Resistencia en el flanco débil
septiembre 01, 2016
No es mi caso
La primera frase es siempre la más difícil. Son tantas las opciones y las variables, tantos los pasillos que se cierran por cada puerta que se abre. Si se piensa demasiado se acaba desistiendo. Al principio se borra y se reintenta, no quieres derribar tu rey a las primeras de cambio, pero transcurrido cierto tiempo de inoperancia ya ni siquiera se afronta el reto. No pasa nada por no escribir, te dices. No pasa nada. Se puede vivir perfectamente sin escribir. Más tranquilo, más pausado. Escribir es una angustia. Una auténtica ansiedad. Un no conduce a nada salvo a un contra ti mismo. Te dices eso y mucho más que no cabe en palabras, porque el pensamiento lleva también su doble contabilidad, y esa cuenta subterránea uno la vislumbra y la sabe descifrar en muy contadas ocasiones, y aún en ésas las más de las veces ni siquiera hacemos caso. Escribir es una melancolía que a día de hoy aún no me trajo nada bueno. Te lo dices. Me lo digo. Paso del tú al yo, y aún peor: de la primera del singular a la primera del plural, al nosotros, como si hubiese alguien más al que hacer partícipe de esta enfermedad.
La primera frase es siempre la peor. Y no porque las posibilidades de cagarla sean prácticamente infinitas. No. Porque es una promesa. El vislumbre de una singladura que de ordinario, lo sé, va a acabar recién empezada, un aborto, otro proyecto nuncásico: y la cantidad de veces que podemos defraudarnos al fin y al cabo no deberían ser tantas.
Te dices que ya has desperdiciado muchos más cartuchos de los que merecías, que si después de tanta práctica tu puntería no ha mejorado ya a estas alturas qué quieres, déjalo ya. Y eso hago, lo dejo, me aparto y hago como el que decide dejar de fumar porque se lo ha recomendado la voz estúpida que vive dentro de su cabeza. Una de ellas. Tan solo una de tantas. Pensando que uno puede dejar atrás una enfermedad que es su su propia sombra, que es tan íntima y secreta médula de su fantasma.
Pero está también el problema de la mente en disolución. Yo mismo, ahora, desde hace no sé cuánto. No son los años que pasan, no es tampoco un notarse encima la traída y llevada crisis de los cuarenta. Ni es el demasiado peso de los años grises ni el demasiado pasado doblegando la espalda. Es simplemente mi cabeza, sin lastre, elevándose paulatinamente hacia la nada. A veces es tan sencillo como un lampazo de luz indolora atravesando de arriba abajo un curso de ideas. Y a partir de ahí la parálisis. Incombatible. Saber que este escribir fallando, este errar cada palabra es también el último reducto que me mantiene a este lado de la cordura.
La primera frase es siempre un pico raramente conquistable. Debe contener el germen y al tiempo servir de campo base y punto de apoyo, de cebo y estímulo, también, por qué no, de acicate. Demasiada responsabilidad para un solo un sujeto y su solo predicado. No por nada los manuales y los libros de estilo se los encargan a gente con la cabeza en su sitio y su justo lugar.
Mejor pasar directamente a la segunda...
