Resistencia en el flanco débil

septiembre 26, 2010

El bacilo de Koch


Todo un desafío hablar de una una novela que tanto aparenta algo que no es, que hasta su última línea, sorpresiva, extemporánea, torva, sinvergüenza, no se revela como lo que es en verdad, a saber: una puñalada trapera al corazón de la conciencia lavable y bienpensante, un coche bomba en el vestíbulo del World Trade Center de lo políticamente correcto. No se dejen engañar por su supuesto argumento de crónica negra, que es todo una artimaña, una trampa bien camuflada, el bueno de Herman Koch demuestra ser un perro viejo de lo más cachondo y se aprovecha de ese vicio lector que nos da con la primera persona narrativa, cuyo caracter esencialmente confesional nos lleva a creer que el personaje, esa voz narrativa a través de la cual conocemos la historia, nos está contando siempre la verdad. Pero no tiene por qué ser así. No se trata de ninguna ley no escrita ni nada por el estilo. Koch lo sabe. Por eso nos la mete doblada. Juego, set y partido. Bien por el autor tulipán...


Novela que no es una, que son dos, la primera de ellas una sátira despanochante sobre las clases acomodadas de un Occidente que hace tiempo se perdió en el ombligo de sí mismo y no sabe por dónde empezar a buscarse la pelusa; si desayunar dulce todos las mañanas ya nos ha vuelto a la mayoría unos mierdas y unos gilipollas, qué imbéciles no se habrán vuelto quienes pagan cuatrocientos euros por una cena vestida de oro pero que sabe a porqueriza... El esnobismo hay que pagarlo sí o sí. Pero la carga de profundidad de La cena está en la segunda parte, esa segunda novela dentro de la novela que bien podría pasar por la reactualización del Señor de las moscas de Golding a la jungla de los menús cinco estrellas y la generación Niní. ¡Que no estamos civilizados, hombre, que no! ¡Que es todo un cuento! Que aquí somos todos unos salvajes y unos brutos y que la felicidad a ultranza es una aspiración fatua, un placebo que nos han inoculado desde arriba, como un bacilo, una enfermedad que no mata pero nos tiene bien controlados, con el fin de echar capas de tierra sobre lo obvio: que nos siguen poniendo cachondos la sangre y el instinto animal, que nos cuesta muy poco convertirnos en bestias y desatar el infierno a poco que nos toquen la cría o la manduca. ¿Y quién dirá que no es así con sólo darle cancha a cualquier telediario?

Resumiendo. Mala leche. Mucha mala leche. Mala leche de la buena.


septiembre 19, 2010

Humorismo y Explicaciones



Imagen absurda que de cierto tiempo a esta parte me viene atacando los cerebros y no es otra que ésta: sale Marty Feldman y salgo yo y el lugar es San Petersburgo, me descubro inerme ante las estrábicas indicaciones del actor y freak británico, que a mi consulta sobre dónde comprar sellos para enviar postales, decide enviarme, infiero, camino de la autopista que conduce a Sebastopol, o lo que es lo mismo, que me vaya con mis estampitas a tomar por culo, más o menos eso. Y si ya suena anormal en sus cabezas, que saben y leen de ello como nuevo por medio de esta letras mías incapaces, traten de imaginar qué no de aliens y gremlins y artefactos cárnicos a transitores despierta en mi chola, que lo recibe cada dos por tres, un día sí y al otro casi casi también, así a lo doméstico, como el que desayuna tostadas y se descubre, una mañana de miércoles, otra vez, con la mermelada agotada, pero en cada ocasión con colores y aromas y miedos pánicos diversos, siendo el rostro y los ojos exoftamos de Feldman siempre los mismos pero siempre también distintos... El día que me dé por echar una vista atrás y me tope con la bufa arquitectura de mis líneas, el envés podrido de la trama de mi paranoia, me va a dar un ictus y un sopor y un tabardillo de los de no volver...


