Resistencia en el flanco débil

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febrero 18, 2014

Doctorado en Paleontología



Cuando despertó el dinosaurio no sólo seguía allí, mucho peor que eso, también se hallaban de cuerpo presente su padre, su madre y tres de sus cuatro abuelos, así como, sí, cierto, oyen bien, leen bien, a su vista no le ocurre nada —conque ahórrense la visita al oculista para el año que viene—, las siete novias de sus siete hermanos —del dinosaurio inicial—, los siete hermanos —y pacientes maridos— también allí, cada uno junto a un otro, en fila y casi diría que formando, así hasta llegar al mágico y simbólico y nada suertudo, esta vez, número de siete mandíbulas terribles. Y sus hijos, ah sí, por supuesto, también sus hijos, y los hijos de esos hijos, tan grandísimo porcentaje de ellos bastardos, pues bien sabido es que la reptil siempre fue una especie menos dada al matrimonio ortodoxo que al concupiscente concubinato, y además a las misiones evangelizadoras el Jurásico es algo que históricamente siempre le cayó muy lejos... Y todos ellos, ristra de quijadas monstruosas, ejército de carnívora devastación, lo miraban de hito en hito, si es que esta expresión aún se puede escribir, lo miraban fieros y salvajes y con el ceño fruncido. ¿Pueden los dinosaurios tener ceño? Y lo que es de mayor importancia; de tenerlo, ¿pueden en verdad fruncirlo? Desde los traductores de Isaac Asimov al castellano sabemos que cualquier maldita cosa viviente, en éste o en cualesquiera otros universos paralelos, puede —y debe— fruncir el ceño. Aunque cualquiera sabe, tal vez estaríamos ante una encrucijada espinosa, echada a perder en el barro de los apriorismos. 

En cualquier caso demos por zanjada la disputa y señalemos que todos ellos, con sus miradas afiladas y sus ceños fruncidos, permanecían allí, acechantes y, cabe decir, armados hasta la dentadura indecible: con arcos, con ballestas, con cuchillos, con navajas y picas y facas de hojas y puntas nada edificantes, amén de, en efecto, sí, siguen oyendo y leyendo bien, todo tipo de carabinas de repetición y ametralladoras pesadas. 

Resulta curioso, pues, del todo llamativo, pues, a todos los efectos extraordinario y hartísimo peculiar, pues, constatar que su primer y último pensamiento ante tan absurda coyuntura e irreal imagen, recién salido de la siesta vespertina, la de, no lo olvidemos, una cohorte de reptiles antediluvianos dispuesta a hacerlo picadillo a la primera oportunidad, fuese a la par tan suspicaz como peregrino: «¿Lagartos con dedos prensiles y pulgares oponibles? ¡Dónde se ha visto semejante maldita cosa, demonio!». 

Acto seguido no le quedó otra que empezar a correr todo lo de sí que le dieron las piernas, por supuesto en vano…

marzo 09, 2011

La flema que devoró París




Yo me hallaba allí más en calidad de desesperado chico de los recados que de corresponsal, hacía meses que había perdido la esperanza de encontrar un volumen anotado de la correspondencia entre Henry Miller y Anaïs Nin. Era un encargo de Nicasio, Nicasio Térpolo, un amigo de Malpartida de Plasencia, quien a su vez lo quería para regalárselo a una monja de clausura. Del convento de San Miguel de Trujillo. Que le hacía unos dulces que para qué... Y como muestra de agradecimiento —o pago por mejor no sepamos qué—, Térpolo quería regalarle el libro de marras, las guarrerías epistolares entre «el Henry» y «la June», y además en francés, que da más morbo... Hasta ahí bien, no parece demasiado complicado, ¿no? ¡No!, ¡no!, desde luego... el problema de base es que la monja dulcera del demonio el libraco ¡lo quería intonso!... Que si no es intonso no lo tocan sus manos beatas, me dice Térpolo que le dijo la servidora de Dios, y a partir de ahí quien estuvo bien jodido no fue otro que este servidor, pobre pecador.

