita, que no las suelta sino es para hacerlas desaparecer en el limbo, ya que ni siquiera muriendo podrán escapar a su yugo espectral.

    El libro de Layla Martínez habla de la extorsión silenciosa, y de cómo su inmediata consecuencia, el odio, escanciándose gota a gota en el interior de sus protagonistas, acaba tomando cuerpo y sangre en forma de venganzas, magia negra y horror sobrenatural. La extorsión del patriarcado. La extorsión de las clases pudientes. La extorsión del paisaje vaciado. Y, cómo no —y para variar, ya tardaba, siempre lo mismo...—, la extorsión de los vencedores de una guerra civil que lo impregna todo de indecencia, y son esta Tierra y este suelo contaminados de ignominia y vergüenza, sobre los que se asientan los cimientos de una casa cuya sombra arrojará desgracia tan adentro como afuera de sus paredes durante generaciones.  

    Como decía al principio, no le puedo poner ni un pero al libro, creo que hace muy bien todo lo que pretende y, por supuesto, ha conseguido muchísimo más de lo que seguramente imaginaba, obviamente si una historia traspasa fronteras de la forma que ésta lo ha hecho es porque toca las teclas adecuadas, y la música suena bien en muchas cabezas.

    Diferente es que mi cabeza está ya muy trastornada, y cuando yo me asomo a este libro, ante todo y sobre todo, es porque se trata de una historia de casa maldita no anglosajona, y cuando termino el primer capítulo, maravillado, diciéndome que al final hasta va a ser verdad que lo es, de auténtico terror, con su casa maldita y todo, ¡y en castellano ibérico nada menos!, nada de lo que viene después está al nivel de las expectativas suscitadas.

    Habrá que seguir buscando... En Daria Pietzrak. Quizá...

 

 


octubre 15, 2024

Más tenebroso de lo que piensas (Darker than you think, 1948) de Jack Wiliamson

 

 


    Muchos años yo detrás de un queriendo y no pudiendo acometer esta novela. Seguro que si hubiese albergado en mí el poder de transformarme por las noches en un perrancano lobisome de los infiernos, como sí hace su protagonista, me la hubiese ventilado en menos de lo que se tarda en levantar la pata y marcar de meados esa farola de ahí...

    En principio esta novela es una reescritura del mito licantrópico. O un esclarecimiento. Un vestir el mito a la luz del siglo XX, que, en cierto modo y si me apuro, acaba siendo en esencia un teñirlo de blanco con agua oxigenada hasta dejarlo casi exangüe. 

    La luz de la razón del siglo de la violencia y de la era atómica dice, por ejemplo, que el hombre lobo, el hombre bestia, nuestra Hyde mitad, tan potente y latente como irracional, puede reducirse a leyes de matemática y enunciados de antropología. Not bad.

    Jack Williamson, escritor eminentemente de ciencia ficción, intenta con la figura del lobo hombre un poco lo mismo que hizo Richard Matheson en «Soy Leyenda» con el vampiro, pero sólo le sale a medias, es decir, que le sale la mitad en la que es competente, que es la de la ciencia, pero fracasa en la del terror, porque con el terror lo que sucede es que no basta con saber escribir y medio dominar el explicarse, hay que tener un algo más en el tarro de las esencias, que es la alquimia dificilísima del escalofrío, al alcance de no tantos.

    Que a pesar de este doble suspenso en atmósfera y capacidad para la inquietud la historia se lea tan bien como se lee, no debe entenderse sino como una gran virtud dentro de su estrecho fracaso.

    El hecho de que «Más tenebroso de lo que piensas», vistos los resultados, no pueda ni deba servirnos como cuento de terror, no es óbice para que no asumamos con una nada sutil sonrisa socarrona el quizá mucho más terrorífico subtexto —por tan ineluctable verdad—que emerge de esta historia, y que no es otro que hasta en el reino de los Superhombres, los Superlobos, las Superbestias y los cualesquiera otros Supermesiánicos Elegidos, los hombres proponen y las mujeres disponen. Así que nada nuevo bajo el sol de la dictadura de las feromonas...



 

enero 03, 2024

Historias del Crepúsculo y de lo Desconocido de Arthur Conan Doyle

 

 

    Antología de terrores folletinescos y misterios creepy a la luz de un quinqué, del sir Arthur Conan Doyle, by Valdemar súpereditores. Contiene las siguientes imaginaciones:


John Barrington Cowles: Relato misoginazo. Una perversa mujer, todo belleza de puertas afuera y nunca sabremos qué terrible secreto o malformación de ropas íntimas para adentro, se venga mortal y sucesivamente de todos los prometidos que la van dejando tirada en vísperas del bodorrio. Como Cronenberg pero en victoriano y sin porno duro.

El gran experimento de Keinplatz: Relato mesmérico. Un viejo profesor y su joven ayudante intercambian accidentalmente sus almas mientras Descartes aplaude la jugada desde la platea. La escena más descacharrante sucede cuando el alma del viejo profesor inserta en el cuerpo del joven ayudante entra en su casa (la del viejo) y empieza a pedir a gritos la cena a su mujer y gritar a su hija boba como un auténtico camionero. Para que después digan que lo universitario y la refinado van de la mano. En el fondo es un relato de humor. Ver encerrada tu libido de 18 años en un miembro arruinado y colgante te 82 siempre se antoja un fenómeno de lo más rijoso.