Suerte que sigue habiendo gente por ahí que se saben buscar ellos solitos los sellos y la vida, escrita y pitorreada, y perseveran contumaces en la letra, para bien de tantos que los seguimos y leemos, aun a sabiendas de que todo acto de escritura, sobre todo y por encima de todos el digital, es un desprestigio genético y una molicie intelectual. Rijosa y pendona nómina de gentes ni normales como Rubén Lardín, Joan Ripollès, Javier Pérez Andújar, Marta Peirano, Carlo Padial, Raúl Minchinela, Nacho Vigalondo, Mr. Absence, John Tones, Borja Crespo, Miguel Noguera, Antonio Trashorras y otros cuantos más cuyos nombres o pseudónimos no gloso aquí porque me despeinan el acento circunflejo. Léanlos, padézcanlos o gócenlos, padézcanlos y gócenlos, ahora todos juntos y todos gratis, que no gratuitos —o sí, definitivamente sí, del todo gratuitos— en el invento éste, El Butano Popular.




septiembre 05, 2010

Viva la Vida Puta



A medida que el domingo languidece se me va asentando el fin de semana, desde el viernes cabrón hasta este ahora de pincho moruno, sudoroso, todo mácula, como una película en versión original y al reproductor le da por no abrirme los subtítulos. Emasculado de denotaciones y por supuesto de connotaciones, me muevo, me arrastro más que nada por contexto: todo me suena a cirílico y a arañas negras taconándome pelandronas la base del cerebelo. Que venga Tarkovsky y me lo traduzca a magia o me bajo.

Por otro lado, ya venía cargándome la puta manía del reciente Woody Allen de retratarme el discreto encanto de la pija intelligentsia en formato telefilme. No ha sabido apercibirse de que a estas alturas de circo ya no hay una jodida clase media que le ría los chistes —si es que alguna vez la hubo— y que ahora más que nunca hay unos muy pocos muy arriba, con mucha pasta y un expediente y currículo muy de escuela de pago y el resto somos turba. Como digo, no ha querido apercibirse o bien no le ha dado la gana. Al fin y al cabo estamos hablando de un genio del siglo XX y todo lo último que lleva hasta aquí desde Desmontando a Harry son sus minutos de la basura. Que le quiten lo bailado.

De todos modos me ha gustado la de este año, si quitamos a Banderas, claro, sobre todo si quitamos a Banderas, eso sí, que le den una pastilla a ese hombre, un diazepan, algo... Porque la pija intelligentsia también puede ser gañana, gilipuertas, y eso es un punto que le concedo a Allen a pesar de que me la haya vuelto a colar con la textura telefilm y con la Naomi Watts más destrempante que me he tirado a la cara. Misógino vengativo cuatrojos...

Ah, y también importante: hay un escritor que nunca escribe, no al menos en pantalla, sólo juega a las cartas y lee los libros de otro, y vive del cuento de la escritura mientras la esposa y la suegra le pagan las facturas, mientras se la pela espiando a la vecina exótica y buenorra por la ventana, y roba los libros de otro que previamente había leído porque los suyos son una mierda, o dicen los editores de mierda que sus libros lo son, mierda, aunque a saber quién apesta más en todo este asunto. Qué bueno. Qué risa. Qué copón. Me descojonaría de no ser porque se me atraviesa el despertador.

Y mañana es lunes de nuevo y toca currar.

