

Publicado originalmente en Galatea.cat
Resistencia en el flanco débil


A cada poco, los cristales crujen como a hurtadillas cuando el viento se apoya en ellos, como témpanos en el deshielo. Y por fin, Tragy pregunta:
—¿Por qué me trata usted así? —con un aspecto anormalmente enfermo y triste.
Thalmann fuma con avidez:
—¿Tratar? ¿Llama a esto tratar? Realmente es usted moderado. Pero si le muestro con toda claridad que no tengo ninguna intención de tratarle en ningún sentido. Si usted quiere que yo me sitúe junto a usted, sí o sí, primero deberá quitarse la costumbre de pronunciar esas palabras, esas pomposas palabras; no las quiero.
—Pero ¿quién es usted? —grita Tragy, y de un salto se pone delante del ennegrecido, tan cerca, que parece que vaya a darle una bofetada. Y temblando de rabia—: ¿Qué le da derecho a pisotéarmelo todo?
Pero ahora las lágrimas ya le zarandean la voz y le dominan y le dejan ciego, débil, le abren los puños.
El otro le empuja suavemente contra el sillón y espera. Al cabo de un rato mira el reloj y dice:
—Déjelo estar ahora. Usted debe irse a casa y yo debo escribir, es medianoche. Me pregunta que quién soy yo: yo soy un trabajador, míreme, uno con manos agrietadas, un intruso, uno que ama la belleza, pero que es demasiado pobre para ella. Uno que necesita sentir que se le odia para cerciorarse de que no se le compadece... Absurdo, por cierto.
Y Tragy levanta los ojos ahora secos y calientes, y mira fijamente la lámpara. "Está a punto de apagarse", piensa, y se levanta y se va.
Thalmann le alumbra el estrecho tramo escaleras abajo y a Tragy le parece que no tiene fin.
Chatwin nunca lo hizo
"Nunca he olvidado la impresión que me produjo Hitler al entrar en la sala. Yo había visto al Führer una vez, en la primavera de 1939, en un gran desfile militar organizado con motivo de la visita del príncipe regente de Yugoslavia. Mi regimiento participaba en ese desfile y yo estuve a unos treinta metros de la tribuna donde se encontraba el Führer. No hacía niguna falta ser nacionalsocialista para dejarse impresionar por su fuerza, su dinamismo y su vitalidad. Ésta era la imagen que yo conservaba, reforzada por las que ofrecían los noticiarios y los periódicos. La persona que se presentaba ante mí aquel 23 de julio de 1944 no se parecía a aquélla. Ya no era el "Füher del Reich de la gran Alemania combatiendo por su destino", sino un hombre de cincuenta y cinco años con aspecto de anciano, encorvado, jorobado, con la cabeza hundida entre los hombros, el rostro muy pálido, los ojos apagados y la piel grisácea. Caminaba despacio, arrastrando la pierna izquierda, y tenía una herida leve en el brazo como consecuencia del atentado. Guderian se encargó de las presentaciones. Con una sonrisa fatigada, me tendió una mando blanda mientras murmuraba unas palabras de bienvenida. Me quedé estupefacto. El héroe celebrado por la propaganda del régimen era una ruina. ¿Cómo era posible? Con el paso de los meses, empecé a entenderlo. En aquel momento, tuve la impresión de estar contemplando una figura de cera. Me dije que el Reich estaba regido por una ruina humana".
Hitler, la novela gráfica (Gekiga Hitler), de Shigeru Mizuki (1971)