Resistencia en el flanco débil

noviembre 11, 2011

Lo raro es la delicadeza...



Llegó el año largo como llegan las buenas, desusadas noticias, aguacero a mitad de sequía, y duró apenas algo más de lo que tardan en deshacerse de sus cachorros los niños mimados. Duró tres inviernos, un verano. Duró lo que alargan los tifones en la sala de jugar de los dioses cuando éstos se han aburrido: ya nadie andaba mirando. Por eso se marchó impune, como parten los barcos de guerra de un puerto sin ciudadela. Nunca estuvo en su ruta, a su altura, recalar tan bajo, tan intempestivo, y hallar de repente –tremenda sorpresa– semejante vida, tan rico botín en aquella orilla, histórico lado equivocado de las vías. Se fue el año largo tras el saqueo, como se dice, a la francesa, sin adiós, sin siquiera el valor, en último término, de izar la escondida bandera pirata. Sólo dejó odio. Sólo sembró rencor. Noches en cuchilla sobre la garganta. La luz amarilla de la boca apretada. El lado de afuera de la delicadeza. Un buen puñado de arrasadas palabras. Palabras que cesan aquí.


agosto 31, 2011

Chéjov, Chéjov





Si en la primera línea de un cuento aparece un clavo,

en la última alguien debe colgarse de él...

Anton Chéjov




Fijó el clavo a la viga con tres firmes martillazos. Tironeó de él con fuerza para comprobar que no cedía. Satisfecho, fue directo al estudio; había llegado el momento de la verdad. Al fin volvía a tener una muy buena idea y no la podía desaprovechar. Empezó a mano, papel y pluma, pero no hubo forma, hacía tanto que no escribía así que enseguida se sintió bloqueado. Conque saltó al ordenador, el teclado; su inmediatez, se dijo; todo fluiría mucho mejor... Pasó horas frente a la pantalla, dándole una y otra vez a la tecla de retroceso; borrando, corrigiendo, eliminando párrafos enteros; no hubo manera, seguía sin salir, algo había allí escondido, parapetado tras el cursor intermitente, que volvía a bloquearlo. “No, así no voy a ninguna parte”. De modo que pensó en volver a los viejos tiempos, pasarse a la máquina, la artrítica Olivetti de sus comienzos. Los vecinos pensaron que se había vuelto loco, escucharon el irregular pero constante repiqueteo durante todas las horas de aquella madrugada. Pero fue inútil, tan pronto como llegaba al tercer o al cuarto párrafo se desinflaba, aquello no le terminaba de convencer. “Empezar de cero, empezar de cero”, se lo repetía obsesivo, de modo que arrancaba la página y volvía a la carga. Así transcurrieron todos los días y noches de una larguísima semana, del folio virgen a la máquina, de ésta al ordenador, y luego de vuelta otra vez al papel de toda catadura –libretas, blocs, servilletas, facturas impagadas, en una ocasión de urgencia impostergable hasta el rollo del váter–, y sobre éste siempre la pluma quieta, el pensamiento trabado. De nuevo el bloqueo: desespero e impotencia. Y a lo largo de toda aquella tiránica sinrazón, un sinfín de cafés muy cargados, el doble de cigarrillos, insomnios interminables, apenas un par de bocados y, cómo no, una denuncia vecinal por escándalo interpuesta en el juzgado... Cuando semanas después las autoridades tiraron la puerta abajo, supongo que ya se lo imaginan, encontraron su estudio a reventar de bolas de papel arrugado, la Olivetti encastada en el monitor del ordenador, y a él, por supuesto, con el cable del teclado por corbata, pendiendo del clavo que fue origen de este microrrelato.


agosto 23, 2011

Dos veces muerto




Tal y como suele ocurrir, a la tercera fue la vencida, y para cuando el ilustre profesor, e ilustre vienés, Erwin Rudolf Josef Alexander Schrödinger decidió abrir la caja del experimento —que antes que virtual, y secretamente, fue experimento real, pues el profesor tenía un algo de sádico— ya era demasiado tarde: el gato negro Rufus, harto de estar ni vivo ni muerto, o mejor dicho, vivo y muerto al mismo tiempo, con la espada de Damocles de la inmortalidad relativa pendiendo sobre su estrecha y peluda cabeza —en suma, como todos—, saltó sobre la yugular del eminente vienés y científico, con las zarpas y la rabia transformadas en cuchilla.

Desde ese preciso y sangriento entonces —y secretamente, los americanos se ocuparon de ello—, Erwin Rudolf Josef Alexander Schrödinger deja de ser él, es decir, un ser vivo sobre la faz de la Tierra, para convertirse en simplemente Schrödinger, también conocido como "el del gato de Schrödinger", esto es, un carísimo clon teledirigido cuya impostura acaba hoy, ahora, aquí...





agosto 17, 2011

Fredric Brown lives






El último hombre sobre la faz de la Tierra está sentado en el salón. Acto seguido llaman a la puerta...

