Resistencia en el flanco débil

febrero 06, 2021

Vórtice

 

 



Si la luz es espacio, entonces la velocidad es tiempo. Y la gravedad, entonces, la hoja voltaica que incendia el cosmos; su relámpago uróboros. Y las estrellas que murieron, exhaustas de fuego, entonces, aquél su denso centro, aquél su vórtice de sucesos, aquélla su oscuridad incógnita, silente y negra; la inconceptuable suspensión de nuestra lógica: pretendemos calcular lo inconcebible, el innominable hiperespacio, pero doblaríamos la rodilla con sólo sospechar que nuestra matemática tiene los pies de barro, que nuestra razón se levanta sobre pilares torcidos. Víctimas de la espiral. Bastardos de la inabarcable lejanía. La nuestra es la soberbia de un fotón pensante abandonado a su suerte en la oceánica vastedad del gran silencio.

septiembre 11, 2015

El último día de la guerra




De todos modos, ya que preguntas, no soy ya sombra para odiarte, para odiar a nadie; me faltan no ya el tesón o las agallas, en algún lugar, no sé dónde, en qué desvío o encrucijada, me dejé olvidado el par de garras. Aunque no olvidado en realidad, sólo pesaban, pesaban demasiado. Siento la puerta, lamento la barrera, disculpa los hombros caídos como telones negros sobre un escenario en disolución... Quisiera haber sido mejor en todos los aspectos, incluso aquello, poniéndonos en lo peor, mejor enemigo, mayor adversario. Supones bien, es tarde para todo excepto para esta terrible noche en la que todas las luces se han apagado. Estas calles ya no son las calles pero sí el viento; viento y locura, aquí, allá, sangre adentro, terminan siempre por ser los mismos. Tanto tiempo fuera de la vida de qué nos ha servido; tantos días haciendo de la carne grito, del alma desafío, creyendo plantar alguna extraña suerte de batalla a los aires. Y al final qué, sólo esto, el sollozo bajo, el torpe gemido, ni siquiera el llanto, prohibida la lágrima, a solas en la última antesala. ¿Acaso fue una suerte que no me rompiese en vidrio? Día a día, lluvia tras lluvia me fui viniendo roca; vertido primero, petrificado después, desde el hígado hasta el tuétano. Todos los huesos roca; todos los brillos roca; la savia roca también: soy la madera muerta en la que se tallan los gigantes, los mismos que congelan la noche con su aliento en tuberculosis: el miedo, el pánico, el rencor, la dúctil memoria... Así que duerme, lo mejor sería que durmieses; olvida, di que no, que no con la cabeza, haz como si nunca en ti una idea de mí, ni siquiera un recuerdo, hubiese existido. De todos modos la vastedad de mi odio siempre te cayó grande, y a mí seguir siendo vida empieza ya a pesarme demasiado. ¿Acaso no oyes eso? Es el vaivén de las olas, la torva canción de cuna de una playa dinamitada y lunar, tras el desembarco de los gigantes. El último día la guerra es es esa dulce línea de horizonte a la que siempre llegamos tarde.

marzo 09, 2014

Thousand-yard stare





Toda la noche encastrado en una parálisis de ojos abiertos. Toda la noche hablando con monstruos. Una noche que no acaba, que no cesa de manar, pase lo que pase, piense lo que piense, caen los segundos y no estalla. Toda la noche desangrándome en obcecaciones. Cuando al fin llega el alba ya no soy humano. Soy un quiste de insomnio. Soy un virus de rencor. Un gesto fulminado.

El hombre como especie acechada, una alimaña en busca y captura, una esperanza atrapada. El hombre y su cepo, el cepo del hombre sobre el hombre mismo. El hombre y su trampa luminosa. El hombre y la trampa y la herida. Su herida. La herida luminosa. La hendija sangrante en la noche que se asfalta a sí misma sobre la carretera secundaria de la eternidad. Y detrás de todo el telón de la farsa. Y delante de todo la mentira. La mentira del hombre. Su esencial insinceridad cuasi genética. Mentir. Mentirse en todo momento, no sea que la verdad nos dé alcance, nos bese en la frente, nos bese en los labios, nos bese en el alma tronchada y líquida. Mirarse al espejo. Mirar un mirarse a los ojos en la sala de proyección del espejo. Y no poder dejar de advertir la trampa. Y no poder dejar de encajar la mentira. La trampa luminosa, la mentira espiral. Y cerrar exhausto los ojos. Y apretar exhausto los puños. Y no poder llorar. La verdad no tiene fuente para que bebas.