El lote número 249: Relato con momia revenant. Podría haber sido un cuento de verdad terrorífico y, desde luego, el mejor de la partida si Doyle no lo hubiese acabado en semejante anticlímax. Deberían meterlo en uno de esos tochanacos apestosos del tipo «1001 maneras de no acabar un cuento de terror antes de ser asesinado (por tu lector).»

La mano parda: Relato con fantasma exótico. Médico inglés amputa la mano de un hindú y luego se indigna y se hace cruces ante el hecho de que el fantasma de éste se atreva a visitarle por las noches para pedirle cuentas, reclamando la extremidad que fue suya, y que para más inri el galeno ya no conserva. He aquí una muestra del espíritu imperial-colonialista que hizo del Reino Unido y sus british habitantes la más grande máquina de triturar culturas que en la Historia ha sido: la cosa acaba que los ingleses le ofrecen la mano de otro hindú amputado y el fantasma, más tonto que Abundio, la acepta agradecido y dichoso y desaparece por siempre jamás. ¡Ole ole y ole, amigo Doyle!

Jugando con fuego: Relato espiritista. Como no tienen que ir a pasarlas putas a la fábrica o picar piedra en la mina, un puñado de diletantes englishmen entretienen las tardes contactando con espíritus del más allá. Hasta que un gabacho malintencionado (como todo gabacho para todo inglés, de hecho) se mete en el juego y casi casi salen todos con los pies por delante. La coz de un unicornio sobrenatural puede ser mortal, de todos es sabido...

El anillo de Thot: Relato de nigromancias egipcias. Un medicastro egipcio se saca de la marmita un elixir para la larguísima vida, pero la novia se le muere antes de que se lo pueda dar a catar (él se lo trinca el primero, el muy egoísta), así que como ya no puede ser inmortal, la momifican (¡nunca se sabe!). Pasan los siglos y al final el medicastro indestructible encuentra la forma de quitarse de enmedio (le costó decidirse, al muy egoísta) y volver así en espíritu con su novia cadáver. De todo esto es testigo un inglés entaradillo, que nos lo chiva todo en directo desde el Louvre. ¿Título de la película?: «Amor Momio en el Museo.»

 


 

agosto 27, 2023

Los adioses de Juan Carlos Onetti

 




    ¡Oh, Tuberculosis, Gran Musa! 

    Desde que la peña no se muere de tisis la literatura ya no sabe qué hacer. El suelo abierto bajo los pies... Como el cine desde que ya no se fuma, una chufa también.

    «Los adioses» va de unos pueblerinos metomentodo y de un tísico que recibe cartas de dos mujeres. Una tiene la letra bonita, la otra, como tiene mucho dinero o bien es analfabeta, o ambas cosas al tiempo, se ve que manda primero que se las pasen a máquina. Los pueblerinos quieren saber. Pero el tísico no suelta prenda. Craso error. Los pueblerinos se vengan sembrando maledicencias y cuchicheo avieso por doquier. Ya conocemos el dicho: «Pueblo chico, infierno grande». Pero, ¡ay!, en el pueblucho de alma cerril no tienen en cuenta que al tísico todo ese veneno y abyecto cabestrismo le importan un comino, entre otros motivos, porque hace ya tiempo que se viene muriendo... Pero el caso es darle a la sin hueso. La novela habla de eso, de cómo los seres humanos pueden hacer de este mundo la caca que es con sólo una mirada torva. Así que con la lengua viperina ya ni os cuento.
  
    Hay muchas teorías sobre qué dos mujeres son las que le escriben al tísico. Yo digo que una es la mujer, la doña, y la otra, no la amante, sino... ¡la hermana! El meollo está en saber cuál de las dos le parió el hijote. Pero Onetti no suelta prenda tampoco.

    Onetti grande. Onetti crack.
 
 

noviembre 25, 2014

Los monos y los porros del bueno de Jean (Cocteau)





    Está la literatura de la droga y luego está la literatura del mono de la droga. 

    Hay un buen fajote grande y pirindolo de literatura de la droga. Libros drogáceos que no te los acabas. 

   
La literatura del mono de la droga, en cambio, es bien poquita cosa. Hay que ponerse a buscar y rebuscar entre los estantes para encontrar algo de buena mierda.

    La literatura de la droga es multimorfe y coloroide y garbosa y alegrosa. A todo jodido homínido a una pluma pegado y con las circunvoluciones hasta las trancas de droga le sale fácil y de corrido manuscribir infolios en pleno subidón, con los que meses después el editor fachenda de turno hace su agosto.

    La literatura del mono de la droga, sin embargo, es gris y escuchimizada, nada trempante, no invita más que a la inmunodepresión y el suicidio, y si es que al fin encuentra editores que la saquen al ruedo es sencillamente porque la de editor, amigos míos, es una profesión fenicia como las hay pocas.