Y me cago en la puta.


agosto 29, 2010

El centro de la fiebre, corazón de la perplejidad



Se hace difícil hablar de una novela como El ladrón de morfina, tan rebosante de matices y claroscuros brutales, tan rica; una novela tan poco, tan nada novelesca, pero tan narrativa. Y al tiempo tan poética. Porque tiene el ritmo y la cadencia y los pasajes lumínicos que sólo surgen de un talento de poeta... Un placer y un desafío. Un laberinto de asombros constantes, de principio a fin, la mayoría de ellos brillantes en su factura e incómodos por su fondo. Un escritor español del siglo 21 hablando de una guerra tan lejana y tan ajena como la de Corea. Suena intempestivo... Claro que esa guerra concreta, ajena y lejana, es sólo un pretexto, lo sabemos, para hablar de todas las guerras, cualesquiera, o aún mejor, más difícil todavía: el pretexto para hablar de las hombres en guerra, diseccionar su mente socavada, su destruido corazón. Todo el ladrón de morfina es un palimpsesto de voces y tiempos de narración distintos y dísimiles, del pretérito al futuro y vuelta al pasado, del tú al yo pasando por un íntimo nosotros: la montaña rusa de rompecabezas ficcionales orquestada por Sandoval no deja nunca de descolocarnos, manteniéndonos en vilo.

Al cabo, muy probablemente El ladrón de morfina no sea un relato bélico, ni siquiera antibelicista, pues su hábitat es el negro contenido de la entraña en gangrena y la mente envenenada, de las cuales la guerra es sólo la raíz y no la causa. El horror. Ese horror conradiano tan en boca de todos desde que Coppola empezó a ser Coppola, reside en el hombre, le es partícula esencial, su envés tenebroso, y la guerra sólo actúa de espoleta. El último libro de Mario Cuenca Sandoval parece ser, pues, el relato de la caída voluntaria en el sueño de la locura como camino a la vez de redención y de evasión. Que busca la redención para un alma torturada por sus recuerdos, todos y cada uno de ellos, también, remordimientos. Que busca la evasión de una realidad que se ha vuelto intolerablemente absurda, en la que todo está del revés, y de la que sólo una inmersión opuesta, por tanto, la alienación, puede servir como vía de escape.

La locura entendida y servida no como pesadilla sino como sueño inducido —por la morfina, por el espanto, por la culpa—: no como delirio sino como máscara: como literatura. Recordar, inventar y reinventarse en la ficción, en la literatura, ante el horror y el miedo de uno mismo. Saberse humano, demasiado humano, y que eso es una herida —una enfermedad— que no ha de sanar.

Foto: Al Chang (28 de agosto de 1950, Haktong-Ni, Corea)

agosto 18, 2010

El Principio Antrópico o de los Tentáculos bien puestos



En estos días veraniegos —y en verdad negados, no doy una si no es a siniestras— en los que todo el mundo que se cree en posesión de una sinapsis con pedigrí dice la suya sobre el final de Origen, la película sobrevaloradísima de la temporada, la de las capas de cebolla con moho en el centro, la de los ascensoristas astronautas vestidos de Armani, con más trampas y agujeros que los calzoncillos de Bukowski, estaría bien, por ejemplo, devanarse las meniges con los múltiples niveles de ficción y realidad, metaficción y metarrealidad, de los microrrelatos de Javier Esteban, estos sí sin trampa ni cartón, quizá porque la materia esencial de la que se nutren es la potentísima imaginación abierta a la nada, sin preconcepciones, y no, en cambio, la falsa prestidigitación teledirigida de Christopher Nolan.

Se me ocurren pocos libros —es un decir, ahora no se me ocurre ninguno— tan plagados de lugares comunes al tiempo tan irreconocibles, tan nuevos por mutados, tanta es la dosis de radiación de ingenio a la que han sido expuestos. Allá donde el tópico y el mito mil veces ciclostilado son atomizados y convertidos en carne nueva de ficción por los B'52 e Ictíneos Polaris directamente surgidos de la mente de este escritor que no quiere entender la escritura si no es como subversión, nos daremos de bruces con el acerado filo del Principio Antrópico, y ya sólo por eso vale un potosí de los buenos, de los de las minas marcianas...

