Resistencia en el flanco débil

agosto 13, 2011

Maternidad






Para Mangas, que escucha...




Mi madre era lo único que yo quería.


Lo supe desde muy pequeña, cuando a mis palabras les quedaba aún tanto para llegarme a la boca. Y llegaron, no obstante, un día del que ya nada recuerdo, y al fin pude decirlo, con ellas, mis palabras propias, mi pequeña voz de niña menuda: que era lo único, mi madre, que quería en esta vida.


No conocí a mi padre, ella nunca supo decirme cuál pudo ser de entre tantos candidatos, ninguno bueno. Tampoco tuve hermanos. Algo se rompió allá adentro, en sus entrañas, secando esa fuente de la vida de la que sólo la mía llegó a manar.


Un día me dijo que ya era mayor, que juntas tendríamos que apañárnoslas para salir adelante. Que sólo nos teníamos la una a la otra… Salíamos por la noche a entregar nuestros cuerpos. A lo helado y profundo de la ignominia.


Por eso cuando enfermó no me separé de ella. No pudimos pagar un médico. De nada hubiese servido. La cara se le fue pintando de ese sucio blanco, amarillento, que mancha de tiempo las velas del puerto. Su carne huyó horrorizada, cobarde se replegó hacia dentro. Enseguida salieron los huesos a ver qué pasaba, y una vez enterados, sabiendo que se moría, decidieron quedarse a presenciar el horror, terribles y largos, tan poco era el tiempo que le quedaba.


Contemplé su rostro mientras la enterraban: sólo un par de ojos cerrados, debajo una máscara de piel quebradiza.


Ahora me tienen aquí recluida, dicen que he de pudrirme, que me pasaré encerrada el resto de mis días. Pero lo avisé. Lo dije siempre. Aun cuando me encontraron hasta las cejas de tierra y de sangre, con su fertilidad truncada en una mano y la navaja en la otra, una vez tras otra se lo repetí a todos: que mi madre era lo único que yo quería...


Que dentro del vientre o fuera de él, eso me daba igual, aquélla, su prostituida maternidad, tenía que ser mía...





1 comentario:

  1. Estimado Mangas,

    Supongo que se refería usted en el comentario del anterior post a la portada del libro de Ollestad. Es una foto del pequeño Norman, a lomos del padre surfer, que ya tan bebé lo sacaba a probar las olas. El pequeño albino de la foto de abajo, sobre la table, tambien es el autor.

    No sé cuál es la escultura suya preferida de Claudel, la mía es Âge Mûr. Yo hoy le dejo aquí un cuento mío, algo antiguo, que publiqué en otro lugar cibernético, ahora desaparecido, y se lo dedico a usted, además, ilustrado con La petite Châtelaine, de Claudel, no la que más me gusta, pero sí, pienso, una que acompaña bien.

    Respecto al otro tema que me dice, el crematístico, yo no vengo aquí con intención ninguna de ganar un céntimo, por eso no me da la gana de poner la pestañita de las donaciones. De hecho, creo que hace tiempo que he desaprendido el motivo de por qué vengo y suelto todo esto. Tampoco importa demasiado. Conseguir oyentes afines sea quizá el mejor intercambio, ni siquiera pago.

    De todos modos, si no le importa colaborar con la causa de los escritores que vinieron al mundo sin un padrino debajo del brazo, siempre puede comprar mi libro de cuéntilos en edición bilingüe aquí:

    http://www.equi-librio.net/librairie/description.php?lang=1&path=33&sort=Ref&page=10&id=212

    A mí no me va hará rico pero sí en cambio estará poniendo usted su granito de arena para que Éditions Equi-librio, proyecto editorial tenaz y valiente, casi suicida, el del señor Gonzalo Navarro, mi editor, siga existiendo.

    Además, todo el mundo que lo ha comprado dice que la nota biográfica es muy cachonda y el prólogo divertido, seguramente porque es lo primero y único que se han leído...

    Nos vemos.

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