Resistencia en el flanco débil

enero 04, 2024

Conduciendo a ciegas (Driving Blind, 1997) de Ray Bradbury

 


 

    «Hastío». «Agotamiento». «Sequía». Son algunas de las palabras que vienen a mi cabeza al pensar en este libro. Desde luego no es la primera vez que revolotean por mi sesera en relación a Ray Bradbury, pero en ningún otro de los libros que yo le había leído hasta ahora como en éste afloraron de una manera tan directa, urgente y (¡ay!, sobre todo) necesaria.

    Pienso que no hay mejor baremo para enjuiciar una lectura que las veces que te sorprendes desconectado de ella: tienes que volver párrafos atrás, a veces incluso páginas enteras, cuando no directamente empezar de nuevo el cuento o el capítulo, porque te das cuenta de que hace ya un buen rato que no entiendes de dónde viene nada de lo que lees, y, lo peor, sabes a ciencia cierta que no fue tu atención la que se marchó, sino que fue el autor quien decidió emboscarse, ve tú a saber en qué grutesca senda, sin tu compañía.

    «Conduciendo a ciegas» es una antología de relatos de 1997. Para ese entonces Ray Bradbury llevaba la friolera de 50 años escribiendo (y publicando) de manera profesional prácticamente ininterrumpida, fiel a un estilo que durante años y libros cabalgó como pocos entre el romanticismo y el lirismo, sin por ello renunciar a un potente fondo metafísico y moral. Títulos como «Crónicas Marcianas», «Fahrenheit 451», «El País de Octubre», «El Hombre Ilustrado», «El vino del Estío» o «La Feria de las Tinieblas» son y serán imperecederos. Son muchos años y fueron muchos libros. Es fácil pensar que en los últimos años comenzaron a darse síntomas de extenuación y fatiga creativas, repetición de temas y lugares, sobre todo en un autor como Bradbury, en el que lo que se decía estaba prácticamente a la misma altura que el cómo se decía.

    Los relatos de este libro, sin embargo, aunque me transmiten esa sensación no acaban llevándome a esa conclusión, es decir, la luz se estaba extinguiendo, eso queda claro —y es lo que realmente me importa como lector— pero no tanto porque la bombilla estuviese llegando al límite de su vida útil, como porque el propio Bradbury hubiese decidido aflojar el casquillo a propósito, con el fin de quedarse a oscuras consigo mismo.

    Tras tantos años siendo el mejor emisario y baluarte de la magia y la fantasía de los años de infancia y adolescencia, y si es cierto eso que dicen de que la vejez es la época de regresar al niño que fuimos, los cuentos de «Conduciendo a ciegas» forman parte del cuarto de juegos del viejo Ray, recreándose y disfrutándose niño de nuevo. Me parece lógico que nos acabemos  quedando  fuera de unos relatos que eran para exclusivo uso y disfrute de su autor, un hombre que ya había dicho todo lo que tenía que decir, tan bien dicho, y para el que ahora, en sus últimos años, ser inteligible había dejado de ser una prioridad; la urgencia y la felicidad y la vida residían nuevamente en simplemente volver a jugar. 

 


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