Escribe uno por qué. Escribe uno, en primer lugar, en primera instancia, para matarse, para acabar, fundirse liquidado en el blanco de la carpa circense del discurso. Escribe uno por qué. Escribe uno por cobardía. Por no haber sido capaz de reventarse la mano contra el espejo por la mañana una vez constatada la derrota de la ausencia de lágrimas, y una vez conseguido esto, ascendido a esto, la mano hecho un cristo, la mirada desquiciada, coger cualesquiera de los filos caídos, y allí, sí, terminar. Escribe uno porque no puede hacer otra cosa. Escribe uno porque no puede dejar de olvidar la trampa, de obviar la trampa, de pasar por alto la material arbitrariedad de todas sus reacciones. Escribe uno como el que sale a correr cada maldito día para negarse a sí mismo en esa tortura, para borrarse de sí en el padecimiento. Por qué hace el hombre, la farsa, este animal atrapado lo que hace. Todo acto que vaya más allá del alimento, la excreción o la cópula, o aun la huída desesperada en pos de la pervivencia del hueso se deduce de esta mentira intrínseca. Esta mentira luminosa. Esta sangre blanca y cancerígena vistiendo la noche de insomnio. Todo lo que hace el hombre para decirse hombre lo hace para olvidar que es un ser atrapado. Que es, de hecho, y hasta nueva noticia, el único ser atrapado del universo. El menos libre. El Ser esclavo.

Escribe uno por qué. Escribe uno, entre otras cosas, entre otras no destacables estupideces, para hacer ligeras las horas de espera hasta la nueva guardia.

Toda la noche desesperado contra mí mismo. La entera y larga noche atrapado y luminoso. Blanco colgante en mitad de la tela de araña, cebo y distracción para gigantes menores. Toda la noche fulminado, los ojos copados de detonaciones. Toda la noche hablando con monstruos...

marzo 01, 2014

La herida insomne



Silhouette du peintre (1907), León Spillaert





Empieza como un estallido sin metralla
un baño sordo de náusea.
Empieza como un recrudecimiento.
Como una indefensión.

En lo profundo y lábil, el centro de lo que convenimos
en llamar corazón,
no el órgano, no el músculo,
donde sólo hacen blanco las flechas en palabras
en silencios,
en miradas aniquiladoras,
allende la víscera,
adentrada en la maraña selvática de sentimientos encontrados...

La herida insomne.
Es una sombra que sangra, se arrastra, 
camina a duras penas, está perdiendo la vida en cada paso,
hasta que en medio de la nada, un árbol,
toma asiento bajo su copa y se recuesta en el tronco,
tomar aliento, cerra los ojos, tal vez dormir...

La brecha no sella, no cierra, no calla
no quiere dejar de ser ella, 
ser brecha, ser golpe, ser desesperación.
La brecha no es mala en esencia, no sabe ser otra cosa.
No conoce otra vida que el dolor.

La herida insomne
es la película de todo el daño interior
proyectada en el lienzo oscuro del techo de nuestro insomnio,
noche tras noche, en bucle,
en looping enfebrecido,
autocastigo disparatado.
Todo el amor que fue y ya no podrá ser más.
Y que es aún amor, pero amor periclitado,
amor hecho pedazos,
y es por tanto amor más poderoso,
por tanto más doliente,
por tanto más intenso,
por tanto cancerígeno.

Puñal inasible, clavado en el pecho,
la sangre que mana, que baja, que llega hasta el dedo
y de ahí a la tierra, donde estéril fecunda óvulos de aflicción.