    Así las cosas, lectores todos —amigos alguno—, los únicos libros de la literatura del mono de la droga con los que vale la pena dilapidar nuestro tiempo son los de William S. Burroughs. Cualquier libro de este pirado señor es a la vez literatura de la droga y literatura del mono de la droga. William S. Burroughs es la montaña rusa bipolar de la letra de la droga. El único problema es que para leer bien a este pendejo tenías que estar como una puta cabra y aún así, mochales de la cabeza, tampoco lo entendías un pijote. Lo cual no es óbice, fíjense qué buen dato, para que siga habiendo industriosos editores buitre que le  sigan dando mecha.

    No obstante, yo vengo a hablar de Opio. Opium. Del Cocteau, Jean, padre de la Bella y peluquero de la Bestia. 

    «Opio» es el diario desabrido y sin interés del mono de la droga del bueno de Jean. Qué cosas. Cosas de la náusea, los sudores, los tembleques de la ausencia de la droga, se entiende...

    Lo que cuenta es intrascendente. Lo que escribe importa tres carajos. Todo basura. Lo único que vale la pena son esos dibujitos guarros y trotones, dibujotes-esputo del mono del opio del bueno de Jean. Observen cómo a medida que pasan los días y el estado de carencia se hace apenas soportable, todo su pensamiento se vuelve verborrea aburridora y dibujitos a reventar de canutos de droga. 

    Canutos, canutos, CANUTOS, CANUTOS, ¡por Dios que alguien me dé un CANUTO!... Dibujos del hombre-canuto y la mujer-canuto y el coño-canuto y el perro-canuto y el gato-canuto y la liendre-canuto y así hasta llegar al canuto-canuto, que es el día del alta de la clínica de desintoxicación y también el punto y final de este diario soponcio, también titulable, consejo para futuros editores sin escrúpulos, como «Diario de una Tostonación».

    Así que no molestarse ninguno en leer este libro, recorten los dibujos marranos y forren con ellos sus antiguas carpetas de la TeleIndiscreta —¡Hostias María si soy ya viejo!
 
   Nada.



febrero 08, 2014

Juan Rulfo o el Páramo Omnímodo




    Juan Rulfo. «Pedro Páramo». La Rehostia... Repito: LA REHOSTIA.


    Lo primero que hace uno tras ventilarse esta novelilla maestra, «Pedro Páramo», de don Rulfo, Juan, es volver inmediatamente a leer «Pedro Páramo». De una tacada. De una sentada. Vaya que sí. Acabáramos.


    ¿Por qué hay gente tan gili en el mundo que lee otros libros antes de haber leído Pedro Páramo al menos dos veces en su torticera vida? ¿Por qué yo mismo he sido tan gilipuertas hasta hace tan poco tiempo? Misterios idiocios...


    Ahora no hago más que imaginarme al pobre don Rulfo, Juan, los años posteriores a escribir esta obra maestra de no llega a 200 páginas. ¿Qué hacía? ¿Cómo coño pasaba el día? ¿Cómo fueron aquellos años? ¿De verdad siguió intentando escribir más libros? ¿Si él debía saber perfectamente que ya no había más libros? Que ya no había más nada que sacarse de la chistera porque todo estaba ya allí, en «Pedro Páramo», no llega a 200 páginas de incombatible literatura.


    Me imagino al pobre hombre intentando engañar durante años y más años a los editores tabarra, a los periodistas tabarra, a las mujeres fan fanáticas tabarra: «No, sabe usted, pues ando nomás trabajando en una nueva novela... se titula ansina, antes se titulaba de esta otra ansina manera, pero ya no, ahorita se titula ansina y mañana ya veremos cómo carajo la intitulo, pero yo pienso que ya casi está, si me dejan en paz, pendejos, a lo mejor este año merito me sale, o quizá el que viene, o el de detrás, cuando ya no se titule ansina, sino ansina, como a mí me salga de la punta del tilcuate, sabe usted...»


   Pero en realidad él sabía que todo estaba ya en ese condenado libro. Que incluso todos sus cuentos del «Llano en llamas» no habían sido sino una especie de calentamiento y estiramiento y preliteratura del músculo escribidor para poder llegar hasta «Pedro Páramo», y que después de éste sólo quedaba pues eso mismo, el inmenso páramo de los muchos años sin más nada que manuscribir. Toda la vida y sobre todo la muerte, sobre todo eso, la muerte de la vida y la vida de los muertos de una nación maldita y condenada para siempre están en las apenas 200 páginas de «Pedro Páramo»: «aquel rencor vivo que se desmoronó como si fuese un puñado de piedras»... La pelambre como escarpias sólo de recordarlo.


    Y es que cuando no se tiene nada que decir lo más honesto es no empuñar la pluma. Y cuando todo lo que había para decir ha sido dicho, entonces lo más honesto es enterrar la pluma en la honda tierra, para que no vuelva a abrir la bocana.


    De esto, por ejemplo, pudo haber tomado don Gabo Márquez buena nota, por un poner ejemplos tan urticantes como clarificadores, que en su fuero interno él bien debió saber que después de sacarse algo tan enorme y ciclópeo y acojonante como «Cien años de soledad» de la mollera, por fuerza lo más honesto era plantarse. 


    Pero de todo tiene que haber en este valle de lágrimas. Visto está.

mayo 10, 2013

Dimensión de milagros de Robert Sheckley

 


 

 

    Empecemos por el test idiota del día.
  