Esteban es un doctor Frankenstein de poco escrúpulo, un Herbert West de los demonios, a medias Fu-Manchú indoeuropeo, la otra mitad Moriarty radiactivo, auténtico mad doctor de los huevos, nos pone a prueba en cada línea y le importa un pito si te quedas en el tortuoso camino; tus vísceras de perdedor serán pasto de las fauces de zombis crísticos y arcángeles ectoplásmicos: El Dorado de un Nuevo Fantástico abrirá sus puertas sólo a los muy avezados. ¿Cuántos están dispuestos a aceptar el desafío?

Precisamente porque su autor es una verdadera máquina de triturar, procesar y, finalmente, deconstruir cultura, sus relatos, sus textos, los micro y los no, conforman una pequeña máquina infernal de doble filo y sentido inescrutable cuyo combustible, para bien, para mal, es la multirreferencialidad. No cualquier mortal puede campar a sus anchas por sus campos minados de guiños procaces y tributos desdoblados y apócrifos. Lo que es una traba, un contra. Pero lo que es un contra para unos es pro para otros, que nos hemos dejado las pestañas y la vida mamando libros, tebeos y películas de toda catadura. Surfeamos por su mar picado y minado como delfines ígneos... y aun así a veces también nos la pegamos con todo el equipo. Nunca se está suficientemente al tanto y el mínimo desliz se paga caro.

En este sentido, quizá y sólo muy probablemente, algunos que escribimos podamos y queramos ver en el libro de Esteban un toque de atención que empieza a ser espinoso obviar. La generación blogger, que se supone viene detrás de la nocilla y ojalá desbanque pronto a la Ikea, si es que en último término parte de ella pretende dar el salto a la página impresa, deberá considerar en algún momento el prescindir de un lector online, casi siempre afín y también casi siempre bien dispuesto, tras la pantalla, para apuntalar su literatura. Al fin y al cabo, entiendo, se trata de narrar historias, y ahí afuera, quiero decir, "ahí afuera", en las librerías, los lectores cómplices son los menos, y muy pronto empecerá a cotizar en la Seguridad Social una estirpe —me produce sudores fríos utilizar el término "generación" en este caso— de jóvenes que piensa que Hal 9000 ha de ser por fuerza lo último en hipervideojuegos o un fijador para la cresta, una de dos.

Lo fundamental, sin embargo, es que Esteban ha escrito lo que le ha salido de dentro, con una sinceridad y una integridad que son prácticamente un suicidio, y por encima de todo, con sentido del humor, que es siempre, pienso, lo más difícil en literatura, lo que menos abunda. Porque todos hacemos una puta gracia de la hostia, por absurdos y por ridículos, pero no cualquiera está dotado para hacer reír y sonreír. De puta madre.

agosto 12, 2010

Bolaño en el castillo



Pienso en Bolaño y me lo imagino, una de dos, o bien en la garita del camping aquél de Castelldefells en el que languideció no poco tiempo, aprovechando las horas de un trabajo alimenticio y servil para escribir como un poseso, o bien delante del computador, pero no para escribir, sino concentrado en una virtual Stalingrado, pugnando por romper el cerco táctico que significó el principio del fin del Tercer Reich. Como escritor en estado nocturno y salvaje o como wargamer. No pienso en ningún Bolaño distinto de esos dos...

No hace mucho, mientras mis tropas de élite panzer eran inmisericordemente aplastadas en un infructuoso intento por retomar Carentan, me pregunté en voz alta, desesperada, vencida, que qué coño hacía yo allí, a mis treita y pico tacos, jugando a alargar la vida del Führer mediante soldaditos de plástico a escala 1:72, y J., que era quien tenía en ese momento enfrente y venía de finiquitar lo poco en pie de mis tropas con su último ataque paracaidista por el flanco izquierdo, contestó: "no suele ser ni una fascinación por lo nazi ni una obsesión militarista, es más la erótica del 'y si...', ¿sabes?, cambiar el curso de la Historia, triunfar donde fracasaron Napoléon primero y Hitler después". O lo que es lo mismo. Tener el cerebro del millón de dólares por sesera.