La herida insomne
son las noches preñadas de ojos abiertos
locos de niebla verde y alucinación,
un vadear la noche robado el sueño, 
sólo armado con un fardo de incombustible vigilia,
un incombatible demasiado peso.

Las horas a cara de perro contra el espejo de los recuerdos...

La herida insomne 
son también las calles de la ciudad muerta
a reventar sus esquinas de aparecidos,
muertos en vida que resisten pertinaces el viento de la nada,
días de nuestros días,
sagradas y efímeras ascuas que fueron
el fuego de nuestro júbilo primero
y el incendio de nuestra alegría después.
Sus caras y nombres y ojos vencidos, el museo de nuestro fracaso.

Un desengaño que llega para quedarse,
un velo que se deshace en llamas,
y con él la mirada que tan celosamente guardaba,
ahora vendida.

Un último derribo del que tan probablemente no nos levantaremos
si no es para buscar a tientas en mitad de ningún lugar,
en justo y mitad del hundimiento,
sombra sangrante, sombra avanzando a rastras, 
un árbol, de súbito,
tan solo unos minutos recostados en su tronco,
a resguardo de la quemazón absurda del sol de la noche,
tomar aliento, cerrar los ojos, tal vez dormir...

La herida insomne
es esto:
una sombra alcanzada en el pecho, tocada de muerte,
agotando su último aire en el ámbito de lo posible.

Poco después abre los ojos, despierta,

está muerta pero aun así despierta,
se yergue y camina:
transparente negra sangre le mana aún de la herida,
que ya nunca cesará en su grito.

Camina sin prisas hacia las calles anochecidas.
Camina absorto, roto de luz, a ocupar su lugar tras la esquina.


 

febrero 05, 2014

Desapareciendo


The Open Door (1945), León Spilliaert


Le empujaron dentro, contra el muro. Quiso salir, al segundo se giró hacia la puerta, pero ya no había puerta. Miró en derredor, asustado, todo estaba oscuro. Una oscuridad que hedía a tierra quemada. Un miasma de tierra quemada invadiendo todo su ser, descolgándosele desde la garganta. Aunque todo eso también desapareció pronto; primero quedó anósmico, luego quedó ciego. En un par de segundos la oscuridad lo había infectado de tiniebla. Quiso gritar pero sus cuerdas vocales pendían flácidas del paroxismo de su miedo. No podía respirar, le faltaba el aire, que ya no llegaba, le faltaba el alma, vaporizada. ¿Se asfixiaba? Ya no, quizá un instante antes, pero no ahora. Nunca más. Sintió con los muchos sextos sentidos de las vísceras y de las tripas. Sintió un morir, un rápido disiparse en lo adentro de las costillas, que dejaron de dar fuelle a un aliento que ya no existía, porque ya toda la oscuridad la sabía como un ubicuo e inifinito magma de cosmos desconectado. Quiso entonces patear la nada con rencor afiebrado... sus piernas eran una línea muerta, no respondían. Quiso entonces arrancarse la cabeza con las manos desesperadas. Ya no estaban. ¿Acaso quedaba aún una cabeza que reventar contra el muro de silencio? Todo se desvanecía en el umbral de su pensamiento, el agua sucia de una noche lluviosa deslizándose hacia el submundo de la alcantarilla. Había muerto. No. Estaba muriendo. No. Estaba desapareciendo. Quiso no pensar más, blindar su mente, última ciudadela de cuanto fue, a resguardo de su propia cabeza borradora, pero fue en vano, el mal, la peste, el absurdo ya estaban arrasando Troya. Todos sus recuerdos e imágenes fueron entregados al fuego líquido de la negrura. Su nombre. Su nombre y los nombres de quienes habían sido su vida fueron los últimos ajusticiados. Después silencio... Después, un silencio terrible y magnético. La gran nada. El gran océano. Los segundos, descabezados de su lexema, podían alargarse evos. Y así. Poco a poco, segundo a segundo, eternamente, sus últimos destellos fueron cayendo del otro lado del sentido, desgranándose y desangrándose sobre la orilla umbría, desierto sin dunas, mar sin mareas. Fue entonces, no sabremos cuándo pero entonces, el destello fugaz de su pensamiento último se soldó sobre sí...

septiembre 09, 2012

Last Night

Digue de Mer, Ostende, reflets de lumière (1908) de León Spilliaert                                                  

—¿Qué pasa?