    Observen fijamente la portada de este libro durante treinta segundos. No desvíen la mirada. Ahora cierren los ojos... ¿Acaso no sienten ya subir el ataque epiléptico desde las honduras de su cerebro?... Pues bien, sabemos  que el responsable de esta dantesca némesis del diseño la perpetró un tal Nelson Leiva. Lo que no sabemos es qué clase de alcaloides se metía, allá por los finales 70.

    El caso es que el verdadero milagro de este «Dimensión de milagros» es que yo alcanzase a acabar de leerlo en lugar de prenderle candela, que es lo que tenía que haber hecho no bien comenzado.

    El tema es que si ustedes han videado las pelis del gran Sergio Leone  ya saben que todas las cosas de este mundo se dividen en dos: los pellejos, las espuelas, las novelas guarras, los hijosdeuncabestro... Pues los libros lo mismo.

    Por ejemplo: están los libros que son para ser leídos, ¿no? ¿Hasta aquí me siguen? Pero luego están también los libros para que los lea otro... Y nos los cuente después. Ese otro es por lo común un primo, un tonto, un gilipollas, o sea, yo, que estoy aquí, alma filantrópica y tontalaba, para contarles este libro infumable y salvarles de que cualquier día de estos no vayan, la caguen, se lo lean, y viertan así por el sumidero lo menos entre cinco y nueve horas hábiles de su patética vida.

    Los cataloguistas y demás encasilladores de la página dicen que este libro es «Ciencia-Ficción-Humorística-de-la-Buena». Así. Tal cual. Literal... Dentro de la ciencia ficción hay un buen montonarro de libros que son del segundo grupo, que son para que se los lea el otro, the other, el primo, el gilipollas, pues eso, lo dicho, que se los lea el tonto y después nos los cuente —total, por tonto que sea dificílmente lo va a empeorar—. Porque sí, en efecto, han acertado ustedes... Porque hay un buen montonarro de libros de ciencia ficción —humorística y de la que no hace ni puta la gracia— que están repletos de buenísimas ideas escritas con el orto.

    Por eso es mejor no tener que leer esos libros. Mejor que nos hagan un destilado y toda esa morralla que nos ahorramos.

    Pero ustedes, ojo, ustedes no digan esto que yo he dicho ni en público, ni en casa, ni debajo del agua, ya que los fans fanáticos de la ciencia ficcción son gente muy suya, muy de dárselas de adalides de la Razón y de la Mente Abierta y Sensata, pero como les escuchen mentarles la madre a su Hall of Fame de idolatrados escribas ya los veo mondándoles hasta el último de sus higadillos. Avisados están.

    El caso es que la mejor escena, la mejor idea de este libruno sucede cuando Sheckley nos cuenta que Dios encargó este nuetro planeta Tierra a un hacedor de mundos, una especie de Pepe Gotera del gotelé cósmico, y éste le acabó edificando el albañal de mundo que hoy habitamos, lleno de taras y de absurdos nonsenses. Cuando Dios le dijo: «Pero oye, tipo, vaya mierda de mundo me has hecho, que está todo inundado, y la poca tierra que hay está llena de selvas impracticables, de montañas insubibles, de alimañas venenosas y sobre todo ¡de Gravedad! ¡Un montón de Gravedad por todas partes, copón! ¡Todo se cae, todo rescuelga, todo es una puta ruina por culpa de la cochina gravedad!... ¡Y yo tengo que plantar en este bebedero de patos que me has creado la semilla de una raza virtuosa de excelsos hombres —¡y mujeres!— a mi imagen y semejanza, leñe!»

    Y el Pepe Goteras de marras, todo pancho él, no le responde otra cosa que la siguiente perogrullada: «Es queee... Ya sabeusté cómo es esto...Emnnn... Las cosas son como son... Ej... Err... Las cosas son como todo...».

    A lo que Dios, peripatético, imbécil, subnormal, responde: «¡¡¡Determinismo!!! ¡Claro! ¡Por supuesto! ¡Cómo no me había dado cuenta! ¡Gracias, gracias, caballero, muchas gracias por esta basura de planeta que me ha manufacturado! ¡Me lo quedo tal cual! ¡Servirá muy bien a mis virtuosos y excelsos fines!».

    Y ya está. Éste es el chiste carajillero de «Dimensión de Milagros». Tal es el gran bromazo Sheckley: Habitamos un mundo de mierda en un universo de mierda porque a nuestro Dios mequetrefe y cabronaco le dio apuro pedir la Hoja de Reclamaciones...

    No me dirán que no es para mear y no echar gota. Jajaja. 

    Ja.

    Ay...
 

 

abril 26, 2013

Yo de mayor también quiero ser Mastermind...

 



   Ustedes, almas bondadosas de la letra vesánica, espíritus nunca bien ponderados de la rijosidad leída, quienes reinciden por aquí un día sí y al cuarto otra vez, tan inopinadamente, ya van viendo que tengo por higiénica costumbre princpiar el mío discurso con foto de la cosa, y acabar la mi infecta perorata con el punto y final de una foto del autor de la cosa, pero hoy, sin que sirva de precedente ni mucho menos de eximente, invertiré el orden de ambas impresiones fotográficas, ya que, de no hacerlo, pasaría algo tan trivial y a la par tan esencial como lo siguiente: que si no, no me sale el chiste.