Pues el tema fue, como decía, que yo había perdido toda esperanza, pero aun así tenía dicho a Marienne, ama y dueña de la librería Ferdinand Destouches, para más señas, sita en un oscuro confín parisién de cuya dirección concreta mejor no acordarse, que si alguna vez le caía en las manos semejante rareza bibliográfica y bibliofrénica tuviese a bien el guardármelo. Así que allí estaba yo, haciendo tiempo mientras esperaba a Marienne, que había salido a un recado, por ver si tenía buenas nuevas respecto a lo mío —lo de Nicasio y su dulcera beata, en puridad—, ojeando distraída pero estrechamente unos rarísimos ejemplares de Signal muy bien de precio, cuando el chaval aquél con cara de perro le dijo al padre, «¡que no!, ¡que nooo!, cómprame El Principito, ¡El Principito con dibujos, vengaaa!... », de lo que cabe deducir, así a bote pronto, que el niñato en cuestión lo que se dice muchas tablas no tenía, porque a ver quién es el guapo que me encuentra hoy en día una edición del susodicho principito sin sus monigotes made in «Saint-Ex». Entonces el padre, que debía sentirse muy maldito por haber contribuido a traer al mundo un vástago tan mostrenco, le contestó, «No hijo, no, esas mariconadas no... Te voy a comprar el Hazañas Bélicas». El niño hizo un mohín de cagarse en sus abuelos y acto seguido se sopló los mocos de su morro de carlino. El padre totalitario y paramilitar acudió al dependiente: «Quiero un Hazañas Bélicas, por favor... Es para mi hijo, sabe usted. Voy a hacerlo un HOMBRE... », a lo que éste le respondió tal que lo siguiente: «Aquí ya no vendemos esa basura, señor», quedándose tan ancho, el tío. El señor padre del hijo bobo y cara chucho se quedó poco menos que paralizado. Transido por la muerte y algo más. Aún más duro que la muerte. La ignominia. El deshonor. Lo habían acribillado los boches nada más abrirse la compuerta de su barcaza. Estaba frito. Cadáver inerte en las arenas de Omaha Beach, tan lejos de las medallas. Salvas al aire y banderas dobladas y festín de gusanos. Entonces el niño, que al parecer, todo y lo tonto y lo cánido, llegará a ser más listo que su viejo, se llegó hasta el mostrador gritando: «!¿Y El Principito, el Princi... El Principitooo, eh, eeeh?!... ¡¿EEEEH?!"... ». «Sí, mira niño, aquí tienes todos estos...».

Y así sucedió que en tanto el chavalillo mendaz empezaba a degustar —y olisquear— visual y táctilmente los principescos ejemplares del gran, del enorme Saint-Exupéry, los ojos desorbitados de emoción, desencajados los gordos carrillos por la alegría, fue que me apercibí de cómo el padre, rastrero y subrepticio, conseguía permutar su condición de petrificado por la de huido con el rabo entre las piernas y hacía mutis por el foro, ganando así la puerta de entrada, tan cerdamente.

De todo esto fui testigo yo no hace mucho, en la librería Ferdinand Destouches, el enésimo día que no conseguí la correspondencia intonsa de Henry Miller y Anaïs Nin, y cabe reseñar que lo fui en castellano, tal como lo oyen, lo leen, porque de todos es sabido que si hay una palabra en el orbe con la que los franceses no comulgan desde los días de la Liberación, ésa palabra es «colaboracionista», fenómeno sin par que explica, sin ir más lejos, por qué ningún francés, salvo su dueña y ama, Marienne, haya hollado jamás el cuidado parqué de tan pintoresco comercio, que distribuye buenos libros y mala leche desde 1983.



febrero 25, 2011

¡No hagas eso! ¡No hagas eso! ¡Que te he dicho que no hagas esoooooo, hijodeputaaaa!


