Resistencia en el flanco débil

mayo 12, 2010

Muerte de un perfecto bilingüe de Thomas Gunzig

Matando la novela con tirachinas





Muerte de un perfecto bilingüe es, en toda regla, una patada en la boca del estómago y se siente como tal; un misil balístico directo al centro de nuestro sosiego. Y se trata, además, de una agresión premeditada, aventuraría incluso que manufacturada, no diría que nocturna pero sí alevosa, intencional. Como fabricar una silla a sabiendas de que sólo se le ha de dar un único uso, y que éste no ha de ser otro que estrellarla en la cabeza de algún pobre infeliz, el hipotético lector, en este caso.

Imaginen un Apocalypse Now balcánico en plena cruzada antiterrorista post 11-S y denle a un mentecato un fusil, a ver la que arma. Más o menos eso es Muerte de un perfecto bilingüe. Pero, ojo, imaginen sólo el decorado que les acabo de describir, eso y sólo eso: el corazón de las tinieblas vaciado de todo su simbolismo Conrad-Coppola y después reducido al absurdo. La visión del infierno de alguien que todo lo que conoce sobre la guerra, la masacre y el barro, le vino dado por los noticiarios mañaneros y las películas bélicas, al calor de un desayuno o merienda bañados en el equivalente belga del colacao.

Thomas Gunzig, como tantos jóvenes narradores del hoy, sabe que su mayor baza es y no puede dejar de ser la provocación. Europa ya no tiene guerras que la desangren y océanos y selvas ya están más que vistos. No hay lugar para curtirse en la aventura, que es lo mismo decir que la última estirpe de auténticos novelistas, novelistas de raza, está por estirar la pata de puro ancianos. A partir de ahí todo han de ser literaturas de posmodernismo y mutantes fritangas. Pero novelas no. Por eso Gunzig tiene el buen tino de no poner nombre y lugares a una guerra que no fue y que a buen seguro no ha de ver —pero que de hecho, bien lejos de su casa, ya es— y carga las tintas sobre cómo cree que será la guerra inminente, la guerra siguiente, la guerra del próximo futuro, hija bastarda a la vez que simbiosis de todas las últimas: Irak, Afganistán, el bombardeo de la OTAN sobre Yugoslavia y la todopoderosa y maldita CNN. Una guerra en la que los uniformes de los contendientes, cual si futbolistas de galáctica estirpe se tratase, no sólo llevan serigrafiados los nombres de los soldados mercenarios, también, por supuesto, las marcas de sus patrocinadores comerciales. Porque en el fondo la guerra siempre ha sido negocio y en este siglo 21 que habitamos, el que a buen seguro se ha de conocer a la larga como el siglo despiadado, ya no hay por qué guardar las apariencias. El muerto al hoyo y el vivo al shopping




Son los de Gunzig, por tanto, una ironía y un nihilismo que rayan a gran altura, ante todo pirotécnicos y de alto voltaje, pero por fuerza desustanciados, ya que nacen del alma que no ha visto morir y del estómago que no ha pasado hambre. Compararlo con Céline es hacerle un flaco favor al que empieza y un agravio grande al maestro.

Muerte de un perfecto bilingüe se lee bien si no se aspira a más, si no se le piden unas mayúsculas que, por otro lado, sólo venden los editores; si se lee, en definitiva, como lo que es en realidad, un maquiavélico y no del todo carente de estilo obús de fogueo al aire enrarecido de la muerte de la novela. Desayunar caliente todos los días por fuerza se había de acabar cobrando un peaje.


Publicado originalmente en Galatea.cat

abril 07, 2010

Ewald Tragy de Rainer Maria Rilke




La primera vez que Ramonchu vio una foto de Rilke pensó que era Rasputín, vio la foto y se dijo, ¡coño!, ¡Rasputín!, pero no, resultó ser Rilke, y así ocurre desde entonces que cada vez que Rilke aparece en la vida de Ramonchu, de algún modo, adherido a su nombre, al de Rilke, termina por suceder siempre el de Rasputín. En versión de Christopher Lee.