septiembre 11, 2015
El último día de la guerra
De todos modos, ya que preguntas, no soy ya sombra para odiarte, para
odiar a nadie; me faltan no ya el tesón o las agallas, en algún
lugar, no sé dónde, en qué desvío o encrucijada, me dejé olvidado el
par de garras. Aunque no olvidado en realidad, sólo pesaban, pesaban
demasiado. Siento la puerta, lamento la barrera, disculpa los hombros
caídos como telones negros sobre un escenario en disolución... Quisiera haber
sido mejor en todos los aspectos, incluso aquello, poniéndonos en lo
peor, mejor enemigo, mayor adversario. Supones bien, es tarde para todo excepto para esta terrible noche en la que todas las luces se han apagado. Estas calles ya no son las calles
pero sí el viento; viento y locura, aquí, allá, sangre adentro, terminan
siempre por ser los mismos. Tanto tiempo fuera de la vida de qué nos ha
servido; tantos días haciendo de la carne grito, del alma desafío,
creyendo plantar alguna extraña suerte de batalla a los aires. Y al final
qué, sólo esto, el sollozo bajo, el torpe gemido, ni siquiera el llanto, prohibida la lágrima, a solas en la última antesala. ¿Acaso fue una suerte que no me rompiese en vidrio? Día a día, lluvia tras lluvia me fui viniendo roca; vertido primero, petrificado después, desde el hígado hasta el tuétano. Todos los huesos
roca; todos los brillos roca; la savia roca también: soy la madera muerta en la que se tallan los gigantes, los mismos que congelan la noche con su aliento en
tuberculosis: el miedo, el pánico, el rencor, la dúctil
memoria... Así que duerme, lo mejor sería que durmieses; olvida, di que
no, que no con la cabeza, haz como si nunca en ti una idea de mí, ni
siquiera un recuerdo, hubiese existido. De todos modos la vastedad de mi
odio siempre te cayó grande, y a mí seguir siendo vida empieza ya a pesarme demasiado. ¿Acaso no oyes eso? Es el vaivén de las olas, la torva canción de cuna de una playa dinamitada y lunar, tras el desembarco de los gigantes. El último día la guerra es es esa dulce línea de horizonte a la que siempre llegamos tarde.
diciembre 07, 2014
Rabia, rabia contra esa quieta noche...
No te adentres dócilmente en esa quieta noche.
La vejez debería delirar y arder ante el ocaso del día.
¡Rabia!, ¡rabia contra la luz que agoniza...!
Aunque asumen los hombres sabios que, al final, la oscuridad es justa
porque sus palabras no consiguieron desentrañar el relámpago,
no se adentrarán dócilmente en esa quieta noche.
Hombres buenos, los últimos hombres buenos, lloran por cómo
sus frágiles obras pudieron brillar al danzar en la verde bahía.
¡Rabia!, ¡rabia contra la luz que agoniza...!
Hombres audaces que en su vuelo tocaron el sol, le cantaron,
y aprendieron, demasiado tarde, que aquélla era también una senda de aflicción,
no se adentrarán dócilmente en esa quieta noche.
Hombres severos, cercanos al fin, que siguen mirando sin ver,
con ojos ciegos que podrían arder como se incendian los meteoros.
¡Rabia!, ¡rabia contra la luz que agoniza...!
Y tú, Padre, allá en tu Alta Tristeza,
maldíceme, bendíceme con tus feroces lágrimas, te lo ruego,
tampoco te adentres dócilmente en esa quieta noche.
¡Rabia!, ¡rabia contra la luz que agoniza...!
Do not go gentle into that good night, Dylan Thomas
Versión libre de Javi Iglesias
noviembre 25, 2014
Los monos y los porros del bueno de Jean (Cocteau)
Está la literatura de la droga y luego está la literatura del mono de la droga.
Hay un buen fajote grande y pirindolo de literatura de la droga. Libros drogáceos que no te los acabas.
La literatura del mono de la droga, en cambio, es bien poquita cosa. Hay que ponerse a buscar y rebuscar entre los estantes para encontrar algo de buena mierda.
La literatura del mono de la droga, en cambio, es bien poquita cosa. Hay que ponerse a buscar y rebuscar entre los estantes para encontrar algo de buena mierda.
La literatura de la droga es multimorfe y coloroide y garbosa y alegrosa. A todo jodido homínido a una pluma pegado y con las circunvoluciones hasta las trancas de droga le sale fácil y de corrido manuscribir infolios en pleno subidón, con los que meses después el editor fachenda de turno hace su agosto.
La literatura del mono de la droga, sin embargo, es gris y escuchimizada, nada trempante, no invita más que a la inmunodepresión y el suicidio, y si es que al fin encuentra editores que la saquen al ruedo es sencillamente porque la de editor, amigos míos, es una profesión fenicia como las hay pocas.
Así las cosas, lectores todos —amigos alguno—, los únicos libros de la literatura del mono de la droga con los que vale la pena dilapidar nuestro tiempo son los de William S. Burroughs. Cualquier libro de este pirado señor es a la vez literatura de la droga y literatura del mono de la droga. William S. Burroughs es la montaña rusa bipolar de la letra de la droga. El único problema es que para leer bien a este pendejo tenías que estar como una puta cabra y aún así, mochales de la cabeza, tampoco lo entendías un pijote. Lo cual no es óbice, fíjense qué buen dato, para que siga habiendo industriosos editores buitre que le sigan dando mecha.