No escucharse tanto, carajo, es decir, hacer oídos sordos a la hipocondría, es un mérito de consideración sólo al alcance de unos pocos escogidos de alma serena, amén, por supuesto, de un claro signo de buen gusto, de elegancia, de inmodestia, un tenerse por tan poquita cosa, ellos todos quienes sean, y al lado el mundo con todo quisqui a cuestas, que tanto da si eso de ahí es un simple y sencillo lunar o bien la roja mácula epidérmica que se me llevará por delante a poco que me haga el indolente o me dé por oír llover. Por otro lado, les soy sincero y reconozco que dos puntos por encima de lo cabronesco, la expresión "dejarse morir" me ha parecido siempre de una exquisitez poética sin tacha, aunque, también es de recibo darse cuenta, de intempestiva ponderación, que aquí nadie quiere espichar sin haber pasado antes por caja y eso también es un porque sí del todo comprensible. Se va, se va febrero por el barranquillo, él y todos sus padecimientos de lo suyo de lo bisiesto, y heme aquí, más tonto que el haba que no me quise comer cuando muy chico, y aún me duele el soplamocos que me soltó mi santa madre. Cómo fue aquéllo: "¡Por mis muertos que te comes las habas, vaya si te las vas a comer, jodío abernunciooo!!!"... O algo así. Y todo eso que tengo que agradecerle. Gracias mamá. Desde entonces que ya no me asustan ni las legumbres ni la muerte. Bueno, la muerte un poco sí, un poco bastante todavía, pero eso no es culpa tuya, eso es todo demérito mío, que he salido de un cagueta que para qué abundar... El tema es que febrero ha sido un mes quejicoso y enfermón, como de resaca de la Peste Negra, allá por las oscuras centurias, cuando en Europa nos empeñamos en desaprenderlo casi todo. Apenas un par de letras que echarme a los caninos y aún gracias. Por eso, supongo, me revienta el bítico buzón de peticiones de lectores y lectoras y lectrices hay que ser tan políticamente correcto como temerariamente insurrecto que me gritan qué coño pasa, tío mierda, queremos más, más vida puta, más vida puta por favor, por lo que más quieras, que esto ya no hay quien lo aguante... Y que la total insinceridad y mentira e impostura de esta última información tendenciosa no les conduzca a engaño, que no desvíe ni su atención ni su pericia con los puños y las armas blancas de lo esencial, que aquí, en este caso, en esta letra concreta que ya está que se autofiniquita, que está por acabar, no es ni debe ser otro detalle que éste: el orbe está lleno de gañanes entrajados, la boca llena de ambigua e hipócrita charlatanería, letanía de fulleros, que quieren dar al traste con sus ganas, sus ganas de ustedes, todas ellas sagradas y legítimas, de encamarse con la vida, follarse el mundo tan salvajemente y sin condón. Conque no, que no dejen que tipos semejantes les arruinen el polvo. Denles con el palo en la bocaza o en la gónada entrepierna. Que muerdan el polvo. Denles bien fuerte. Por favor.