En la línea abierta por Marcel Schwob con Vidas imaginarias y culminada por Borges —Historia Universal de la Infamia, Pierre Menard— y Stanislaw Lem —Vacío perfecto, Magnitud Imaginaria, Golem XIV—, La Literatura nazi en América es un arranque sorpendente de metaliteratura anticipativa: vidas inventadas que, no obstante, podrían haber sido o aún pudieran ser. El apócrifo desfile bio-bibliográfico de un sinfín de ficticios escritores infames que no necesitaron de la victoria nacionalsocialista para dar al mundo una obra de discutible moral, aunque no por ello de necesario demérito literario. Un reverso tenebroso. Porque aunque los "escritores nazis" de Bolaño no existan —o aún no se hable de ellos— no quita que sí exista —y se lea a— Tom Clancy, por un poner ejemplos vergonzantes.
Sorprende para bien que Bolaño leyó a Phlip K. Dick y su Man in the high castle y sorprende aún más que conocía el Iron Dream de Norman Spinrad, dos clásicos del género en el que el Tercer Reich y la idología nazi, por esos azares de la ucronía, acaban campando a sus anchas por el mundo. De hecho, la literatura de ciencia ficción y las novelas populares de a duro están omnipresentes en todo el libro, como una debilidad insoslayable. De todos modos, su manual de literatura nazi no es, como aquéllas, una historia alternativa, no es un qué se habría escrito en una versión de Universo en el que Hitler gana la partida, la nómina de escritores depravados de Bolaño lo es, depravada y abyecta, aunque no necesariamente indigna, precisamente porque se desarrolla en la clandestinidad del oprobio al vencido.

Es este el libro de un Bolaño tan a partes iguales narrador como wargamer, tan estudioso y amante de la literatura como de la Segunda Guerra Mundial y el malditísimo siglo XX. Escritor y General en uno, estoy seguro de que con ningún libro suyo se divirtió tanto como con éste: el caso era manejar —y desmadejar— vidas al antojo, ya fuesen éstas vividas o ficticias. El juego de siempre, que todo lo valida. Ser, una vez más, el Gran Titiritero. Tener por sesera el cerebro del millón de dólares que engendra los hilos del mundo.




agosto 03, 2010

De aquí parte la simetría


De repente vino el tipo aquél, Aristóteles, y soltó toda la inmunda parrafada, que si el camino del exceso, que si el camino del defecto, que si el camino de enmedio, bla, bla, bla, y aquello fue ya la semilla de la pifia suprema. Hace tiempo que he perdido el norte de mis desvaríos, eso seguro, y así no hay escritura ni subliteratura que se avengan a rumbo; la puerta del folio —la pantalla— en las narices, eso por no mencionar que a estas alturas de día —de noche— el cerebro me pide para ponerse en marcha mucho más azúcar del que mi dieta está dispuesta a ceder: pocos absurdos más colmo para cualquier pluma con arrestos que tornarse light. Me cago en la leche. Antes era el sexto hombre de un equipillo de tercera, ahora ya ni siquiera se puede decir que chupe banquillo, me llaman de tanto en tanto, cuando les falta gente y no llegan al número, para que figure en acta, poco más. Por eso me debato entre antagonismos de frenética raigambre como ese espectador de fórmula uno en que todo es pose y mostaza de perrito caliente en la comisura de la bocaza: como él, parpadeo atónito entre ensordecedores trallazos multicolor deslizándose a mi vera para después tirarme el moco y dármelas de turista moderneta, hondeando en el aire mi entrada como si fuese la bandera de una nación superior, con la que ni los klingon se atreverían... Es un decir. Pero sí, leer simultáneamente a Umbral y Marías por fuerza te ha de florear de hongos la cabeza. Con Marías compruebas que se puede y que además es lícito, que se puede hacer interesante un argumento aun escribiendo en modo tostonazo. Encima aprendes un buen fajote de palabras que ni sospechabas que estaban en el Diccionario. Umbral, por supuesto, es la Antártida de esa antípoda, una australidad negativa: que se puede escribir como los chorros del oro, a las mil maravillas —un topicazo más y hasta censuraré que no me disparen—, viniendo a explicar, en puridad, poco más que una mierda. Y te regalas, además, por el mismo precio, la vista y el hozico del morbo con un montón de increíbles palabros que tantos no querrán jamás que figuren en el Diccionario... La tele. La turba. Los caramelos sin azúcar. Las tetas con silicona. Los mundiales de fútbol en pago por visión... Cebos para una medianía menstruando tibieza. El primero que esté libre de culpa que monte una guerra.