—¿Qué?

—¿Que qué pasa? ¿Por qué tienes esa cara?

—No sé... "qué pasa"... Estoy triste. Supongo que eso pasa.

—¿Por?

—No soporto la idea de que las noches deban acabar. La idea de que el silencio y la oscuridad morirán en apenas unas horas. La idea de que el sol y la madrugada quemarán todo esto por sobreexposición. Todo esto que ahora respiramos, todo esto que ahora somos, todo esto que no volveremos a ser más. La idea de que mañana toda la maldita pesadilla empezará otra vez de cero, y de que habremos de sobrevivir a los estragos del día y de los hombres si es que queremos volver a sentir la noche en los huesos. Apenas un par de horas de sagrada nocturnidad refrescando nuestros castigados huesos. Como ahora...

—Pero habrá más noches...

—Yo no quiero otras, quiero ésta, sólo ésta... Eso es lo terrible... La idea de que ésta no pueda ser la última noche, la última y eterna oscuridad. La idea de que no podamos coger ahora mismo una carretera y enfilar la nada, de que antes de poder llegar a cualquier sitio, cualquier ningún lugar, habrá amanecido, la penumbra y el silencio se esfumarán, y con ellos la locura, y con ella todo lo mejor de nosotros mismos.

—¿Sabes?, la melancolía puede llegar a ser una enfermedad...

—Tampoco esperaba que lo entendieras.

   

julio 27, 2012

Veneno


                                                                                                                                                                                                  


Esta calma fiebre inatacable cocinándote a fuego lento el ser y las entrañas
No es odio
No es rabia
No es un vago y pasajero herpes de rencor...
Es veneno.






mayo 01, 2012

Aquel perfume en los tebeos


Las batallas en el desierto (1981) de José Emilio Pacheco                                                                 

La elegante y sofisticada madre del gran amigo de aquellos años, que nos fue robado tan pronto, lo mudaron de colegio para no volverse a saber más. O la rubia profesora de desnudísimos hombros increíbles, cuya dicción exquisita, de puro perfecta, hacía imposible cualquier intento de aprendizaje. O la amable dueña del quiosco de al lado del semáforo, donde comprábamos los Mortadelo, los Superlópez, los Sir Tim O'Theo, y mangábamos los cromos del Sherlock Holmes perruno —sólo muchos años después rebautizaríamos, por esnobismo freak, de Miyazaki—. O la ama y señora del bar de cuyo nombre mejor no acordarnos, que nos invitaba a cocacola y bolsa de patatas fritas cada vez que nos aparecíamos por allí, con la cara llena de vergüenza y más llena aún de ojos tristoides, casi llorosos, en busca de nuestro padre borracho y con pulgas de muy pocos amigos. Quien no se enamoró nunca, perdida y platónicamente, de mujeres así cuando canijo, de todas y cada una de ellas o de todas ellas a la vez en una sola madura mujer, no puede decir con todas las letras que alguna vez fue niño. La intensidad de un amor que se sabía imposible sólo podía equipararse a la desolación que producía el conocerse a lo sumo divertidamente comprendido, pero jamás correspondido... Respecto a todo lo demás, se sabe a ciencia cierta que un amor, a doble cara de la moneda o no, es verdadero cuando todos los que lo rodean se conjuran contra él, de ordinario con éxito...

abril 19, 2012

Tierra de nadie


_                                                                                                                                                                                             

Ese estrecha franja de terreno cenagoso, de poca o ninguna certidumbre, en el que la escritura pasa de ser terapia de los propios complejos, desequilibrios y miedos, a ser su causa...


diciembre 12, 2011

Eine andere Symphonie des Grauens


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El corazón es un francotirador desquiciado.

The Heart of the World (2000) de Guy Maddin