diciembre 23, 2008

A mí me daban tres



Eso, eso. En realidad te hartas de cosas así; este rebanarte día a día las pelotas. La mermelada de ciruela sobre la mantequilla (siempre preferiste la de melocotón); los tumultos de caterva esperando agónicos que se abra la puerta del metro para vomitarse como carne picada y podrida y vestida sobre la máquina de raíles horadadora de oscuridades (siempre preferiste haber nacido Trífido); mires donde mires un velo de zafiedad impregna el aire en una especie de rocío mucilaginoso y letal. Respira una, dos, tres veces y ya estás listo, empiezas a transformarte; como Jekyll, o no; como Hyde si es que hubiese ido un paso más allá, se hubiese ventilado entera una barrica de absenta rebajada con líquido de frenos. Roña humana que apesta por dentro y por fuera. Y quiere hacerte partícipe de su coyuntura vital en tanto que basural genético. Aproximan su cara a tu cara, siempre peor (por lo humana y por lo cercana) a mil alfileres en lo tierno de la uretra. Y no contentos con eso, te hablan. Te expelen en la mismísima jeta, tu mismísima pituitaria, informes sartas de sonidos articulados cargados hasta las trancas de guerra bacteriológica. ¿Cómo puede haber individuos que expulsen gases más mortíferos por la garganta que por el recto? Pues ahí los tienes... Son el paso que va más allá. El apocalipsis definitivo. Doctor Moreau desatado y perdido de la chaveta. Reíros de los anticuerpos, mofaos de los ultracuerpos: someteos esclavos a la tiranía de los roñocuerpos. ¡Coming soon! Dios no necesita televisión digital, mira constantemente el VideoCirco: Canal Atrocity Exhibition; sorbe hidromiel todo el rato, esnifa chocolatina en polvo y come nachos con la mano con que no se la pela... No estoy hablando de una maldita metamorfosis (jódete Kafka!!!), ni de una involución (jódete Ballard!!!) , es más bien una "transpestación"; dejas de ser una mierda para ser otra distinta. Que todo cambie para que todo apeste igual (jódete Lampedusa!!!), sobre todo si a mediodía has comido judías pintas. O acelgas. O un telediario... Pero te quedan el recato y la baturra sabiduría: ¿quién es el guapo que no apestaría a topillo de las marismas a poco que se lo propusiese?, esto es, ¿se dejase un tanto y otro poco?... Ahora bien, por lo que no pasas, por ahí ya no, es la falta de maneras. De estilo. De educación. Un mínimo común múltiplo de vergüenza. Seres que se creen en la potestad y la prerrogativa de abordarte e invadirte sin siquiera pasar por el sencillo y tan barato peaje de un "Disculpe usted (es mi intención mearme en su tiempo)", un "Hola, muy buenas tardes (venía a a ver si era posible timarle unos euros)", un "Perdona, pero es que (no vengo más que a cagarme en tus muertos)". De las hijoputadas no hay quien se salve, cierto, pero ¡ojo!, al menos con la putísima educación por delante, coño... Mi padre, mal rayo lo parta, siempre tuvo una cantinela popular para estas cosas mundanas: "Los buenos modos, Maruja, con sangre no, pero a hostias sí entran... Mira si no... SPLAF! SPLAF! PLATAF!!!!". Anda que no me cayeron chuflas... Y así sucedió que encajé una tras otra cientos de palizas hasta que aprendí a dirigirme al prójimo como es de recibo. De aquellos polvos estos lodos. Y estas pajas. De ahí mi chufflo nombre. De ahí, también, que tan a menudo te topes circulando por este puerco mundo —por un cerdo Dios sintonizado (jódete Rouco Varela!!!)— con interfectos pestosos y maleducados a los que propinarías una hostia tras otra, tras otra, tras otra, tras otra, tras otra, tras otra... y así hasta que al tipo lo llamasen Trinidad.

diciembre 11, 2008

Escaneando la Oscuridad: huele a orines y a podrido

El Gran Sbragia te vigila...


Andaba ocupado en no hacer nada, optimizando mi alma en la vagancia, cuando sonó el teléfono. Sólo pensar en la muy hipotética posibilidad de tener que levantarme y coger la llamada ya me cortó el rollo: me destrempó en un segundo la caraja mental. Giré sobre mí mismo, apoltronado en el sofá, dándole el culo al aparato. Dejó de sonar. Segundos de silencio. Retorno a la divinidad… Intenté imaginar cómo picaría tener el hemisferio izquierdo de la chola infestado de piojos.

Al poco el trasto volvió a sonar. Sus muertos. Rastreé pretextos en mi cabeza. Un motivo con cara y ojos por el que levantarme y coger el maldito teléfono. Pronto encontré una tipa bien buena, su voz sensual al otro lado del hilo intentando camelarme; que comprase, contratase su servicio; mierdas de esas; y mientras yo, ni que sí ni no te digo, guapa, tocándome la entrepierna a costa de tu escala de agudos untada en mi maná semental… Así que fui y contesté: "Diga lo que sea". Y lo hizo, una voz de tía, sí, pero castrante y camionera, con caja de resonancia de cómo poco los cien kilos en báscula farmacéutica: "Buenos días, ¿es usted Wilson el interconectado?". ¡Mierda, no! Una vez más me habían descubierto. Maldito programa de protección de testigos… Estaba claro aquel desliz en el lavabo de tías jamás me dejaría vivir en paz.