De este modo, cuando Ramonchu vio la portada en cianotipo de Ewald Tragy, no pudo dejar de acercarse a echar un vistazo. Cogió el pequeño volumen y se quedó mirando el rostro de Rilke, todo desafío hacia el objetivo de la cámara, dando jaque y mate una vez más a la muerte desde el limbo de la insustancia y el no tiempo. Fue entonces cuando sucedió: Ramonchu se dejó arrastrar hacia su viejo quiste mental asociativo: "Hay que ver cómo se parecía este cabrón de Rilke al jodido Rasputín, oye..." Y acto seguido dejó el libro donde estaba, encaminando después sus pasos hacia la sección de cine y fotografía, no en vano andaba desde hacía días con la idea de hacerse con un ensayo sobre cine peplum, falsos romanos en technicolor transitando ciudades y templos y circos de piedra blanca, sin pintar.

Así fue como Ramonchu nada más quiso saber de Ewald Tragy, que es una historia sobre la vieja maldición del dandismo intelectual y sus miserias. Una historia semiautobiográfica, según parece, en la que Rilke es el mismísimo Ewald Tragy, joven poeta con aspiraciciones a lo Eterno que cree necesitar la gran ciudad y la bohemia para poder crear, pero que una vez allí, no crea; mientras Thalmann, que representa a Jakob Wassermann, antítesis de Tragy, su doble negativo, su íntimo enemigo, no tiene tiempo para lamentarse de lo duro y dramático que es vivir de espaldas a la inspiración cuando uno es un escogido, ya que lo necesita todo para escribir, escribir, escribir.

A cada poco, los cristales crujen como a hurtadillas cuando el viento se apoya en ellos, como témpanos en el deshielo. Y por fin, Tragy pregunta:
—¿Por qué me trata usted así? —con un aspecto anormalmente enfermo y triste.
Thalmann fuma con avidez:
—¿Tratar? ¿Llama a esto tratar? Realmente es usted moderado. Pero si le muestro con toda claridad que no tengo ninguna intención de tratarle en ningún sentido. Si usted quiere que yo me sitúe junto a usted, sí o sí, primero deberá quitarse la costumbre de pronunciar esas palabras, esas pomposas palabras; no las quiero.
—Pero ¿quién es usted? —grita Tragy, y de un salto se pone delante del ennegrecido, tan cerca, que parece que vaya a darle una bofetada. Y temblando de rabia—: ¿Qué le da derecho a pisotéarmelo todo?
Pero ahora las lágrimas ya le zarandean la voz y le dominan y le dejan ciego, débil, le abren los puños.
El otro le empuja suavemente contra el sillón y espera. Al cabo de un rato mira el reloj y dice:
—Déjelo estar ahora. Usted debe irse a casa y yo debo escribir, es medianoche. Me pregunta que quién soy yo: yo soy un trabajador, míreme, uno con manos agrietadas, un intruso, uno que ama la belleza, pero que es demasiado pobre para ella. Uno que necesita sentir que se le odia para cerciorarse de que no se le compadece... Absurdo, por cierto.
Y Tragy levanta los ojos ahora secos y calientes, y mira fijamente la lámpara. "Está a punto de apagarse", piensa, y se levanta y se va.
Thalmann le alumbra el estrecho tramo escaleras abajo y a Tragy le parece que no tiene fin.

Ewald Tragy
Rainer Maria Rilke (en versión de Miriam Dauster)
Ramonchu mira sin ver, busca pero no encuentra, al cabo se da por vencido y pregunta en el mostrador, pero el libro al que le tenía echado el ojo ya no está, fue devuelto la semana pasada. De modo que lo encarga no sin cierto mohín de agravio en el rostro. Y sale, al fin, de la librería, sin pensar en Rilke, así que tampoco en Rasputín, desconociéndolo todo, probablemente para siempre, sobre Ewald Tragy y su historia, que habla alto y claro: el acto creador nada sabe de tiempos y lugares míticos, charlatanas bohemias o cafés literarios. El acto creador es uno, solo y cruel, picando hora tras hora contra el granito de sí mismo.
Luego Ramonchu entra en una cafetería y pide lo de todos los días, café con leche y una porción de tarta de queso con arándanos.


marzo 22, 2010

Los muertos de Jorge Carrión

Ciberintelectualismo desencadenado







Los muertos es una temeridad a la par que toda una valentía, un coraje no sé si de naturaleza encomiable pero sí desde luego con los machos bien atados, un salto al vacío con sólo el paracaídas de emergencia y éste aun sin revisar. ¿Cuántos se atreverían?... Otra cosa muy distinta es que haya o no asistentes al espectáculo, una nómina suficiente de lectores no correligionarios prestando la debida atención, aguardando a ver si sí o si no Carrión se la pega con todo el equipo...