   Así que si tienen a bien observar atentívoramente este dibujote saleroso de más arriba no parece que el amigo Wilhelm Hauff fuese poseedor de un imponente cabezón, de una ubicua testa mollera, de una molondra espectacular y paneuropea. Lo que sí tuvo, apercíbanse de este detalle, fue un cuello a todas luces excesivo, luenguilargo y jirafesco. Desconocemos, empero, si esta herejía y contravención de las más elemetales normas del darwinismo tuvo mucho o poco o nada que ver con que el amigo Hauff durase en el mundo germánico de las letras, en el mundo —el germánico y el no— en general, de hecho, tanto (y tan poco) como 25 años, se cuenta por ahí que víctima de un atracón tifoideo.


   El caso es que todo y no tener en su haber, como decía, una testuz superlativa, Hauff nos legó, entre otros cuentos entrañables, «El Pequeño Muck», "Der Kleine Muck", todo un manifiesto y alegato y perorata en favor del individuo de enorme cabeza y pequeños miembros. Una soflama a la par que monserga en pro del Hombre Cabezón.


   El Hombre Cabezón, y más en concreto, el Enano Cabezón, ¿es más listo e ingenioso que el resto de mortales piaras de hombres por qué motivo?... Está claro: porque a mayor capacidad craneal mayor cantidad de ideas grandes, medianas y pequeñas, y también más grande número de luminiscestes pensamientos. Una testa mayúscula semejante, en consecuencia, necesitará de todos los recursos supervitaminescos e hipermineralizantes, amén de todo el azúcar presentes en el organismo para ordenar y gestionar tamaño volumen de cerebrosis superdotada. Lógico, por tanto, que el resto del cuerpo sea enanoide y enteco, una poca cosa esmirriada y flojarucha, no por nada todo lo bueno y rico se lo queda la cabeza, la muy egoísta.  


   ¡Ah!, pero eso sí, seguid riéndoos del enano cabezón, miserables pueblerinos, nos dijo Hauff... Seguid partiéndoos la caja a costa del Pequeño Muck, del kliene Muck, bastardos hijos del chucrut, que antes o después vendrá a zurraros la badana la moraleja de éste, mi cuento infantiloide y romántico...

   (Ahora viene cuando el instinto lectutriz de ustedes, tan bien entrenado, les pide que yo les cuente el qué y el cómo, el cuándo y el porqué, y en general la entraña y la morcilla de la susodicha moraleja, pero supongo que a estas alturas, ustedes todos, ánimas pacientes y dolientes, también deben haberse apercibido a estas alturas, no sé si asumido, que un servidor es también, las más de las veces, bastante cabrón)

   El caso es que de lo de verdad para mí importante, es decir, los escotes lindos y los perniles prietos, nuetro Wilhelm "cuello de gollete" Hauff no menciona una palabra, se lo guardó todo, el muy truhán, así que de las mujeres cabezonas nunca supimos qué pensaba... 

 


 

marzo 30, 2013

Los espectros de Leonid Andréiev


    «Espectros». Leonid Andréiev. Obra Maestra del cuento corto. Obra Maestra del horror existencial. ¿Acaso hay algo que pueda provocar mayor pavor que el retablo de un fenopático? Leánla ustedes y luego empiecen a escupir sobre las letras en oro de ese tal Stephen King.

    Hay  en este cuento cabronaco y aturdidor un loco que llama constantemente a las puertas. Sólo hace eso. Llamar a las puertas. Todo el tiempo. Hasta que los nudillos se le hacen pulpa. ¿Adónde coño llama? ¿Quién demonio está del otro lado de esa perturbada puerta mental? Evidentemente, siendo simplistas, ustedes podrían aventurar lo típico: que el loco de marras está llamando a las puertas de la muerte... Error. Caca de la vaca. ¡NOT! El loco está llamando a los cuerdos, ¿estáis ahí?, vosotros, los cuerdos, los verdaderos espectros, ¿estáis ahí, fútiles almitas de Dios?...

    Andréiev, hijo de puta, nos dice: igual que no hay mayor vivo que aquél que padece en carne viva la enfermedad, que sufre la intensidad del dolor físico, no hay mayor vivo, por tanto  y también, en efecto, que el mochales de la cabeza, el apestado mental. Vosotros los vivos, los cuerdos, los intocados por el estigma, sois vosotros los muertos, los fantasmas, los espectros: el médico decadente y nocharniego,  la enfermera estúpidamente enamorada, vagando en pena por una realidad sin dirección, que no tiene solución de continuidad. 

    El loco sabe que no hay sentido y no se preocupa más que de la críptica arquitectura de su psicosis. El espectro/cuerdo, en cambio, empeña la vida en el husmeo de un sentido vital que es sólo espejismo.

    He aquí, pues, la demostración de que los ruskis no sólo hacen literatura para cagarse uno las patas abajo cuando escriben tochanarros de 500 paginotes de guerras contra Hitler, Napoleón o contra sí mismos. 

 


enero 29, 2013

Noches blancas de Fedor Dostoyevski


Que levante la mano aquel que no recibió alguna vez de boca de mujer el siguiente mensaje: "A mí también me gustas y me caes genial, de verdad, pero te veo sólo como amigo"... Todos aquellos que habéis alzado el brazo, confirmado, sois unos ruines y unos protervos, mentís que es cosa mala. Porque en efecto, no hay ni hubo hombre nacido de mujer (y con apetito por mujer) que no haya recibido, al menos una vez en su puñetera vida, calabazas semejantes. Esto es un porque sí, no observa excepción ni admite discusión.