Tenía que volver a despistarlos a cualquier precio. Debía hacerlo por mi integridad; la de ellos, los dos, mi par de innombrables. Conque puse en ello todo mi ingenio: "Sí, joder, soy yo, qué coño pasa…". "Ah, bien, bien, lo sabía... Verá, caballero, llamo en nombre de la Compañía QWERTY y quería hablarle acerca de nuestras ofertas en desconexión alámbrica, inálambrica, alambicada, guayrless y blutúz... Según observo en mis ficheros ha sufrido usted problemas de caídas en la interconexión últimamente y bla bla bla…".

Me tenían pillado, joder si me tenían. Del todo, me habían pillado el culo, hasta los últimos pelillos del ojal, vaya que sí… "Estoo… errr… se equivoca usted, preciosa… yo estoy muy satisfecho con mi servicio de lavandería… Es más, incluso me atrevería a decir que la palabra es ‹‹TERRIBLEMENTE››. Eso es: te-rri-ble-men-te satisfecho con mi servicio de lavandería". "¡¿Lavandería?!... pero... oiga, yo le llamo de QWERT...". "No, no, nooo… me parece que te has equivocado de interconectado, nena; yo soy el Wilson que repara neveras en Trafalgar Escuer. Conque adiós". "Pero oigame, yo...".

Y fin: colgué. Ya estaba hecho. Tenía ganas de fruta, un zumito. Sentía una como sed enfermiza en el fondo del hígado. Fui al frigorífico, había uno de leche con plátano... y luego... luego... bueno… Luego ya no supe cómo narices continuar esta basura. Tampoco ahora, así que mejor dejarlo estar...

En otro orden de cosas, ahora que caigo, el otro día vi a Sbragia por la calle y me dio mucha vergüenza porque todavía me acordaba de cuando me había reído de él en su misma cara, pero como no se dio mucha cuenta y además es un completo ingenuo, va el tío y me saluda. Se paró a charlar. Así que yo me tuve que parar también. Hasta acabó invitándome a unas pintas. El tipo tenía que soltar su mierda a alguien y ese día yo me hallé en el momento y lugar contraindicados.

Estuvimos allí un buen rato, repantingados en las sillas, estirados como gatos allí, con nuestras cervezas, al calorcito, y mientras me hablaba y hablaba, el majo de Sbragia, yo no podía dejar de pensar: "Pues no es tonto ni nada, el bragas éste", y luego echaba un buen trago de birra, y me reía mucho por dentro, por donde no se notara.

Yo acababa de leer A Scanner Darkly de Phil Dick, en la pésima traducción de César Terrón, aquella de Acervo, con ilustración horrible en las sobrecubiertas blancas, y no podía parar de imaginar al bueno de Sbragia comido vivo por los áfidos, es decir, por los piojos. Y luego mi cara, la cara que él veía, la misma que las holocámaras instaladas en el bar grababan; mi cara, que no era mi auténtica cara porque era la suma de todas las caras, cambiando de rasgos constantemente gracias al “monotraje mezclador”, como si mi jeto fuese una condenada máquina tragaperras en constante tránsito hacia el Trío de Jackpots del Juicio Final.

¿Acaso soy por ello un cabrón? ¿Un auténtico hijo de puta? Bien, pues lo seré...

¿Qué más? Ah sí, luego llegué a casa de mi hermano, Lionel, que trabaja de sexador de pollos no siendo japonés, lo que bien mirado tiene mucho mérito, aunque luego todo el mérito que gana por ahí lo pierda siendo un borrachuzo fracasado que ya no pega a su mujer porque ésta hace tres años que lo abandonó en su propio charco de vómitos.