Los replicantes de Blade Runner, los protagonistas de la serie Los Soprano, la niña de La lista de Schindler, los Sims, facebook y de paso la entera blogosfera... Estas son las más granadas pero la lista es larga, no tendría por qué acabar aquí: Carrión ha tejido un laberinto de referencias y guiños cinematográficos, televisivos, así como de jerga internetera y 2.0, consciente de que el cupo de lectores que podría acceder a semejante dosis de bombardeo de cripticista posmodernismo —lo de post-posmodernismo también se ha oído— es muy pequeño. De ahí que, muy hábil, inteligentemente, aderece y culmine su texto ficcional y del todo hermético con sendos manuales de intrucciones de carácter ensayístico, esclarecedores. De esta forma, Los muertos contiene a la vez el veneno y su antídoto; al tiempo la receta indescifrable del médico y el prospecto impreso del medicamento, incluidas su posología, contrindicaciones y posibles efectos adversos.


Todos los manuales dicen que hay que escribir para el máximo número de ojos, no abusar del sobreentendido, y lo primero que hace Carrión es pasarse la directiva por donde yo me sé, dejando al margen, consciente, voluntariamente, a un buen montón de almas no iniciadas en el intelectualismo del primerísimo siglo 21, conque "desactualizados", abstenerse... ¿Pero acaso no es ése uno de los caballos de batalla de la autodenominada narrativa mutante? ¿Derribar anquilosamientos y ampliar márgenes, cartógrafos de una narrativa outsider, de la otra linde de la convención? ¿Descubrir nuevos horizontes narrativos aún vírgenes, intransitados? Por ahí todo conforme, todo conseguido. También dejo aquí mi aplauso, por si sirve de algo.


Cosa distinta es que como fenómeno literario y novelesco, como libro que leer o ficción que echarse al buche del matar el tiempo con otra cosa distinta del tedio, por un entendernos, el invento funcione. Yo creo que no, no al menos en lo que a mí concierne, o no al menos en este caso, pero el cielo está para los intrépidos, y ahí la azaña, si lo es.

En última instancia, Los muertos se me antoja mejor como metáfora que como encrucijada hacia nuevas formas de narratividad. Los Muertos de la novela son —somos— los muertos de la cibervía. Adictos a las redes sociales de toda índole y catadura, a la vida en la red, discutimos con vehemencia sobre la última de Tarantino en los ciberforos para luego no mirarnos ni a la cara allá fuera, en la calle, cada cual inmerso en su particular sintonía MP3, mientras somos o intentamos ser en lo virtual todos aquellos que no podimos ser en lo real.
Dejando intelectualismos y pedancias pop a un lado, si el interrogante subyacente al Los Ángeles 2019 de Ridley Scott fue qué nos hace ser humanos, tal vez la pregunta que subyace a los muertos de Carrión sea qué nos está quitando de serlo. Sólo tal vez...

marzo 10, 2010

La impostura duracell

Acabado, finiquito y tentetieso y sálvese quien pueda, rebasadas las seis de la tarde no hay vitamínico que valga ni pila que llegue a vieja, me desinflo por las costuras. Hecho un guiñapo en el mejor de los casos y en el peor de los mundos. Por esto es que les escribo ahora, que recién despega la mañana, recién salgo del sueño y el café recién no tiene ese regusto, aún, a retal de vida fotocopiada. ¿Habrá llegado ese umbral de tiempo o edad o célula hecha cisco en el que plantearse tan seriamente un trabajo de ocho a tres y ya tira que te vas y te das con un canto en la de mascar? O lo que es lo mismo: ¿aspirar a funcionario?... Qué terrible todo.

