El día sucedió al día, y digo "el día" en lugar de "un día" porque fue como si lo conociese de siempre, desde canijo, como si cada maldito día estuviese siendo el mismo maldito día; como visitar la taza con prisas y cagándote; como rascarte el culo por debajo del pijama, recién levantado, camino del lavabo; o masticar pan, contarte las arrugas ante el espejo, darle sorbos a un café siempre peor que la propia vida... Siempre igual y siempre lo mismo; nada de temerario o luminoso en todo ello. Sólo veinticuatro horas más lejos de todo y de todos. Veinticuatro más acá del umbral que arruinará a todos los cerrajeros. Y ocurre que al escucharme así: "El día sucedió al día", me dije, y acto seguido me puse hecho una furia y me quise matar. Las manos convertidas en garras que hubiesen oscurecido de envidia a las grandes águilas. "Morirás, morirás, ¡morirás!", me susurré al oído, emprendiendo la carrera en pos de mi sombra en plan basilisco, rojo de rabia. Eché a correr al instante, preventivo, abusando del reptil instinto, y salí por piernas. Me dejé allí, plantado en mitad de una nada terrosa y con olor a espermicida, las manos en garfio buscando la presa perdida en su propio cerebro —que era el mío también—, enterito él —enterito yo— copado de enajenaciones. Sí, me dije, "la diñaré", no te preocupes... un día de estos... Y a partir de ahí nada más, salvo que desaparezco: siempre se le espera a uno en algún lugar.
Resistencia en el flanco débil
diciembre 19, 2008
julio 20, 2008
En picado
Esto es casi como ponerse a los mandos de una aeronave alienígena, quiero decir que sí, que sabes que te encuentras en la cabina del piloto —tal vez— y que el cacharro —en teoría— debería emprender el vuelo, pero poco más, del resto ni idea, los mandos se te antojan dildos para hembras mutantes recién salidas del invierno nuclear y los controles se alojan en tu cerebro como el esperanto de un universo paralelo. Y ahora que caigo, ¿a cuento de qué esta imagen? Será por lo de ayer, la caja tonta, minutos antes de irme a la piltra borracho de tedio, y Bruce Willis dentro del tubo catódico, repitiendo por enésima vez lo del aerotaxi made in Moebius, tal que si fuese un Spitfire...
El teclado es el de siempre, supongo. La pantalla también, o al menos eso quiero creer. Pero mis dedos, mis manos, todo yo convertido en Merrick, en elefante, hipopótamo, megalodón de dentadura postiza y branquias esclerosadas. Te sales aunque sean un segundo, un milímetro de tu trazada y estás acabado, porque te ves desde fuera y toda la absurda arquitectura mental que erigiste para sostenerte como significado en el mundo se desmorona. Le ves el envés a la trama y de ahí no hay Dios ni Graham Greene que te saque. Llegado a este punto todo acto, más aún el de la escritura, te parece forzado. Que cada nueva contractura es siempre la misma contractura. Y así todo lo demás, cada pálpito, cada palabra, cada incursión en picado sobre el maizal de la memoria. Hasta el ritmo intestinal parece atrapado en un bucle interminable. Y pese a todo, a medida que te sabes y te sientes réplica de réplica, caemos. Del primero al último. Todos. Porque si adaptamos Heráclito a los nuevos tiempos sigue pasando lo de siempre: nunca te bañará dos veces la misma radiación.
El verano es tiempo de costumbres reptilianas, dejarse de literaturas y mandangas: moverse más bien poco, más bien nada, y parapetarse bien a contemplar al personal paseando sus lorzas, casi todas ellas aberrantes. Días de beber todo lo que esté al alcance y dejar fuera de alcance cualquier pensamiento que comprometa más de dos bits de información. Y sobre todo muchos sueños pornográficos, que aporten al ambiente la humedad que esos muslos y glúteos sobrealimentados calcinan con su nada voluptuoso meneíllo infernal.
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