Estaba allí, en su cuchitril mierdoso, pero él no; suerte que tengo llaves de su cubil y más suerte aún que él no sabe que se las copié a hurtadillas. Le mangué otra birra de la nevera. El pobre desgraciado está obsesionado con que en su casa hay fantasmas. ¿Podéis creerlo? En fin… Luego sonó el teléfono. Me picaba la cabeza. Intenté recordar cuánto hacía que no me duchaba mientras descolgaba el aparato: "Oye, Wilson, pedazo de mierda chabacana, hicisite muy mal al colgarnos, sabeees... Ahora sí que la has cagaaado, sabeees... Ahora sí que te vamos a interconectarrrr".

Y después de aquello reconozco que ya no tuve más sed en todo el día y desde entonces observo un tanto paranoico las aristas de las esquinas...

septiembre 11, 2008

El Apocalipsis es un plato que se sirve... a los cretinos

—¡Eh!, un momento… Tu jeta me resulta familiar.
—¿Sí?
—Sí…
—Vaya.
—¿Nos conocemos?
—No sé, yo soy Chufflo, ¿y tú?
—¡¿Qué?!
—Eso.
—Estás pirado, tío. Yo soy Chufflo.
—¿Sí?
—Sí…
—Vaya.
—¿Qué coño quieres decir con “vaya”, ¿eh? A mí no me jodas con “vayas”…
—Está bien.
—No obstante, he de reconocer que tu puta cara es mi puta cara…, y eso me cabrea.
—Ya te lo dije.
—¿Me dijiste qué narices?
—Que soy Chufflo.
—¿Y yo?
—Tú también.
—¿Y cómo coño se come eso?
—Los hadrones.
—¡¿Qué?!
—Hadrones.
—No sé de qué maldita cosa me hablas, tío.
—Bueno, los hadrones, cómo decirlo, son como…, bueno, van y vienen y eso, ¿no?, y…, luego…, perooo, no se ven, lo cual es toda una tocada de huevos…, por eso hay que sacarlos a la superficie, y bueno..., ya después todo se junta, aquello y lo otro y lo de más allá y bueno… En fin…
—¡¿Qué?!
—Tú quédate con un par de conceptos: envidia y complejo de inferioridad. Ahí está todo.
—Creo que te voy a dar un par de hostias, mano abierta, nada personal…
—Joder, tío, cualquiera diría que eres yo… Dios juega a los dados, ¿no?, ¿hasta ahí llegas?... Bien, pero el hombre ni siquiera es barro, ni tan siquiera lapo de los dioses, es caca, larva fecal; por eso tiene envidia, por eso mismo también complejo de inferioridad. Así que se pone a jugar a las canicas. Por despecho. Por cochino rencor. A ver si así lo manda todo a tomar por culo. Los hadrones son sus canicas, sus balas; la ruleta rusa de un niño pobre al que nunca compraron dados.
—¿Y entonces?
—Entonces nada, si tú estás aquí y yo estoy aquí es que se acabó la partida.
—Pues yo he quedado a las nueve con una piba del gentemessenger, es más fea que el pecado, pero dice que si le invito a marisco me la chupa.
—Te jodes.
—De todos modos no acabo de ver la situación.
—Un agujerazo negro.
—¿Negro?
—Del todo. Los hadrones se han petado el cacas entre ellos y ahora tu universo está abismándose sobre mi universo. Pero sólo puede quedar uno.
—¡Coño!, como en Los Inmortales...
—Más o menos.
—En ésa estuvo fino el Christopher Lambert, ¿eh?
—¿Lambert? ¿Quién demonios es ese hijo de puta?
—Ah…, claro, ya entiendo. El Agujerazo Negro.
—El mismo.
—Pero hay una cosa que no entiendo…
—(Díos mío…)
—Si es agujerazo y es negro, cómo es que todavía seguimos aquí tú y yo, dándole a la sin hueso.
—Bueno, en realidad es bien fácil, hay que partir de la certidumbre de que los físicos de tu universo no tenían repajolera idea de una mierda. A partir de ahí, bien, comencemos de nuevo: un agujerazo negro es como cualquier sumidero de este y cualesquiera otros mundos, o mejor, como un culo, un ojal de yack. Evacuar el intestino no es cosa de un nanosegundo, no señor. Ahora mismo tu universo es una enorme bosta de masa y energía, descolgándose morcillesca desde el orto hadronero hasta mi puñetera dimensión. Que alguien o algo tire de la cadena es sólo cuestión de tiempo.
—¿Y entonces cómo acaba la cosa?
—Uno de los dos debe comerse al otro.
—¿Quieres decir en plan antropófago, Humberto Lenzi y todo eso?
—No, sólo a nivel simbólico y molecular.
—Joder, qué putada… ¿Ya te dije que esta noche me la mamaban?
—Te jodes.
—Eres un cabrón.
—Lo sé.
—…
—(imbécil…)
—¿Sabes qué? Creo que me estás tangando, me quieres empapelar… ¿Cómo sé de verdad que eres Chufflo?
Soy Chufflo.
—A ver, demuéstramelo, cágate en todo…
—Mendiós!
—No, así no, pedazo de marica, así: MENDIÓS!!!
MENDIÓS!!!
—Mierda, pues sí que eres Chufflo.
—Te lo dije.
—¿Y no divergemos en nada?
—Sí, yo tengo un miembro viril de 27 centímetros de longitud, así como cierta dificultad para pronunciar la elle.
—Conque la elle, ¿eh?
—Esa misma.
—Di “arroz con conejo”
—Arroz con conejo.
—¡Anda!, pues es verdad…
—(idiota…)
—¿Y entonces ahora qué hay que hacer?
—Nos la jugamos.
—¿A cervezas y salchichas?
—Lo siento, Bud Spencer todavía no ha nacido en esta dimensión, y su madre que se alegra, oye.
—¿Y entonces cómo?
—Ahora mismo no se me ocurre nada.
—¿Y por qué no un duelo de chorras? Tal vez sea cierto que te llega al ombligo, cabrón, pero yo la tengo como vaso de cubata.
—¿Como Nacho Vidal?
—Ah, pero conocéis aquí al Nachete…
—Es ministro de Sanidad.
—¡La hostia!
—De todos modos no puedes sacarte la minga en público, este universo es un estado policial.
—Joder… ¿Y entonces qué coño?
—Y digo yo, porque no nos vamos a tomar unas bravas al bar de la esquina, hacemos tiempo hasta que el chorongo se desoville y dejamos que él decida…
—Me parece una idea de putísima madre, tú.
—Pues vamos.
—¿Sabes?, creo que este puede ser el principio de una chuffla amistad…
—¿Querrás decir el final?
—¡¡¡Ouch!!!