En cualquier caso, siento el retraso en mis respuestas a lo suyo o, en su defecto, la incomparecencia... Por alusiones: no es que el libro de Kirmen Uribe me parezca cosa mala, al contrario, ya señalé que no dejó de asentárseme como una entretenida literatura de viajes sentimentales. Cargué las tintas, más bien, sobre que no se me antojó novela, por un lado, y en que por el otro —lado— me insensibilizó el papilar gustativo su final naturaleza de bucle, ese no acabar arribando a ningún puerto en última instancia, quizá porque todo lo por decir ya había sido dicho a mitad de libro. En resumen, que el invento no acabó de colmarme porque me ganó la sensación de que le faltaba algo de chicha y le sobraban algunas muchas de sus apenas 200 páginas.

Sobre la chochez de si una novela puede tener forma de polilla buhardillera, de red de pescar merluzos o de rabo de toro semental, qué decir salvo que no voy a entrar en una dialéctica que me parece absurda. Ya puede tener una novela estructura de tu tía María, que la cuestión esencial sigue siendo si colma o no colma, si engancha o por el contrario entumece la punta de lanza de tu fervor, ese justo ápice y esa justa comezón del quiero, necesito saber más... Lo demás es sofista palabrería y charla de almohada filológica.

En cuanto a la insumisión y la supuesta rojez de quienes escriben, aunque luego nada de todo eso esté en cuanto escriben —supongo que no me negarán que Bilbao-Nueva York-Bilbao es, para lo bueno y lo malo, un libro muy benigno, puede que demasiado...—, sólo quiero añadir que, por ejemplo, Céline fue un pedazo de cabrón racista, quejón insoportable; un llorica cobardón. Una persona ruin y a todas luces insoportable. Pero escribió Viaje al fin de la noche. Y ahí lo dejo... para quien se quiera saciar.

marzo 09, 2010

Maintenant de Arthur Cravan


El legado del boxeador dadá



Arthur Cravan. Por más que suene a tópico no deja de ser cierto: de no haber existido hubiese sido necesario inventarlo. Hombre de acción y, como se suele decir, genio hasta la sepultura, su biografía es muchísimo más interesante que su obra y sus hechos dicen más que el conjunto de sus, por otro lado escasas, letras. No estamos hablando de un escritor en puridad. Si acaso Cravan fue todo un "showman" avant la lettre. Y ante todo y sobre todo un provocador. Editor y único redactor —a pesar de firmar textos y poemas con varios pesudónimos— de los cinco números de la revista Maintenant, con la que de 1912 a 1915 agitó los cenáculos intelectuales parisinos, y en la que enseguida despuntó por sus terribles cargas de profundidad, a reventar de ácida ironía, hacia determinadas persolidades del panorama artístico de la capital, acabaría considerándosele como precursor del movimiento dadá.




Así las cosas, no cabe por menos de celebrar la edición de los cinco números de Maintenant por parte de el olivo azul, rescatando así la figura de Cravan para el actual lector en castellano. Más allá del gusto por las rarezas bibliográficas o las personales filias por el París de las vanguardias, de este volumen deben interesarnos, a partes iguales, tanto el prólogo de Jérôme Gouchet, que nos pone en antecedentes sobre la vida y milagros de Cravan, como los textos en prosa del propio Cravan, diseminados a lo largo de los cinco números de la revista, entre los que podremos contar un par de ataques personales a André Gide, un encuentro ficticio y del todo apócrifo con Oscar —a la sazón, tío del propio Cravan—, un graciosísimo libelo contra la llamada "exposición de los independientes", en el que no dejó títere —ni pintor— con cabeza; así como otro par de chanzas a costa de Apollinaire y su señora. Los poemas no, los poemas ni mirarlos. Bien pueden ahorrárselos y todo ese tiempo que tendrán ganado, pero el Cravan prosista y provocador bien vale el empeño.



Todo un feliz reencuentro, pues, con este gigantón de dos metros y cien kilos que prefería el boxeo a la literatura y que tan pronto era capaz de marcarse una conferencia sobre la entropía como de quedarse en cueros delante del respetable, auténtica fuerza vital indomeñable e imprevisible que, como tal, estaba destinada a durar la mitad de tiempo. El poeta-boxeador que dijo: "que se sepa de una vez: no seré un civilizado", desapareció en México, a bordo de un pequeño bote, en 1918. Contaba 31 años.