—¡¡¡Correo Comerciaaal!!!





agosto 10, 2011

No hay remedio


Que aquel día fuimos felices, bandera y estandarte de la dicha invulnerable, lo sabremos adelante, lo sabremos con el tiempo, cuando lleguen las noches de llorar por lo perdido.

Que aquella mañana, aquella luz, aquella brisa fresca bañándonos el rostro de insólita serenidad, fueron la alegría incontestable y el tesoro marcesible de nuestra peripecia, lo sabremos tarde, nos cogerá a toro pasado, cuando cerrar los ojos y vivir en el recuerdo sean lo mismo.

Que el reguero de distancia que separaba aquel precioso segundo de la ruina que seremos, fue este hilo de ariadna delator, sangre de nuestra sangre, tiempo de nuestro tiempo, que trajo de vuelta al minotauro justo para el convite de nuestro asesinato, es una intuición que no se conoce, se lleva en los huesos.

Que nos complacemos en la ceguera por pura insensatez y goce del padecimiento; lo que supo siempre el corazón lo predicó el cuerpo, pero preferimos atender al oído sordo del juicio y la palabra necia del pensamiento, cuya cháchara nada ha de valer cuando lleguen los días de la herida, y ya no haya cura ni medie consuelo, y nos derramemos finales sobre la pena por todo lo que pudimos ser, y no quisimos...

junio 25, 2011

Atlas de Anatomía Mecánica




En un choque automovilístico fatal se producen tres colisiones irreversibles, tres muertes inmediatas y encadenadas: primero el choque del torrente sanguíneo contra las paredes de los vasos, glóbulos rojos y blancos y demás flora plasmática destrozados contra las paredes arteriales; después el impacto de los órganos internos contra la carcasa de musculatura y hueso: hígado, estómago, pulmones, bazo y corazón del todo reventados; y finalmente el cuerpo desde fuera, piel vestida y ojos desorbitados por la sorpresa ante el súbito final, encastándose contra el volante y el cuadro de instrumentos o bien saliendo despedido hacia la eternidad a través del parabrisas. Triple muerte por triple impacto en milésimas de segundo. Esto lo aprendes con Ballard. Lo aprendes en Crash.

Con Pierre Bergounioux asistes a una lección parecida: un Focke-Wulf 190 alemán dando muerte a una fortaleza volante B-17 sobre el cielo alemán de 1944, se produce también, igual, en los mismos tres tiempos, pero en sentido inverso. Primero los proyectiles del caza hacen trizas el fuselaje del bombardero, desde ese mismo segundo ya herido de muerte; después le toca el turno a la piel vestida de uniforme y los ojos perplejos de sus tripulantes, que aún no saben cómo y por dónde los penetró la eternidad; y estalla al fin, en tercer término, todo lo de dentro, huesos y órganos, sangre y músculo y tendón, pasado por la batidora y transformado en una irreductible inercia de casquería. El colapso de las vísceras significa a la vez el colapso de los tripulantes, cuyo colapso, al tiempo, significa el colapso de la nave, que cae abatida y se precipita sin remisión al suelo. Triple muerte por triple impacto en milésimas de segundo. Es la muerte acelerada. La muerte posthumana a manos de le técnica y la velocidad. El nuevo modelo de matar del siglo XX, su favorito.

B-17G no es tanto una reflexión sobre el siglo de la violencia como un lúcido memento de los albures del cyberpunk: los primeros flirteos del hombre con la máquina, los pilares de la vida orgánica en simbiosis con la mecánica. La fortaleza volante derribada es una muerte postuhmana porque la fortaleza volante es ya en sí un ser vivo y autónomo, que participa de la humanidad sin ser exactamente humana. La fortaleza volante es el pájaro terrible que surca los cielos de la Europa devastada, sus órganos internos, sus diez tripulantes, y su sangre, la sangre de éstos. Igual que el caza alemán que los ha derribado no es sólo un hombre pilotando un aeroplano. Igual que un deportivo a 300 por hora por la autopista, su conductor borracho y suicida a los mandos, no es sólo un coche y un hombre dentro. Los dos unidos y en simbiosis, al ser uno, ya no son hombre ni máquina, son otra cosa que participa de ambas sin ser ninguna. Un ser postuhamo de potencial cataclísmico. Un acerado escalpelo mecánico cuyo alimento es la velocidad.