No obstante, yo vengo a hablar de Opio. Opium. Del Cocteau, Jean, padre de la Bella y peluquero de la Bestia.
«Opio» es el diario desabrido y sin interés del mono de la droga del bueno de Jean. Qué cosas. Cosas de la náusea, los sudores, los tembleques de la ausencia de la droga, se entiende...
Lo que cuenta es intrascendente. Lo que escribe importa tres carajos. Todo basura. Lo único que vale la pena son esos dibujitos guarros y trotones, dibujotes-esputo del mono del opio del bueno de Jean. Observen cómo a medida que pasan los días y el estado de carencia se hace apenas soportable, todo su pensamiento se vuelve verborrea aburridora y dibujitos a reventar de canutos de droga.
Canutos, canutos, CANUTOS, CANUTOS, ¡por Dios que alguien me dé un CANUTO!... Dibujos del hombre-canuto y la mujer-canuto y el coño-canuto y el perro-canuto y el gato-canuto y la liendre-canuto y así hasta llegar al canuto-canuto, que es el día del alta de la clínica de desintoxicación y también el punto y final de este diario soponcio, también titulable, consejo para futuros editores sin escrúpulos, como «Diario de una Tostonación».
Así que no molestarse ninguno en leer este libro, recorten los dibujos marranos y forren con ellos sus antiguas carpetas de la TeleIndiscreta —¡Hostias María si soy ya viejo!
Nada.
septiembre 23, 2014
Pinocho y la lumbre
Literatura infantil. Reflexiones sobre la literatura para niños. Y niñas. Y niños. Y gente por lo general menuda de ambos sexos pero con la supervisión de un adulto. Dos puntos:
En antiguamente la literatura infantil no era para enseñar valores morales a los niños, qué va. En antiguamente los niños que tenían acceso a la literatura para niños eran niños de buena cuna todos, de padres con posibles casi siempre de derechas o al menos siempre lo justo reaccionarios, y esos niños, sus hijos, los hijos de los derechones, se entiende, venían siempre, además de con el pan de oro, con los valores morales bajo el sobaco. Así que no. En antiguamente la literatura infantil no era otra cosa que un pretexto para darle uso, lustre y vidilla a la chimenea esplendorosa del caserón: ¡Venid, hijos míos, que os voy a leer un cuento al calor del fuego del sudor de la frente del esclavo proletariado!
En modernamente, en cambio, los valores morales los enseñan todos, del primero al último, Maese Wert, con la inestimable ayuda del sin par buddy compi don Gallardonazo (ese dúo de cómicos), de modo que la literatura infantil ya no tiene otro objeto que el de sustentar las barrigas y las papadas de los popes del Negocio del Libro, entiéndase editores & distribuidores & libreros: ¡Venid, hijos míos, a desenvolver todos los tochanacos Stiltons majotes que os he comprado estas navidades, y luego os volvéis a reenganchar al Internete, copón!
A pesar de ello, la literatura infantil, la literatura para niños y enanos coñones, tanto la de en antiguamente como la de en modernamente, está repleta de reconvenciones, lecturas de cartilla y moralinas recalcitrantes. Digamos, pues, que la moralina es a la literatura infantil como el valor al soldado: no sólo se le supone, también se le espera. Y si no, nos enfadamos...
Es por ello que Pinocho, del don Carlo Collodi, si es que hay que leerlo... Y repito: "Si es que hay que leerlo", si no queda otra que leerlo, mecachis, en fin... en ese caso hay que leerlo sí o sí en la edición de Alianza Bolsillo, con prologuillo de don Sánchez "Jarama" Ferlosio, en el cual ya desde la primera página nos pone las verdades negro sobre blanco y sin ambages: Pinocho es una puta mierda reaccionaria y el único momento chupi es cuando cogen al muñecajo de marras y lo ajorcan del pino más alto... Toma ya. Eso. Ahí. Bien... (Si es que tenéis a bien mirar el principio y el arriba —de ésta mi bienintencionada a la par que intempestiva recensión— podréis observar en la cubierta de la dicha edición cómo no sólo aparece el nombre del traductor de la cosa, lo que de por sí ya es asaz inusual, ¡sino que además figura con el mismo cuerpo de letra que el del autor! Esto sólo puede haber sido un a próposito, no sabemos si con nocturnidad, pero sí desde luego todo ello entera alevosía).