Es este un clásico que nos acompaña desde antiguo y se repite generación tras genereación, en cualquier lugar donde exista fémina de bandera y un par de mastuerzos que le fueren detrás. 

Nadie como Dostoyevsky nos ha retratado esta problemática de las relaciones hombre-mujer-otro hombre, en el difícil marco de la Rusia del siglo XIX, sin ir más lejos, que hacía un frío que te cagabas y encima te tenías que enamorar de la interfecta por lo guapita de cara y el pedazo de carne blanca apenas visible entre el final del faldonazo y el principio de la alpargata. Qué tiempos aquellos, cuando había que pasar sí o sí por la vicaría para mojar el churro.

De este modo tenemos que Noches Blancas es la mejor historia de pagafantas que en las ruskis literaturas ha sido. Más en concreto, y lejos de lo que podría llegar a aventurarse si es que no se ha leído la obra, las noches blancas del título no hacen referencia a las noches nevadas de la Rusia de la Pulmonía y el Tentetieso, sino que refieren la cantidad de noches en blanco que el susodicho pagafantas se pasa solo en casa, tirado en la cama, llorando desconsolado, compadeciéndose de todo su maldito ser. Largas noches de insomnio, las del resto de su vida, intentando convencerse de que haber compartido cinco minutos de dicha con aquélla a la que no le costó ni tres segundos dejarlo por otro, ya es darse por bien pagado y mejor recompensado. ¡Cuántos hay que espichan y ni siquiera han paladeado esos cinco minutos de almibaroide felicidad!...

Todo aquel con dos dedos de frente y algo más de 100 gramos de amor propio no sólo sabe que este consuelo es una puta mierda que no sirve para nada, sabe también que es una mayúscula mentira. Mentirse uno mismo para seguir viviendo... y aun así vivir poco, mal y nunca. 

Tal es la vicisitud y la maldición del pagafantas.

Imprescindible bonus track la adaptación de Visconti a la pantalla, Italia, 1957, Marcello Mastroianni dejándose toda la dignidad y cuarto y mitad de sus rótulas en un baile alucinado, mequetréfico y gañán.  

No perderse el uno ni la otra, oigan.
 

 

enero 15, 2013

Tanto leer puede volverte loco, loco, loco... ¡LOOOOOOOCOOOOO!



   Primero llegó Cervantes, con una sola mano, y nos soltó El Quijote: un tipo se atiborraba de novelas de caballerías y mandobles a diestro y siniestro, hasta que se le pudrían los sesos y se volvía majareta, y después se moría, silencioso y triste y afiebrado, porque con los sesos caducados ya no se puede vivir ni ser persona de provecho, ni por lo común siquiera ser persona de clase ninguna.

   Luego llegó Flaubert, con dos manos y un mostacho plagado de mots justs, y nos soltó la Bobary: una chicuela-mujer se atiborraba de novelas romanticonas y de caballeros de una pieza, hasta que se le trasnochaba el sieso (que no el sexo, ése lo tenía bien engrasado), y en semejante ataque de melodramatismo sucedió que se le fue tanto la pinza que se mata o se deja morir, ahora bien bien no me acuerdo.

   Después está esto, que nos lo soltó George Sand, venga, toma: no sé si con la derecha o la izquierda, pero desde luego vestida de hombre y descojonándose de la risa en la cara de la biempensancia de su época, y lo tituló «Cora»: un inglés fatuo lee demasiados libros de E.T.A Hoffman, Novalis, Jean-Paul y el cojo Byron, así todo el rato hasta que se vuelve loco por la hija de un tendero francés, que no es para tanto, la moza, pero resulta  que a él le parece la hostia, ya que, recordémoslo, se le ha entelado completa la sesera de tanta lectura de lo fantástico romántico y de tanto himno a la noche mágica. Por suerte para él, lo echan a patadas del pueblo, por pesao, y cuando regresa al poblarucho tras los años, con la mollera repuesta de tanta insana lectura, vuelve a ver la tal Cora, y es entonces que se percata el tipo que no era para tanto la cosa, ni la tipa, que era incluso hasta fea, ¡madre de dios!; y ante todo y sobre todo y lo que es peor: ¡toda ella del todo e irreversiblemente francesa!

   Finalmente, ya inmersos en ese cajón de sastre baqueteadísimo que convenimos en llamar la posmodernidad, llegó David Cronenberg, sólo armado de su imaginancia aviesa y unas gafas de pasta de lo más ordinario, y nos soltó «Videodrome»: un tipo ve tanta pornografía, tanto hardcore sádico e ultraviolento, que inmediatamente pierde la chaveta y cree que todas las mujeres del mundo quieren encamarse con él y que les apague cigarrillos en las tetas. Como eso de matarse o dejarse morir ya estaba muy visto en los 80, Cronenberg cambia el pistón y añade una vuelta de tuerca, convirtiendo al loco en una cinta de vídeo (porno) o una Sala X, ahora bien bien no lo recuerdo.