Imagen: elreydespaña


julio 30, 2010

¡A la mierda, Bailey!



Hay que ser muy bueno en lo tuyo para sacarse de la manga una novela como Huérfanos de Brooklyn. Si además se da el casual de llamarse Jonathan Lethem y ser, en efecto, Jonathan Lethem, entonces eso es ya determinante. Al resto de mortales sólo le queda ponerse a leer. A maravillarse y carcajearse a mandíbula batiente. Porque sí, hay que ser muy bueno en lo tuyo para sacarse del magín ese personaje irrepetible que es Lionel Essrog, huérfano de Brooklyn, hombre de Frank Minna, aquejado de Tourette, cáustico fantoche, Philip Marlowe de pacotilla, lector impenitente, ingenuo de genio tan autista como solipsista y, finalmente —pero no por ello menos importante—, buenazo de corazón romántico y bonachón mil veces pisoteado. Decir que Huérfanos de Brooklyn, antes que una vuelta de tuerca a la géneo policíaco, es más una novela policíaca zurda, no viene a cuento —aunque sea cierto—, porque aquí lo en verdad importante, la literatura y la escritura de muchos kilates, son el discurso y el discurrir ecolálico de la conciencia de Lionel Essrog. No importa que a buen seguro el contenido de la mente de un afectado de Tourette fuese prácticamente intranscribible a páginas impresas. Lethem consigue que Essrog parezca verosímil, consigue convertirlo en narrativa. Consigue que funcione, no sé cómo demonios, pero vaya si funciona. La realidad y la medicina están de más.


Resulta difícil no recalar en John Kennedy Toole y su conjura de necios. Ignatius Reilly y Lionel Essrog te ganan el alma y la carcajada de la mano del patetismo enternecedor. Si la novela de Toole es superior a la de Lethem sólo se explica porque aquélla tiene toda una cohorte de personajes memorables mientras que Lethem sólo nos regaló a Essrog y su verborrea. Léanla, copón, sólo el primer capítulo ya tendría que analizarse en las universidades de un mundo que jamás será éste.


julio 25, 2010

La élite de Salter



James Salter escribe tan bien que lo mataría. Es envidia sana, claro... o algo así. El caso es que La última noche vuelve a ser otra pequeña colección de relatos magistrales, del primero al último, como ya lo fuese Anochecer. La sutileza con la que Salter maneja las transiciones de tiempo y acción en sus historias es de esas cosas que parecen, vistas, leídas desde fuera, muy simples de ejecutar, pero que sin embargo sólo están al alcance de unos muy escasos talentos. La hondura de sus retratos de las relaciones humanas, la profundidad de su ojo vivisector, es otra gran capacidad difícilmente imitable. No es sencillo captar de una forma tan nítida la doble baraja con la que suele jugar el amor entre dos personas: su inasequible belleza pero a la vez, también, lo acre y doloroso que puede llegar a convertirse en el momento más inesperado. Como una orquídea silente y dormida que en un segundo te atrapa y digiere. El amor en James Salter es eso, una planta carnívora en pos del corazón humano, siempre el más débil, que es siempre el aún enamorado. Relaciones tempestuosas que son o que fueron, a mitad de camino entre una vida inundada de recuerdos y la enfermedad que trae el ocaso, los cuentos de La última noche revelan la asunción del ciclo vital, la inevitable madurez, pero a la vez una madurez rebelde, que renuncia a doblar la rodilla, no quiere aceptar o acepta a regañadientes la posibilidad de que, tal vez, lo mejor de la vida ya se ha consumido, de que tal vez no habrá una última oportunidad de volver a brillar. Una suerte de relampagueo acerado, la mirada desafiante y rabiosa en las escaleras al sótano de la muerte...