Ahora vamos con la repetición de la jugada, por si a alguien se le ha escapado detalle y no tiene acceso a iutub. La cosa fue tal que así:
Señor Alianza: ¡Hombreee!, ¡Rafa, qué alegría verte! ¡Cuánto tiempo, coño!Rafa Ferlosio: Ya ves...Señor Alianza: ¡Bueno qué! ¡Cómo va todo, hostia puta! ¿Qué te cuentas jachondón?Sánchez Fer: Pues ná... Por aquí... Tirandillo...Señor Alianza: Jajaja... ¡Qué tío, qué tío!... ¡Oyes, contigo quería yo hablar, joder! Estooo... ¿Por qué no me escribes un prólogo pal Pinocho?, que lo tengo en el horno y a puntito de salir. Te doy tres mil pesetas.Don Ca$h: ¿Tres mil dices?Señor Alianza: Sí, tío, tres mil. Más no puedo, que la cosa anda flojarucha. Pero ojo, tres mil pesetas de las de antes, de cuando había Dios, no la mierda esa de euros que corren por ahí...Mr. Alfanhuí: Bueno. Pues que sean tres mil, pues. Te lo hago... Pero que conste que voy a decir que el Pinocho es una puta mierda y el Collodi un cura cagón de las narices. Eso es innegociable...Señor Alianza: Jajaja ¡Qué tío, Rafa! ¡Qué jachondo eres, la leche! Tú tranqui, hombre, escribe lo que te salga de la punta del nabo, que total esto es España y aquí no lee ni Cristo.
Fin.
septiembre 19, 2014
Poemas perdidos del soldado Froelich
"Alfred Froelich era un muchado tímido, de apariencia enfermiza. Sin embargo, había resistido como cualquiera las penalidades del cerco.Alfred Froelich era escribiente de un municipio de Renania. Le gustaba mucho leer. Siempre llevaba un tomo de poesías en el bolsillo de la guerrera. Era un tomo de poesías de Rainer Maria Rilke, que él leía casi a escondidas, cuando estaba solo y nadie le molestaba.Alfred Froelich era taciturno y solitario. Se veía en seguida que era un hombre con vida interior intensa.No era demasiado amigo de bromas, pero no se hacía, sin embargo, antipático.Se había batido como los buenos a lo largo de todos los combates. Sin alharacas, pero honradamente, virilmente, Alfred Froelich había cumplido con su deber a la hora de la verdad.Ahora, Alfred Froelich había caído herido gravemente.- Una bala le ha puesto las tripas al aire -me dijo sombríamente el comandante Spiedel-. Me ha dicho que quiere verle, Weest, que quiere hablar con usted.Alfred Froelich estaba tumbado en un rincón del "bunker". Los soldados que había allí dentro no se preocupaban demasiado de él. Uno dormitaba. Otro intentaba dormitar. Otro se rascaba parsimoniosamente la espalda. Otro miraba al vacío...- ¿Me querías hablar, Alfred?El muchacho estaba pálido, de un pálido enfermizo, cerúleo. Se apretaba el vientre convulsivamente con ambos brazos, y, por entre las manos, a través de la sucia guerrera destrozada, asomaban, viscosas y azuladas, sus tripas apenas ensangrentadas.Me acerqué y me arrodillé a su lado. Intenté sonreír, pero no pude, creo que no pude. Mi sonrisa debía de ser más bien una ridícula y falsa mueca amable.- Dime, amigo, ¿qué deseas?Alfred me miró al fondo de los ojos. Me sentí estremecer al contacto indefinible de aquella mirada penetrante y angustiada.- Voy a morir, sargento, y quiero pedirle un favor...- Lo que quieras, Alfred, pero no vas a morir.- Sí, voy a morir, y es mejor que así sea. Sufro mucho, sargento.De pronto, tosió y el tronco se le encogió hacia el vientre con un espasmo terrible. Tardó unos instantes en reponerse. Estaba sumamente pálido.- Calma, amigo, calma. No te esfuerces.Alfred hizo acopio de fuerzas. Se le veía que hacía un supremo esfuerzo para seguir hablando.- Quiero que, si usted sale de ésta, vaya a mi pueblo...Las fuerzas le faltaban y tuvo que descansar. Cada vez se apretaba con más fuerza el vientre y cada vez se le salían más los intestinos por entre los dedos...