Todo empieza con aquella película nefanda, "Transilvania 6-5000", una de tantas comedias yankis de sal gruesa de los 80, esta sí la década prodigiosa. Salían Jeff Goldblum y Geena Davis cuando no los conocía nadie. Cronenberg los juntaría y arrejuntaría muy poco después para hacer su Mosca y partir de allí todo fue cuesta abajo para los tres... El caso es que la película era una basura, pero tenía la escena del Mad Doctor, que era una basura también, pero yo me desternillaba. Soy así de facilongo.
Estaba el barón Frankenstein que hacía al tiempo las veces de Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Fuera de su laboratorio era todo un gentelmán; educado, cordial, amable hasta con el servicio. Pero era entrar en su laboratorio y darle el ataque, todo uno, se espachurraba los pelos y se transformaba en un Franken-Hyde tirano, perro, ridículo e hijo de la gran puta. El mejor momento de todo este engendro sucedía precisamente en ese laboratorio: el tipo, Doctor Malavaqua le pusieron, estaba en pleno arrebato histriónico y su sirviente patán, su Igor de turno, le pregunta: "¿Quiere esperar a la tormenta, Amo?", a lo que el otro patán responde: "Sabes muy bien que yo no trabajo con tormentas... ¡Lo odio!... ¡Trabajo con esta mierda!", y se queda mirando extasiado sus matraces y probetas burbujeantes, a medio camino entre la fascinación y el asco...
Pues más o menos lo mismo. Un hombre, un sujeto, un individuo, un personaje
ficticio, no necesariamente el protagonista. Incluso no necesariamente
ficticio, quién sabe, aparece y dice: esto va a ser un experimento
científico. Esto es por ver si sí o no me he vuelto definitivamente
loco. Esto va a ser una noche de Mad Doctor... Y luego ser ríe. Se
carcajea. Se parte la caja, por supuesto, como lo hacen los buenos Mad
Doctors. Efectos de sonido.
Viene a probarse y probar hasta qué punto puede seguir trabajando con esta mierda: pero no probetas ni matraces, ni siquiera tormentas: sino papel y palabras, y algo de música en los oídos. Y no puede negar que los mira con la misma mezcla de profunda fascinación y profundo asco: a estas alturas de su desengaño cree que es capaz de reconocer que la escritura casi casi le ha dado tanto como le ha quitado. Claro que eso, lo sabe también, es hacerse trampas al solitario. Sabe que en última instancia él y sólo él es el único responsable de todo cuanto le dio y nunca quiso ni supo aceptar, y, por supuesto, responsable también, y mucho peor, de todo cuanto se dejó arrebatar.
Desde luego, se dice: no soy de los que piensan que la literatura pueda salvar ni cambiar la vida de nadie. Y mucho menos aún la escritura. Porque mientras la literatura es escritura ajena arrojada al prójimo, la escritura propia es y va a ser siempre la quimera de alquimia imposible, el veneno y a la vez el antídoto, al tiempo la cura y la enfermedad. No hay salida que no pase por un saldo negativo.
Conque una vez asumidos el peso y la profundidad de este contrasentido, nuestro hombre puede, quizá, darle la vuelta al calcetín y volver su responsabilidad del lado de las costuras: "Hasta qué punto puede uno escoger cuándo escribe. Por qué lo hace. Y, sobre todo, y definitivamente muy por encima en el orden de prioridades, qué escribe cuando escribe. Por qué castigarse y reincidir en este obsesivo filtrado del contenido del alma hecha un cristo...
La hoja en blanco, la mano temblorosa, la cada vez peor caligrafía, la música en bucle saturando los oídos... Esta mierda, en suma, de prensa infernal y pedestre para derramar el aceite de los pensamientos sobre el mundo físico.
Si se deja llevar y conducir por aquella idea surrealista de que en esencia todos los pensamientos y realidades, todos los protagonistas, antagonistas, y su infinito abanico de coyunturas ya están ahí, en algún lugar, no sabemos dónde, pero ahí, y que al darles forma de relato, de historias, no estamos "creando" sino "traduciendo", nombrándolas y bajándolas al mundo, tal vez, solo tal vez, nuestro hombre puede llegar a la conclusión salvadora de que nada de cuanto vertió desde su cabeza sobre el papel fue en verdad "su responsabilidad": "Todo eso, todo esto, ya existía en la nada repleta y absoluta, yo sólo fui traído aquí para rescatar esta retorcida y minutísima parte del legado".
Aunque el autoengaño no le dura mucho: sabe desde luego que esa es una porquería de argumento que no se toma en serio ni el apuntador, y al fin y al cabo los surrealistas, todos, siempre le cayeron un poco gordos, sobre todo Breton... Pero tampoco puede negarse que es un pensamiento refrescante con el que afrontar el declive de este día irrelevante, levantado sobre acero de tristeza y hormigón de silencios, pesadilla de calor sin el más lejano rumor de aparato eléctrico en el horizonte.