Salter comparte trono con Raymond Carver en lo más alto de la narrativa corta norteamericana, muchas veces incluso lo supera, pues su habilidad para la concisión y la elipsis se me antojan inigualables; pero Carver compensa esta distancia con verismo, con instantáneas de realidad que Salter no puede o no quiere siquiera concebir. Los personajes de Carver son gente ordinaria, perdedores del día a día como los hay a patadas en la vida con sólo levantar una piedra. Los protagonistas de Salter, en cambio, son siempre una élite de desahogados económicos e intelectuales que nunca pronuncian una palabra fuera de lugar porque ni su vocabulario ni su cultura son de este mundo. Una raza de superhombres extraordinarios que liberados del esclavismo de una vida mundana y servil pueden dedicar toda su energía al cultivo de la intelectualidad estética y las pasiones destructoras. En tanto los personajes de Salter se debaten desesperadamente por una nueva oportunidad para vibrar, sentirse felices y únicos, los de Carver malbaratan su existencia sabiendo que eso de "brillar" es siempre algo que les sucede a otros.

Salter se disfruta como una sala de museo, Carver como una atracción de espejos deformantes.



julio 21, 2010

La Legión de los Idiotas




Todo y ser una novela memoralística sobre la Primera Guerra Mundial, en Un año en el Altiplano no son recurrentes los pasajes de absurda masacre; las grandes masas de hombres al asalto con la bayoneta calada que terminan, sí o sí, desventrados en Tierra de Nadie, a los pies de la trinchera enemiga o la propia, o semienterrados en el fondo de un cráter de obús. Algo hay de todo eso, por supuesto, pero queda claro que a Emilio Lussu le pareció mucho más importante retratar a fondo el que él mismo creía, a buen seguro, el verdadero mal, MAL con mayúsculas, de todo aquel asunto. Mucho más terribles que la sangría y la matanza de aquellos hombres, más terrible aún que el propio sinsentido de la guerra, fueron, nos quiso decir Lussu, sus mandos; los generaluchos y comandantitos que se servieron del pretexto de la guerra para, mediante su ineptitud, su altanería, su ceguera, propiciar dichas masacres. Hombres que no tuvieron el menor escrúpulo en enviar a la muerte a miles de soldados por la simple ambición de un asecenso o una medalla, y que a la postre sólo conseguieron, una y otra vez, miles de vidas sacrificadas por apenas un palmo de tierra ganada al enemigo, las más de las veces ni siquiera eso. Aquí se hace inevitable recordar la figura del General Paul Mireau de Senderos de Gloria. Claro que donde Stanley Kubrick era trágico Emilio Lussu es irónico; evidencia la incompetencia y la tiranía de los mandos del Ejército, cualquier Ejército, a través de la humorada y la caricatura. Y he ahí el gran acierto del libro, introducir la sorna y la sonrisa cómplice en un escenario tan luctuoso como el de la guerra. Hasta tal punto que en ocasiones uno tiene la sensación de que se está asistiendo a la representación de una opereta con las trincheras por decorado, y que cada vez que aparece un tipo con la pechera floreada de galones, el uniforme inmaculado, se sabe que el bufón acaba de entrar en escena y que el catálogo de sus ridículos y payasadas es inagotable. Lástima es que cada una de esas bufonadas acabase por costar la vida de tantos hombres que no tuvieron la oportunidad ni de reír los últimos ni reír mejor. El pez grande se sigue comiendo al chico, por más que aquél sea un redomado estúpido.