- Yo nací en...Me dijo un pueblecito de Renania.- Allí vive todavía mi madre. Es viuda. No tenía más hijo que yo. Ella es ya muy viejecita. Dígale, sargento, que me ha visto morir tranquilamente, que no he sufrido nada al morir. No le diga que me han herido. La pobre se asustaría...La voz de Alfred se hacía por momentos más delgada, pero seguía siendo perfectamente inteligible...- Dígale, sargento, que he muerto de una pulmonía. No es extraño que uno muera aquí de una pulmonía, ¿verdad? Hace tanto frío. Ella se lo creerá.Quería decirle a Alfred alguna palabra de consuelo. Pero no me salía ninguna. En cambio, notaba que se me nublaban los ojos y que no podía remediarlo. Sentí de repente una gran rabia contra mí mismo.- No se apene, sargento. Esto de morir es cosa de hombres. No importa que uno muera aquí o allá, de esto o de lo otro...-¡Alfred, Alfred, qué valiente eres!Alfred intentó sonreír.- Todos aquí hemos sido valientes a la fuerza, sargento. Eso no tiene importancia. La valentía no es más que una palabra. Uno puede parecer valiente hoy y cobarde mañana. La valentía no existe, sargento... Lo único que existe es la muerte.- ¡Pero tú no morirás, Alfred!Afuera empezó a tronar el cañón.- Ojalá fuera yo el último muerto, sargento... ¡Morirán tantos todavía! Lo que apena es morir cuando uno podía seguir viviendo todavía...El cañoneo empezaba a resultar ensordecedor.- ¿Verdad, sargento, que irá a ver a mi madre?- Te lo prometo, Alfred.- Mire, sargento, aquí, en este bolsillo de la guerrera, llevo un tomo de poesías de Rilke. Dentro van unas poesías manuscritas mías. Entrégueselo todo a mi madre...De pronto, las facciones de Alfred Froelich se quedaron tensas. Su cara parecía una máscara trágica. Después, un segundo después, la cabeza se le dobló sobre el pecho y su cuerpo resbaló por la pared sobre la que estaba apoyado de espaldas, cayendo suevamente hacia el suelo del "bunker".Fui a ver a la madre de Alfred cuando me liberaron los rusos, cuatro años después. Pero la madre de Alfred Froelich hacía ya tres años y pico que había fallecido.El manuscrito con las poesías de Alfred y el libro de poemas de Rilke lo perdí en las ruinas de Stalingrado, en los momentos de la gran desbandada."
Yo estuve en Stalingrado
Hans Weest
marzo 09, 2014
Thousand-yard stare
Toda la noche encastrado en una parálisis de ojos abiertos. Toda la noche hablando con monstruos. Una noche que no acaba, que no cesa de manar, pase lo que pase, piense lo que piense, caen los segundos y no estalla. Toda la noche desangrándome en obcecaciones. Cuando al fin llega el alba ya no soy humano. Soy un quiste de insomnio. Soy un virus de rencor. Un gesto fulminado.
El hombre como especie acechada, una alimaña en busca y captura, una esperanza atrapada. El hombre y su cepo, el cepo del hombre sobre el hombre mismo. El hombre y su trampa luminosa. El hombre y la trampa y la herida. Su herida. La herida luminosa. La hendija sangrante en la noche que se asfalta a sí misma sobre la carretera secundaria de la eternidad. Y detrás de todo el telón de la farsa. Y delante de todo la mentira. La mentira del hombre. Su esencial insinceridad cuasi genética. Mentir. Mentirse en todo momento, no sea que la verdad nos dé alcance, nos bese en la frente, nos bese en los labios, nos bese en el alma tronchada y líquida. Mirarse al espejo. Mirar un mirarse a los ojos en la sala de proyección del espejo. Y no poder dejar de advertir la trampa. Y no poder dejar de encajar la mentira. La trampa luminosa, la mentira espiral. Y cerrar exhausto los ojos. Y apretar exhausto los puños. Y no poder llorar. La verdad no tiene fuente para que bebas.