   La cultura es una cosa grande, oigan.

 


enero 13, 2013

Ugo Cornia: De cómo la felicidad es posible (incluso sin escribir)

 


   «Sobre la felicidad a ultranza». Hoy les traigo este libro para hablarles de otra cosa, soy así de cabrales, para hablarles de qué cosa: de los libros de autoayuda, esa cosa infecta, epítome de la impudicia moral. Toma.

   ¿Acaso existe literatura más dogmática que la autoayuda? Al menos la Biblia te amenaza con el Infierno. La autoayuda ni siquiera se molesta en amonestarte, te dice llanamente: «si no me sigues a mí, allá tú, seguirás siendo tú mismo para el resto de tus días», es decir, una masa doliente de pena y desesperación.

   No sólo te dice qué tienes que sentir y a qué debes aspirar. No sólo te dice cómo tienes que hacer para conseguir todo eso que previamente te ha dicho que tienes que ser y sentir. Te dice, además, que no puede ser que no lo consigas, que todo el mundo lo consigue. Si compra el libro, claro...

   Más en concreto: no sólo tienes la aspiración de ser feliz, tienes la obligación de serlo, y ¿cómo conseguirlo? Comprando y leyendo mi libro, ¡mis libros!, porque nunca hay sólo uno... No hay fallo posible. Si sigues mis instrucciones, nuestras instrucciones, porque una vez lees uno no debes tampoco dejar de leer estos otros, entonces y sólo entonces, llegarás a ello. No hay pérdida posible. Todo el mundo lo consigue, ¿por qué no ibas a consegurilo tú?... «¿Y si resulta que yo he pagado a tocateja el libro, los libros, y me los he leído de arriba abajo y he seguido los pasos y a pesar de eso siento que mi vida sigue siendo una caquita?»... Entonces una de dos; o no lo has leído bien, ¡vuelve a leerlo! (a ser posible, compra un ejemplar nuevo y pásale el viejo a tu sobrina); o bien no sabes leer, ¡vuelve a la escuela, ganapán!

   En resumen, «Usted Puede Sanar Su Vida Si Yo Le Digo Cómo»... Me viene una palabra a la mollera y esa palabra es: ¡SECTA!

   En fin, una vez establecido lo cual pasamos a qué es «Sobre la felicidad a ultranza» de Ugo Cornia, quiero decir, a parte del libro de un italiano de las montañas al que le publican un libro en español con la típica portada de un libro de Foster Wallace.

   Pues es un libro en el que un italiano de las montañas nos cuenta cómo digirió la muerte de sus seres queridos en un muy breve lapso de tiempo y siguió palante como buenamente pudo. ¿Que cómo lo hizo? Pues follando mucho, todo lo que pudo, pues conduciendo el coche a 140 por la autopista mientras albergaba pensamientos absurdos, y pues conversando muy mucho con los fantasmas ectoplásmico-mentales de sus padres muertos... Y he aquí el detalle clave: nos cuenta cómo lo hizo él, no nos da la brasa con cómo hacerlo. No universaliza sus capacidadades y sus métodos. Yo encontré mi solución y fue ésta. A partir de ahí que cada cual se busque sus habichuelas, gente.

   ¿Y cómo fue que salí palante como buenamente pude? Pues porque la vida sigue, lo queramos o no, porque no hay más cojones. Porque la vida puede ser trágica y de hecho acaba siéndolo siempre, antes o después, pero sólo en nuestras manos está el convertir lo trágico en un invierno eterno y terrible.

   La Autoayuda te dice ser infeliz es terrible. Cornia: ser infeliz es inevitable.

   La Autoayuda te dice ser feliz es posible y puede ser además para siempre. Cornia: ser feliz es una cosa fabulosa y si fuese para siempre dejaría de serlo automáticamente.   

   ¿Quién quiere sonreír todo el puto día? ¿Quién quiere vivir hasta los ruinosos 80 años? ¿Quién quiere tener un orgasmo en la punta de los genitales las 24 horas de día? Es de gilipollas, cierto, hasta un gilipollas redomado podría verlo. Pero aun así anda que no está a reventar de gilipollas el mundo.

  Otra cosa que me ha gustado de este Ugo Cornia es que escribe pero no nos lo dice. Esa renuncia a darnos la murga y el tostón del escritor ya te da una medida de que no es un tío ni medio normal. No sé, cualquier italiano está en una playa italiana y da dos saltos y aterriza en otra playa italiana, pero de la costa opuesta. El caso es lucir el moreno latin lover sí o sí. Pero Cornia no. Cornia sólo da un salto y se queda en mitad, es decir, en las montañas. Y aun así el tipo no para de echar sus buenos polvos, sin necesidad de morenos ni nada. Es un tipo outré, esquinado, lateral... Por eso hace una cosa que casi ningún escritor hace, que es hablar de sí mismo diciendo que hace cualquier otra cosa, lo que sea, desde no hacer absolutamente nada, hasta irse a bañar el culo al río, o pasarse los días contemplando los andares de un ciempiés trepado a la pared, lo que sea, menos escribir.

   Admiro profundamente a un escritor que es capaz de darnos a leer todo un libro entero, entera o supuestamente biográfico, en el que su personaje o alter ego o sosias es capaz de renunciar a decirnos que escribe o bien que se va a poner a escribir o que, maldición, no puedo —o no me dejan— escribir.