septiembre 01, 2008

Le petit déjeuner

Despierto de un sueño demente a la par que lucrativo, en él, cada vez que desfilaba una tipa jamona ante mis ojos libidinosos, o bien albergaba en mis adentros perineales un pensamineto húmedo y casi tumescente, va y me salían los tres jackpots en la tragaperras de la duermevela, que acto seguido procedía a soltarme mil sonoras pesetas, en monedas de a cien de las de antes, cuando había rubias. Me froto los ojos empegotados de legañas y me paso la diestra mano por la cabezorra, de atrás adelante, de alante patrás, como calibrando la resaca, gesto que no sirve para una mierda pero que es en sí mismo asaz peliculero a la par que chorras, y que únicamente se aprovecha en su ciento por ciento de inutilidad cuando lo alto de tu mollera culmina en frondosa cabellera de pelardos. Al final no me queda otra, tomar consciencia y mando de la situación: "¡Coño!, pero si sigo aquí...": la puta vida esta.

Desayuno café solo con almendras. Lo del café sólo observa su justificación en que el culillo de leche que me quedaba en el tetrabrick de la vaca rijosa está agrio, grumoso, como lefa frita de calor sobre el salpicadero de un simca 1000 abandonado en lo peor del desierto de almería, justo allí donde casi la casca el bueno de Eastwood, que de bueno nada, que era tan cabrón como el resto; la suerte que tuvo el tipo es que pasaba del metro ochenta. Lo de las almendras, en cambio, no tiene conexión alguna con que no me saliera de las pelotas comprar galletas ni madalenas ni tostadas con la mermelada ya untada de fábrica, lo último en chifladura alimentaria. Simplemente me gustan las jodidas, malditas, calóricas almendras. Así que las desayuno. Y punto.