Texto publicado originalmente en Galatea.cat el 16/10/2009

marzo 03, 2010

Bilbao-New York-Bilbao de Kirmen Uribe


Chatwin nunca lo hizo

A mi entender, la clave de este libro reside en su mismo título, ese viaje de ida y vuelta que si no acaba en descalabro es sólo porque la altura de vuelo escogida por su autor —a la par que piloto—, Kirmen Uribe, es premeditadamente baja, comedida, no sea que nos la peguemos y depués me quieran hacer pagar el pasaje completo por nuevo. Una lectura, por tanto, de entrante o picoteo, de marear la perdiz de la espera en terminales anochecidas, asientos clase turista o apeaderos mal alumbrados, mientras se aguarda ese último tren que nos largue de una vez de la jornada. Puedes desconectar de las páginas en cualquier momento o bien saltarte un par sin llegar por ello a perderte nada relevante. Luego vuelves a conectar y como si tal cosa. Y así hasta el final del libro, que a fuerza de este tibio discurrir sin picos ni trabas acaba por no sentar ni bien ni mal, sólo un plato más, y ya para la cena, si acaso, preparamos algo con más sustancia...

El libro de Uribe naufraga —o ameriza, como prefieran— no porque se pretenda más de lo que es, sino porque no es en absoluto lo que se pretende. Ni lo que pretende su autor ni mucho menos lo que venden sus editores. En qué se estaba pensando cuando se le concedió el Premio Nacional de Narrativa 2009 a esta obra ya es un misterio de alquímico arquitrabe que se me escapa al tiempo que me intriga... Mal que les pese a todos, este Bilbao-New York-Bilbao no es una novela. A lo sumo es un entretenido libro de viajes sentimentales. Para que hubiese novela tendría que haber un planteamiento al que siguiese un nudo que condujese a un desenlace. O más fácil: tendría que darse alguna suerte de crisis. Y aquí ni hay delta ni hay desembocadura ni hay nochevieja que valga porque el texto entero es un looping constante de palimpsestos que no concretan ni amarran nada, todo lo dejan al azaroso embrujo de una cabeza pensante ebria de remembranza de los años y los rostros que dejaron de ser y curiosidad por los rostros y los años que pudieron haber sido: recuerdos, diarios, daguerrotipos, estampas, anecdotalia, pensamiento ensimismado enhebrando disquisiciones a kilómetros de altura sobre la superficie nocturna del Atlántico. Atractivo a ratos y a veces hasta poético y casi lacrimal. Refocilante pero sin garra. Otras veces un poco tostón, para qué negarlo. Pero novela no. Si acaso el making-off de la novela que Kirmen Uribe, tal vez, proyectó escribir alguna vez, pero que ya no será, porque para qué, si ya ha dado el campanazo con esto, que es más que otra cosa una narrativa de notas mentales, un cuadernillo de trabajo. Un lo apunto antes de que se me olvide y luego ya en casa, si acaso, lo rehago y le perfilo cara y ojos...

Pero resulta que no, que al fin y al cabo un vuelo transocéanico te deja en la miseria, destrozado, y total por qué iba a currárselo más, si el nocillismo sin cuartel y la mutancia afterpopera exacerbada ya hasta justifican entregar las moleskine a las imprentas.



Medallones de Zofia Nalkowska

El horror en diferido


Finiquita uno las ochenta páginas de estos Medallones en el poco ferrocarril que separa dos estaciones de media distancia, por un poner. En su defecto cualquier sala de espera de sanidad pública también haría esas veces. Es la suya una inconfundible arquitectura de sprint, de punto y final y se acabó y no se te ocurra buscarme ni en las contrarrelojes ni en la media montaña, así que mucho menos en la escalada. Un destapar el tarro de las esencias única y exclusivamente cuando está todo hecho. Apuntillar la faena sobre el doler y el sufrir y el sudar de los otros... Aunque quizá estoy siendo severo. Sólo quizá.