Escribe uno por qué. Escribe uno, en primer lugar, en primera instancia, para matarse, para acabar, fundirse liquidado en el blanco de la carpa circense del discurso. Escribe uno por qué. Escribe uno por cobardía. Por no haber sido capaz de reventarse la mano contra el espejo por la mañana una vez constatada la derrota de la ausencia de lágrimas, y una vez conseguido esto, ascendido a esto, la mano hecho un cristo, la mirada desquiciada, coger cualesquiera de los filos caídos, y allí, sí, terminar. Escribe uno porque no puede hacer otra cosa. Escribe uno porque no puede dejar de olvidar la trampa, de obviar la trampa, de pasar por alto la material arbitrariedad de todas sus reacciones. Escribe uno como el que sale a correr cada maldito día para negarse a sí mismo en esa tortura, para borrarse de sí en el padecimiento. Por qué hace el hombre, la farsa, este animal atrapado lo que hace. Todo acto que vaya más allá del alimento, la excreción o la cópula, o aun la huída desesperada en pos de la pervivencia del hueso se deduce de esta mentira intrínseca. Esta mentira luminosa. Esta sangre blanca y cancerígena vistiendo la noche de insomnio. Todo lo que hace el hombre para decirse hombre lo hace para olvidar que es un ser atrapado. Que es, de hecho, y hasta nueva noticia, el único ser atrapado del universo. El menos libre. El Ser esclavo.
Escribe uno por qué. Escribe uno, entre otras cosas, entre otras no destacables estupideces, para hacer ligeras las horas de espera hasta la nueva guardia.
Toda la noche desesperado contra mí mismo. La entera y larga noche atrapado y luminoso. Blanco colgante en mitad de la tela de araña, cebo y distracción para gigantes menores. Toda la noche fulminado, los ojos copados de detonaciones. Toda la noche hablando con monstruos...
marzo 01, 2014
La herida insomne
Silhouette du peintre (1907), León Spillaert
Empieza como un estallido sin metralla
un baño sordo de náusea.
Empieza como un recrudecimiento.
Como una indefensión.
En lo profundo y lábil, el centro de lo que convenimos
en llamar corazón,
no el órgano, no el músculo,
donde sólo hacen blanco las flechas en palabras
en silencios,
en miradas aniquiladoras,
allende la víscera,
adentrada en la maraña selvática de sentimientos encontrados...
La herida insomne.
Es una sombra que sangra, se arrastra,
camina a duras penas, está perdiendo la vida en cada paso,
hasta que en medio de la nada, un árbol,
toma asiento bajo su copa y se recuesta en el tronco,
tomar aliento, cerra los ojos, tal vez dormir...
La brecha no sella, no cierra, no calla
no quiere dejar de ser ella,
ser brecha, ser golpe, ser desesperación.
La brecha no es mala en esencia, no sabe ser otra cosa.
No conoce otra vida que el dolor.
La herida insomne
es la película de todo el daño interior
proyectada en el lienzo oscuro del techo de nuestro insomnio,
noche tras noche, en bucle,
en looping enfebrecido,
autocastigo disparatado.
Todo el amor que fue y ya no podrá ser más.
Y que es aún amor, pero amor periclitado,
amor hecho pedazos,
y es por tanto amor más poderoso,
por tanto más doliente,
por tanto más intenso,
por tanto cancerígeno.
Puñal inasible, clavado en el pecho,
la sangre que mana, que baja, que llega hasta el dedo
y de ahí a la tierra, donde estéril fecunda óvulos de aflicción.
La herida insomne
son las noches preñadas de ojos abiertos
locos de niebla verde y alucinación,
un vadear la noche robado el sueño,
sólo armado con un fardo de incombustible vigilia,
un incombatible demasiado peso.
Las horas a cara de perro contra el espejo de los recuerdos...
La herida insomne
son también las calles de la ciudad muerta
a reventar sus esquinas de aparecidos,
muertos en vida que resisten pertinaces el viento de la nada,
días de nuestros días,
sagradas y efímeras ascuas que fueron
el fuego de nuestro júbilo primero
y el incendio de nuestra alegría después.
Sus caras y nombres y ojos vencidos, el museo de nuestro fracaso.
