Resistencia en el flanco débil

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septiembre 08, 2011

Pienso en francés, luego existo en Netherlandia




Pienso, luego existo, luego soy, luego lo merezco todo, Todo, incluido también todo lo tuyo, conque dámelo, ¡dámelo todo!... El Discurso del Método es aquel librillo entrañable y luminoso en el que, de algún extraño modo, podía leerse entre líneas aquello de que todos y cada uno de nosotros somos rey y dios del universo solipsista que habitamos, cada cual el suyo, en creándolo a través de nuestro pensamiento egomaníaco. Pierre Bergounioux es un tipo muy cachondo, muy pillo, y nos dice: ey, tíos, de entre todos los entes pensantes nacidos de mujer sólo uno, el compatriota Descartes, pudo escribir un librillo tan entrañable y tan luminoso como el Discurso del Método, y aún os diré más: de entre todas las naciones habidas y por haber sólo en una, la Holanda de los tulipanes, pudo haber escrito el compatriota Descartes el dichoso entrañable y luminoso tomillo de filosofar racionalizador. Todo el egoísmo que somos y aun el egoísmo que seremos se lo debemos, pues, al país de los canales y los comedores compulsivos de patatas fritas ahogadas en salsa.

Así las cosas, tras el intempestivo experimento de discursiva posthumana que supuso B-17G, Una habitación en Holanda, el segundo Bergounioux que me tiro a la cara en pocos meses, se antoja una curiosa y hábil forma de explicar la causa a partir de sus consecuencias y no al revés, que es como se suelen conducir estos menesteres si pretende uno que no le rían la cátedra... El invento no deja de tener su aquél, lo reconozco, y desde luego si hay algo que no se le puede reprochar a Bergounioux es que guste de los planteamientos trillados, lo que tal y como está el panorama ya es todo un qué.


junio 25, 2011

Atlas de Anatomía Mecánica




En un choque automovilístico fatal se producen tres colisiones irreversibles, tres muertes inmediatas y encadenadas: primero el choque del torrente sanguíneo contra las paredes de los vasos, glóbulos rojos y blancos y demás flora plasmática destrozados contra las paredes arteriales; después el impacto de los órganos internos contra la carcasa de musculatura y hueso: hígado, estómago, pulmones, bazo y corazón del todo reventados; y finalmente el cuerpo desde fuera, piel vestida y ojos desorbitados por la sorpresa ante el súbito final, encastándose contra el volante y el cuadro de instrumentos o bien saliendo despedido hacia la eternidad a través del parabrisas. Triple muerte por triple impacto en milésimas de segundo. Esto lo aprendes con Ballard. Lo aprendes en Crash.

Con Pierre Bergounioux asistes a una lección parecida: un Focke-Wulf 190 alemán dando muerte a una fortaleza volante B-17 sobre el cielo alemán de 1944, se produce también, igual, en los mismos tres tiempos, pero en sentido inverso. Primero los proyectiles del caza hacen trizas el fuselaje del bombardero, desde ese mismo segundo ya herido de muerte; después le toca el turno a la piel vestida de uniforme y los ojos perplejos de sus tripulantes, que aún no saben cómo y por dónde los penetró la eternidad; y estalla al fin, en tercer término, todo lo de dentro, huesos y órganos, sangre y músculo y tendón, pasado por la batidora y transformado en una irreductible inercia de casquería. El colapso de las vísceras significa a la vez el colapso de los tripulantes, cuyo colapso, al tiempo, significa el colapso de la nave, que cae abatida y se precipita sin remisión al suelo. Triple muerte por triple impacto en milésimas de segundo. Es la muerte acelerada. La muerte posthumana a manos de le técnica y la velocidad. El nuevo modelo de matar del siglo XX, su favorito.

B-17G no es tanto una reflexión sobre el siglo de la violencia como un lúcido memento de los albures del cyberpunk: los primeros flirteos del hombre con la máquina, los pilares de la vida orgánica en simbiosis con la mecánica. La fortaleza volante derribada es una muerte postuhmana porque la fortaleza volante es ya en sí un ser vivo y autónomo, que participa de la humanidad sin ser exactamente humana. La fortaleza volante es el pájaro terrible que surca los cielos de la Europa devastada, sus órganos internos, sus diez tripulantes, y su sangre, la sangre de éstos. Igual que el caza alemán que los ha derribado no es sólo un hombre pilotando un aeroplano. Igual que un deportivo a 300 por hora por la autopista, su conductor borracho y suicida a los mandos, no es sólo un coche y un hombre dentro. Los dos unidos y en simbiosis, al ser uno, ya no son hombre ni máquina, son otra cosa que participa de ambas sin ser ninguna. Un ser postuhamo de potencial cataclísmico. Un acerado escalpelo mecánico cuyo alimento es la velocidad.

El mecánico de a bordo, el piloto, el artillero de cola... todos y cada uno de los diez tripulantes, al subir a la fortaleza volante y asumir su puesto, dejan de ser hombres, pierden su individualidad y pierden su libre albedrío, trocando su destino por el de la propia nave. Una mucho más que kafkiana metamorfosis en la que el ser orgánico y sapiens trasciende su condición para tornarse a la vez cerebro y pieza móvil de la máquina volante, ángel de muerte. Son los pañales de la civilización que hoy transitamos; el mundo entonces recién bautizado como moderno —después posmoderno— y ahora hipermoderno: la entronización de la técnica al servicio de la velocidad. Los días de la vida rápida y la muerte acelerada.

Se trata del mismo culto a la posthumanidad que el día de mañana dará por cerrado el primer viajero en el tiempo, abriendo con su máquina nada wellsiana —su tentativa exitosa sobre el grial de la física— un agujero negro en los cojones de Dios y colapsando de paso el Universo, antes, eso sí, de haber alumbrado, en miles de años de Historia del Pensamiento, una sola e íntima verdad que lo libere del horror de la eternidad y de la angustia del vacío.