Me gustan las historias en las que se pone a llover, y llover, y llover. Lluvia que no te la acabas. Y no para de llover hasta que no termina la novela, la peli, o lo que demonios sea. Agua de lluvia empapándolo todo con su música de ruido blanco y de tormenta eléctrica, de agua derramada salvaje que en su vano intento de limpiarlo todo se te acaba colando hasta el sótano de la casa, el tuétano de la piel, el pozo del hueso, y partir de ahí ya sabemos qué sucede, los estupores del óxido...
Cuando cesa la lluvia es porque ya sabemos quién fue el asesino, por qué penaba el fantasma sus medianoches, que la luz de otro replicante, otro más, se fundió a negro. Y he perdido ya la cuenta de tantos apagones...
A la luz de la lluvia, gris y tamizada, fresca y acuática, suceden la luz primera del alba, la roja del último sol.
No hubo magia ni hay misterio ni ha de llegar proeza que no medren en la cuna del rumor de la lluvia; y que no se evaporen, por tanto, en el la ira desértica del cielo despejado.
Llueve tan poco y tan mal que hay que buscar la lluvia inventada para sentirse un poco vivo. Esto es terrible. O tal vez no lo sea tanto. O no tan del todo. Si la alternativa es este tibio llover, mejor la lluvia manufacturada.
Desde luego si lloviese más. Y mejor. Y más días seguidos. Sin cesar. Sin dañar. Entonces yo tendría más tiempo para ver lluvia y oír llover, y saberme estrechamente y por pequeños segundos en sintonía con alguna suerte de buen mundo.
No sé bien bien qué digo y sólo manejo un muy ridículo porcentaje de por qué digo lo que digo. Todo lo que llena el vacío hasta el 100 son sólo estúpidos juegos de palabras.
Una de las gatas me mira con esa pasiva condescendencia con que únicamente los gatos son capaces de hacerte saber que opinan que por fin se te descosió del todo la chaveta: "Anda, vete ya a dormir". Y deja de escribir majaderías...
Conque mejor dejarlo aquí. A priori parece buena idea hacer caso de las inteligencias superiores.