Salgo. Bajo las escaleras. Una maruja haciendo la escalera, es decir, fregando la entrada del edificio, y cuando digo "maruja" lo que en realidad pretendo es precisamente esto: ahorrarme el tener que describir que es una analfabeta de pueblo, orillados los 50, escarola horrífera y teñida coronando su testa, cara de bolso, alma negra de mazapán carbonizado tras treinta o más años de trabajo cabrón y servil. Le piso el suelo recién fregado al pasar, qué remedio, pero ella no levanta la cabeza, sigue a lo suyo.

Pero mierda, me he dejado el móvil arriba, vaya por dios. ¿Debería subir? Nunca me llama nadie, es cierto, pero quién sabe. Miro la calle, hoy pintan bastos en el cielo... Doy media vuelta y subo: vuelvo a pisar lo fregado. Sin comentarios por sus partes.

Ya estoy de vuelta, móvil en el bolsillo. Nuevamente en la entrada y de nuevo mis huellas en el suelo húmedo. La chacha no chista mueca. De inmediato pasa la fregona sobre mis zapatos recién impresos por segunda vez en su barniz de lejía.

Pero, uy, me he dejado el cargador del teléfono y lo llevo con apenas un hilillo de batería. Debería recargarlo en el curro, por si aquello de que va y alguien se le rompe una tripa y del cielo llueven chuzos de puta —sí, leyeron bien, de puta, de PUTA y no de punta — y hasta, quién sabe, va y recibo una triste llamada...

Voy por él. Pasos que dejan huella los míos, todo un carácter mi menda. A la ida nada pero a la vuelta, quiero decir a la bajada, ya con el cargador en la bolsa, la mujerona me mira no sé bien si con odio o con asco, o con algo intermedio, monstruoso e informe, cruce contra natura de ambos, cuyo apelativo nominal me habría de entretener en buscar cualquier día de estos en el María Moliner.

Me piro, me piro, ya llego tarde veinte minutos, pero, uy... ay... ¡rediós!... que me entra, que me entra... que de pronto me estoy cagando almendras afuera, como puños de Mazinger, lo que se dice a base de bien. Me he puesto que rompo aguas y me viene de cabeza el truño grandón y retortijero.

Subo corriendo antes de que se me escape pierna abajo "la criatura" y, claro, vuelvo a pisarle a la pobre desgraciada el suelo bañado inundado en desinfectante barato..., pero bueno, pienso mientras asciendo escalones a ritmo de tres por zancada, mejor eso que dejarle allí plantado todo un señor Mojón, Rodin en potencia, ¿no?, todo él escultura perecedera, monolito apestador.

Lo hago. Me refiero a cagar. En mi casa. Mi inodoro. Luego tiro de la cadena. Floooossshhhhh... En el curro me crujen fijo, pero qué voy a hacerle si me viene de improviso el momento "olbrán". Bajo otra vez, todo descanso y cara de ancha felicidad, tan grande ha sido el muerto que me he sacado de encima. Me dejé vacío, talmente sin mierda en las tripas, que diría el Monterito Glez. Ufff. Como éste ya se van viendo pocos...

Vuelvo a pisar: "¡¡¡¡Pero hay que ver que está el mundo lleno de hijos de la gran putaaaa, ehhhhhh!!!!... ¡¡Y no se acaban, no, no se acaban!!", pero claro, esto lo escribo yo así de bien y sin faltas porque soy un tío con educación y estudios y me falta sólo una desde hace tres años para ser licenciado, que la tía bestiaja me lo suelta más o menos de esta guisa: "Pero ay que vé questá er mundo yeno dihjo de la gran putaaaaaaa, eeeeeeee!!!!... y nosacabanno... nosacabannnn!!".

"Cuánta razón tiene usted, señora mía, no sabe usted cuánta", le respondo, pronunciado lo cual tengo a bien desaparecer por el resto del día. Y en verdad que razón no le faltaba a la bendita.