Es ésta, por tanto, lectura que destaca, ante todo, por su complexión asténica y frugal, todo y que aún no sé decirme si se asimila como postre o bien como aperitivo. Creo que más bien lo segundo. Difícil sentir este libro como otra cosa que una nota al margen, a pie de página, dentro del enorme edificio de la literatura del exterminio. De modo que sí, uno podría sentir la llamada, querer saltar desde Medallones a otros importantes libros del genocidio si es que aún no conocía la Trilogía de Auschwitz de Primo Levi, La escritura o la vida de Semprún, Sin Destino de Kertesz o Una mujer en Birkenau de Smaglewska, la lista sería larga... Pero muy difícilmente se sentirá a gusto andando el camino inverso.

Publicado en 1946, al calor del recién descubierto horror de la solución final, Medallones es un constructo tan al tiempo pseudoperiodístico como pseudoliterario, edificado a partir de los sumarios instruidos por la Comisión de Investigación de los Crímenes Hitlerianos, de la que Zofia Nalkowska, autora del libro, formó parte. Nalkowska edifica su discurso sobre diminutas estampas embebidas de un horror en el que el lector —este lector—, no obstante, jamás llega a identificarse, quizá porque Nalkowska fue testigo de los hechos en tercera persona y a posteriori, nunca víctima de los mismos, y ese detalle, cuando estamos hablando de la literatura del genocidio, es esencial. La primera persona del torturado singular se impone.

Así las cosas, el valor de un libro como Medallones, tan distanciado del centro del horror —a pesar de su loable intención primera—, cuando ya presenciamos y sentimos en carne propia el verdadero centro de la oscuridad y del absurdo a través de Primo Levi, no puede ser sino el de curiosidad histórica y poco más. Lo que en 1946 fue necesaria denuncia, en 2010, visto lo visto, andado lo leído, es ruido y redundancia. La edición en castellano del libro de Nalkowska, por tanto, parece llegar demasiado tarde al lector español, sus páginas envejecieron definitivamente en todos estos años, se antojan superadas.





Texto publicado originalmente en Galatea.cat el 16/11/2009


febrero 04, 2010

Todo lo demás es porno

Me pregunta S. que si me volvió a dar por ahí, a si volví a escribir algo se refería, ya saben, actualizar y todo el rollo; que si ya me podía dar por perdido definitivamente para el blogogallinero o qué coño estaba pasando conmigo; que si tenía en cuenta qué imagen estaba dando de mi persona tener en primera plana tanto tiempo a Hitler con el lagrimal abierto, tal que si fuese humano y demás tremendismos. Que si basta ya de este silencio y esta indolencia, en suma, como si en verdad me hubiesen de quitar el sueño aquellos que no sabiendo leer entre líneas piensan que toda imagen ha de ser por fuerza como su sentido de las vidas —no sólo la suya, también las de los demás, tiene cojones—, esto es, contumaz y monosémica. O lo que es lo mismo, como si el problema lo tuviese yo en lugar de ellos... Acabáramos.

Pero es cierto, me debo un momento fuera de este mundo patibulario en el que el rigen bifrontes tanto la ley del más mentecato como la irregular cadencia de los intestinos. Cinco minutos aquí y veinte allá para asuntos y entremeses prohibidos en el manual de instrucciones de los adictos al meridiano de la tibieza. Benditas anormalidades, rarezas, exangües ilusiones cuyo soslayo me diezma a la par que me posterga. En este caso la responsabilidad es sólo mía, lo reconozco.

Otro tema bien distinto es que de un tiempo a esta parte, no sé cómo demonios, recala por aquí puntual gente que sabe apreciar, dejando huella además, lo que me desconcierta no poco, justo cuando yo ya me siento ajeno a cualquier solución de continuidad y/o escape, pero en fin, les agradezco la molestia y les aprecio los parabienes. Si algún día alcanzo a recucitarme o bien sobreseerme quizá sus ojos pacientes lo contemplen y en ese preciso entonces exclamarán: ¡¿pero qué coño?!