   En una charca donde el proselitismo es endémico, ése se me antoja un gesto de titanes. 

 


 

enero 10, 2013

El Horror (mequetrefe)



    «Una avanzada del progreso». 'An Outpost of Progress'. Una de las pocas cosas que me parecía mal, mejor dicho, la única maldita cosa que me parecía mal de la colección gloriosa aquella,  Alianza Cien, es que su gente no te ponía el título original en los créditos. Te ponían el nombre del traductor y te ponían al gran Ángel Uriarte, sumo padre de siempre acertadas y bonicas cubiertas, ah sí, y te ponían lo de «Impreso en Papel Ecológico Exento de Cloro». Joder. Qué les costaba. El puñetero título original de la cosa y el año. Es una condenada línea de nada. Pues no. Es como decir, bueno, encima que les cobramos sólo 100 pesetas por el librito de marras, encima no les vamos a dar también clases de idiomas por el mismo precio. Así todo. Siempre. Todos los días. El hijoputismo. La cabronez.

    El caso: 'An Outpost of Progress'. «Una avanzada del progreso». ¿De qué nos habla este librito? Ay. Qué pregunta. En fin, la cantidad y la calidad del poso de la obra conradiana es tal que habría que escribir una tesis doctoral de todos y cada uno de sus textos, hasta de los cuéntilos cortos e ínfimos como éste, para hacerle al hombre un algo de justicia. 

    Quiero decir: Joseph Conrad, ¿no? Se petaba un grano purulento frente al espejo y en ese pus resbalando espejo abajo había más literatura que en cualquier cosa que pueda escribirse hoy día.

    De hecho: Joseph Conrad, ¿no? Sólo él, sólo ese nombre polaco pasado a la cristalización british es ya un argumento-bartleby, un argumento válido e irrefutable en favor de abandonar la escritura, cualquier clase de escritura. Ahora, ya mismo, now!... ¿Escribir para qué carajos? Que todos dejásemos de escribir de inmediato y para siempre, y dedicásemos el resto de nuestras vidas al florilegio de los jardines, el fornicio de las carnes y la relectura de los grandes clásicos incontestables. Pero habitamos, ¡ay!, este mundo tan necio...

    «Una avanzada del pogreso», por lo demás, es un relato tan bien cosido que da miedo. Y precisamente ése, el miedo, es uno de sus grandes temas. El hombre no sabe vivir si no es con miedo, si no es a través del miedo. Necesita temer algo para tener un algo que atacar. Y en ese vaivén se consume toda su vida y toda su energía. Así no tiene qué pensar ni repara en que su existencia es un absurdo. Un nonsense además de los chiquiticos.

    Por eso la Selva, Pan, la Naturaleza, el Caos de la Creación, que son mucho más grandes y poderosos que el hombre y no necesitan preguntarse a sí mismos si tienen o no tienen sentido para seguir siendo ellos, seguir siendo ELLO, representan al Gran Enemigo del Hombre. La Selva puede acabar con la vida de un hombre sin apenas proponérselo, sólo siendo ella misma de un segundo al siguiente. Y de ahí el miedo del hombre civilizado, patán que cree que todo lo puede. Y de ahí, por supuesto, que todos sus esfuerzos, su mal llamado ideal de progreso, vaya destinado a destruirla. El progreso no es la afirmación de la supremacía del genio humano sobre las fuerzas de la Naturaleza, es la afirmación de que la supremacía del genio humano sólo puede asegurarse mediante la destrucción de todas las fuerzas que le son superiores. Que son más divinas, sagradas y morales.

    Adherido a todo esto tenemos que este cuento maquiavélico habla también de las cucarachas, vamos, como en Kafka, pero con hamacas en lugar de catres... ¿Dónde medran las cucarachas? Al calor y la humedad y la inmundicia de las ciudades. Pues los hombres lo mismo. ¿Dónde medran los hombres? Al calor y la humedad y la inmundicia de las ciudades. Las ciudades están a reventar de hombres cucarachoides, miserables y sin talento que nacen, crecen, se reproducen y mueren finalmente, sin haber sido puestos a prueba ni una sola vez en su torticera vida. Pero saca a un par de esos mentecatos de su hábitat cómodo y artificial y ponlos en mitad de la selva. Verás qué poco duran.

    O lo que es lo mismo: el Supremo Cerebro del Hombre Temeroso sabe que nunca podrá domeñar la Naturaleza si no es pasándole por encima. ¿Cómo hacerlo? Fácil: el Progreso. ¿Y en qué consiste éste? cil: en crear muchos y enormes nidos de cucarachas —es decir, ciudades, urbanismo, franquicias de comida rápida, coleccionables de quiosco—, al calor de cuyo amodorramiento neural se engendrará toda una miríada imparable de más y más hombres mequetrefes. 
 
   Un hombre mequetrefe nada puede contra la Naturaleza y su coste es prácticamente igual a cero. Cierto... Pero en cambio nada puede la Naturaleza contra un millón, dos, tres, seis mil millones de hombres mequetrefes, la puta marabunta del intalento, cuyo coste nominal sigue orillando el cero.

    Y en esas andamos, cucaracheando el mundo.