El mecánico de a bordo, el piloto, el artillero de cola... todos y cada uno de los diez tripulantes, al subir a la fortaleza volante y asumir su puesto, dejan de ser hombres, pierden su individualidad y pierden su libre albedrío, trocando su destino por el de la propia nave. Una mucho más que kafkiana metamorfosis en la que el ser orgánico y sapiens trasciende su condición para tornarse a la vez cerebro y pieza móvil de la máquina volante, ángel de muerte. Son los pañales de la civilización que hoy transitamos; el mundo entonces recién bautizado como moderno —después posmoderno— y ahora hipermoderno: la entronización de la técnica al servicio de la velocidad. Los días de la vida rápida y la muerte acelerada.

Se trata del mismo culto a la posthumanidad que el día de mañana dará por cerrado el primer viajero en el tiempo, abriendo con su máquina nada wellsiana —su tentativa exitosa sobre el grial de la física— un agujero negro en los cojones de Dios y colapsando de paso el Universo, antes, eso sí, de haber alumbrado, en miles de años de Historia del Pensamiento, una sola e íntima verdad que lo libere del horror de la eternidad y de la angustia del vacío.



junio 22, 2011

La achicoria de los días



Intentado dejar el café esta semana. Bueno, ni siquiera dejarlo, sólo reducir la dosis. Imposible. Bueno, ni siquiera imposible: es que no me da la gana. Eso es. De arriba abajo y viceversa y una vez en la antípoda vuelta al salto a tumba abierta contra qué sé yo. Sin paradas para mear. Así siempre. Así todo el rato. El asco.

De todos modos creo que se me ha escacharrado la cafetera. Hace tiempo que ya sólo sale la mitad. ¿Puede escacharrarse un artefacto que son tres piezas de hierro y otra de goma? Al parecer sí. He ido probando cosas, no crean, combinaciones: mucha agua, menos agua, mucho café, menos café, otro café... Pero no hay forma, sigue saliendo sólo la mitad. Es un fenómeno curioso. A lo mejor soy yo, que ya no sé ponerla. Sí, lo sé: sólo hay que añadir agua y café y cerrar y al fuego. Muy sencillo todo. Pero quién sabe, a lo mejor tengo yo la culpa. Que ya no la pongo como es debido. Seré yo el que me he escacharrado. Seguramente.


Ahora viene cuando alguno de ustedes me dice que es cosa del filtro. Que lo limpie, que lo cambie, que me compre otra cafetera. Y muy probablemente tendrán razón, pero por favor no lo hagan. Si lo hacen me joden el chiste.

Leo también Hammerstein o el tesón, de Enzensberger, que es, en palabras del propio autor, "una historia muy larga, y muy alemana". No es para menos. También es una manera de decir que no todo hijo de la Alemania del Weimar fue un terrible y un inefable. Que hubo de todo, copón... Entre los vencedores de la época también hubo una buena piara de malnacidos sin escrúpulos pero aquí todo el mundo se calla la bocarra. Lo más divertido del libro son los diálogos apócrifos. Te echas unas risas. Es importante no perder el sentido del humor. Si se te escacharra el sentido del humor estás rejodido. Es entonces cuando empiezan a rebelársete las cafeteras de hierro colado y lanzas al ciberespacio basura como ésta. Supongo que es también a partir de ahí que el regusto a achicoria empieza a ganarte el paladar.


Y si es que hay que acabar, mejor acabar con una comparación más estúpida que odiosa: en efecto Boris Vian ponía mejores títulos pero yo soy mejor sacando de donde no hay...