Conque a la mierda un poco todo, supongo que algunos comprenderán.


enero 06, 2010

Portraits of Adolf


Der Bannerträger ("The Standard Bearer")
de Hubert Lanzinger (1935)


"Nunca he olvidado la impresión que me produjo Hitler al entrar en la sala. Yo había visto al Führer una vez, en la primavera de 1939, en un gran desfile militar organizado con motivo de la visita del príncipe regente de Yugoslavia. Mi regimiento participaba en ese desfile y yo estuve a unos treinta metros de la tribuna donde se encontraba el Führer. No hacía niguna falta ser nacionalsocialista para dejarse impresionar por su fuerza, su dinamismo y su vitalidad. Ésta era la imagen que yo conservaba, reforzada por las que ofrecían los noticiarios y los periódicos. La persona que se presentaba ante mí aquel 23 de julio de 1944 no se parecía a aquélla. Ya no era el "Füher del Reich de la gran Alemania combatiendo por su destino", sino un hombre de cincuenta y cinco años con aspecto de anciano, encorvado, jorobado, con la cabeza hundida entre los hombros, el rostro muy pálido, los ojos apagados y la piel grisácea. Caminaba despacio, arrastrando la pierna izquierda, y tenía una herida leve en el brazo como consecuencia del atentado. Guderian se encargó de las presentaciones. Con una sonrisa fatigada, me tendió una mando blanda mientras murmuraba unas palabras de bienvenida. Me quedé estupefacto. El héroe celebrado por la propaganda del régimen era una ruina. ¿Cómo era posible? Con el paso de los meses, empecé a entenderlo. En aquel momento, tuve la impresión de estar contemplando una figura de cera. Me dije que el Reich estaba regido por una ruina humana".

En el Búnker con Hitler
Bernd Freytag Von Loringhoven
(en traducción de María Pons Irazazábal)

Hitler, la novela gráfica (Gekiga Hitler), de Shigeru Mizuki (1971)

enero 02, 2010

Watch TV

Volvió el frío y volvió el viento. Son las cinco y casi media de la madrugada. Creo que soporto bien el frío. Pero odio el viento. Claro que morir de frío es una de las peores muertes que puedo imaginar. Otra que tira para atrás es morir ahogado. El viento aquí nunca es noticia, forma parte del pan nuestro, de los que vivimos por aquí, o mejor: de los que habitamos esto. Se utiliza la palabra "vivir" con demasiada alegría. He encendido la estufa. Me estaba helando. Me gusta el frío, sí, pero qué le voy a hacer, soy de gen meditarráneo. Querría más norte en las venas, ser más escandinavo, que no inglés. Danés, noruego, sueco. Finés no, que ya bastante afán suicida acarreo de serie... El viento ahora ya no se escucha apenas, pero ha pegado duro todo el día. Hay que estar atento y cerrarle la puerta en las narices antes de que se te cuele dentro. Si no, estás perdido. Te vuelves loco. Te vuelve loco. Más que del revés, te vuelve del envés la cabeza. Como un calcetín. Un cerebro detonado. Las circunvoluciones fuera de tiesto: espagueti-western, Sam Peckimpah. Por eso hay que domarlo, de alguna manera, al viento; zafarte de su aliento vampiro. Por eso quiero que sea el principio de un relato que empieza y acaba en Philip K. Dick: a uno de los personajes, de buen inicio, lo despierta el viento. El viento contra las ventanas, asiendo del gañote a las persianas, zarandeándolas. Luego está el tema de las distopías que vienen. Lo que es un absurdo, porque nunca se entra ni se sale de la utopía negativa. Todo allá afuera —y acá dentro— es distopía y es tránsito y es feísmo. Locos de atar y para que nos encierren. Por el viento que sopla, por el tiempo que se escapa. No la distopía que vendrá ni la utopía que pudo ser, sino la heterotopía que somos... Otra cosa para el apunte: desde ayer no hay publicidad en la televisión pública, según parece; por lo que Agustín Fernández Mallo debe andar de luto. Requiescat in pace, sí. Pero queda telecinco y queda antena tres, y también la cuatro. Y, cómo no, queda la sexta, ella y sus presentadoras, tan reguapas, y cada una con su par de tetitas, tan pien puesto. A mí es que lo afterpop debe haberme pillado tarde. Soy de la vieja escuela. Así que donde haya pechuga no me pongas al negrito del africa tropical. Que me rebelo.