Un desengaño que llega para quedarse,
un velo que se deshace en llamas,
y con él la mirada que tan celosamente guardaba,
ahora vendida.
Un último derribo del que tan probablemente no nos levantaremos
si no es para buscar a tientas en mitad de ningún lugar,
en justo y mitad del hundimiento,
sombra sangrante, sombra avanzando a rastras,
un árbol, de súbito,
tan solo unos minutos recostados en su tronco,
a resguardo de la quemazón absurda del sol de la noche,
tomar aliento, cerrar los ojos, tal vez dormir...
La herida insomne
es esto:
una sombra alcanzada en el pecho, tocada de muerte,
agotando su último aire en el ámbito de lo posible.
Poco después abre los ojos, despierta,
está muerta pero aun así despierta,
se yergue y camina:
transparente negra sangre le mana aún de la herida,
que ya nunca cesará en su grito.
Camina sin prisas hacia las calles anochecidas.
Camina absorto, roto de luz, a ocupar su lugar tras la esquina.
febrero 18, 2014
Doctorado en Paleontología
Cuando despertó el dinosaurio no sólo seguía allí, mucho peor que eso, también se hallaban de cuerpo presente su padre, su madre y tres de sus cuatro abuelos, así como, sí, cierto, oyen bien, leen bien, a su vista no le ocurre nada —conque ahórrense la visita al oculista para el año que viene—, las siete novias de sus siete hermanos —del dinosaurio inicial—, los siete hermanos —y pacientes maridos— también allí, cada uno junto a un otro, en fila y casi diría que formando, así hasta llegar al mágico y simbólico y nada suertudo, esta vez, número de siete mandíbulas terribles. Y sus hijos, ah sí, por supuesto, también sus hijos, y los hijos de esos hijos, tan grandísimo porcentaje de ellos bastardos, pues bien sabido es que la reptil siempre fue una especie menos dada al matrimonio ortodoxo que al concupiscente concubinato, y además a las misiones evangelizadoras el Jurásico es algo que históricamente siempre le cayó muy lejos... Y todos ellos, ristra de quijadas monstruosas, ejército de carnívora devastación, lo miraban de hito en hito, si es que esta expresión aún se puede escribir, lo miraban fieros y salvajes y con el ceño fruncido. ¿Pueden los dinosaurios tener ceño? Y lo que es de mayor importancia; de tenerlo, ¿pueden en verdad fruncirlo? Desde los traductores de Isaac Asimov al castellano sabemos que cualquier maldita cosa viviente, en éste o en cualesquiera otros universos paralelos, puede —y debe— fruncir el ceño. Aunque cualquiera sabe, tal vez estaríamos ante una encrucijada espinosa, echada a perder en el barro de los apriorismos.
En cualquier caso demos por zanjada la disputa y señalemos que todos ellos, con sus miradas afiladas y sus ceños fruncidos, permanecían allí, acechantes y, cabe decir, armados hasta la dentadura indecible: con arcos, con ballestas, con cuchillos, con navajas y picas y facas de hojas y puntas nada edificantes, amén de, en efecto, sí, siguen oyendo y leyendo bien, todo tipo de carabinas de repetición y ametralladoras pesadas.
Resulta curioso, pues, del todo llamativo, pues, a todos los efectos extraordinario y hartísimo peculiar, pues, constatar que su primer y último pensamiento ante tan absurda coyuntura e irreal imagen, recién salido de la siesta vespertina, la de, no lo olvidemos, una cohorte de reptiles antediluvianos dispuesta a hacerlo picadillo a la primera oportunidad, fuese a la par tan suspicaz como peregrino: «¿Lagartos con dedos prensiles y pulgares oponibles? ¡Dónde se ha visto semejante maldita cosa, demonio!».
Acto seguido no le quedó otra que empezar a correr todo lo de sí que le dieron las piernas, por supuesto en vano…
febrero 17, 2014
Médula de la sombra
Felix Feneon at the Revue Blanche (1896) de Felix Vallotton
"18.III 1912. Yo era sabio, si se quiere, porque en todo momento estaba dispuesto a morir, pero no porque hubiese llevado a cabo todo lo que se me había impuesto hacer, sino porque no había hecho nada de eso ni sería capaz de hacerlo nunca."
Franz Kafka, Diarios
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