junio 06, 2011

Asalto




Cuántas veces me has tenido así, oh Dios cuántas, a cara de perro, los dientes apretados, los puños dura piedra, los ojos en la V de las víboras, ardiendo de rabia, quemando la ira soterrada de tantas y tantas noches de insomnio e impotencia, tanto y tanto grito reprimido; me hice hombre año a año, noche terrible tras terrible noche, los pulmones derrengados golpeando tu muro; me hice sombra, día a día, noche trágica tras trágica noche, cuerpo y alma, ambos dolor, arañando a garra desnuda y sangrante mirada tu sorda muralla. Cuántas veces nos hemos enfrentado desde entonces, cuántas oh Dios, ha resistido mis ataques tu ciudadela, me has devuelto de un bufido al cieno que me reservaste y que, oh Dios, has de saberlo, hasta el último de mis alientos me resistiré a ser. Tendrás que matarme si quieres callar esta voz que desde lo pequeño y último te desafía, tendrás que partirme en dos, comerte mi corazón, rebañar con los dedos lo sagrado de dentro, si es que quieres dejar de sufrir mi embestida. Hecho a tu imagen y semejanza, a cabezota, hijoputa y cabrón, sin embargo, no me ganas, no en vano tengo de mi parte la fuerza imparable del que, nacido para reptar con la cabeza gacha, se atrevió a levantarla, bañarse de luz la mirada. Jamás sabrás mis motivos, no has de catar mis certezas, mi ancho dolor, de sol a sol, es sólo mío; lejano y seguro como te sabes en ese alto picado desde el cual todo lo miras, nunca ha de estar a tu alcance un agridulce segundo de ser humano: somos esos pececillos de colores que enseñar a las visitas, allá en lo hondo y oscuro de tu acuario. Cuántas veces todavía, oh Dios cuántas, has de sentir en tu panza gorda el cosquilleo de mi pica, en tu sucia barba lo húmedo y pegajoso de mi desprecio, si es que no te das prisa y acabas ya con este pececillo deslenguado, bastardo y patético. No me daré por vencido: eres el padre que nunca quise, sólo pensar que algo de tu sangre es también la mía la náusea me sube a la boca en torrente, me mataría aquí mismo y ahora si no me quedase la ilusión, la eterna frustrada esperanza de verte algún día muerto a mis pies, bajado a la tierra con mis propias manos, al barro y la mierda, desde lo alto de tu ubicua muralla. No has de caer, lo sé, oigo tus carcajadas. No he de vencer, lo sé, a desengañado tampoco ganas. Pero aquí estaré, y allá estarás tú. Ahora, hoy, probablemente también mañana: cuántas veces, oh Dios cuántas, nos hemos todavía de enfrentar tú y yo las caras. Hasta que el juego te aburra y me sueltes a la espalda, a la espalda siempre —ésa es tu inconfundible marca—, los perros de la Muerte, esa Gran Perra que tienes tan bien entrenada. Mírame a los ojos entonces si es que tienes arrestos, oh Dios, mírame mirarte por última vez mientras los perros me estén devorando: este orgullo en fuego de haberte combatido, de haberme negado con todo mi ser a ser hijo tuyo, te ha de quemar de vergüenza la cara...



junio 04, 2011

Gramática nocturna




Esa hora intransitiva
sin objeto y
sin sentido
en que todas las palabras se me hayan
agotado
será negra y será dolor
negra y grito
como esta noche cerrada que se acerca
sierpe y virus
sin traerte

Negra y llanto
como todos y cada uno de los silencios
desabrochados
se desataron
se hicieron mar y lamia
y tibia carne de desencuentro

Hora sin predicado
en que cualquier delito
o falta
o rosedal marchito
será inacción definitiva
y garganta sin circulación

No soy tan soledad
como dibujando esa hora de quietudes
altiva puerta sin cerradura
en que las palabras digan basta
y los verbos, todos, se hayan desconjugado
sin remedio

Hora negra
Hora grito
Hora hache
Hora dolor
allá en el salto nocturno sobre la nada dentada
allá en la encrucijada de los sujetos asesinados
cada segundo será demonio
y todo pulso sobre la tecla borrada
sin tinta
nombre
o escrúpulo
la avanzadilla de una indolente equidistancia
ésa
nuestra mutua autodestrucción...

marzo 14, 2011

La bestia de la guerra




Despierto más de lo que amanezco
Y allá fuera la Ciudad Muerta
Me contempla con una sonrisa de diente
Sabiendo que me enterrará
Con todos los silentes honores reservados a la medianía


Despierto más de lo que amanezco
Y allá fuera la Ciudad Muerta
Es el desierto
Arenas rojas, marcianas de puro locas
Dunas en tsunami con la cresta infectada de soledad


Despierto más de lo que amanezco
Y allá fuera la Ciudad Muerta
Ensaya Desdre
La he vuelto a bombardear en sueños
Hedor a napalm y carne quemada por la mañana
Huele a victoria virtual, es decir, a derrota


Despierto más de lo que amanezco
Y allá fuera la Ciudad Muerta
Es un paisaje lunar
Recurro al cáncer del insomnio
Como metástasis para llegar al hígado oculto de la pesadilla


Despierto más de lo que amanezco
Y allá fuera la Ciudad Muerta
Me echa el humo de tabaco a la cara
Dos de cada cuarenta de sus cadáveres habitantes
Morirán de nicotina, al resto los despachará el hastío


Despierto más de lo que amanezco
Y allá fuera la Ciudad Muerta
Susurra irrefragable mi nombre
Lanza contra mí flotillas de Enola Gays
Sus bodegas hasta las trancas de Hiroshimas de recuerdos



Despierto más de lo que amanezco
Y allá fuera la Ciudad Muerta
Es la trinchera total
Nunca más te volveré a ver
Sólo nos unirá esta carta última teñida de muerte
Manando tu sangre de mi pecho acribillado


Despierto más de lo que amanezco
Y allá fuera la Ciudad Muerta
Machaca mi cordura con el viento del absurdo:
Se muere como se vive
Repite
Se vive
Solo
Y se muere
Solo
Y pienso en Asimov
Aquel título suyo:
“Estoy en Puerto Marte sin Hilda”
Y de pronto me parece, aquello, sólo el título
Lo mejor que escribió aquel ególatra cabrón
De patillas imposibles
En sus más de 500 libros…

Luego despierto
Aún no ha amanecido