Resistencia en el flanco débil

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octubre 30, 2024

El Enigma de las Palabras Muertas (Dying Words, 2006) de Shaun Hutson

 



    El primer enigma de la cosa ésta es cómo coño un libro que en shakespiriano se intitula "Dying Words" se acaba traduciendo en quixotesco como «El Enigma de las palabras muertas», la responsabilidad de esta sandez, como sabemos, fue indirecta pero enterita del ínclito Dan Brown. 

    Otra cosa que ni se entiende, por marciana, es que novela semejante saliese al mercado español bajo el auspicio de Minotauro, lo que demuestra, junto con otros no menos marcianos títulos de su catálogo en aquellos años (muchos de ellos, como éste que nos ocupa, en su Colección Hades), lo perdida que anduvo la dirección del sello en los años que sucedieron a la compra de la mítica editorial del gran Paco Porrúa por parte de Grupo Planeta.  

    El resto de sandeces, es decir, la novela entera, fue toda ella, sí,  culpa directa de Shaun Hutson. Que quién coño es Shaun Hutson. Pues Shaun Hutson es y será siempre el autor de la novela que nuestro querido Juan Piquer Simón convirtió en la truñopeli de las babosas asesinas: «Slugs. Muerte Viscosa». Si no sabes de qué peli te estoy hablando, amigo mío, no sé en qué dilapidaste tu adolescencia, pero tengo claro que videoclubs no pisaste ni uno...   Por lo demás, quién sabe, algún día puede que hasta me le lea la novela y todo.

    La que sí leí fue ésta, "Dying words", que es una cosa bastante mala y bastante reaccionaria, pero me interesaba la idea central de la trama, del enigma de marras, y que, en resumiendo, viene a exponer que, en ciertas circunstancias, la escritura puede cobrar vida, cuerpo, carne y sangre y, ya puestos, las más homicidas y sanguinarias intenciones.

    Al margen de esta idea, que me parece lo mejor y prácticamente lo único salvable del libro, uno asiste con cierta sonrisa cómplice a los pequeños ajustes de cuentas para con la industria editorial que Hutson va perpetrando a lo largo de sus páginas. No conforme con irse ventilando, uno a uno, y de las formas más cafres y gore imaginables, a un editor, un crítico literario y una relaciones públicas (editorial), Hutson guarda el peor de los finales para Frank Denton, un escritor de terror superventas que dejaría en pañales al gran Sutter Cane de John Carpenter. Cuesta muy poco imaginarse el estudio de Hutson mientras escribía esta novela, con la cara de todo un Stephen King sonriente colgando de la pared, a modo de diana, y seis o siete dardos perforándole los ojos miopes...

    Otra cosa muy interesante que le encuentro a perder el tiempo escribiendo sobre estos libros de mierda es que tirando del hilo del internete me topo con cosas surrealistas y del todo psicotrónicas, como que al bueno Shaun Hutson, a parte de encargarle la novelización UK de "The Terminator",  le invitaron también a meter la cuchara en escrituras mercenarias tan chachis como novelizar pelis de la Hammer:  "Twins of Evil", "The Revenge of Frankenstein", "X The Unknown"... 

    Joder. Ganarte las garrofas haciendo eso es muchísimo más divertido que escribir tu propia mierda. ¿O qué? 

      


"Slugs, muerte viscosa", de Juan Piquer Simón


enero 04, 2024

Conduciendo a ciegas (Driving Blind, 1997) de Ray Bradbury

 


 

    «Hastío». «Agotamiento». «Sequía». Son algunas de las palabras que vienen a mi cabeza al pensar en este libro. Desde luego no es la primera vez que revolotean por mi sesera en relación a Ray Bradbury, pero en ningún otro de los libros que yo le había leído hasta ahora como en éste afloraron de una manera tan directa, urgente y (¡ay!, sobre todo) necesaria.

    Pienso que no hay mejor baremo para enjuiciar una lectura que las veces que te sorprendes desconectado de ella: tienes que volver párrafos atrás, a veces incluso páginas enteras, cuando no directamente empezar de nuevo el cuento o el capítulo, porque te das cuenta de que hace ya un buen rato que no entiendes de dónde viene nada de lo que lees, y, lo peor, sabes a ciencia cierta que no fue tu atención la que se marchó, sino que fue el autor quien decidió emboscarse, ve tú a saber en qué grutesca senda, sin tu compañía.

    «Conduciendo a ciegas» es una antología de relatos de 1997. Para ese entonces Ray Bradbury llevaba la friolera de 50 años escribiendo (y publicando) de manera profesional prácticamente ininterrumpida, fiel a un estilo que durante años y libros cabalgó como pocos entre el romanticismo y el lirismo, sin por ello renunciar a un potente fondo metafísico y moral. Títulos como «Crónicas Marcianas», «Fahrenheit 451», «El País de Octubre», «El Hombre Ilustrado», «El vino del Estío» o «La Feria de las Tinieblas» son y serán imperecederos. Son muchos años y fueron muchos libros. Es fácil pensar que en los últimos años comenzaron a darse síntomas de extenuación y fatiga creativas, repetición de temas y lugares, sobre todo en un autor como Bradbury, en el que lo que se decía estaba prácticamente a la misma altura que el cómo se decía.

    Los relatos de este libro, sin embargo, aunque me transmiten esa sensación no acaban llevándome a esa conclusión, es decir, la luz se estaba extinguiendo, eso queda claro —y es lo que realmente me importa como lector— pero no tanto porque la bombilla estuviese llegando al límite de su vida útil, como porque el propio Bradbury hubiese decidido aflojar el casquillo a propósito, con el fin de quedarse a oscuras consigo mismo.

    Tras tantos años siendo el mejor emisario y baluarte de la magia y la fantasía de los años de infancia y adolescencia, y si es cierto eso que dicen de que la vejez es la época de regresar al niño que fuimos, los cuentos de «Conduciendo a ciegas» forman parte del cuarto de juegos del viejo Ray, recreándose y disfrutándose niño de nuevo. Me parece lógico que nos acabemos  quedando  fuera de unos relatos que eran para exclusivo uso y disfrute de su autor, un hombre que ya había dicho todo lo que tenía que decir, tan bien dicho, y para el que ahora, en sus últimos años, ser inteligible había dejado de ser una prioridad; la urgencia y la felicidad y la vida residían nuevamente en simplemente volver a jugar.